1 de marzo de 2013

El festival agudo

Por Peter Molineaux

El final del verano trae siempre en Chile el gran evento mediático del Festival de la Canción de Viña del Mar. Los diarios estivales, los noticieros y –por supuesto– los programas de farándula están saturados de información e imágenes sobre los artistas, los rostros y la reina. El espectáculo en las primeras planas.

Pero más allá de la música, de las conferencias de prensa y de las voces de los animadores hay un sonido, un ruido que aparece en todos lados, a cualquier hora del día y que responde a la aparición de algún cantante frente a su fanaticada: el chillido. Ya sean los hermanos Jonas en Viña o Los Beatles en su gira del '65, ese ruido estalla estridente desde las aglomeraciones de público, sobre todo femenino y sobre todo adolescente.

Es un grito agudo, sostenido. En sus casos más intensos el chillido se acompaña de llanto, pérdida del equilibrio, agitación física y a veces hasta de un desplome completo. Ocurre mucho en las adolescentes, incluso en aquellas muy jóvenes cómo ha descubierto y explotado meticulosamente Disney, provocando el fenómeno en niñas de 9, 10 u 11 años con la fabricación de estrellas de corta edad dirigidas a ese mercado.

El chillido no se da tanto entre varones y si ocurre aparece como una característica más bien femenina del sujeto. Entre las mujeres adultas ocurre un poco, pero con el paso de los años sucumbe a la compostura y aparece muy esporádicamente, quizás al calor de una despedida de soltera.

Es, en suma, un fenómeno circunscrito casi por completo a la adolescencia femenina.

La intensidad de la vida afectiva adolescente se explica para el psicoanálisis por el hecho de que la maduración física del cuerpo, su desarrollo sexual, reanima de manera vigorosa los fantasmas que fueron enterrados por cada sujeto en su infancia. Estos fantasmas, dramatizados por Freud con su referencia a la tragedia de Edipo Rey, tienen una alta carga afectiva y llevan a cuestas el peso terrible de la castración. La dinámica edípica pone para el infante humano a las figuras paternas, maternas y fraternas en una escena que infusiona grandes cantidades de amor y odio, vida y muerte, una guerra de afectos al interior del pequeño aparato psíquico en formación. Ver la pataleta de un niño o de una niña nos da una idea de la intensidad involucrada en esos años.

El paso de esa tormenta por la vida infantil es aplastada por la represión cerca de los 4 o 5 años y establece el espacio psíquico conocido como inconsciente. Sobreviene una etapa de relativa calma que Freud llamó latencia en la que se adquieren habilidades sociales, culturales, físicas. La vida afectiva que sacude con intensidad al pequeño neurótico infantil es, para el inventor del psicoanálisis, de naturaleza sexual, libidinal. Reaparece en la pubertad porque justamente la maduración sexual del cuerpo reanima desde lo inconsciente a esos fantasmas edípicos primordiales que ahora se ponen en juego fuera de la familia, en las intensas primeras relaciones de amor exogámico.

El chillido festivalero toma su fuerza de esa intensidad. Pero se agrega otra cosa en ese grito que se apodera de las pequeñas fanáticas de Justin Bieber o Matt Hunter: su persistencia y la manera en que sobrecoge al cuerpo son evidencia de que ahí hay gran cantidad de goce. En sus elaboraciones sobre la sexualidad humana, Jacques Lacan llegó a un punto en el que complejizó su concepto revolucionario –jouissance (goce)– elaborando dos formas de gozar: goce fálico y goce Otro o femenino. Ninguno es exclusivo de uno u otro sexo, pero sí son prueba de lo imposible de la complementariedad entre los sexos: de ahí que no hay relación sexual, célebre frase lacaniana.

Goce suplementario, decía, desechando para la teoría psicoanalítica toda ilusión de medias naranjas con finales felices: no hay complemento, hay un goce limitado por su propia estructura –fálico– y hay un goce Otro –femenino– que escapa a todo orden, que es de otro orden, persistente y que no se cruza para nada con lo fálico. No se cruza.

El chillido de la fanática adolescente no es una petición de cruce, no es sexual. La posición inalcanzable –literalmente intocable– del ídolo es condición necesaria para provocar el alarido. Pero ese alarido no es una provocación. Es un cuerpo atravesado por el goce y ubicado justo en la imposibilidad que impone la castración. La castración, sacrificio hecho por los humanos para entrar en el pacto social, es el campo del goce fálico, de los placeres recortados, del goce sexual como compensación por la pérdida del goce absoluto. Justo en el momento de revisitar inconscientemente la sexualidad infantil y la castración en la adolescencia, algo se asoma de ese Otro goce, desconocido para el orden fálico de la adultez.

Disney promocionó en la época más juvenil de los Jonas Brothers una moda para sus fanáticas: anillos de castidad. Cada uno de los hermanos usaba uno en su mano para simbolizar que eran vírgenes y que iban a resguardar su castidad por ser valiosa. Las niñitas podían comprar los mismos anillos y comulgar de esa manera asexuada con sus idolatrados artistas.

Seguramente la firma de Mickey Mouse buscaba con ese gesto camuflar lo que fácilmente podía ser confundido con una sexualización de las jóvenes aficionadas. Pero lo que hay en el retorcimiento de las fans, a pesar de tener la apariencia de tomar el cuerpo como lo hace lo sexual, es otra cosa, es Otro goce. Lo que el saber fálico de hombres adultos pensó ver en esos chillidos es en realidad aquello que no tiene nada que ver con la sexualidad y sobre lo que ese saber no tiene idea.

El ruido estridente que se escucha al final del verano en Chile toma su intensidad de la reaparición de lo sexual en la adolescencia y se empalma, frente al ídolo perfecto –remitente a los idealizados fantasmas infantiles– con una fuerza desconocida, persistente y absolutamente otra que es el goce femenino. Es una ventana pequeña, que no dura demasiado tiempo, pero que muestra la persistencia de lo infinito más allá de nuestras limitaciones de sujeto sexuado.

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