16 de agosto de 2012

El desalojo de Chile

Por Antonio Moreno Obando

La palabra desalojo es significante para la subjetividad de los chilenos porque aparece asociada a una serie de otros momentos de nuestra experiencia: desde el golpe de estado, pasando por la búsqueda de enemigos de la patria a domicilio, hasta la predicción profética de Allamand en su libro El Desalojo (2007) y la destacada participación de los municipios en la crisis educacional chilena.

El desalojo hace pensar la irrupción forzosa en un espacio donde hay un sentido operando desde una particular e irrepetible disposición de las cosas. No es tan exagerada la crisis nerviosa que le ocurre a algunas personas que extravían cosas en el hogar ¿Dónde dejé esta cuestión? Por momentos la angustia es desestructurante y deslocalizada, como si a propósito de la búsqueda de un objeto pequeño y cotidiano como las llaves, el hogar familiar se trasformara en un lugar extraño. Es que los espacios por donde circulan y habitan los sujetos logran constituirse en una materialidad que soporta el sentido, que lo hace posible y se ofrece como continente para la experiencia. Un desalojo implica violentar ese ordenamiento, implica desconocer las razones de por qué ese ordenamiento de las cosas tiene un sentido particular para quienes circulan localizados en ese lugar.

La palabra desalojo también aparece junto a la palabra lanzamiento, cuando las familias que no pagan su tributo al arrendador por ocupar un espacio son lanzados a la calle por sinvergüenzas y no entender la reciprocidad del intercambio pecuniario.

Al ser el desalojo un instrumento legal para lanzar a las personas fuera de su espacialidad simbólica, aparece también en el problema territorial de nuestros pueblos originarios en tanto mecanismo garante de la propiedad. Un día, una ley chilena se impuso de facto a la ya existente en la sociedad autóctona, sosteniendo su legitimidad argumentando un irreductible proceso histórico lleno de beneficios, desconociendo así por completo el ordenamiento simbólico de esos sujetos. Desde ahí el primer desalojo: instituir unilateralmente una lógica pecuniaria y de capital al continente vivo de sus vivencias ancestrales. A cambio Chile le entrega un papel que se puede entender desde la nueva ley como un vale por riquezas nuevas, como una especie de súper cheque restorán. Cambiar recursos que se gastan y desaparecen en el tiempo por un corte de lotes de tierra permanente en el territorio donde han vivido por siempre parece un acto de desalojo, con compensación económica claro está.

Una vez que los habitantes de estos territorios quieren recuperar el sentido de lo que su experiencia como pueblo fue perdido, son nuevamente desalojados.

¿Por qué Allamand, precandidato presidencial, eligió la palabra “Desalojo” para criticar el manejo político de la concertación? ¿Por qué la última reunión más importante de la Confech se hace en la Araucanía? Una de dos: o el nombre del libro es una coincidencia o la palabra desalojo representa para la subjetividad chilena algo mucho más amplio que una acepción o una figura legal.

Nos enfrentamos en estos días al desalojo de las tomas de los estudiantes secundarios. La operación logística de los menores tiene el sentido de una ocupación ilegal de un inmueble. Pero hay muchas diferencias entre las palabras toma y desalojo. La toma es en primer lugar realizada por aquellos ciudadanos que no tienen un lugar donde contener su experiencia o donde poder darle una localidad a sus vivencias: personas sin vivienda, sin educación, sin sus territorios ancestrales. La toma es una ocupación ilegal porque está realizada por aquellas personas que no tienen la posibilidad de pagar el tributo necesario a un dueño para poder conseguir un continente a su existencia. Vulneran la libertad porque no deja que otras personas que sí tienen para pagar los tributos necesarios puedan hacerlo libremente. La queja de los apoderados que sí quieren clases en los colegios tomados tiene el mismo sentido: déjeme pagar la educación de mis hijos al precio que yo quiera, si estamos en un país libre.

La toma tiene algo de mensaje; también tiene algo que, dicho en un gesto, va dirigido a ese mismo dueño que exige tributo: ¡Toma! Una persona que dice haciendo un “Pato Yáñez” ¡toma! esta también confesando que ha sido abusado muchas veces, que está aburrido de que le metan goles o que hagan ostentación de superioridad. ¡Toma! es un desquite, es una manera de marcar que hay un sujeto que aún sigue vivo a pesar de mostrarse invisible.

Pero toma también tiene algo de invitación, aunque asuste pensar en las ganas que pudo tener Pato Yáñez en ofrecer sus partes pudendas a los brasileños, es una manera de señalar lo que está afuera de la ecuación. Es un reconocimiento del poder del amo, pero al mismo tiempo es el derecho de poder ofrecer ese goce al Otro cuando yo quiera: ¡ahora toma!

La autoridad política tiene la obligación de leer los mensajes de quienes han votado por ellos. Es posible que la ciudadanía tenga que tolerar también que aquellos encargados de leer las demandas puedan hacerlo desde el prisma de sus propios intereses. Pero lo que no parece posible es que quien decide en esta democracia helénica, cual filosofo tecnócrata, no tenga interés en visibilizar aquellos que dependen de su decisión.

Es posible que si de alguna manera la experiencia de los excluidos tenga alguna forma de ser escuchada, la pasión por desalojar y tomar se desplace en otra cosa.

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