Por Antonio Moreno Obando
A propósito de los llamados a funar las elecciones de este domingo y las encuestas que alarman a la ciudadanía electoral con sus indicadores de alta deserción en las urnas, resuena esta particular frase en nuestra inquieta plaza pública: “yo no presto el voto.” Esta modalización y su sugerente homofonía nos invita a asociar la palabra voto con un conocido préstamo carnal producto de un requerimiento sexual, usufructo muchas veces de carácter abusivo que el amo pide para saciar su interés.
Aunque la asociación es en definitiva de quien suscribe y considerando que para Freud en 1914 la palabra “no” como un símbolo de la negación hace posible pensar ese préstamo negado como un deseo inconsciente, esta intencionada formulación en nuestras redes sociales, pone en tensión el requerimiento participante observador de las normas proferido por Creonte y su consecuente rechazo simbólico, efecto que como en la tragedia nos convoca a la problemática sexual y su ineluctable diferencia, la que no solo es anatómica y genital, que no es solo real y causa, sino que también es política.
Lo que está puesto en cuestión es el sufragio, palabra que también es utilizada en el mundo eclesiástico antiguo para ir en socorro de los pobres: auxilio, responder a la falta, voto, poto, raya, no presto la raya, no presto auxilio, no quiero responder a la falta del otro si me obligan a hacerlo. Cadenas que asocian sus eslabones y se parapetan ante la irrupción abusiva del binominal, dúopolio que a la usanza de un padre y una madre hegemónicos, cierran las ofertas a favor de su propio interés.
¿Por qué un movimiento social conformado por personas que apenas cumplen mayoría de edad, que están agrupados a propósito de temas educacionales son los voceros del doloso sufragio y su actual problema?
Como siempre, el diario El Mercurio arroja luces sobre estas oscuridades. En su editorial de ayer martes 23 de octubre, en el texto titulado Balance de dirigentes universitarios, se lee a propósito de las posturas adoptadas por los dirigentes de la Confech: “Hay un tránsito desde una postura original en que se sentían representantes de la mayoría de la población, y quizá algo exaltados por eventuales conclusiones apresuradas de los resultados de ciertas encuestas, a comprender que las formas de representatividad en la sociedad tienen una institucionalidad construida por la experiencia de generaciones, respondiendo a tradiciones intelectuales respetables, y que para alcanzarla deben cumplir ciertos requisitos (…)”
Algo al margen del orden se asoma frente a formulaciones de este calibre. El acto negativo y poco constructivo que inspira esa institucionalidad, esa experiencia y esos requisitos, no necesariamente es una forma de participación, porque en su gesto no pretende ser una ley o una condición de regulación. Algo en la difícil posición del femenino en la conflictiva falocéntrica edípica resuena en esta gran funa: estos cuerpos y sus eróticas con su negatividad deben formular desde niños en su educación tradicional experta e instituida un forzoso cambio de objeto de amor (de la madre al padre en el caso de la niña) y cambio de zona erógena (del clítoris, pequeño pene autosuficiente, a la vagina que recibe acogedoramente) para así poder entrar en la regulación de la ley; formular la falta de adecuación como una carencia se puede plantear para la erótica que rechaza como una exigencia abusiva.
Acá no se trata de reemplazar la ley que hay por otra, se trata precisamente de derrumbar la que hay para generar espacio a un nuevo modo de ser. Gracias a esta negatividad, que es un acto, es posible reacomodar el ordenamiento simbólico que tiene su fundamento en la arbitrariedad. La negatividad deja al descubierto la sublimación que tranquiliza como un velo ante la diferencia y nuevamente pone a los cuerpos en tensión a la espera de un modo que permita reacomodarse.
Cada vez que este discurso de protesta contra el sufragio binominal logra hacer lazo social generando una nueva forma de acuerdo ante la castración, como una nueva forma de ley, irrumpe el acto de la negatividad con su seducción, con su desunión, con su contrariedad, no para una confrontación argumentativa llena de falacias y sentidos, sino que precisamente para dejar la carne abierta sin sentido, a guisa de un voto expuesto.
Con la insensatez de Antígona que alguna vez desafío las reglas de Tebas por una reivindicación al margen del orden público, con la sexualidad de Anti-gona que seduce con la transparencia del mal, con su negatividad, con su ética, pone en escena algo que no quiere entrar en el juego de las regulaciones, que no necesita sufrir el complejo de castración para generar un propio sufragio, para anudar otra deuda, otro goce, otra forma de vivir, otra forma de morir, eso que es tan difícil de tragar para el logos del falo que imaginariamente busca evitar la guadaña que corta.
Esta sexualidad también es una política, son varios Aces bajo la manga que piden mostrar el juego oculto del Amo, y así desafiar el sentido del juego que genera su bluff.
Ya lo sabe estimado amigo del ágora, si usted le pide a alguien que le preste su voto, pues evite ser cargante, el sufragio es sagrado, siempre lo ha sido, como un templo, respételo, úselo cuando usted quiera con su consentimiento y no insista más de la cuenta a quien no lo quiere prestar.
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