Por Antonio Moreno Obando
La discusión sobre el sueldo mínimo nos ha dejado leer el texto de una vieja paradoja de saberes con mucha tradición en nuestro país: los expertos convenciendo al lego de que los dejen decidir a ellos por sus propias vidas. En estos días ha sido encarnizado el debate sobre una diferencia de $7.000.- en el sueldo mínimo, enfrentamiento público que nuevamente pone en escena a estos aburridos pero pacientes técnicos tratando de traducir sus complicadas gráficas a los alienados ciudadanos que solo ven su satisfacción inmediata.
Esta diferencia en pesos se puede representar de muchas maneras: desde una escandalosa variación macroeconómica que debilite nuestra inversión y por lo tanto siga castigando la cifra de crecimiento del país, hasta el cálculo personal para comprar 9 pasajes en metro y una cajetilla de cigarros con sus respectivos fósforos. No es sencillo poder darle un valor que represente y ponga a circular esa diferencia, ese resto que produce tanto malestar en nuestra cultura.
Un padre puede decirle a su pequeño hijo que no frente una petición perentoria de gozar de un chocolate diciendo “¿prefieres un chocolate hoy o una caja de chocolates mañana?” Lo que se pone en juego ahí es la marca de la propiedad de esa posibilidad de goce en favor de ese otro muy importante para el niño del cual, en tanto padre, emanan todos los misterios de la cosas. El niño no puede hacer uso de esa posibilidad y debe hacer un convenio con él en el cual “cuando sea grande” o cuando sepa de una determinada manera, entonces tendrá acceso a lo que busca. Esta ecuación no solo se ve en la educación de un niño, sino que muchas veces la vemos perpetuada en los saberes que atesoran las instituciones, especialmente las formativas.
Aunque también se da en nuestra plaza pública. No parece casual que la televisión como industria complete sus espacios franjeados con expertos en salud, nutrición, pedagogía, derecho, peluquería, cocina, parapsicología, incluso en economía. Parecen emanar de ese mercado algunos de nuestros actuales pre-candidatos presidenciales, insuflados por el don de educar a través de los medios de comunicación. Con el pretexto de los nuevos movimientos ciudadanos, estos rostros se justifican por el deseo de la audiencia de encontrar alguna explicación para aquellos misterios de la realidad que no se pueden soslayar, de encontrar algún valor que represente y racionalice ese déficit que se produce en el encuentro con el mundo.
Freud en su explicación del aparato psíquico diferenciaba dos principios: aquel que a través de un monto de energía psíquica o libido busca los medios para deshacerse de esa carga y encontrar el placer y aquel otro que no puede controlarse a voluntad dificultando así que las descargas placenteras se produzcan: el primero fue llamado principio del placer y el segundo principio de realidad.
A propósito del principio de realidad, el día sábado 14 de julio en una columna del diario el Mercurio, aparece la opinión de un experto refiriéndose entre líneas a la discusión del sueldo mínimo con la siguiente frase: “las buenas intenciones siempre terminan chocando con la realidad. Y las cuentas se terminan pagando." Esto lo dice a propósito del populismo con que se mira la posibilidad de hacer un gasto excesivo en nuestra economía. El columnista, comparando nuestro despilfarro al de España, comienza su texto con una frase en negrita que hace irresistible continuar la lectura: "¡Podríamos poner un salario mínimo bien alto! Digamos… 500 mil al mes.”
Este comentario en su ironía parece redoblar el efecto de pérdida que puede vivir un sujeto, que al leer las primeras frases, constata el absurdo de triplicar su actual sueldo mínimo. Muchas veces esa pérdida puede dar un plus para seguir buscando el acceso alguna vez prometido, aunque implique en ocasiones soportar esa pérdida en la construcción de la realidad. Así como también hay veces que la pérdida puede marcar un definitivo rompimiento con aquel principio subjetivo que estaba destinado a empujar como requerimiento de trabajo para el placer.
La historia de Luis Emilio Recabarren ilustra el alcance de esa pérdida. Obrero, tipógrafo y diputado por Antofagasta, fue célebre por fundar el Partido Obrero Socialista y por ser constantemente apresado por sus peripecias. Desde la consolidación de las salitreras en nuestra economía, su recorrido político comenzó en la escritura y terminó obteniendo un escaño en el congreso y la coordinación de nuevas fuerzas políticas alineadas con el pensamiento que representaba. Pero en el momento más alto en su carrera, Recabarren decide quitarse la vida con un balazo en el pecho. Como si ese discurso sostenido frente a la pérdida y la recuperación de una plusvalía del trabajo no lograra instalarse como un espacio de satisfacción en la realidad, pudiendo constatar que por irreal ese afán fue permanentemente emboscado por el confinamiento y la irreductibilidad de lo que no se puede hacer.
Los recorridos de los goces giran en torno a la gestión del acceso a la caja de bombones encomendada a un lugar de saber; pero a diferencia de ese padre con su hijo, en nuestro mercado quienes detentan las condiciones de posibilidad también son los dueños del acceso, cobran por él y gozan de su rentabilidad. Resulta que el padre debe instalar la renuncia del niño a causa de que él tampoco tiene el acceso necesario al goce de esa verdad de chocolate y debe transmitir a su hijo su propia manera de hacer convenios de acceso a través de las palabras. En esa escena tan cotidiana no hay un saber completo, pues en el lugar que detenta el padre como depositario de todas las respuestas sobre las cosas, también tiene un misterio al cual no tiene acceso y que implica su propio goce.
Frente a tamaño amo se hace muy difícil de tragar la pérdida, ya que aunque opera con fuerza, no se ha perdido nada. Ante tal encierro queda la posibilidad de que el mismo sujeto deba transformarse en esa pérdida. Queda en el dato historiográfico que Recabarren se suicidó por depresión, y aunque no tengamos la posibilidad de saber en este texto con la exactitud de la ciencia su diagnóstico, algo por su familiaridad sabemos de su acto.
La discusión del sueldo mínimo trae también la dimensión del sentido particular que cada sujeto le da a su trabajo y a sus posibilidades de acceso. No parece agotar todas las aristas del problema zanjar desde el lugar del experto cuánta riqueza el sujeto pierde para sus hijos si no renuncia a sus pasajes al metro y a sus cigarrillos. La cólera que despierta la discusión entre nuestros políticos ya no distingue posiciones ideológicas a priori porque lo que impulsa los afectos no obedece a las posibilidades de acceso que da el lenguaje discursivo de cada coalición política. Al parecer se juega algo que es anterior: la posibilidad que no sea posible obtener y regular nuestros propios goces.
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