Por Antonio Moreno Obando
Justo antes de estas vacaciones de invierno, muchos de los liceos en toma depusieron su ocupación. Esto a pesar de que en los días anteriores a las primarias el gobierno optara por desalojar a los estudiantes antes que entregaran pacíficamente los establecimientos, como si el llamado al acto de las fuerzas del orden trajera un consuelo frente al sinuoso ejercicio del dialogo. Sin embargo después del procedimiento policial, el malestar pareció exasperar aún más a sus convocantes.
La expresión que los secundarios dejaron en el espacio público, opera como demanda en su sentido más radical y no logra encontrar una adecuada respuesta en quien es interpelado. Los representantes del gobierno y algunos padres con vocación política intentan ocupar el lugar que opera como el causante de las reglas del juego, y al estar del lado de quien responde, se vuelven impotentes ante los requerimientos, condenan a los demandantes a la insatisfacción y asisten a la propia caída de su legitimidad como reguladores.
Quien responde lo ha hecho como autoridad inflexible, aunque la posición de estar caídos frente a la demanda adolescente les ha resultado insostenible; cada vez que una toma dejó en entredicho el ejercicio de su poder, el impulso subió como un furioso flujo de sangre a la cabeza para actuar con todo el rigor que fuere posible, dejando así en claro que su autoridad sigue turgente. Lo trágico de esta posición beligerante es que mientras más reivindicador de su potencia es quien responde, la demanda insatisfecha no cede en su deseo y mantiene desde su carencia la fuerza suficiente como para lanzarse una y otra vez. Al parecer no fue suficiente ver en las comunas de Santiago y en Providencia el año pasado toda la fuerza de facto quedar estéril ante la indignación de los demandantes, cada vez más fortalecidos con la coacción que se ejercía en su contra.
Para el psicoanálisis la insatisfacción eterna del neurótico, en particular de la histeria, ha sido un paradigma desde el cual se ha sostenido gran parte de su producción teórica y práctica. El psicoanalista Lucien Israël, en su libro El goce de la histeria, dice que para estas neuróticas su insatisfacción se articula por la búsqueda de un maestro a quien ofrecer el ejercicio de su propia perfección, ofrecimiento no correspondido de la misma manera por parte del maestro quien se ofrece a su vez al reconocimiento de una instancia diferente. Este drama de la incompatibilidad, es condición para que el deseo de quien demanda siga siempre deseando. Dice Israël: “expresar que un deseo permanece insatisfecho, es con todo, la mejor manera de probar que el deseo existe”.
Esta figura del maestro nos viene oportuna para pensar en cómo se articula la insatisfacción frente al saber y más específicamente cómo ese agente encargado de administrar con sabiduría los recursos del Estado está enredado en la generación del deseo de los jóvenes estudiantes.
La actual crisis del sistema educativo construye su pregunta sobre la calidad educativa desde una condición de derecho que asegura la gratuidad. La premura familiar de ver apretado el presupuesto por la obligación de pagar por educación de alguna forma ha empujado un malestar ciudadano que comenzó como cliente insatisfecho y que va terminando en la posibilidad de generar un nuevo pacto social a través de una asamblea constituyente. El asunto es que actualmente el alcance de esa concepción de calidad es más amplia y no solo desde el alcance que se le puede dar en términos técnicos, sino desde la expectativa que tiene esa familia apretada sobre la transformación que el movimiento estudiantil puede generar en la manera de relacionarnos en el espacio público.
Pero respecto a lo específico de quienes hoy en ese espacio público han manifestado de manera más radical este malestar, los secundarios, encontramos una forma de presión en la toma que pone en juego las formas en la cuales el saber se articula al fin con el deseo de lo jóvenes estudiantes. En las comunidades educativas en general –y más aún en un liceo llamado emblemático– el saber es impartido por parte del maestro en forma vertical y autoritaria, recortando en forma permanente aquel aspecto del aprendizaje que permite un resultado que rentabiliza: desde el pago de la excelencia académica que beneficia al profesor y el aumento de las matriculas por resultados al sostenedor, hasta el ranking de postulación a las universidades en busca de un futuro con mejores rentas.
La ley que disciplina estos colegios competitivos, que sostienen sus proyectos educativos la mayor parte de las veces desde una mera normativa interna, es una ley que instituye a ciegas, que ejerce su sanción educadora en forma homogeneizante sobre el alumnado con un fin productivo y que no reconoce las diferencias entre los sujetos.
En los espacios de toma, no hay ningún indicio de esta forma vertical de impartir el saber. Por el contrario, estos recintos cerrados por sus sillas y mesas trancando los accesos hacen perder los recursos y la paciencia a los agentes que deben responder desde un requerimiento de producción, ese mundo adulto de Estado y Padres que tanto ha invertido en sus resultados académicos duros. Las tomas han trasformando el espacio relacional de los liceos en enclaves de una producción cultural heterogénea, que en su ejercicio busca un espacio de identidad en tanto movimiento hacia la diferenciación con el otro, pero desde la una premisa basada en un pacto social diferente.
Esta toma de un propio espacio no constituye solamente una forma radical de generar un nuevo sentido en la forma de trasmitir el saber desde un nuevo ordenamiento, también es una espera, una carta abierta, una solicitud dirigida a ese lugar que detenta el saber, a la figura del maestro que sabe como y donde deben hacerse las cosas, que sabe de las consecuencias y que se establece como ley.
Si acaso este afán que no cede en su deseo desde quien demanda es comparada con la conceptualización que el psicoanálisis hace de la neurosis insatisfecha, esa insatisfacción puesta en el instrumento toma pide una ley perfecta y proporcional a su sacrificio; la expectativa generada de la entrega en la lucha está condenada a la frustración por no encontrar en quien debería responder un interés por devolver el sacrificio ofrecido. Entonces, si hubiese un camino para el desplazamiento y hacerle un rodeo a ese malestar que mortifica, se debe dejar de esperar aquella ley perfecta que calza con precisión con todo el sacrificio ofrecido. De otra manera será imposible salir de la posición del parapetado hacia la puesta en juego del deseo en el espacio público. La caída de la posición que pasivamente espera la respuesta perfecta producto de la fallida relación del otro por ser este diferente es condición para no quedarse detenido en el dolor y seguir deseando. Dice Israël, que la lucha por el deseo es aceptar el riesgo de perder.
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