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8 de abril de 2013

El Nombre del Papá

Por Peter Molineaux

Se ha aprobado en el Congreso Nacional una modificación al Código Civil que cambia los artículos en los que se otorga el cuidado de los hijos a la madre en el caso de una separación conyugal. Detrás de esta modificación está una organización que se llama Amor de Papá, compuesta sobre todo por padres que han sufrido lo que ellos llaman una discriminación y la injusticia de perder legalmente la tuición de sus hijos cuando sus ex-parejas recurren a los tribunales y hacen uso del Código que las favorece explícitamente.

En un punto de su tramitación durante el año pasado la Ministra del Sernam, Carolina Schmidt, y la diputada María Angélica Cristi de la Comisión de Familia introdujeron en la ley "amor de papá" (así busca ser llamada por la organización) una norma supletoria que dejaría a los niños a cargo de la madre mientras durara el juicio. Esto para los Papás significaba que su esfuerzo legal quedaría en "letra muerta," desatando en sus entrevistas y en su página web una campaña contra la Ministra Schmidt llena de superlativos, descalificaciones e incluso un poster con la foto de ella y la leyenda "SE BUSCA ¡Ministra MACHISTA! Facilita el MALTRATO a los Hijos de la Patria." Veíamos por la prensa la pelea entre los Papás y la Mujer esperando que pronto se materializara la ley que ponga finalmente a los niños como interés superior.

Los Papás recibieron en marzo de este año el respaldo en el Congreso y en el mundo académico para rechazar el intento de la Ministra por matar su ley. A pesar de esto Carolina Schmidt ha expresado que va a introducir algunos ajustes "técnicos de redacción" en la ley a través del Sernam, levantando las sospechas de los Papás que temen que sea una forma tramposa de lograr el objetivo que tiene Ella de mantener la discriminación. La Ministra, La Mujer, quiere seguir jodiéndonos a los Papás. Se revive en la escena nacional el fantasma de la escena judicial: Ella nos quiere quitar el derecho de ver a nuestros hijos. A pesar de que la Ministra tuiteó que no va a cambiar nada de lo acordado en el Congreso y que es una "buena ley," los Papás siguen indignados, suspicaces.

La petición de la organización Amor de Papá es bien sensata: piden igualdad de derechos y deberes. Sin embargo, la pasión con la que pelean con la representante estatal de los intereses de la mujer revela entre líneas otra cosa que tiene que ver justamente con lo que la igualdad ante la ley intenta regular: la diferencia. La fundamental entre estas –la primera– es la diferencia sexual. En la relación con el otro sexo se pone en juego esta distinción original que es consecuencia de la disparidad anatómica constatada en la infancia y que impregna toda alteridad futura. Tener o no tener no es lo mismo. Remite a la castración, a la impotencia, a la incompatibilidad, a lo imposible.

La forma más simple de rechazar la castración es atribuírsela a otro y, por morfología genital, la que parece más evidentemente castrada es la mujer. Pero el retorno del alejamiento por esa vía es el de la mujer castradora, aquella que por no tener nada que perder –por ya estar castrada– viene por lo más preciado. En el caso de los Papás, los hijos. Es un esbozo de las historias de amor que terminan judicializadas. Eres TU la culpable. No, eres TU. No vas a ver más a tus hijos. Te voy a demandar.

Apelar a la ley, es decir al tribunal, tiene en principio la función de establecer un orden en aquello que ha sido devastado por los avatares de las diferencias entre unos y otros. Los sujetos litigantes una vez pensaron –sintieron incluso– que estar juntos era la conquista de la grieta de su diferencia. Cuando esa ilusión cae, el reclamo es justamente hacia el otro y la respuesta del otro es un reclamo aguerrido hacia el uno por aquello que falta. Bajo esta guerra irresponsable (porque la castración es responsabilidad de cada uno) están los niños producidos por esa relación que intentó cubrir la grieta. El peligro para esos niños es ser tomados como nueva promesa de alivio para la serie diferencia-castración-impotencia. Es lo que intenta evitar explícitamente el Derecho con el interés supremo del niño.

La ley, en clave psicoanalítica, tiene desde Freud su fuente en el Padre. La entrega de los mandamientos a Moisés por Dios-Padre a condición de matar a su propio hijo es en la tradición Judeocristiana uno de los actos simbólicos ejemplares que ligan la Ley con lo Paterno. Había ahí un garante, un ser supremo, potente, que velaba por que se hiciera justicia más allá de lo que sucediera en la tierra, incluyendo la muerte. Pero ese Dios no es en nuestros días el centro del universo ni de la voluntad.

Ese Padre tampoco.

Desde hace un tiempo se discute en los círculos psicoanalíticos sobre la caída del Padre en nuestra época. Es todavía polémico, pero lo que Lacan llamó el Nombre del Padre, es decir un referente simbólico que asegura que las cosas anden, ya no anda tanto. Esto significa que aquello que se sostenía para ordenar y vérselas con la diferencia se desdibuja, imponiendo consecuencias para lo masculino, lo femenino y para las dinámicas en torno a la sexuación y el síntoma.

La caída del Padre podría limitar, por ejemplo, al patriarcado que ha convivido de manera sorprendente con la estructura marcadamente matriarcal de la familia chilena, produciendo con ese paralelo la particular síntesis de hombres machistas mamones. La caída del Padre podría también permitir que aparezcan nuevos ordenamientos estructurados en torno a otros parámetros que no son la Ley, lo simbólico, la prohibición.

El amor de papá se perfila como una de esas novedades. La definición de Papá que da la organización en su página web dista ampliamente del Padre y, para evitar confusiones, tiene que preocuparse incluso de explicitar que no está definiendo a una madre. No es que los Papás quieran ser mamás, pero se le parecen más que al Padre. Ahora bien, el Padre antiguo, el Dios-Padre no es un modelo a seguir en su violencia, en su intransigencia aplastante, en su juicio desconsiderado. Pero sin él, sin esa posición garante, se hace difícil lidiar con el otro sexo a pesar de la promulgación de una ley nacional que apunte a la igualdad. El motor de la lucha no es la desigualdad sino la diferencia.

El único que sabía hacer algo con esa diferencia era el Padre. Los Papás, ante su caída, levantan una ley que busca igualarlos con la mujer en un intento más por ganarle a la impotencia que la existencia de su sexo produce. Aunque esta ley sea un éxito, su promulgación no evitará el fracaso de la igualdad como antídoto para la diferencia.

31 de enero de 2013

Sr. Notario

Por Peter Molineaux

Para una gran cantidad de trámites legales y comerciales es necesario en Chile visitar una Notaría. Hay un número limitado porque la cantidad de Notarios designados en el país es también limitada por ley: 391. El Notario debe ser de profesión Abogado y tiene asignada una larga lista de funciones entre las que está certificar que lo que dice aquí es lo mismo que dice acá: copiar, timbrar, firmar, legalizar. El equipo administrativo prepara los documentos y el Sr. Notario firma.

Entrar a una Notaría, especialmente en el centro de Santiago, es un viaje en el tiempo. Por alguna razón no se han eliminado de nuestro desarrollante y cabalgante jaguar de país a estas reliquias burocráticas que hacen honor a su destemporalidad con un estilo que gustaría al octagenario Sr. Notario en sus años vigorosos. Abunda el enchapado de madera en las paredes, el olor a la época en que se podía fumar entre las fibras de la alfombra y el cortinaje, las puertas con mucho vidrio corrugado que deja pasar luz pero no saber exactamente qué trámite se está haciendo del otro lado.

Es un lugar donde la máquina de escribir ha sobrevivido a la digitalización, donde el empastado de las copias de todos los diarios oficiales del siglo tienen un lugar. No es extraño ver el pelo escarmenado de alguna funcionaria proclamando el último grito de la moda del año 1982. Corretéa el oficinista clásico: pelo engominado, corbata corta, mangas cortas y aires de haber llegado al tope de su destino laboral.

Todos los papeles circulan con una lógica ensayada. El visitante inexperto no sabe por dónde empezar, qué parte de ese zumbido interpelar para ingresar su necesidad que es la de todos: la firma del Sr. Notario. Está todo organizado en torno a él. Si no está: estamos sin firma. Nada se puede hacer. Cuando llega: firma todo sin mirar porque confía en que sus subalternos hicieron bien el trabajo de confirmar que lo de aquí es igual que lo de acá.

Esta función notarial está en el centro de los movimientos legales del país y se le da suma importancia. Sin embargo se cierra un buen rato a la hora de almuerzo: el Notario no está. Se paralizan los tipeos de las teclas arcaicas que mueven la burocracia nacional hasta que se tome el bajativo y la siesta el Sr. Notario. Luego recomienza el acto repetitivo de poner la garantía de puño y letra durante la tarde. Cierran a las 18:30, máximo. Se fue el Sr. Notario.

Este ritual desconcertante para la cultura del horario de mall, del 24/7 y del touch and go debe su sobrevivencia al hecho de que no se ha revisado su funcionamiento desde el año 1943, salvo para ajustar los aranceles. La designación de un Notario dura hasta que el señor se traslade, sea destituido o muera, es decir, es de por vida. Deberían dejar el cargo a los 75 años, pero permanecen más tiempo por una "norma especial." Es buen negocio y no conviene jubilar. Hay que mantener relativamente vivo al Sr. Notario porque su función es intransferible y su muerte significa que ese cargo queda vacante y comienza la ruleta oscura de una nueva designación, dejando toda a la oficina sin firma, inútil por siempre. El negocio se acaba.

Se llama oficialmente el negocio de notarios y es regulado por el Ministerio de Justicia. Está en el límite entre lo público y lo privado y su función es justamente dar carácter público a documentos privados. Es una posición de mucho cuidado: justo en el lugar para dar fe de la legitimidad de un acto entre privados hay un privado –el Notario– que se ha ganado el derecho vitalicio de hacer su negocio privado de firmar para legalizar. Los notarios son designados por el Ministro de Justicia en un concurso que no es abierto al público.

Lo que busca lograr la función notarial es que algo del pacto social, de la Ley, garantice el pacto entre dos sujetos que desconfían el uno del otro. No confiar es de lo más esperable: sabemos desde Freud que los instintos de agresión se dirigen hacia el otro entre los humanos. Para que no nos destruyamos nos hemos organizado bajo una Ley que intenta regular esos instintos y en Chile hemos puesto como ministro de fe de esa Ley al Sr. Notario, un abogado que ganó un concurso hace muchos años.

Se quiso hacer una reforma en 2008, pero no prosperó. En 2010 el primer Ministro de Justicia del gobierno actual, Felipe Bulnes, hizo una propuesta que incluía licitar las notarías para que los postulantes compitieran entre sí, ofreciendo de esa forma un mejor precio a sus clientes. La Asociación de Notarios y Conservadores saltó con sus timbres de agua y sus corcheteras a defender su negocio: licitar pone en riesgo la seguridad jurídica, hasta un narcotraficante podría poner una notaría. Teodoro Ribera, en su paso por el Ministerio, escuchó a los notarios y pretendía presentar un nuevo proyecto antes de finalizar el año pasado. Su mandato, como es sabido, terminó anticipadamente por escándalo y las Notarías siguen como siempre.

No hay nada que garantice que el Sr. Notario no sea un narco, pero su lugar entre nosotros sigue siendo muy respetado. Se le trata con gran pompa en su pequeño reino de papeles por firmar. Su firma da confianza. Incluso da esa ilusión de seguridad jurídica.

En la experiencia psicoanalítica es conocido que una garantía es una ilusión. Pero es una ilusión que en general elegimos creer inconscientemente porque la alternativa es la paranoia, una psicosis. Mediante la represión, expulsamos de la consciencia lo que no queremos saber –que no hay garantías– y confiamos en la pompa del Sr. Notario. Pero es un acto de fe. Lo que la Asociación de Notarios llama seguridad jurídica es la fe que depositamos en que ese acto bobo de firmar y timbrar tenga una asociación con la Ley. Y sí la tiene, pero es bien distinta a la idea de que un hombre altamente ético ha recibido del Estado la tarea de visar como tercero iluminado la relación entre dos ciudadanos que sospechan el uno del otro. Su asociación a la Ley es de alguien que ha obtenido el privilegio vitalicio por concurso opaco de sostener una ilusión de garantía.

La parafernalia notarial mantiene esa ilusión con los recursos más finos de la burocracia: espere un momento, tenga paciencia señor, haga la fila, ¿quién lo manda? Esos escritorios rebosantes de carpetas apiladas están ahí para dar la tranquilidad de que estamos en presencia de algo serio, de una larga tradición. Toda esa pirotecnia entorno al Sr. Notario ayuda a que mantengamos la fe. ¿Podría mantenerse sin él?

El Notario da cuerpo (sobre todo mano) a una función. Pero la figura del Sr. Notario todavía guarda los aires oligárquicos de un título poderoso otorgado a alguien importante de por vida. ¿Será necesario aún en Chile que para mantener la ilusión esos aires estén presentes en un trámite? ¿Se puede avanzar sin el Sr. Notario?

30 de julio de 2012

Fúmese uno

Por Peter Molineaux

El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.

Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.

Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?

Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.

Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.

En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.

Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.

Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.

Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.

Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.

Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.

El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.

14 de mayo de 2012

Hinzpeter y la Venganza de la Ley

Por Peter Molineaux

Luego del ataque incendiario protagonizado por un grupo de encapuchados en contra del automóvil del rector de la Universidad de Santiago se escuchó en la radio al Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, hacer la siguiente declaración refiriéndose a los autores del hecho:

"(Que) sean puestos ante la justicia para que reciban la venganza de la ley que es lo que corresponde en un Estado de derecho."

La mañana siguiente, el vocero de gobierno Andrés Chadwick, representante de la templanza y el equilibrio en La Moneda, interpretó la palabra venganza como un error y la reemplazó por el término rigor.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, como es bien sabido, un error está más cerca de la verdad que su rectificación. Una de las primeras fórmulas que utilizó Freud para dar prueba de la existencia del inconsciente fue recopilar lapsus y actos fallidos de su experiencia para seguirles la pista hasta alguna verdad encubierta y bien cargada de afecto para quien los cometía.

Hay una verdad en el deseo del ministro que quiere que la ley opere como venganza. Ese deseo es profundamente humano y al mismo tiempo permanece muy reprimido por la civilización.

Freud constataba en su artículo Pegan a un Niño cómo un pequeño podía experimentar placer al ver a su hermanito ser duramente castigado por su padre. Ese impulso fratricida y perverso es aplastado por la internalización de las leyes del pacto social que un niño va aprendiendo a medida que atraviesa las dolorosas pruebas de su maduración.

La ley se encarga de suprimir los impulsos más brutales al tiempo que el Estado se hace cargo de sostener esa ley. Y los ministros, como Hinzpeter, representan y dan cuerpo al Estado.

Para el psicoanálisis la aparición de la ley se remonta a un tiempo prehistórico, pre-civilizado, y se funda en el mito freudiano de la horda primordial. Antes de la historia y en el límite entre lo animal y lo humano habría vivido una banda de hermanos sobre la que reinaba un padre, dueño de todos los privilegios y con derecho al usufructo de todos los recursos, especialmente los sexuales. El padre de la horda tomaba para sí a las madres, hermanas e hijas, excluyendo de la vida sexual a los hermanos.

El mito cuenta que un buen día los hermanos se organizaron para asesinar al padre y obtener para ellos los beneficios de los que él gozaba. Consumado el acto, sin embargo, la culpa y el terror se apoderaron de los hermanos y, dice Freud, "el padre se hizo más fuerte muerto que en vida," instalándose simbólicamente como ley e imponiendo el mandato más antiguo, fundante de la civilización: la prohibición del incesto. Desde ahí los humanos tuvimos que buscar la satisfacción en la exogamia. El intercambio regulado por un pacto social se transformó en la única manera posible de tramitar nuestros impulsos (sexuales y de agresión), ubicando a la ley como garante de que no vuelva a haber uno que goce de todo ni que todos gocen del asesinato de uno.

La ley, entonces, regula al goce. El psicoanalista francés Jacques Lacan construye uno de sus conceptos centrales, la jouissance (el goce), a partir de un concepto legal: el usufructo. El derecho al usufructo es lo que la ley está llamada a regular, prohibiendo a partir de cierto punto que se goce. Ese punto se define en cada cultura dependiendo de su historia y su recorrido desde la primera prohibición, la del goce sexual de los cuerpos de los sujetos de la familia propia.

Si la ley logra una venganza, logra una parte de goce, un plus. La venganza es dulce, la venganza logra la satisfacción a través del usufructo de algo del otro. Cuando el Ministro Hinzpeter dice su verdad humana, su deseo de que la ley goce del otro, es un deseo esperable. El problema es que lo dice como Secretario de Estado, desde uno de los lugares que hemos establecido como civilización para garantizar que el uno no usufructe del otro.

La posición subjetiva del Ministro, que es inconsciente, es la de usar la ley para vengarse. Es una posición que seguramente antecede a su lapsus y que se ha podido sentir en los aparatos de seguridad interna del Estado que están a su cargo y reciben la transmisión de su deseo. Es decir, las policías, al escuchar ese susurro, pueden autorizarse también a vengarse con la ley.

La reacción cada vez más violenta de los gozados es el intento por recuperar algo de eso usufructado, de ese plus, a través de la violencia. Hacen como lo hicieron en el mito freudiano los hermanos de la horda.

La rectificación del Ministro Chadwick va en la dirección de restituir a la ley en su lugar de regulador, esta vez riguroso. Sin embargo, la negación del otro sentido, del inconsciente, permite que siga operando.