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10 de julio de 2013

La insatisfacción en toma

Por Antonio Moreno Obando

Justo antes de estas vacaciones de invierno, muchos de los liceos en toma depusieron su ocupación. Esto a pesar de que en los días anteriores a las primarias el gobierno optara por desalojar a los estudiantes antes que entregaran pacíficamente los establecimientos, como si el llamado al acto de las fuerzas del orden trajera un consuelo frente al sinuoso ejercicio del dialogo. Sin embargo después del procedimiento policial, el malestar pareció exasperar aún más a sus convocantes.

La expresión que los secundarios dejaron en el espacio público, opera como demanda en su sentido más radical y no logra encontrar una adecuada respuesta en quien es interpelado. Los representantes del gobierno y algunos padres con vocación política intentan ocupar el lugar que opera como el causante de las reglas del juego, y al estar del lado de quien responde, se vuelven impotentes ante los requerimientos, condenan a los demandantes a la insatisfacción y asisten a la propia caída de su legitimidad como reguladores.

Quien responde lo ha hecho como autoridad inflexible, aunque la posición de estar caídos frente a la demanda adolescente les ha resultado insostenible; cada vez que una toma dejó en entredicho el ejercicio de su poder, el impulso subió como un furioso flujo de sangre a la cabeza para actuar con todo el rigor que fuere posible, dejando así en claro que su autoridad sigue turgente. Lo trágico de esta posición beligerante es que mientras más reivindicador de su potencia es quien responde, la demanda insatisfecha no cede en su deseo y mantiene desde su carencia la fuerza suficiente como para lanzarse una y otra vez. Al parecer no fue suficiente ver en las comunas de Santiago y en Providencia el año pasado toda la fuerza de facto quedar estéril ante la indignación de los demandantes, cada vez más fortalecidos con la coacción que se ejercía en su contra.

Para el psicoanálisis la insatisfacción eterna del neurótico, en particular de la histeria, ha sido un paradigma desde el cual se ha sostenido gran parte de su producción teórica y práctica. El psicoanalista Lucien Israël, en su libro El goce de la histeria, dice que para estas neuróticas su insatisfacción se articula por la búsqueda de un maestro a quien ofrecer el ejercicio de su propia perfección, ofrecimiento no correspondido de la misma manera por parte del maestro quien se ofrece a su vez al reconocimiento de una instancia diferente. Este drama de la incompatibilidad, es condición para que el deseo de quien demanda siga siempre deseando. Dice Israël: “expresar que un deseo permanece insatisfecho, es con todo, la mejor manera de probar que el deseo existe”.

Esta figura del maestro nos viene oportuna para pensar en cómo se articula la insatisfacción frente al saber y más específicamente cómo ese agente encargado de administrar con sabiduría los recursos del Estado está enredado en la generación del deseo de los jóvenes estudiantes.

La actual crisis del sistema educativo construye su pregunta sobre la calidad educativa desde una condición de derecho que asegura la gratuidad. La premura familiar de ver apretado el presupuesto por la obligación de pagar por educación de alguna forma ha empujado un malestar ciudadano que comenzó como cliente insatisfecho y que va terminando en la posibilidad de generar un nuevo pacto social a través de una asamblea constituyente. El asunto es que actualmente el alcance de esa concepción de calidad es más amplia y no solo desde el alcance que se le puede dar en términos técnicos, sino desde la expectativa que tiene esa familia apretada sobre la transformación que el movimiento estudiantil puede generar en la manera de relacionarnos en el espacio público.

Pero respecto a lo específico de quienes hoy en ese espacio público han manifestado de manera más radical este malestar, los secundarios, encontramos una forma de presión en la toma que pone en juego las formas en la cuales el saber se articula al fin con el deseo de lo jóvenes estudiantes. En las comunidades educativas en general –y más aún en un liceo llamado emblemático– el saber es impartido por parte del maestro en forma vertical y autoritaria, recortando en forma permanente aquel aspecto del aprendizaje que permite un resultado que rentabiliza: desde el pago de la excelencia académica que beneficia al profesor y el aumento de las matriculas por resultados al sostenedor, hasta el ranking de postulación a las universidades en busca de un futuro con mejores rentas.

La ley que disciplina estos colegios competitivos, que sostienen sus proyectos educativos la mayor parte de las veces desde una mera normativa interna, es una ley que instituye a ciegas, que ejerce su sanción educadora en forma homogeneizante sobre el alumnado con un fin productivo y que no reconoce las diferencias entre los sujetos.

En los espacios de toma, no hay ningún indicio de esta forma vertical de impartir el saber. Por el contrario, estos recintos cerrados por sus sillas y mesas trancando los accesos hacen perder los recursos y la paciencia a los agentes que deben responder desde un requerimiento de producción, ese mundo adulto de Estado y Padres que tanto ha invertido en sus resultados académicos duros. Las tomas han trasformando el espacio relacional de los liceos en enclaves de una producción cultural heterogénea, que en su ejercicio busca un espacio de identidad en tanto movimiento hacia la diferenciación con el otro, pero desde la una premisa basada en un pacto social diferente.

Esta toma de un propio espacio no constituye solamente una forma radical de generar un nuevo sentido en la forma de trasmitir el saber desde un nuevo ordenamiento, también es una espera, una carta abierta, una solicitud dirigida a ese lugar que detenta el saber, a la figura del maestro que sabe como y donde deben hacerse las cosas, que sabe de las consecuencias y que se establece como ley.

Si acaso este afán que no cede en su deseo desde quien demanda es comparada con la conceptualización que el psicoanálisis hace de la neurosis insatisfecha, esa insatisfacción puesta en el instrumento toma pide una ley perfecta y proporcional a su sacrificio; la expectativa generada de la entrega en la lucha está condenada a la frustración por no encontrar en quien debería responder un interés por devolver el sacrificio ofrecido. Entonces, si hubiese un camino para el desplazamiento y hacerle un rodeo a ese malestar que mortifica, se debe dejar de esperar aquella ley perfecta que calza con precisión con todo el sacrificio ofrecido. De otra manera será imposible salir de la posición del parapetado hacia la puesta en juego del deseo en el espacio público. La caída de la posición que pasivamente espera la respuesta perfecta producto de la fallida relación del otro por ser este diferente es condición para no quedarse detenido en el dolor y seguir deseando. Dice Israël, que la lucha por el deseo es aceptar el riesgo de perder.

2 de julio de 2013

Santiago, Río y Estambúl

Por Peter Molineaux

El domingo en la noche, cerca del estadio Maracaná, los manifestantes rompieron uno de los cordones de seguridad destinado a proteger la final de la Copa Confederaciones en la que los locales apabullaron a los españoles por 3-0. El viernes, en Estambul, las protestas callejeras agregaban consignas por la muerte de un activista kurdo en el norte del país. El miércoles, en Santiago, la Alameda estuvo sin tránsito vehicular casi todo el día en la enésima jornada de neumáticos ardiendo y estudiantes marchando.

Se plantea ampliamente la pregunta por lo que tienen en común las explosiones sociales en Turquía y en Brasil con el movimiento estudiantil chileno. Se parecen, con solo mirarlas de lejos, en lo siguiente: en el uso que hacen de las redes sociales para convocar y para dar voz a sus demandas; en que tienen como punto de partida peticiones muy particulares que sin embargo resuenan como un reclamo más profundo que llegaría incluso a cuestionar el modelo; en que casi invariablemente las manifestaciones son pacíficas pero terminan en violencia; y en que sucede en países donde la llegada del desarrollo sería inminente.

La explosión ocurre como una bomba, con una pequeña mecha se enciende una gran cantidad de molestia acumulada que por estar adormecida no se conocía. Hay un malestar sin forma, flotante, que de pronto se toma de algo y se inflama. Los incidentes en Estambul empezaron como protesta frente a la construcción de un mall en un espacio público. Lo de Brasil partió por el precio del pasaje de la micro. En Chile, la primera gran marcha fue contra la construcción de una represa hidroeléctrica. La masividad de las manifestaciones y la violencia de la destrucción física que producen sus márgenes poblados por ideologías ultra, adolescencia desatada y peones formados por el narcotráfico empujan imperiosamente a tratar de dar solución a este fenómeno callejero.

En Chile y Turquía, que están gobernados de momento por sus derechas, la solución ha sido reprimir con fuerza y criminalizar a los movimientos, llenando sus discursos de significantes como violentistas, borrachos, mano dura y limpiar. El resultado ha sido la radicalización de los movimientos y más violencia.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff intenta de palabra y con acciones concretas dar respuesta a las peticiones que los ciudadanos claman por la calle. Pero allá el clamor tampoco para.

No ha funcionado ni reprimir ni responder a la demanda.

Para los psicoanalistas la demanda es la puesta en palabra de una necesidad. Esto quiere decir que lo que el cuerpo pide tiene que ser articulado por ese cuerpo en algo que le es ajeno y que lo precede –el lenguaje– para solicitar la satisfacción de eso que le falta y que experimenta como necesidad. Pero como esa vía significante, es decir hecha de palabras, es de un orden distinto a lo que pide el cuerpo, la respuesta solo puede ser insatisfactoria. Es una encrucijada trágica: para obtener lo que se necesita es obligación ingresar en una dimensión en la que no está lo que satisface y, como consecuencia, eso que podría colmar la necesidad se pierde. Para el bebé humano, la alternativa, es decir quedarse en el ámbito de la necesidad, significaría no poder pedir nada, no demandar y permanecer en un circuito cerrado de autosatisfacción. Es lo que sucede en el autismo.

En la demanda hay, por lo tanto, una petición al otro que no se puede satisfacer.

Para el mercado, sin embargo, las cosas son más simples: la necesidad es lo que le falta a las personas individualmente y cuando se juntan muchas necesidades se forma una demanda. Lo que deban hacer las empresas es crear productos que puedan satisfacer esa demanda a través de la oferta. Por buena suerte de los que están del lado de la producción, las necesidades parecen ser infinitas, por lo tanto la oferta deberá serlo también. Así han estado funcionando los países en desarrollo hasta que de pronto la voracidad de sus pueblos se empezó a volcar a las calles con sus demandas a las que la oferta no tiene nada que ofrecer.

El salto simple que hace el mercadeo al asumir que la demanda es solo una acumulación de necesidades que deben ser satisfechas con objetos ofrecidos a distintos costos segmentados –ABC1, C2, C3, etc.– no sabe que para que haya demanda se tuvo que producir la pérdida del objeto al que apuntaba la necesidad para entrar en el lenguaje y articular esa demanda. El paso de necesidad a demanda hace que el deseo sea infinito porque su objeto falta y por faltar moviliza. En nuestros países en desarrollo esto ha sido explotado notablemente por el márketing, pensando que el deseo es lo mismo que la necesidad y que se colma con oferta. Como eso no ocurre, el malestar ha ido ebullendo bajo la superficie de los malls, tomando su energía del sobreendeudamiento, las horas extra, las metas, la excelencia, el éxito y el estruje generalizado al que están sometidos los sujetos para consumir lo que la oferta ofrece incansablemente.

Y ¡BUM! Explosión social.

La estrategia represiva de derecha no funciona porque ¿quién se va a reprimir en una sociedad donde todo se le ofrece a la demanda? Por el lado de la izquierda, la respuesta de Dilma ha producido hasta el momento el mismo efecto que el mercado: ofrecerle a la demanda como si fuera necesidad y encontrarse con una voracidad insaciable.

Para que se frene esta maquina de producir insatisfacción y explosión tendrá que aparecer por algún lado la pérdida. En la revolución francesa los ciudadanos no sólo le cortaron la cabeza al rey y a la nobleza sino que a sus propios héroes: la guillotina a Robespierre para que la revolución se automutilara y cediera al pacto social.

Como están las cosas hoy, nadie parece dispuesto a perder, ni los que demandan lo insaciable ni los que ofrecen al infinito en un con-su-mismo cada vez más autista.

16 de agosto de 2012

El desalojo de Chile

Por Antonio Moreno Obando

La palabra desalojo es significante para la subjetividad de los chilenos porque aparece asociada a una serie de otros momentos de nuestra experiencia: desde el golpe de estado, pasando por la búsqueda de enemigos de la patria a domicilio, hasta la predicción profética de Allamand en su libro El Desalojo (2007) y la destacada participación de los municipios en la crisis educacional chilena.

El desalojo hace pensar la irrupción forzosa en un espacio donde hay un sentido operando desde una particular e irrepetible disposición de las cosas. No es tan exagerada la crisis nerviosa que le ocurre a algunas personas que extravían cosas en el hogar ¿Dónde dejé esta cuestión? Por momentos la angustia es desestructurante y deslocalizada, como si a propósito de la búsqueda de un objeto pequeño y cotidiano como las llaves, el hogar familiar se trasformara en un lugar extraño. Es que los espacios por donde circulan y habitan los sujetos logran constituirse en una materialidad que soporta el sentido, que lo hace posible y se ofrece como continente para la experiencia. Un desalojo implica violentar ese ordenamiento, implica desconocer las razones de por qué ese ordenamiento de las cosas tiene un sentido particular para quienes circulan localizados en ese lugar.

La palabra desalojo también aparece junto a la palabra lanzamiento, cuando las familias que no pagan su tributo al arrendador por ocupar un espacio son lanzados a la calle por sinvergüenzas y no entender la reciprocidad del intercambio pecuniario.

Al ser el desalojo un instrumento legal para lanzar a las personas fuera de su espacialidad simbólica, aparece también en el problema territorial de nuestros pueblos originarios en tanto mecanismo garante de la propiedad. Un día, una ley chilena se impuso de facto a la ya existente en la sociedad autóctona, sosteniendo su legitimidad argumentando un irreductible proceso histórico lleno de beneficios, desconociendo así por completo el ordenamiento simbólico de esos sujetos. Desde ahí el primer desalojo: instituir unilateralmente una lógica pecuniaria y de capital al continente vivo de sus vivencias ancestrales. A cambio Chile le entrega un papel que se puede entender desde la nueva ley como un vale por riquezas nuevas, como una especie de súper cheque restorán. Cambiar recursos que se gastan y desaparecen en el tiempo por un corte de lotes de tierra permanente en el territorio donde han vivido por siempre parece un acto de desalojo, con compensación económica claro está.

Una vez que los habitantes de estos territorios quieren recuperar el sentido de lo que su experiencia como pueblo fue perdido, son nuevamente desalojados.

¿Por qué Allamand, precandidato presidencial, eligió la palabra “Desalojo” para criticar el manejo político de la concertación? ¿Por qué la última reunión más importante de la Confech se hace en la Araucanía? Una de dos: o el nombre del libro es una coincidencia o la palabra desalojo representa para la subjetividad chilena algo mucho más amplio que una acepción o una figura legal.

Nos enfrentamos en estos días al desalojo de las tomas de los estudiantes secundarios. La operación logística de los menores tiene el sentido de una ocupación ilegal de un inmueble. Pero hay muchas diferencias entre las palabras toma y desalojo. La toma es en primer lugar realizada por aquellos ciudadanos que no tienen un lugar donde contener su experiencia o donde poder darle una localidad a sus vivencias: personas sin vivienda, sin educación, sin sus territorios ancestrales. La toma es una ocupación ilegal porque está realizada por aquellas personas que no tienen la posibilidad de pagar el tributo necesario a un dueño para poder conseguir un continente a su existencia. Vulneran la libertad porque no deja que otras personas que sí tienen para pagar los tributos necesarios puedan hacerlo libremente. La queja de los apoderados que sí quieren clases en los colegios tomados tiene el mismo sentido: déjeme pagar la educación de mis hijos al precio que yo quiera, si estamos en un país libre.

La toma tiene algo de mensaje; también tiene algo que, dicho en un gesto, va dirigido a ese mismo dueño que exige tributo: ¡Toma! Una persona que dice haciendo un “Pato Yáñez” ¡toma! esta también confesando que ha sido abusado muchas veces, que está aburrido de que le metan goles o que hagan ostentación de superioridad. ¡Toma! es un desquite, es una manera de marcar que hay un sujeto que aún sigue vivo a pesar de mostrarse invisible.

Pero toma también tiene algo de invitación, aunque asuste pensar en las ganas que pudo tener Pato Yáñez en ofrecer sus partes pudendas a los brasileños, es una manera de señalar lo que está afuera de la ecuación. Es un reconocimiento del poder del amo, pero al mismo tiempo es el derecho de poder ofrecer ese goce al Otro cuando yo quiera: ¡ahora toma!

La autoridad política tiene la obligación de leer los mensajes de quienes han votado por ellos. Es posible que la ciudadanía tenga que tolerar también que aquellos encargados de leer las demandas puedan hacerlo desde el prisma de sus propios intereses. Pero lo que no parece posible es que quien decide en esta democracia helénica, cual filosofo tecnócrata, no tenga interés en visibilizar aquellos que dependen de su decisión.

Es posible que si de alguna manera la experiencia de los excluidos tenga alguna forma de ser escuchada, la pasión por desalojar y tomar se desplace en otra cosa.

23 de julio de 2012

Costanera Haters

Por Peter Molineaux

En 2008, cuando había turbulencia económica y recesión mundial, se paralizó la obra gruesa del principal edificio del Costanera Center. Fue el símbolo de que la crisis había llegado a Chile.

Cuando se reanudó la construcción se colgó una gran bandera con la consigna "Arriba Chile" y la presidenta Bachelet, saliéndose de protocolo en el piso 20 de la estructura, dio la orden de reiniciar los trabajos marcando la reactivación económica del país.

Sin embargo, cerca de su inauguración, el edificio comenzó a encontrar resistencias. Vinieron desde lugares muy distintos: el alcalde de Providencia pedía certificados, se recordó en varios medios el pasado Cencosud del Ministro Golborne, se teme un colapso vial y algunos expertos sugieren que se prohiban los automóviles en ese sector.

Lo han bautizado Coronta Center y hay en el ambiente algo de molestia, de rechazo relativamente generalizado. Por lo menos los titulares lo han tratado durante un buen tiempo de "polémico."

Algo pasa con esta erección en el cruce del Canal San Carlos y el Río Mapocho. A pesar de que se le hagan sofisticados juegos de luces a esa mole que aún no termina de ser revestida por su reflectante ropa de rascacielos, incomoda a los santiaguinos.

Es la torre más alta de Latinoamérica, pero los chilenos no parecemos muy orgullosos. Cuando Alexis se saca la camiseta del Barcelona para gritar un gol, todos comulgamos en celebrarlo. Aparece el chovinismo hasta para defender el pisco y la empaná. Pero no para el Costanera.

Quizás el edificio ofenda por lo fálico, por ser una suerte de dedo medio levantado hacia toda la ciudad. Un miembro ajeno frente a nuestro Cerro San Cristóbal.

En el psicoanálisis ha sido importante distinguir entre pene y falo. Si bien el hecho de que exista una diferencia anatómica entre los sexos inaugura el problema de tener o no tener, lo que se instala simbólicamente es la función fálica, el símbolo de que algo falta. Eso ocurre más allá de que se tenga o no el órgano pene, pues lo que falta es otra cosa.

La concepción clásica de lo fálico, es decir la ostentación de una potencia – a veces bajo la forma de virilidad – es en realidad un intento de revestir justamente eso que falta con la ilusión de que se tiene. El conocidísimo caso del tipo que se compra una camioneta grandotota es ejemplificador. Iñi piñi dice ese chilenismo impuesto por un comercial televisivo de los años '90.

Horst Paulmann, dueño del pénico edificio en cuestión, es hijo de un juez Nazi que inmigró a Chile después de la guerra. Horst y su hermano construyeron su imperio expandiendo el negocio familiar, un restorán transformado en supermercado en La Unión, Región de los Ríos.

Los imperios hoy se llaman holdings.

To hold tiene múltiples traducciones – tener, agarrar, coger, abrazar, ser el titular de, mantener. La idea de un holding es ir agarrando, tener y coger. Ser el titular y mantenerse ahí. Al hablar de estos imperios económicos, to hold se traduce bien como acaparar.

El Costanera Center recibe desde todas partes el rechazo de los chilenos porque aparece como la ostentación fálica de un extranjero que va agarrando secciones del país de a pedazos cada vez más grandes. Este extranjero incluso ofrece un paseo al actual Ministro de Economía, Pablo Longueira, para luego quitarle la palabra frente a los medios de comunicación: "Ministro, déjeme responder a mi esa pregunta" – dicho con el inconfundible acento alemán, familiarizado para nosotros en los malos doblajes de películas sobre la Segunda Guerra.

Los juegos de luces y los "arriba Chile" han sido un intento por dar la ilusión de que eso que se ilumina también es nuestro. Incluso se cambió el nombre oficial de Gran Torre Costanera a Gran Torre Santiago. Es posible que mientras se vayan abriendo las siguientes etapas del proyecto y se vendan oficinas caras a quienes quieran participar de la ostentación, vamos a ir acostumbrándonos a que esos chilenos hablen de su oficina en el Costanera, el edificio más grande. Quizás ahí se produzca ese efecto que buscaba la bandera del fin de la recesión: que Chile sienta que esa torre es símbolo de su potencia.

Sin embargo hace unas semanas, recién abierto el mall, se colgó ahí otra bandera grande: la que representa a través del movimiento estudiantil al malestar nacional a propósito de la desigualdad. Esa segunda bandera se cuelga ahí porque la ostentación fálica tiene el efecto de revelar en cada uno su propia falta. Lo que hace el movimiento estudiantil es un acto histérico: a mi me falta pero a ti también. La maravilla de la histeria ha sido siempre revelar, de la manera más precisa, la impotencia del ostentador.

El intento de Horst por contagiar con su recubrimiento fálico a los santiaguinos y luego a los chilenos se ha encontrado con un momento histórico en que mostrarse superpotente ya no produce la envidia y las ganas de tenerlo. Esa posición es la que haría que todos trabajáramos por una oficina en el edificio, aunque no lo lográsemos jamás. Hoy, luego de que los movimientos sociales pusieran en evidencia la falla, detentar el falo revela la impotencia de todos. Eso no gusta y por eso el rechazo.

Quizás con el tiempo Paulmann pueda poner nuevamente a funcionar la ilusión de que su potencia nos hará brillar a todos. En la construcción, el revestimiento del rascacielos avanza rápidamente, cubriendo la coronta. La apuesta es que cuando estén todos los reflectantes en su lugar el edificio haga de encandilante espejo y nos deslumbremos con él, haciéndolo nuestro. Pero por el momento molesta su sombra.