28 de diciembre de 2012

Blanca Navidad

Por Peter Molineaux

Como todos los años disfrutamos esta Navidad entre pinos blancos de falsa nieve, casas adornadas con gnomos y luces, Viejos Pascueros transpirantes y trineos tirados por renos de nariz artificialmente roja. Los malls incluso dispusieron grandes domos de nailon para poder soplar pequeñas bolitas de plumavit emulando el invierno en pleno verano.

Este ambiente que va tan directamente en contra de nuestra estación del año ya es un estándar y no parece molestar mucho. Es heredado del hemisferio norte, donde los pinos, llamados evergreens por mantenerse siempre verdes, son los árboles predilectos por mostrar algo de vida en el inicio de la temporada nevada. Los gnomos y las luces son restos de la tradición celta que celebraba el solsticio de invierno con la esperanza de que la luz volvería algún día a esas nortinas tierras congeladas. Sobre esa tradición el cristianismo pudo incrustar la Navidad en la Europa pagana.

Papá Noel está claramente vestido para el frío porque su recorrido es por Estados Unidos y el viejo continente. Su reno más famoso, Rudolph, tiene la nariz roja por un mecanismo de vascularización especial para protegerlo del frío según la últimas tesis científicas. El trineo, claramente un vehículo de nieve, termina de subrayar la incompatibilidad estacional de la Navidad pues sufriría enormemente si tuviera que deslizarse por el asfalto que llega a 50 grados en nuestras tierras subecuatorianas en verano.

Pero nada de esto llama demasiado la atención. No opera lo que los psicólogos han llamado disonancia cognitiva, es decir, esta cuestión no calza. Aunque en años pasados, por ejemplo, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha dado una "orientación" a los empleados públicos para no usar artículos navideños que el Imperio impuso con su capitalismo, sigue la Navidad invernal en Latinoamérica incluso en hogares más bien de izquierda.

Marx hablaba de alienación. Funciona así: al hacer un trabajo que produce una mercancía para otro, explotado por otro, estoy alienado de lo que me define como lo que soy, justamente mi trabajo y los bienes que produzco. En el extremo de eso, en un capitalismo bien aceitado, las tradiciones y los objetos de esas tradiciones también son de otro y para otro y da lo mismo si me pongo un chullo para recorrer las calles de Barcelona pidiendo la independencia de Cataluña.

Como es sabido, para el marxismo lo que se sigue lógicamente de esto es tomarse los medios de producción y trabajarlos en beneficio propio de los trabajadores para lograr la libertad. Es una linda idea, pero no ha resultado históricamente.

Para el psicoanálisis la alienación es estructural. No es nada de qué avergonzarse, nos pasa a todos: al hablar, que es el paso fundamental para ingresar a la realidad humana, recibimos del Otro –con mayúscula porque es el Gran Otro, el Otro social, la historia y la cultura que nos antecede– las palabras que nos servirán para ir nombrando los afectos, los objetos, las relaciones entre los artefactos, las personas. Somos hablados por el Otro. Las palabras, que se acomodan en series intermitentes, tienen el problema de que no sirven para nombrarlo todo y no recubren bien lo que hay en lo real de la tierra, en lo real del cuerpo, en lo real de los instintos. Al Otro le falta, le falta palabra, pero hay que elegirlo porque sino estamos fuera del campo humano, del lenguaje.

La bolsa o la vida, dice el ladrón. Es el ejemplo que daba Lacan. No es en realidad una elección como las otras: si me quedo con la bolsa pierdo la vida y como consecuencia también pierdo la bolsa. Si me quedo con la vida tengo que vivirla sin bolsa. Vivir en falta: en el caso de la entrada del humano en su realidad, vivir en la falta del Otro. Suena terrible, pero explica de buena manera la experiencia de la tragedia bípeda.

Es algo bien distinto a la libertad que clama, por ejemplo, el chavismo en sus ganas de arrancar los arbolitos navideños del Imperio. Es quizás lo que le pasaba a los marxistas cuando ganaban la revolución: luego de la liberación viene el totalitarismo para asegurar la vida de esa revolución. La bolsa o la vida, la vida sin bolsa. La revolución sin libertad.

La promesa marxista de libertad cuando se derrote a la alienación es la ilusión de que la elección es posible. La idea psicoanalítica es que la alienación es la condición para entrar en la naturaleza humana y que liberarse de ella no es posible.

Entonces la alienación navideña del Pascuero y la alienación en la ilusión de libertad de Chávez son, en su estructura, equivalentes. Lo que interesa, desde una lectura analítica, es la función que cumple y cómo opera lo que se ha construido sobre esa primera articulación al Otro más que perderse en la lucha por liberarse de ella. Luchar por lo imposible es un gran acto de impotencia.

En Latinoamérica lo que se acostumbra desde la Colonia es que lo que viene de allá es mejor. Era mejor ser español que criollo y mejor ser criollo que mestizo. Los vinos franceses, los zapatos italianos, los whiskys ingleses: se ha corrido detrás de esos productos desde entonces. Y se sigue corriendo, con el agregado de que en algún momento entró lo estadounidense en esa serie de cosas deseables desde allá.

La Navidad entró por la Iglesia, pero las bolitas en los pinos por el comercio. El mercante responde con sus importaciones al deseo colonial del continente y ofrece como siempre la última novedad traída desde ultramar. Comprar eso que se vende no es alienación, esa operación ya ocurrió mucho antes en la vida de cada sujeto. Comprar eso que se vende sí es efecto de la historia de estas regiones.

De la historia, por desgracia, no hay liberación. Se puede, sin embargo, conocerla y llegar a un cierto acuerdo con ella.

Que la blanca navidad no moleste a la mayoría en nuestros centros comerciales no es extraño porque aquí lo extraño –es decir lo extranjero– ha sido deseado por siglos. Ha sucedido especialmente en esta tira de tierra del Nuevo Mundo que estuvo más aislada de los centros de producción de las mercancías preciadas. Lo que está en juego no es el enemigo, el Imperio, el Otro alienante por explotación. Lo que está en juego es nuestro deseo y su historia: con eso hay que arreglárselas porque con el Otro la cosa ya está bien cocinada.

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