Por Peter Molineaux
Se ha aprobado en el Congreso Nacional una modificación al Código Civil que cambia los artículos en los que se otorga el cuidado de los hijos a la madre en el caso de una separación conyugal. Detrás de esta modificación está una organización que se llama Amor de Papá, compuesta sobre todo por padres que han sufrido lo que ellos llaman una discriminación y la injusticia de perder legalmente la tuición de sus hijos cuando sus ex-parejas recurren a los tribunales y hacen uso del Código que las favorece explícitamente.
En un punto de su tramitación durante el año pasado la Ministra del Sernam, Carolina Schmidt, y la diputada María Angélica Cristi de la Comisión de Familia introdujeron en la ley "amor de papá" (así busca ser llamada por la organización) una norma supletoria que dejaría a los niños a cargo de la madre mientras durara el juicio. Esto para los Papás significaba que su esfuerzo legal quedaría en "letra muerta," desatando en sus entrevistas y en su página web una campaña contra la Ministra Schmidt llena de superlativos, descalificaciones e incluso un poster con la foto de ella y la leyenda "SE BUSCA ¡Ministra MACHISTA! Facilita el MALTRATO a los Hijos de la Patria." Veíamos por la prensa la pelea entre los Papás y la Mujer esperando que pronto se materializara la ley que ponga finalmente a los niños como interés superior.
Los Papás recibieron en marzo de este año el respaldo en el Congreso y en el mundo académico para rechazar el intento de la Ministra por matar su ley. A pesar de esto Carolina Schmidt ha expresado que va a introducir algunos ajustes "técnicos de redacción" en la ley a través del Sernam, levantando las sospechas de los Papás que temen que sea una forma tramposa de lograr el objetivo que tiene Ella de mantener la discriminación. La Ministra, La Mujer, quiere seguir jodiéndonos a los Papás. Se revive en la escena nacional el fantasma de la escena judicial: Ella nos quiere quitar el derecho de ver a nuestros hijos. A pesar de que la Ministra tuiteó que no va a cambiar nada de lo acordado en el Congreso y que es una "buena ley," los Papás siguen indignados, suspicaces.
La petición de la organización Amor de Papá es bien sensata: piden igualdad de derechos y deberes. Sin embargo, la pasión con la que pelean con la representante estatal de los intereses de la mujer revela entre líneas otra cosa que tiene que ver justamente con lo que la igualdad ante la ley intenta regular: la diferencia. La fundamental entre estas –la primera– es la diferencia sexual. En la relación con el otro sexo se pone en juego esta distinción original que es consecuencia de la disparidad anatómica constatada en la infancia y que impregna toda alteridad futura. Tener o no tener no es lo mismo. Remite a la castración, a la impotencia, a la incompatibilidad, a lo imposible.
La forma más simple de rechazar la castración es atribuírsela a otro y, por morfología genital, la que parece más evidentemente castrada es la mujer. Pero el retorno del alejamiento por esa vía es el de la mujer castradora, aquella que por no tener nada que perder –por ya estar castrada– viene por lo más preciado. En el caso de los Papás, los hijos. Es un esbozo de las historias de amor que terminan judicializadas. Eres TU la culpable. No, eres TU. No vas a ver más a tus hijos. Te voy a demandar.
Apelar a la ley, es decir al tribunal, tiene en principio la función de establecer un orden en aquello que ha sido devastado por los avatares de las diferencias entre unos y otros. Los sujetos litigantes una vez pensaron –sintieron incluso– que estar juntos era la conquista de la grieta de su diferencia. Cuando esa ilusión cae, el reclamo es justamente hacia el otro y la respuesta del otro es un reclamo aguerrido hacia el uno por aquello que falta. Bajo esta guerra irresponsable (porque la castración es responsabilidad de cada uno) están los niños producidos por esa relación que intentó cubrir la grieta. El peligro para esos niños es ser tomados como nueva promesa de alivio para la serie diferencia-castración-impotencia. Es lo que intenta evitar explícitamente el Derecho con el interés supremo del niño.
La ley, en clave psicoanalítica, tiene desde Freud su fuente en el Padre. La entrega de los mandamientos a Moisés por Dios-Padre a condición de matar a su propio hijo es en la tradición Judeocristiana uno de los actos simbólicos ejemplares que ligan la Ley con lo Paterno. Había ahí un garante, un ser supremo, potente, que velaba por que se hiciera justicia más allá de lo que sucediera en la tierra, incluyendo la muerte. Pero ese Dios no es en nuestros días el centro del universo ni de la voluntad.
Ese Padre tampoco.
Desde hace un tiempo se discute en los círculos psicoanalíticos sobre la caída del Padre en nuestra época. Es todavía polémico, pero lo que Lacan llamó el Nombre del Padre, es decir un referente simbólico que asegura que las cosas anden, ya no anda tanto. Esto significa que aquello que se sostenía para ordenar y vérselas con la diferencia se desdibuja, imponiendo consecuencias para lo masculino, lo femenino y para las dinámicas en torno a la sexuación y el síntoma.
La caída del Padre podría limitar, por ejemplo, al patriarcado que ha convivido de manera sorprendente con la estructura marcadamente matriarcal de la familia chilena, produciendo con ese paralelo la particular síntesis de hombres machistas mamones. La caída del Padre podría también permitir que aparezcan nuevos ordenamientos estructurados en torno a otros parámetros que no son la Ley, lo simbólico, la prohibición.
El amor de papá se perfila como una de esas novedades. La definición de Papá que da la organización en su página web dista ampliamente del Padre y, para evitar confusiones, tiene que preocuparse incluso de explicitar que no está definiendo a una madre. No es que los Papás quieran ser mamás, pero se le parecen más que al Padre. Ahora bien, el Padre antiguo, el Dios-Padre no es un modelo a seguir en su violencia, en su intransigencia aplastante, en su juicio desconsiderado. Pero sin él, sin esa posición garante, se hace difícil lidiar con el otro sexo a pesar de la promulgación de una ley nacional que apunte a la igualdad. El motor de la lucha no es la desigualdad sino la diferencia.
El único que sabía hacer algo con esa diferencia era el Padre. Los Papás, ante su caída, levantan una ley que busca igualarlos con la mujer en un intento más por ganarle a la impotencia que la existencia de su sexo produce. Aunque esta ley sea un éxito, su promulgación no evitará el fracaso de la igualdad como antídoto para la diferencia.
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