Por Antonio Moreno Obando
El día de ayer fuimos testigos de un particular anuncio en los medios de comunicación. La encuesta Casen dejó caer de las palabras del ministro Lavín indicadores que miden al fin el grado de felicidad de los chilenos. Al parecer estamos mucho más felices de lo que pensábamos estar, ya que pertenecemos a una comunidad que es capaz de ser feliz en un 7,2 de 10; y no sólo eso, uno de cada cinco chilenos dice estar “completamente satisfecho." Quizás usted no lo sospechaba, pero más de un compañero de trabajo o miembro de su familia vive en el frenesí epicúreo de la plenitud máxima y se lo estaba ocultando. Con estos aplastantes datos de la realidad que nos presenta el método científico, uno no logra explicarse bien de qué se queja la gente. Cuando se forjó el proyecto de la modernidad, ni el más optimista de los intelectuales ilustrados podrían haber esperado cumplir tan anhelados resultados.
Pero entre toda esta alegría surge una preocupación: el Ministro, que cuando fue alcalde alguna vez trajo la felicidad de la nieve y de la playa al proletariado de la urbe, esta vez pretende construir políticas sociales desde estos datos duros de la realidad, aclarando al mismo tiempo que no salgan los amargados de siempre a tratar de echar por tierra la reforma tributaria que se discutirá en el congreso.
Aunque esta optimista autoridad de gobierno tenga conocidas inclinaciones confesionales, hoy está parado sobre la sensibilidad de un célebre ateo amargado del siglo XIX como lo fue Auguste Comte. Aburrido de la especulación y de las conclusiones metafísicas del clero para justificar la riqueza, se le ocurrió que la ciencia dura debía prestar su lógica a los problemas sociales formando un logos para lo que en ese entonces se entendía por lo social. La idea era lograr acercar los problemas de la gente a la pureza lógica de los números, para así ya nunca más basar políticas sociales en cuentos de hadas, filosóficos, bíblicos, o cualquier otra superchería de época. Esto es lo que hoy conocemos como positivismo.
En la primera mitad del siglo XX, algunas conversaciones entre los intelectuales del círculo de Viena, recordando el espíritu de Comte, provocaron la equivalencia entre las palabras y los valores numéricos, con el fin de poder razonar con la ciencia, soluciones para los problemas sociales. Los primeros intentos por medir las actitudes producen métodos e instrumentos vigentes hasta estos días, aunque los problemas metodológicos en la implementación de ese entonces no parecen preocupar tanto a nuestros actuales expertos.
Pensando en que la felicidad, por ejemplo, fuera una actitud, tendríamos que dar una definición precisa tanto de esa cualidad que antecede una conducta como a las dimensiones que son relevantes de considerar frente a esa predisposición. La relevancia siempre está vinculada con algún interés, que en sus términos más elementales corresponde a lo que inquieta a quien investiga. ¿Qué inquieta a un hombre de ciencias cuando estudia la felicidad? ¿Es lo mismo que inquieta al ciudadano de a pie con su tedioso sentido común?
Cuando comenzaban los megafenómenos del siglo XX, aun se conservaba la esperanza de que las palabras con las que nos referimos a las cosas en clave científica significaran algo claro y preciso, porque solo así se lograría el control suficiente como para lograr la finalidad principal de la modernidad, la misma que hoy interesa a nuestro intrépido ministro: la Felicidad. Pero en aquellos años aun no resultaba la acumulación necesaria de respuestas claras y ordenadas para lograrla, solo había que sentarse a esperar una suficiente cantidad de verdad tras la permanente investigación empírica.
Sin embargo, hoy en día todo indica que durante este eterno siglo nos trasformamos en Penélope, porque esa verdad sobre lo social, cual galán prometido, jamás terminó de llegar, jugando con nuestras modernas esperanzas. A pesar de que algunos programadores expertos nos digan que basta con cambiar una palabra por la otra en nuestra mente para ser feliz, parece que todos tendemos a complicar innecesariamente las cosas.
El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre estas complicaciones innecesarias. La formulación del inconsciente implica una manera de pensar un lugar para esas complicaciones. Desde el desconocido padecer corporal de la histeria, Freud piensa en la posibilidad de usar las palabras para abordar estas complicaciones innecesarias. Desde ese punto en adelante, se ha podido pensar utilizando la lingüística estructural de Saussure, un lenguaje que nunca termina de decir lo que quiere decir, lleno de contradicciones que debemos incorporar en nuestras vidas a modo de malos entendidos desde el momento de nacer y que nos hace amarrar nuestros impulsos a sus particulares e incompletas formas de designar y de comunicar. Sólo así podría entenderse por qué una persona puede quejarse de no tener algo que siempre ha tenido en su mano. ¿Es un idiota o realmente le pasa algo? Este mercado es ideal para los expertos, los cuales solo tienen que decir algo simple para que entienda el lego como respuesta: ¿No se da cuenta señora que la felicidad no la hace el dinero y que la ha tenido siempre en sus manos? ¿Por qué no se deja de… quejar?
Al revisar los instrumentos que recogen respuestas y miden percepciones, no es posible saltarse el interés que hay detrás al momento de hacer las definiciones operativas en las investigaciones. ¿Felicidad considerando qué cosa?
Por alguna razón que quizás ya sabemos por vivencias anteriores, la rentabilidad aparece en el centro de esta discusión. Los tributos que las grandes empresas deben pagar aparecen de alguna manera asociados a un interés por medir la felicidad de los ciudadanos. La dimensión del bienestar subjetivo de la encuesta Casen, surge desde la lógica de un instrumento de satisfacción del cliente en base a una de las ofertas del mercado ¿Qué le parece lo que tiene? La respuesta viene a encontrarse con un interés de mejorar aún más la oferta. Pero la oferta obedece a una rentabilidad, y en este caso, la percepción “subjetiva” de haber satisfecho una necesidad apunta a un margen que le pertenece a otro diferente al que responde.
El mensaje de Lavin este Domingo apunta desde su buena fe, a redimir la conciencia de aquellos mal intencionados que quieren dificultar aún más con sus teorías conspirativas y retrogradas, las nuevas inversiones de talentosos visionarios con ganas de hacer crecer este floreciente país.
¿Acaso no se dan cuenta que la gente está feliz con que sigamos generando empleos? ¿No se dan cuenta que el modelo funciona y trae bienestar subjetivo a las personas? Hasta se los preguntamos en la puerta de su casa. Acá todos ganamos, todos lucramos, a todos nos conviene, además tenemos a la ciencia de nuestro lado, así que ¿por qué no se dejan de… quejar?
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