30 de julio de 2012

Fúmese uno

Por Peter Molineaux

El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.

Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.

Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?

Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.

Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.

En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.

Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.

Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.

Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.

Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.

Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.

El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.

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