Por Peter Molineaux
El formato ganador de la TV-realidad se ha ido puliendo con la producción reiterada de los canales de televisión, entre los que el 13 parece haber dominado últimamente a las otras señales. Después del exitoso Mundos Opuestos, Pareja Perfecta logra también buenos ratings con una fórmula que conjuga competencia, ropa ligera y personalidades poco calibradas.
Las reacciones espontáneas de sujetos comunes son parte de la televisión desde sus inicios. Los programas de concursos y cámaras ocultas lograban despertar el interés de las audiencias con las caras de estupor, sorpresa, alegría y euforia de los concursantes desde que todo era en blanco y negro. Pero lo que se ha llamado reality TV estalló luego del éxito en 1992 de una serie de MTV llamada The Real World. Ahí se puso a gente joven y atractiva a vivir junta en una casa con un objetivo común por cumplir. La idea de que haya una competencia entre los concursantes y que se vayan eliminando fue de Survivor en 1993. La expansión de los reality por el mundo ha creado con los años una gran cantidad de versiones locales.
En Chile tenemos las propias y el mundo de la farándula oxigena sus conversaciones con el espectáculo de ver a sus personajes exponer para la cámara un amplio despliegue afectivo. El género tiene también como ventaja que produce al instante nuevos personajes para la escena de la prensa rosa: con un par de episodios, un desconocido se hace famoso o un famoso en desuso se refresca para una nueva vuelta por los titulares. La farándula autopoyética.
A primera vista los reality producen rechazo: no me interesa la vida de esa gente. Sin embargo, al poco andar los espectadores se declaran adictos y el voyeurismo parece inevitable. Para dar ese paso–del rechazo a la adicción–opera una identificación, es decir la incorporación de algo de los personajes de la pantalla como propio. Qué rico vivir en esa casa. Yo le daría un beso. Yo hubiese hecho lo mismo.
Con ese paso dado, ya estamos involucrados afectivamente. Es un fenómeno que también pasa en el cine: de pronto desaparece la distancia con la pantalla y estamos viviendo la historia. El reality, mediante una serie de recursos de edición, se encarga de ordenar una trama que sin la producción sería un montón de personas acostadas la mayor parte del tiempo y haciendo competencias tipo gincana ocasionalmente. El truco que aumenta el atractivo de esta programación es que se trataría de la realidad. Se nos hace creer que la experiencia que tenemos frente a la tele, que está llena de música de fondo, cámaras lentas, iluminación artificial y una historia contada linealmente, son reales.
Y en gran medida es cierto.
Al abrirse paso en su investigación del alma humana, Freud supo tempranamente que lo que existe para los sujetos, su realidad, no es solo lo que perciben. Lo que interesa es la realidad psíquica, un mundo armado con fragmentos de recuerdos y fantasías en una acalorada dinámica interna. Esa realidad está fuertemente en juego en el espectador del reality.
El hecho de que sean personas "de verdad," que no están actuando, facilita el puente identificatorio: podría ser yo. El brillo de los efectos televisivos y los tambores de la música dramática mantienen andando la fantasía. La tele-realidad alcanza con esa fórmula su acceso directo a la realidad psíquica.
Se vive entonces una experiencia afectiva muy cargada y aparecen otros fenómenos: la proyección–ver en el otro lo que no quiero ver en mi–abunda, por ejemplo, en los insultos lanzados a la pantalla o en los comentarios del café de la oficina al día siguiente, susurrados con una medida de pudor. ¿Por qué pudor al admitir que vemos un reality? Porque estamos rompiendo un código moral profundo al mirar la vida íntima de otro, el mismo que rompe el voyeurista en su acto perverso. Ahí funciona nuevamente el hecho de que reality sea "de verdad," produciendo el efecto de culpa desde la consciencia moral, instalada en los sujetos como condición de entrada a la civilización.
El malestar en la civilización es para el psicoanálisis la consecuencia de aceptar el pacto social en contra de la satisfacción inmediata de las pulsiones. Entre esas pulsiones hay una que cursa su satisfacción a través de la mirada y se llama pulsión escópica. Al apagarse el brillo de la pantalla deconsiste la dinámica que mantenía a la realidad psíquica enganchada al reality y queda la culpa de haber conseguido una satisfacción pulsional saltando el cerco de la vida íntima del vecino con el ojo de la televisión. De ahí el menosprecio público a la farándula.
Se pensó durante un tiempo que este formato televisivo iría desapareciendo, que la gente se aburriría de un concepto añejo. Se dijo lo mismo de la televisión cuando era un invento nuevo: ¿Cómo no se cansan de mirar una caja? Por su efectividad en la captura del aparato psíquico y su franqueamiento controlado de la barrera de lo culpógeno, habrá reality por un buen tiempo.
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