2 de julio de 2013

Santiago, Río y Estambúl

Por Peter Molineaux

El domingo en la noche, cerca del estadio Maracaná, los manifestantes rompieron uno de los cordones de seguridad destinado a proteger la final de la Copa Confederaciones en la que los locales apabullaron a los españoles por 3-0. El viernes, en Estambul, las protestas callejeras agregaban consignas por la muerte de un activista kurdo en el norte del país. El miércoles, en Santiago, la Alameda estuvo sin tránsito vehicular casi todo el día en la enésima jornada de neumáticos ardiendo y estudiantes marchando.

Se plantea ampliamente la pregunta por lo que tienen en común las explosiones sociales en Turquía y en Brasil con el movimiento estudiantil chileno. Se parecen, con solo mirarlas de lejos, en lo siguiente: en el uso que hacen de las redes sociales para convocar y para dar voz a sus demandas; en que tienen como punto de partida peticiones muy particulares que sin embargo resuenan como un reclamo más profundo que llegaría incluso a cuestionar el modelo; en que casi invariablemente las manifestaciones son pacíficas pero terminan en violencia; y en que sucede en países donde la llegada del desarrollo sería inminente.

La explosión ocurre como una bomba, con una pequeña mecha se enciende una gran cantidad de molestia acumulada que por estar adormecida no se conocía. Hay un malestar sin forma, flotante, que de pronto se toma de algo y se inflama. Los incidentes en Estambul empezaron como protesta frente a la construcción de un mall en un espacio público. Lo de Brasil partió por el precio del pasaje de la micro. En Chile, la primera gran marcha fue contra la construcción de una represa hidroeléctrica. La masividad de las manifestaciones y la violencia de la destrucción física que producen sus márgenes poblados por ideologías ultra, adolescencia desatada y peones formados por el narcotráfico empujan imperiosamente a tratar de dar solución a este fenómeno callejero.

En Chile y Turquía, que están gobernados de momento por sus derechas, la solución ha sido reprimir con fuerza y criminalizar a los movimientos, llenando sus discursos de significantes como violentistas, borrachos, mano dura y limpiar. El resultado ha sido la radicalización de los movimientos y más violencia.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff intenta de palabra y con acciones concretas dar respuesta a las peticiones que los ciudadanos claman por la calle. Pero allá el clamor tampoco para.

No ha funcionado ni reprimir ni responder a la demanda.

Para los psicoanalistas la demanda es la puesta en palabra de una necesidad. Esto quiere decir que lo que el cuerpo pide tiene que ser articulado por ese cuerpo en algo que le es ajeno y que lo precede –el lenguaje– para solicitar la satisfacción de eso que le falta y que experimenta como necesidad. Pero como esa vía significante, es decir hecha de palabras, es de un orden distinto a lo que pide el cuerpo, la respuesta solo puede ser insatisfactoria. Es una encrucijada trágica: para obtener lo que se necesita es obligación ingresar en una dimensión en la que no está lo que satisface y, como consecuencia, eso que podría colmar la necesidad se pierde. Para el bebé humano, la alternativa, es decir quedarse en el ámbito de la necesidad, significaría no poder pedir nada, no demandar y permanecer en un circuito cerrado de autosatisfacción. Es lo que sucede en el autismo.

En la demanda hay, por lo tanto, una petición al otro que no se puede satisfacer.

Para el mercado, sin embargo, las cosas son más simples: la necesidad es lo que le falta a las personas individualmente y cuando se juntan muchas necesidades se forma una demanda. Lo que deban hacer las empresas es crear productos que puedan satisfacer esa demanda a través de la oferta. Por buena suerte de los que están del lado de la producción, las necesidades parecen ser infinitas, por lo tanto la oferta deberá serlo también. Así han estado funcionando los países en desarrollo hasta que de pronto la voracidad de sus pueblos se empezó a volcar a las calles con sus demandas a las que la oferta no tiene nada que ofrecer.

El salto simple que hace el mercadeo al asumir que la demanda es solo una acumulación de necesidades que deben ser satisfechas con objetos ofrecidos a distintos costos segmentados –ABC1, C2, C3, etc.– no sabe que para que haya demanda se tuvo que producir la pérdida del objeto al que apuntaba la necesidad para entrar en el lenguaje y articular esa demanda. El paso de necesidad a demanda hace que el deseo sea infinito porque su objeto falta y por faltar moviliza. En nuestros países en desarrollo esto ha sido explotado notablemente por el márketing, pensando que el deseo es lo mismo que la necesidad y que se colma con oferta. Como eso no ocurre, el malestar ha ido ebullendo bajo la superficie de los malls, tomando su energía del sobreendeudamiento, las horas extra, las metas, la excelencia, el éxito y el estruje generalizado al que están sometidos los sujetos para consumir lo que la oferta ofrece incansablemente.

Y ¡BUM! Explosión social.

La estrategia represiva de derecha no funciona porque ¿quién se va a reprimir en una sociedad donde todo se le ofrece a la demanda? Por el lado de la izquierda, la respuesta de Dilma ha producido hasta el momento el mismo efecto que el mercado: ofrecerle a la demanda como si fuera necesidad y encontrarse con una voracidad insaciable.

Para que se frene esta maquina de producir insatisfacción y explosión tendrá que aparecer por algún lado la pérdida. En la revolución francesa los ciudadanos no sólo le cortaron la cabeza al rey y a la nobleza sino que a sus propios héroes: la guillotina a Robespierre para que la revolución se automutilara y cediera al pacto social.

Como están las cosas hoy, nadie parece dispuesto a perder, ni los que demandan lo insaciable ni los que ofrecen al infinito en un con-su-mismo cada vez más autista.

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