Por Francesca Lombardo
Hace unas semanas fui invitada a participar en una conferencia en el Servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital San José (área norte de Santiago) en el marco del programa Chile Crece Contigo el cual ha tenido a su cargo la implantación de psicólogos clínicos en Unidades Hospitalarias de Ginecología y Obstetricia a fin de seguir clínicamente a las pacientes con embarazos de alto riesgo y/o problemas asociados.
En este marco y para un público de médicos, matronas y psicólogos del Servicio, se me solicitó que tomara a cargo hablar del tema Consumo y Embarazo. Ese sería el eje de la reflexión. Detrás de estas nociones está evidentemente que el concepto de “consumo” es el que estaría más sujeto a reflexión, ya que está específicamente (aunque no dicho) apuntado al tema del consumo de drogas y embarazo adolescente y adulto. La contingencia es, pues, los casos de dependencia y manejo de esos embarazos con el antecedente de madres consumidoras de droga. La oscilación entre, por una parte, la inmediatez de una absorción y una descarga irreprimible asociada a la sustancia toxico-gozante y, por otra, la fecundación, retención y gestación lenta, silenciosa, de un proyecto que implica lo actual y también lo futuro.
Pugna inaguantable de derrocharse en el acto y también y al mismo tiempo deseo de contener, llevar a fin una cría y asistirla humanamente y suficientemente una vez nacida.
Boicot al proyecto, apogeo del contraproyecto, agarre y desagarre a la vez.
Es respecto a esto y a las posibilidades y potencialidades en primer lugar etimológicas que me he aproximado al tema. Se me vienen a la cabeza las frases: “consumirse por los dos extremos” y “quemar la vela por los dos cabos.”
El verbo consumir apunta a la acción de hacer de las cosas un uso que las inutiliza. El consumir no es necesariamente una destrucción de materia sino una destrucción de utilidad. La cosa, ese algo consumido una vez realizado, consumado, ya no sirve más, nunca más. Relanzamiento entonces de un nuevo consumo sin tregua para reiniciar y finiquitar a la vez. El consumo se entiende como la acción de llevar algo a su pleno cumplimiento. Utilización de mercancías, de riquezas para la satisfacción de necesidades imperiosas.
La palabra consumar significa hacer la suma, adicionar con… Llevar algo a término, acabar, coronar, cumplir, cometer, perpetrar.
El embarazo, esa coagulación que llamamos fecundación es, me parece, algo fulgurante y feroz, un agarramiento del deseo en la virtualidad orgánica. Pregnante, es decir lleno de sentido implícito, lleno de razón, de consecuencia, un acto que implanta y abre a un proceso, que implica tiempos, fases, colonización del futuro por otra vida interpuesta.
Las razones de “coagulación” que el psiquesoma femenino puede tener para alojar el tiempo entre sus pliegues son muchas. Una autorización entrañable que hace que una mujer conciba no necesariamente está ligada a la posibilidad ulterior de criar, a lo mejor solo llegamos a la prueba de fertilidad, igualarse a la madre sólo en la potencialidad, no en el fruto acabado de una vida humana sobre tierra.
“Quemar la vela por ambos cabos” es en este caso apurar el consumo consumiéndose y a la vez consumar en el embarazo una consumición no menos deseante pero ligada a la inmortalidad. Así, fluyendo simultáneo a esa gran soltada que significa el goce como desgaste y muerte, este gesto de retener, de guardar algo para sí y para el mundo.
Economía del derroche, existencial, solitario y descreído, apurar el trago de un licor insoportable, apurarlo a fin de terminar pronto y simultáneamente con esto, implante de señas de una plusvalía que haga dique, que traiga a otros, que implique suma y no solo sustracción.
Crisis de ambivalencia difícil de soportar para el saber y para el poder, para la medicina, para la asistencia social, para el derecho, la religión.
Consumir y consumar son verbos que apuntan a la economía, es decir a la circulación y administración de los bienes con ganancia o pérdida, sistema de consumo social donde la irrupción críptica y secreta del flujo libidinal que atraviesa al sujeto se muestra en su intolerable realidad.
Crisis es la palabra griega que aparece como indisolublemente ligada a la decisión. Ella puede ser rastreada como un brusco cambio en el curso de un estado, sea en bien o en mal y esto debido a la lucha entre el agente de agresión y las fuerzas de defensa del organismo. Una crisis es siempre un momento peligroso, un punto agudo en la afección, es así como vislumbraría este consumir y consumar. Es probable que el consumar abra sigilosamente una escotilla a la pura usura. Es posible esto al menos por un tiempo, no sabemos, no podemos saber si durable, entrecortado o corto. Esto dependerá de la inversión del deseo en cada caso, es decir, la ejecución inmediata o la ejecución a largo plazo.
Evidentemente que mi exposición para el público que he señalado fue más extensa, pasando por la teoría de las pulsiones, por la diferencia sexual, por el no “instinto maternal,” pero lo que resumo aquí me sigue pareciendo una lonja a re–explorar. Particularmente porque lo que se dibuja de fondo es una gran crisis con la noción de duración, durar cuánto, para qué y por qué. Estas interrogantes la pulsión las actúa y nosotros los espectadores no sabemos qué hacer.
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18 de julio de 2013
30 de julio de 2012
Fúmese uno
Por Peter Molineaux
El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.
Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.
Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?
Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.
Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.
En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.
Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.
Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.
Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.
Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.
Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.
El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.
El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.
Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.
Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?
Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.
Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.
En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.
Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.
Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.
Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.
Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.
Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.
El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.
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