Por Antonio Moreno Obando
Anteayer nos sorprendimos con la manifestación ciudadana, incluida toma no autorizada de espacio público, de los sindicatos y propietarios legales de la Araucanía, utilizando los mismos métodos de participación de aquellos sectores sociales que no encuentran forma de representar de mejor forma sus intereses.
Pero la violencia ejercida sobre esos viejos cuerpos calcinados, quedó por momentos ensombrecida por el brillo de Antígona expresado por nuestras altas e intermedias autoridades doliéndose a través los medios de comunicación: el Ministro del Interior no solo no condenó la obstrucción de caminos como en otras conocidas ocasiones, sino que avaló públicamente esta vía de participación, así como también el Ministro de Agricultura avaló la equivalencia de fuerzas para defenderse del ataque armado, o como el intendente y el jefe de los sindicatos por momentos se quebraron en televisión, o como el carabinero jefe de la novena zona se refirió al fallecido con un cercano don Werne en el parte policial.
En muchas otras ocasiones se han registrado muertes en nuestro país, no solo en la Araucanía sino que en otros lugares, muchas de ellas injustas y fuera de la ley, pero muy pocas veces hemos visto este nivel de congoja por parte de nuestras autoridades; es que probablemente esta vez han fallecido no sólo compatriotas sino que partidarios de una misma familia, de un mismo bando.
La familia liberal, coautora de nuestra cultura en vías de desarrollo, en algún momento en la historia de Chile encarnó la visión europea del desarrollo, la libertad de producir riqueza con el solo límite de la propia capacidad de trabajo, con la tristeza del desarraigo de su tierra de origen, con principios religiosos en su base, tomando a diario el desafío de civilizar paisajes vírgenes, aprovechar la riqueza que el autóctono sin educación desperdicia día tras día y así generar con su esfuerzo progreso económico al país que la acogió.
Desde la simiente de nuestra vieja familia chilena de los propietarios surge con el fallecimiento del matrimonio Luchsinger la figura del mártir: la muerte horrorosa aparece como un modo de agenciar un conflicto familiar y político de muchas generaciones, establece una causa para luchar, restituye el sentido cuando la ira se vuelve difusa. Al mismo tiempo la unanimidad de la condena al atentado escamotea una habitual censura en la ciudad chilena traumatizada post-Pinochet; es que para el liberal sólo se respeta la opinión cuando defiende los intereses del vecino de izquierda y nunca se respeta cuando alguien subraya el derecho privado de conservar lo que es solo mío y que no se puede compartir.
El ministro Larroulet el fin de semana hablaba en El Mercurio del fin de la superioridad moral de la concertación. Da la impresión de que hay chilenos que hace años, quizás hace décadas, acumulan cierto malestar de no poder gritar su afán de éxito y libertad sin que un envidioso chaquetero le diga egoísta. ¿Serán acaso esos chilenos de bien y de trabajo, premiados con los derechos del capital a causa de sus buenos actos, que creen en una particular forma de libertad y no tienen el espacio para lucir su orgullo en el espacio público sin que alguien critique o trolee?
Entonces no extraña que las familias propietarias se sientan hoy amenazadas y desamparadas, como otrora la expropiación del Estado los hizo sentir obligándoles a parapetarse y juntar sacos de maíz para tirarlos al paso de los militares y carabineros.
En esta misma línea de troleos, amenazas y angustias, aparecen muy reveladoras las cavilaciones de la ya célebre Tere Marinovic, pensadora ultraconservadora que recuerda los pasos comunicacionales de la Sarah Palin del Tea Party. Ella debe ser hoy en día una de las personas más insultadas por medios escritos de nuestro país, agresiones que afloran en respuesta a sus desinhibidos e inusuales puntos de vista. Hace unos días atrás Tere desarrolla en su cuenta de Twitter una articulación sobre su experiencia en varias frases: la aceptación de uno mismo es la esencia del problema moral, frase de Carl Jung que en la serie que propone encuentra su particular sentido con la siguiente frase unos minutos más tarde: yo soy el único causante de mi ansiedad, la angustia no es algo que se desarrolle entre el yo y el medio ambiente.
Algo en estos recortes habla del narcisismo, de una angustia que no tiene que ver con el otro o con el lazo social, no tiene que ver con lo que hay que ir a buscar en el otro, más bien es una ansiedad que solo remite a una necesidad, a una carencia que debe ser satisfecha; si la angustia está en el yo, entonces no hay nada que salir a buscar, nada que tolerar, nada que recomponer imaginariamente en un discurso, nada que deber en una oposición simbólica, es algo arcaico y autoerótico en el sentido Freudiano, en donde la autoconseravación y lo erótico están montados uno sobre el otro: es mi yo hambre y la libertad de comer.
Esta angustia tiene algo esquizoparanoide como dice la clásica psicoanalista Melanie Klein, este afán de tener algo que sacie rápido el vacío, en una frontera erógena donde no está aún visible el otro como distinto al uno. Esta posición implica el ataque persecutor del exterior, un exterior incomprensible que viene a destruir lo poco que fue posible de conquistar con el estómago lleno de leche.
Cuando el discurso liberal del derecho a tenerlo todo le pide al Estado que sea pequeño, lo que promueve en su manifiesto es que el Estado tenga la atribución de sacar la fuerza pública para apresar vagos pero que no tenga la atribución suficiente como para regular la libertad de tenerlo todo para los sujetos.
No es de extrañar que nuestros ministros, muchos de ellos con viejas vocaciones de comando, en la actualidad altamente incómodos lidiando a diario con sus pasiones desde el Estado, no tengan más voluntad de política que derivar a los malos al poder judicial para luego más tarde sacarse la corbata y participar en sus ratos libres en este nuevo movimiento cuidadano latifundista: la consigna sería más fusiles menos estado para ser libres.
Sin embargo hay algo crucial e insoslayable que mostraron los movimientos ciudadanos estos años de agitado combate urbano: aunque no se entienda ni se comparta la proclama, el espacio público debe recibir a todos sus ciudadanos con su malestar para evitar caer en la violencia.
Hago un llamado a la comunidad indignada que salió este año a las calles, para reconocer el malestar de nuestros liberales y ofrezcamos nuevamente la plaza pública para sus reclamos; a mi no me gustaría ver a este movimiento ciudadano-propietario radicalizándose, ya sabemos donde termina ese camino.
Mostrando entradas con la etiqueta Araucanía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Araucanía. Mostrar todas las entradas
9 de enero de 2013
16 de agosto de 2012
El desalojo de Chile
Por Antonio Moreno Obando
La palabra desalojo es significante para la subjetividad de los chilenos porque aparece asociada a una serie de otros momentos de nuestra experiencia: desde el golpe de estado, pasando por la búsqueda de enemigos de la patria a domicilio, hasta la predicción profética de Allamand en su libro El Desalojo (2007) y la destacada participación de los municipios en la crisis educacional chilena.
El desalojo hace pensar la irrupción forzosa en un espacio donde hay un sentido operando desde una particular e irrepetible disposición de las cosas. No es tan exagerada la crisis nerviosa que le ocurre a algunas personas que extravían cosas en el hogar ¿Dónde dejé esta cuestión? Por momentos la angustia es desestructurante y deslocalizada, como si a propósito de la búsqueda de un objeto pequeño y cotidiano como las llaves, el hogar familiar se trasformara en un lugar extraño. Es que los espacios por donde circulan y habitan los sujetos logran constituirse en una materialidad que soporta el sentido, que lo hace posible y se ofrece como continente para la experiencia. Un desalojo implica violentar ese ordenamiento, implica desconocer las razones de por qué ese ordenamiento de las cosas tiene un sentido particular para quienes circulan localizados en ese lugar.
La palabra desalojo también aparece junto a la palabra lanzamiento, cuando las familias que no pagan su tributo al arrendador por ocupar un espacio son lanzados a la calle por sinvergüenzas y no entender la reciprocidad del intercambio pecuniario.
Al ser el desalojo un instrumento legal para lanzar a las personas fuera de su espacialidad simbólica, aparece también en el problema territorial de nuestros pueblos originarios en tanto mecanismo garante de la propiedad. Un día, una ley chilena se impuso de facto a la ya existente en la sociedad autóctona, sosteniendo su legitimidad argumentando un irreductible proceso histórico lleno de beneficios, desconociendo así por completo el ordenamiento simbólico de esos sujetos. Desde ahí el primer desalojo: instituir unilateralmente una lógica pecuniaria y de capital al continente vivo de sus vivencias ancestrales. A cambio Chile le entrega un papel que se puede entender desde la nueva ley como un vale por riquezas nuevas, como una especie de súper cheque restorán. Cambiar recursos que se gastan y desaparecen en el tiempo por un corte de lotes de tierra permanente en el territorio donde han vivido por siempre parece un acto de desalojo, con compensación económica claro está.
Una vez que los habitantes de estos territorios quieren recuperar el sentido de lo que su experiencia como pueblo fue perdido, son nuevamente desalojados.
¿Por qué Allamand, precandidato presidencial, eligió la palabra “Desalojo” para criticar el manejo político de la concertación? ¿Por qué la última reunión más importante de la Confech se hace en la Araucanía? Una de dos: o el nombre del libro es una coincidencia o la palabra desalojo representa para la subjetividad chilena algo mucho más amplio que una acepción o una figura legal.
Nos enfrentamos en estos días al desalojo de las tomas de los estudiantes secundarios. La operación logística de los menores tiene el sentido de una ocupación ilegal de un inmueble. Pero hay muchas diferencias entre las palabras toma y desalojo. La toma es en primer lugar realizada por aquellos ciudadanos que no tienen un lugar donde contener su experiencia o donde poder darle una localidad a sus vivencias: personas sin vivienda, sin educación, sin sus territorios ancestrales. La toma es una ocupación ilegal porque está realizada por aquellas personas que no tienen la posibilidad de pagar el tributo necesario a un dueño para poder conseguir un continente a su existencia. Vulneran la libertad porque no deja que otras personas que sí tienen para pagar los tributos necesarios puedan hacerlo libremente. La queja de los apoderados que sí quieren clases en los colegios tomados tiene el mismo sentido: déjeme pagar la educación de mis hijos al precio que yo quiera, si estamos en un país libre.
La toma tiene algo de mensaje; también tiene algo que, dicho en un gesto, va dirigido a ese mismo dueño que exige tributo: ¡Toma! Una persona que dice haciendo un “Pato Yáñez” ¡toma! esta también confesando que ha sido abusado muchas veces, que está aburrido de que le metan goles o que hagan ostentación de superioridad. ¡Toma! es un desquite, es una manera de marcar que hay un sujeto que aún sigue vivo a pesar de mostrarse invisible.
Pero toma también tiene algo de invitación, aunque asuste pensar en las ganas que pudo tener Pato Yáñez en ofrecer sus partes pudendas a los brasileños, es una manera de señalar lo que está afuera de la ecuación. Es un reconocimiento del poder del amo, pero al mismo tiempo es el derecho de poder ofrecer ese goce al Otro cuando yo quiera: ¡ahora toma!
La autoridad política tiene la obligación de leer los mensajes de quienes han votado por ellos. Es posible que la ciudadanía tenga que tolerar también que aquellos encargados de leer las demandas puedan hacerlo desde el prisma de sus propios intereses. Pero lo que no parece posible es que quien decide en esta democracia helénica, cual filosofo tecnócrata, no tenga interés en visibilizar aquellos que dependen de su decisión.
Es posible que si de alguna manera la experiencia de los excluidos tenga alguna forma de ser escuchada, la pasión por desalojar y tomar se desplace en otra cosa.
La palabra desalojo es significante para la subjetividad de los chilenos porque aparece asociada a una serie de otros momentos de nuestra experiencia: desde el golpe de estado, pasando por la búsqueda de enemigos de la patria a domicilio, hasta la predicción profética de Allamand en su libro El Desalojo (2007) y la destacada participación de los municipios en la crisis educacional chilena.
El desalojo hace pensar la irrupción forzosa en un espacio donde hay un sentido operando desde una particular e irrepetible disposición de las cosas. No es tan exagerada la crisis nerviosa que le ocurre a algunas personas que extravían cosas en el hogar ¿Dónde dejé esta cuestión? Por momentos la angustia es desestructurante y deslocalizada, como si a propósito de la búsqueda de un objeto pequeño y cotidiano como las llaves, el hogar familiar se trasformara en un lugar extraño. Es que los espacios por donde circulan y habitan los sujetos logran constituirse en una materialidad que soporta el sentido, que lo hace posible y se ofrece como continente para la experiencia. Un desalojo implica violentar ese ordenamiento, implica desconocer las razones de por qué ese ordenamiento de las cosas tiene un sentido particular para quienes circulan localizados en ese lugar.
La palabra desalojo también aparece junto a la palabra lanzamiento, cuando las familias que no pagan su tributo al arrendador por ocupar un espacio son lanzados a la calle por sinvergüenzas y no entender la reciprocidad del intercambio pecuniario.
Al ser el desalojo un instrumento legal para lanzar a las personas fuera de su espacialidad simbólica, aparece también en el problema territorial de nuestros pueblos originarios en tanto mecanismo garante de la propiedad. Un día, una ley chilena se impuso de facto a la ya existente en la sociedad autóctona, sosteniendo su legitimidad argumentando un irreductible proceso histórico lleno de beneficios, desconociendo así por completo el ordenamiento simbólico de esos sujetos. Desde ahí el primer desalojo: instituir unilateralmente una lógica pecuniaria y de capital al continente vivo de sus vivencias ancestrales. A cambio Chile le entrega un papel que se puede entender desde la nueva ley como un vale por riquezas nuevas, como una especie de súper cheque restorán. Cambiar recursos que se gastan y desaparecen en el tiempo por un corte de lotes de tierra permanente en el territorio donde han vivido por siempre parece un acto de desalojo, con compensación económica claro está.
Una vez que los habitantes de estos territorios quieren recuperar el sentido de lo que su experiencia como pueblo fue perdido, son nuevamente desalojados.
¿Por qué Allamand, precandidato presidencial, eligió la palabra “Desalojo” para criticar el manejo político de la concertación? ¿Por qué la última reunión más importante de la Confech se hace en la Araucanía? Una de dos: o el nombre del libro es una coincidencia o la palabra desalojo representa para la subjetividad chilena algo mucho más amplio que una acepción o una figura legal.
Nos enfrentamos en estos días al desalojo de las tomas de los estudiantes secundarios. La operación logística de los menores tiene el sentido de una ocupación ilegal de un inmueble. Pero hay muchas diferencias entre las palabras toma y desalojo. La toma es en primer lugar realizada por aquellos ciudadanos que no tienen un lugar donde contener su experiencia o donde poder darle una localidad a sus vivencias: personas sin vivienda, sin educación, sin sus territorios ancestrales. La toma es una ocupación ilegal porque está realizada por aquellas personas que no tienen la posibilidad de pagar el tributo necesario a un dueño para poder conseguir un continente a su existencia. Vulneran la libertad porque no deja que otras personas que sí tienen para pagar los tributos necesarios puedan hacerlo libremente. La queja de los apoderados que sí quieren clases en los colegios tomados tiene el mismo sentido: déjeme pagar la educación de mis hijos al precio que yo quiera, si estamos en un país libre.
La toma tiene algo de mensaje; también tiene algo que, dicho en un gesto, va dirigido a ese mismo dueño que exige tributo: ¡Toma! Una persona que dice haciendo un “Pato Yáñez” ¡toma! esta también confesando que ha sido abusado muchas veces, que está aburrido de que le metan goles o que hagan ostentación de superioridad. ¡Toma! es un desquite, es una manera de marcar que hay un sujeto que aún sigue vivo a pesar de mostrarse invisible.
Pero toma también tiene algo de invitación, aunque asuste pensar en las ganas que pudo tener Pato Yáñez en ofrecer sus partes pudendas a los brasileños, es una manera de señalar lo que está afuera de la ecuación. Es un reconocimiento del poder del amo, pero al mismo tiempo es el derecho de poder ofrecer ese goce al Otro cuando yo quiera: ¡ahora toma!
La autoridad política tiene la obligación de leer los mensajes de quienes han votado por ellos. Es posible que la ciudadanía tenga que tolerar también que aquellos encargados de leer las demandas puedan hacerlo desde el prisma de sus propios intereses. Pero lo que no parece posible es que quien decide en esta democracia helénica, cual filosofo tecnócrata, no tenga interés en visibilizar aquellos que dependen de su decisión.
Es posible que si de alguna manera la experiencia de los excluidos tenga alguna forma de ser escuchada, la pasión por desalojar y tomar se desplace en otra cosa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)