Por Peter Molineaux
La semana pasada la Corte Suprema ratificó una serie de recursos de protección en contra de las ISAPREs por subir unilateralmente los precios de los planes de salud de las personas. Se ha hecho conocida últimamente en la prensa la referencia a la famosa cartita que reciben los afiliados informando los aumentos. Si no se interpone un recurso de protección en un tribunal competente al recibir ese documento, el plan sube. Si se pone el recurso, casi invariablemente se declara ilegal el aumento y se evita que se realice.
Como lo habitual es que los ciudadanos no judicialicen su relación con su proveedor de salud, el plan aumenta año a año. Esto tiene muy molestos a los clientes de ISAPREs, provocando reclamos, declaraciones de ministros y un proyecto de ley con miras a regular el estrujamiento. Paralelamente, casi como una ostentación, cada año se anuncia que las utilidades de estos intermediarios entre los bolsillos de los sujetos y sus servicios médicos aumentan más de 30%. Suena a caradurismo cuando desde su Asociación declaran luego del fallo de la Corte que "si no suben los planes el sistema colapsa."
Quizás tengan sus razones: si la utilidad no es buena el negocio no es atractivo y no hay inversión ni innovación. Es un argumento de negocios, de capitales. Es el que usó Agrosuper para cerrar su planta en Freirina. No es buen negocio, no se hace. Chao. A pesar de que es rico el cerdo, podemos vivir con unos 400.000 menos. Pero en salud se trata de otra cosa. Hay un problema en lo que se junta al tratarse del negocio de la salud.
En un negocio hay clientes, aquellos que tradicionalmente siempre tienen la razón y hay que satisfacer. Eso, para el que quiere hacer negocio en la salud ya es un problema porque al tratarse de la salud hay demandas que no se pueden satisfacer y el médico siempre tiene la razón. Las ISAPREs intentan resolver el problema de la demanda con oferta: variedad de planes, flexibilidad, competencia. Lo del médico omnisapiente, por su lado, es maquillado con hotelería, atención al cliente y fotos publicitarias donde el actor vestido de médico sonríe para ti.
En el sitio web donde se reúnen bajo una causa común las ISAPREs de Chile –se reúnen justamente aquellos que supuestamente dan con la competencia entre si una dinámica a lo que ellos mismos llaman el sistema– hay un extraño híbrido entre gran pompa al modelo y defensas corporativas contra los proyectos legales que buscan afectar su negocio. Se anuncia con alegría, por ejemplo, que en Brasil "después de los electrodomésticos, el coche nuevo y los viajes en avión, el plan de salud se convirtió en un sueño de consumo palpable para la clase media..." Un poco más arriba en la página se puede pinchar un link para saber cuál es la posición de las ISAPREs respecto del Proyecto de Ley Plan Garantizado de Salud. Al pinchar el link, además del texto de defensa, aparece arriba junto al logo una pequeña consigna: "Usa bien tu Isapre. Haz valer tus beneficios."
Usa bien tu Isapre. Haz valer tus beneficios. Es una frase muy cargada. En primer lugar intenta sonar a gancho publicitario, pero en su primera parte es en realidad una advertencia: si no usas bien tu Isapre vas a perder. Aprovecha o te cagamos. La segunda parte podría estar colgada en un consultorio público con la palabra derechos en lugar de beneficios. Es incómoda la posición de la Asociación de ISAPREs porque tiene que tratar a sus clientes como beneficiarios o incluso, disculpando el término, como sujetos de derecho. Esta desgracia les sucede porque la competencia es justamente FONASA, un sistema público para ciudadanos del que las ISAPREs quisieran ir afiliando a todos los que puedan pagar. En su defensa contra la Ley dicen estar muy preocupados de que no se afecte a la clase media, su nicho de mercado, su pedazo de la torta. Sus próximos clientes.
En Estados Unidos la salud para clientes domina el panorama. La gran bandera de lucha de Obama en su primer mandato fue crear un sistema de salud público que proveyera un safety net, una red de protección a los ciudadanos. Los republicanos lo han resistido con vehemencia bautizándolo Obamacare y demonizándolo como un paso hacia el socialismo. Allá decir socialista es un insulto.
En ese sistema norteamericano para clientes, que es defendido con uñas y dientes por los neoconservadores, el médico consulta a la aseguradora de salud del cliente antes de hacer un procedimiento para saber si está cubierto. Si no lo cubre no se hace porque es muy, muy caro. El doctor le hace un favor a su cliente al advertirle que no se haga su tratamiento o examen porque no podrá pagar la cuenta. Hay, por supuesto, miles de historias en las que enfermarse significa que hay que vender la casa para pagar.
La psicología americana también ha adoptado el término cliente para referirse a lo que los psicoanalistas aún llaman paciente. La idea de allá es que un paciente es muy pasivo. Un cliente sería más proactivo, con el poder de elegir los servicios de uno u otro terapeuta, desechando al que no le conviene y pagando al que sí. Libre en el mercado, buscando oferta para su demanda.
Que los psicoanalistas traten de pacientes a sus clientes es para ese mundo una forma anticuada, pasada de moda, superada. Es incluso ofensivo. No me trate de paciente, soy un cliente.
El uso del término paciente en psicoanálisis tiene raíces en su historia, es heredado del hecho de que Freud era médico. Se usa, para ser más riguroso, el término analizante. El analista y su analizante. Pero en reuniones clínicas, coloquios, simposios se usa paciente. Quizás persista porque en un análisis hay que tener paciencia, aunque lo que hay en el fondo de ese término es la constatación de una asimetría entre la posición del analista y la del paciente. No son lo mismo. El término cliente intenta mercantilizar y así, en la idea liberal de mercado, democratizar la relación disímil entre un sujeto y el Otro.
En psicoanálisis esa relación no es democrática ni igualitaria. Es más bien trágica, oprimente, neurótica en el mejor de los casos. El analista, por efecto de lo que Freud bautizó como transferencia, representa para el paciente al Otro en la relación que se establece en un análisis. Es una relación en la que hay, por cierto, una demanda, pero no se trata de un proveedor de servicios y su cliente. Se trata más bien de la petición de aliviar un malestar que es inherente a la condición de sujeto, es decir una demanda profunda e imposible de satisfacer. En lugar de una oferta, los avatares de cada psicoanálisis tramitarán en esa relación transferencial su demanda hasta reducirla a un nivel soportable. No se trata de agotarla absolutamente porque ofertar una satisfacción implica necesariamente ejercer un engaño.
La demanda de salud –aquella que se le hace a un médico ya sea por FONASA o ISAPRE– es una demanda de paciente, es decir una demanda infinita de algo imposible. Buena salud para mi y los míos siempre. Cuando es hecha al Estado, al sistema público, se recibe como respuesta la impotencia de un sistema que efectivamente no puede con esa demanda imposible: se muestra en las caras de sus empleados y las grietas de los hospitales. Ahí se reciben todos los insultos y quejas a un Otro representado por el Estado o el gobierno de turno.
Cuando se le hace una demanda de paciente a una ISAPRE, ese sistema la recibe como demanda de cliente. Oferta entonces un engaño: Confianza toda la vida, Isapre Consalud. Usted no está solo, Isapre Banmédica. La mejor salud del mundo, Isapre Vida Tres. Al intentar poner a la salud en la serie de los electrodomésticos, el auto nuevo y los aviones, las ISAPREs buscan saturar con una fantasía al cliente, vendiendo un producto completo, perfecto, ideal. Sin embargo engañan y decepcionan al paciente.
Un paciente no deja de ser paciente por ser tratado como cliente. Ese es el problema de este negocio. De ahí la esquizoide página web de las ISAPREs de Chile y su paradójica posición frente a sus afiliados: cuídese de sus cuidadores, sólo un recurso de protección lo salvará.
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