Por Peter Molineaux
En el horario punta del Metro de Santiago, especialmente entre las estaciones Los Héroes y Baquedano de la línea uno, hay siete personas por metro cuadrado en los vagones. Siete por uno. Con esa densidad el pasamanos ya no sirve, los pasajeros se mantienen de pie a presión. Las puertas explotan al abrirse y el empujón colectivo saca milagrosamente a los que quieren salir. De inmediato viene otra ola y ensardina a los pasajeros en el interior del tren.
Una twittera preguntaba ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no hay protestas colectivas, guanacos y zorrillos en las estaciones? ¿Qué hace que aguantemos?
¿Nos gusta estar tan juntos?
Claro que no. Se ha peleado siempre, en la ciudad de superficie, por el metro cuadrado. Se le pone precio, se compra y se vende. Arriba se defiende el espacio, abajo se comparte con otras seis personas. El aire es pesado, pica la nariz y no se puede rascar. En la mañana predominan los champúes y los perfumes, en la tarde no tanto.
Hacemos todo lo posible por no mirar al vecino que ya está tan cerca que no basta con ajustar los accesorios: el acoplamiento es anatómico. Codo en la espalda, cuello torcido, pelo en la boca, rodilla en el culo.
Estamos en terreno fértil del lanzazo y el agarrón. Un galante radioescucha de la hora del taco sugería que se tomaran las medidas que hay en México DF: apartheid sexual por vagón. Que la corten esos frescos.
En vez de ocurrir el fenómeno de masa que reclama la twittera, aquel que desinhibe a cada sujeto y le permite operar como impulso único junto a los otros – rabia colectiva, por ejemplo – aparecen las mezquindades individuales que intentan sacarle un pedacito al del lado. Un pedazo de cuerpo, un objeto.
En las marchas, en los estadios y en los conciertos masivos, la multitud se hace una: se sueltan los afectos dando paso a grandes catarsis. En el metro va la masa quieta y cada uno se aferra a su rincón. Uno se acerca a la puerta, otro acomoda el pie. La señora empuja, el joven se saca la mochila. Aglomeraciones de sujetos individuales pegoteados e incómodos esperando que pase pronto el mal momento. No hay masa, no somos uno.
Para que un montón de gente junta se haga masa – para que opere la psicología de las masas – tienen que pasar un par de cosas: tiene que haber libidinización y tiene que haber identificación. Y no se trata de la líbido del corremano. La líbido, para el psicoanálisis, es la energía psíquica. En una masa, para que se unifique la muchedumbre en una sola y cada individuo sienta una conexión libidinal con el otro lo que sucede es una identificación. Esa identificación, la que provoca el júbilo, es al Ideal del Yo. El ideal puede ser un líder – Hitler, por ejemplo – o puede ser una idea: la Justicia o la Patria o la Igualdad. El mecanismo es así: el Yo se identifica a ese ideal y sus límites (los del Yo) se amplían hacia los límites más anchos del ideal. El sujeto de al lado también se identifica al ideal y su Yo difumina sus límites. Él deja de ser un otro absoluto y Yo soy junto a él parte de un gran ideal. La masa vibra, la líbido se libera, gritamos juntos, marchamos, saltamos. Somos uno.
Eso no se consigue en el metro. Aquí abajo el otro, el de al lado, no tiene nada que ver conmigo y mi Yo. Mucho menos con mi Ideal. Mientras en el metro nos tapamos los oídos y los ojos con artefactos para alejarnos del otro, en el concierto de rock el cabeceo junto al que transpira al lado es un elemento fundamental de la euforia.
¿Por qué en el tren subterráneo la masa se mantiene fría?
Pues porque el Metro ha tomado medidas. Sabe que para que no se desborde la masa, hay que organizarla. Se han dispuesto funcionarios para cortar el flujo, para reanudarlo. Flujo de pasajeros, como un torrente que riega gente por la ciudad y que hay que conducir. Compuertas y monitores regulan las crecidas. Cuerdas y separaciones para indicar la dirección. Se sabe que si toda esta gente junta deja de fluir puede resultar en una avalancha. Se sabe también que si se identifica a un ideal, si cada uno siente una camaradería libidinal por el otro bajo una idea común, el flujo explota. Caos bajo tierra.
Han aparecido afiches grandes, de esos donde habitualmente hay publicidad en los andenes, en los que el Metro invita a participar de una mesa redonda a sus usuarios para discutir los problemas contingentes del transporte subterráneo. Los presenta con una foto en la que hay una señora mayor, una mujer vestida de oficina, un joven un poquito rockero, un hombre de mediana edad... Es un intento por que cada pasajero se identifique individualmente con su personaje y no con el ideal de la masa. Además la invitación – a la que seguramente no responda casi nadie – es a una mesa redonda, a un lugar de conversación. Se apela a la consciencia, a la templanza de cada uno. La mesa en vez de la masa para que no se desborde el flujo.
Toda la organización de la muchedumbre está pensada para que no se haga masa, para que cada Yo se mantenga dentro de sus límites. En Londres hay avisos en las escaleras mecánicas: stand on your right, párese a la derecha para que los más ágiles suban corriendo. En Tokio hay funcionarios en el andén encargados de comprimir a los pasajeros. En Nueva York los carros están climatizados y aquellos en los que ha fallado el aire acondicionado están vacíos, mejor apretado que acalorado. En Santiago: apretado y transpirando. Anuncian que ya viene el aire y cada pasajero va pensando que ya será mejor. Uno a uno.
Durante el día se olvidan los minutos eternos del Metro cuadrado y cada uno recorre la ciudad intentando arreglárselas con la terrible diferencia entre su propio Yo y su Ideal. En la tarde se regresa a esa caldera que está siempre a un paso de hacerse masa.
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