Por Peter Molineaux
Para una gran cantidad de trámites legales y comerciales es necesario en Chile visitar una Notaría. Hay un número limitado porque la cantidad de Notarios designados en el país es también limitada por ley: 391. El Notario debe ser de profesión Abogado y tiene asignada una larga lista de funciones entre las que está certificar que lo que dice aquí es lo mismo que dice acá: copiar, timbrar, firmar, legalizar. El equipo administrativo prepara los documentos y el Sr. Notario firma.
Entrar a una Notaría, especialmente en el centro de Santiago, es un viaje en el tiempo. Por alguna razón no se han eliminado de nuestro desarrollante y cabalgante jaguar de país a estas reliquias burocráticas que hacen honor a su destemporalidad con un estilo que gustaría al octagenario Sr. Notario en sus años vigorosos. Abunda el enchapado de madera en las paredes, el olor a la época en que se podía fumar entre las fibras de la alfombra y el cortinaje, las puertas con mucho vidrio corrugado que deja pasar luz pero no saber exactamente qué trámite se está haciendo del otro lado.
Es un lugar donde la máquina de escribir ha sobrevivido a la digitalización, donde el empastado de las copias de todos los diarios oficiales del siglo tienen un lugar. No es extraño ver el pelo escarmenado de alguna funcionaria proclamando el último grito de la moda del año 1982. Corretéa el oficinista clásico: pelo engominado, corbata corta, mangas cortas y aires de haber llegado al tope de su destino laboral.
Todos los papeles circulan con una lógica ensayada. El visitante inexperto no sabe por dónde empezar, qué parte de ese zumbido interpelar para ingresar su necesidad que es la de todos: la firma del Sr. Notario. Está todo organizado en torno a él. Si no está: estamos sin firma. Nada se puede hacer. Cuando llega: firma todo sin mirar porque confía en que sus subalternos hicieron bien el trabajo de confirmar que lo de aquí es igual que lo de acá.
Esta función notarial está en el centro de los movimientos legales del país y se le da suma importancia. Sin embargo se cierra un buen rato a la hora de almuerzo: el Notario no está. Se paralizan los tipeos de las teclas arcaicas que mueven la burocracia nacional hasta que se tome el bajativo y la siesta el Sr. Notario. Luego recomienza el acto repetitivo de poner la garantía de puño y letra durante la tarde. Cierran a las 18:30, máximo. Se fue el Sr. Notario.
Este ritual desconcertante para la cultura del horario de mall, del 24/7 y del touch and go debe su sobrevivencia al hecho de que no se ha revisado su funcionamiento desde el año 1943, salvo para ajustar los aranceles. La designación de un Notario dura hasta que el señor se traslade, sea destituido o muera, es decir, es de por vida. Deberían dejar el cargo a los 75 años, pero permanecen más tiempo por una "norma especial." Es buen negocio y no conviene jubilar. Hay que mantener relativamente vivo al Sr. Notario porque su función es intransferible y su muerte significa que ese cargo queda vacante y comienza la ruleta oscura de una nueva designación, dejando toda a la oficina sin firma, inútil por siempre. El negocio se acaba.
Se llama oficialmente el negocio de notarios y es regulado por el Ministerio de Justicia. Está en el límite entre lo público y lo privado y su función es justamente dar carácter público a documentos privados. Es una posición de mucho cuidado: justo en el lugar para dar fe de la legitimidad de un acto entre privados hay un privado –el Notario– que se ha ganado el derecho vitalicio de hacer su negocio privado de firmar para legalizar. Los notarios son designados por el Ministro de Justicia en un concurso que no es abierto al público.
Lo que busca lograr la función notarial es que algo del pacto social, de la Ley, garantice el pacto entre dos sujetos que desconfían el uno del otro. No confiar es de lo más esperable: sabemos desde Freud que los instintos de agresión se dirigen hacia el otro entre los humanos. Para que no nos destruyamos nos hemos organizado bajo una Ley que intenta regular esos instintos y en Chile hemos puesto como ministro de fe de esa Ley al Sr. Notario, un abogado que ganó un concurso hace muchos años.
Se quiso hacer una reforma en 2008, pero no prosperó. En 2010 el primer Ministro de Justicia del gobierno actual, Felipe Bulnes, hizo una propuesta que incluía licitar las notarías para que los postulantes compitieran entre sí, ofreciendo de esa forma un mejor precio a sus clientes. La Asociación de Notarios y Conservadores saltó con sus timbres de agua y sus corcheteras a defender su negocio: licitar pone en riesgo la seguridad jurídica, hasta un narcotraficante podría poner una notaría. Teodoro Ribera, en su paso por el Ministerio, escuchó a los notarios y pretendía presentar un nuevo proyecto antes de finalizar el año pasado. Su mandato, como es sabido, terminó anticipadamente por escándalo y las Notarías siguen como siempre.
No hay nada que garantice que el Sr. Notario no sea un narco, pero su lugar entre nosotros sigue siendo muy respetado. Se le trata con gran pompa en su pequeño reino de papeles por firmar. Su firma da confianza. Incluso da esa ilusión de seguridad jurídica.
En la experiencia psicoanalítica es conocido que una garantía es una ilusión. Pero es una ilusión que en general elegimos creer inconscientemente porque la alternativa es la paranoia, una psicosis. Mediante la represión, expulsamos de la consciencia lo que no queremos saber –que no hay garantías– y confiamos en la pompa del Sr. Notario. Pero es un acto de fe. Lo que la Asociación de Notarios llama seguridad jurídica es la fe que depositamos en que ese acto bobo de firmar y timbrar tenga una asociación con la Ley. Y sí la tiene, pero es bien distinta a la idea de que un hombre altamente ético ha recibido del Estado la tarea de visar como tercero iluminado la relación entre dos ciudadanos que sospechan el uno del otro. Su asociación a la Ley es de alguien que ha obtenido el privilegio vitalicio por concurso opaco de sostener una ilusión de garantía.
La parafernalia notarial mantiene esa ilusión con los recursos más finos de la burocracia: espere un momento, tenga paciencia señor, haga la fila, ¿quién lo manda? Esos escritorios rebosantes de carpetas apiladas están ahí para dar la tranquilidad de que estamos en presencia de algo serio, de una larga tradición. Toda esa pirotecnia entorno al Sr. Notario ayuda a que mantengamos la fe. ¿Podría mantenerse sin él?
El Notario da cuerpo (sobre todo mano) a una función. Pero la figura del Sr. Notario todavía guarda los aires oligárquicos de un título poderoso otorgado a alguien importante de por vida. ¿Será necesario aún en Chile que para mantener la ilusión esos aires estén presentes en un trámite? ¿Se puede avanzar sin el Sr. Notario?
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