9 de enero de 2013

Movimiento Ciudadano Latifundista Araucano, ¡presente!

Por Antonio Moreno Obando

Anteayer nos sorprendimos con la manifestación ciudadana, incluida toma no autorizada de espacio público, de los sindicatos y propietarios legales de la Araucanía, utilizando los mismos métodos de participación de aquellos sectores sociales que no encuentran forma de representar de mejor forma sus intereses.

Pero la violencia ejercida sobre esos viejos cuerpos calcinados, quedó por momentos ensombrecida por el brillo de Antígona expresado por nuestras altas e intermedias autoridades doliéndose a través los medios de comunicación: el Ministro del Interior no solo no condenó la obstrucción de caminos como en otras conocidas ocasiones, sino que avaló públicamente esta vía de participación, así como también el Ministro de Agricultura avaló la equivalencia de fuerzas para defenderse del ataque armado, o como el intendente y el jefe de los sindicatos por momentos se quebraron en televisión, o como el carabinero jefe de la novena zona se refirió al fallecido con un cercano don Werne en el parte policial.

En muchas otras ocasiones se han registrado muertes en nuestro país, no solo en la Araucanía sino que en otros lugares, muchas de ellas injustas y fuera de la ley, pero muy pocas veces hemos visto este nivel de congoja por parte de nuestras autoridades; es que probablemente esta vez han fallecido no sólo compatriotas sino que partidarios de una misma familia, de un mismo bando.

La familia liberal, coautora de nuestra cultura en vías de desarrollo, en algún momento en la historia de Chile encarnó la visión europea del desarrollo, la libertad de producir riqueza con el solo límite de la propia capacidad de trabajo, con la tristeza del desarraigo de su tierra de origen, con principios religiosos en su base, tomando a diario el desafío de civilizar paisajes vírgenes, aprovechar la riqueza que el autóctono sin educación desperdicia día tras día y así generar con su esfuerzo progreso económico al país que la acogió.

Desde la simiente de nuestra vieja familia chilena de los propietarios surge con el fallecimiento del matrimonio Luchsinger la figura del mártir: la muerte horrorosa aparece como un modo de agenciar un conflicto familiar y político de muchas generaciones, establece una causa para luchar, restituye el sentido cuando la ira se vuelve difusa. Al mismo tiempo la unanimidad de la condena al atentado escamotea una habitual censura en la ciudad chilena traumatizada post-Pinochet; es que para el liberal sólo se respeta la opinión cuando defiende los intereses del vecino de izquierda y nunca se respeta cuando alguien subraya el derecho privado de conservar lo que es solo mío y que no se puede compartir.

El ministro Larroulet el fin de semana hablaba en El Mercurio del fin de la superioridad moral de la concertación. Da la impresión de que hay chilenos que hace años, quizás hace décadas, acumulan cierto malestar de no poder gritar su afán de éxito y libertad sin que un envidioso chaquetero le diga egoísta. ¿Serán acaso esos chilenos de bien y de trabajo, premiados con los derechos del capital a causa de sus buenos actos, que creen en una particular forma de libertad y no tienen el espacio para lucir su orgullo en el espacio público sin que alguien critique o trolee?

Entonces no extraña que las familias propietarias se sientan hoy amenazadas y desamparadas, como otrora la expropiación del Estado los hizo sentir obligándoles a parapetarse y juntar sacos de maíz para tirarlos al paso de los militares y carabineros.

En esta misma línea de troleos, amenazas y angustias, aparecen muy reveladoras las cavilaciones de la ya célebre Tere Marinovic, pensadora ultraconservadora que recuerda los pasos comunicacionales de la Sarah Palin del Tea Party. Ella debe ser hoy en día una de las personas más insultadas por medios escritos de nuestro país, agresiones que afloran en respuesta a sus desinhibidos e inusuales puntos de vista. Hace unos días atrás Tere desarrolla en su cuenta de Twitter una articulación sobre su experiencia en varias frases: la aceptación de uno mismo es la esencia del problema moral, frase de Carl Jung que en la serie que propone encuentra su particular sentido con la siguiente frase unos minutos más tarde: yo soy el único causante de mi ansiedad, la angustia no es algo que se desarrolle entre el yo y el medio ambiente.

Algo en estos recortes habla del narcisismo, de una angustia que no tiene que ver con el otro o con el lazo social, no tiene que ver con lo que hay que ir a buscar en el otro, más bien es una ansiedad que solo remite a una necesidad, a una carencia que debe ser satisfecha; si la angustia está en el yo, entonces no hay nada que salir a buscar, nada que tolerar, nada que recomponer imaginariamente en un discurso, nada que deber en una oposición simbólica, es algo arcaico y autoerótico en el sentido Freudiano, en donde la autoconseravación y lo erótico están montados uno sobre el otro: es mi yo hambre y la libertad de comer.

Esta angustia tiene algo esquizoparanoide como dice la clásica psicoanalista Melanie Klein, este afán de tener algo que sacie rápido el vacío, en una frontera erógena donde no está aún visible el otro como distinto al uno. Esta posición implica el ataque persecutor del exterior, un exterior incomprensible que viene a destruir lo poco que fue posible de conquistar con el estómago lleno de leche. 


Cuando el discurso liberal del derecho a tenerlo todo le pide al Estado que sea pequeño, lo que promueve en su manifiesto es que el Estado tenga la atribución de sacar la fuerza pública para apresar vagos pero que no tenga la atribución suficiente como para regular la libertad de tenerlo todo para los sujetos.

No es de extrañar que nuestros ministros, muchos de ellos con viejas vocaciones de comando, en la actualidad altamente incómodos lidiando a diario con sus pasiones desde el Estado, no tengan más voluntad de política que derivar a los malos al poder judicial para luego más tarde sacarse la corbata y participar en sus ratos libres en este nuevo movimiento cuidadano latifundista: la consigna sería más fusiles menos estado para ser libres.

Sin embargo hay algo crucial e insoslayable que mostraron los movimientos ciudadanos estos años de agitado combate urbano: aunque no se entienda ni se comparta la proclama, el espacio público debe recibir a todos sus ciudadanos con su malestar para evitar caer en la violencia.

Hago un llamado a la comunidad indignada que salió este año a las calles, para reconocer el malestar de nuestros liberales y ofrezcamos nuevamente la plaza pública para sus reclamos; a mi no me gustaría ver a este movimiento ciudadano-propietario radicalizándose, ya sabemos donde termina ese camino.

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