6 de agosto de 2012

Fúmese dos

Por Peter Molineaux

Aún no dejaban de agitarse las olas alzadas por las declaraciones del Senador Rossi acerca de la marihuana cuando apareció nuevamente Fulvio, esta vez encabezando una propuesta de ley para restringir más el cigarrillo en espacios públicos.

Parece una contradicción, una hipocresía: se fuma su vicio y quiere que dejemos el nuestro. Chaaaaaa.

Rossi ha salido en todos lados explicando que no se trata ni de meter a niños a fumar marihuana en lugares cerrados ni de prohibir el tabaco absolutamente. La idea es que los adultos tengan la libertad de fumar lo que quieran, pero que no se lo impongan a los que no quieren.

El tabaco, que siempre ha sido legal, es rechazado por sus oponentes con el desprecio altanero del moralismo: haz lo que quieras con tu salud, yo quiero preservar la mía. El ascenso moral de no fumar ha sido estelar y la caída del pucho estrepitosa. Desde ser lo más cool –y sobre todo lo más sexy– pasó a ser asqueroso, hediondo y malo. James Dean, con el cigarro en la boca y la mirada audaz, es reemplazado por fumadores entumidos y apurados afuera del restorán o abajo del edificio en el trabajo. Del centro de la foto, el cigarro pasó a los márgenes de la ciudad.

En su época de oro, soplar el humo del tabaco daba una pausa en el diálogo de las películas y permitía, por ejemplo, a Liz Taylor interesarse más por su cigarrillo que por su amante durante unos segundos: la sustracción momentánea de su deseo produciendo deseo en el otro.

La belleza tenía olor a tabaco. Y ese olor también era bello.

Hoy es puaj, lávate el hocico. Aléjate de mi. Los ceniceros se usan para poner velitas perfumadas y el fumador recibe como agregado la humillación del cuestionamiento de su capacidad cognitiva: sabes que hace mal y que es cerdo... y lo haces igual. Tonto. Luego se inicia el ataque definitivo, demoledor, victimizado: me haces mal a mi, un fumador pasivo, con tu estupidez. Me estás matando.

Algo de la estupidez está asociada a la adicción, a no poder dejarlo. Lo que no se puede dejar no es solo la nicotina, pues sabemos que los chicles y los parches no sirven demasiado. Lo que está ahí es la erogenización oral, el más primitivo de los destinos de la líbido. Ese goce, localizado durante un tiempo en el cigarrillo, se ha ido moviendo hacia la comida con la restricción del tabaquismo. Aumenta hoy la obesidad y su vecino del frente, el veganismo.

El tabaco, a diferencia de la marihuana, no vuela, pero con su nicotina entrega a los receptores del cerebro una satisfacción al gesto oral, aunque sea pasajera. Fumar es un acto autoerótico. Sin embargo, con el ascenso del discurso de lo salubre –donde la buena salud se instala como paradigma– ese acto es invadido por la muerte y, en consecuencia, por la angustia.

Es cierto que el tabaco multiplica las posibilidades de tener cáncer y otras enfermedades mortales. Uno de los actores que hizo de Marlboro Man, vaquero fumador de la publicidad, terminó militando en contra de las tabacaleras luego de enfermar. En él la muerte por tabaco fue real y su militancia fue un efecto de su forma de gozar. En la postura de hoy frente al tabaco, la muerte se impone de entrada, arrollando al erotismo que se organizó alguna vez en torno al cigarrillo.

Le sucedió algo parecido a la vida sexual con la llegada del safe sex bajo la amenaza mortífera del SIDA. Lo erótico, en el discurso de lo salubre, se transforma en muerte y es rechazado con asco. Hediondo. Cochino. El sexo pasa a ser aceptable como deporte, para mantenerse en forma y como demostración de salud: una suerte de visita al gimnasio aprobada por el doctor y sanitizada con látex, silicona y depilaciones.

Los cigarros light, las cajetillas tech y los filtros ultra, fueron el intento de las tabacaleras por sanitizar su cochinada y adaptarse a los tiempos, pero fue insuficiente.

El discurso de lo sano no es un invento del Senador Rossi. Es una tendencia mundial. El cruce de la liberación de la marihuana y la restricción del tabaco tiene para él un encuentro racional en un punto medio en el cual hay que regular las sustancias. Eso es esperable de un Senador de la República, llamado a establecer leyes que regulen el goce. Como dijimos en Fúmese uno, es necesario para mantener el pacto social.

Pero las historias de ambos fumables son bien distantes. Fumar marihuana no mata. Tampoco es históricamente sexy. Tiene más bien el atributo de permitir el acceso al campo de lo espiritual, saltándose el problema de la erótica y de la muerte, introduciendo otro goce. En cambio, los fumadores de tabaco –pasivos y activos– están en la pelea contingente y son tomados por el discurso de la época: consumo y salud batiéndose sobre sus cuerpos y sus hábitos con las conocidas armas de las pulsiones de vida y de muerte. Va ganando la muerte, disfrazada de ciencia de la vida saludable.

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