Por Antonio Moreno Obando
A pesar de que el derecho al mar preocupó a muy pocos cuando en Chile su congreso votaba la ley de pesca, el celo identitario ciudadano se despertó con fuerza cuando el extranjero amenazó con su acusación. El malestar de los cuerpos provoca un ruido de queja y patriotismo legal que no deja escuchar lo que se pone en juego en este cruce de demandas. Nuevamente el goce de los cuerpos llenos que retienen y de sus defensas viscerales no nos dejan abrir un espacio a lo que dice el otro, por más semejante, alienante y enemigo que sea.
La palabra error ha salido al ruedo copiosamente en los últimos acontecimientos. Desde este lejano sur se ha escuchado al norte la referencia del error histórico que cometieron los chilenos en su relación con Perú y que hoy puede ser enmendado. Desde Chile se escucha el error de los gobiernos anteriores, o el error de este gobierno al permitir que la causa peruana llegue a una instancia internacional sin tener derecho. El error no solo es la marca de una decepción para alguien, sino que también un requerimiento de reparación; y es quizás ese el asunto.
En psicoanálisis el tema de las llamadas envolturas psíquicas es una concepción post freudiana, o post lacaniana si se quiere, con un fuerte acento en la filosofía y en el cruce con otras aproximaciones teóricas. Y a pesar de los rechazos que recibe por su poca ortodoxia, es capaz de darle una imagen espacial a algo que atañe a la experiencia de la singularidad, algo que no junta entre el sujeto y la carne, entre el uno y el otro, en el descalce de lo sentido cuando se integra el adentro y el afuera, el arriba y el abajo. Entonces aparece la imagen de un manto o una superficie de inscripción que envuelva, que recoja y sostenga trozos anhelantes y desunidos por la materia; dentro de ese manto aparece un deseo por historiarse.
La memoria entonces es un medio para poder repasar esas zonas interiores-exteriores y así la libido nos singularice, para que nos permita articular un cuerpo real lleno de pedazos en una experiencia de sujeto que pueda circular través del tiempo y del espacio.
¿Qué ocurre cuando un cuerpo por alguna razón es desmembrado? El sentimiento de singularidad corre peligro y es necesario entonces volver a historiarse envolviendo en una piel lo que contiene, a pesar de su amenaza permanente de desborde por su naturaleza irreconciliable. Esta tragedia del singular también es el fundamento del deseo, porque no solo debemos tener una causa sino que también un lugar y un tiempo que sea causado.
Si un cuerpo pierde una de las partes que constituían su integridad, no basta para el alivio del mutilado que el médico exponga con meridiana y paralela claridad lo irrevocable del proceso de la amputación, el efecto de vida normal que puede tener con alguna ayuda técnica. La rehabilitación física no es suficiente, debe haber una reparación psicosocial, y esto no es necesariamente una extremediad biónica gratis ni una millonaria indemnización, aunque sí podrían reparar en lo moral o en lo funcional. Lo que urge es una envoltura de la singularidad, y para eso es necesario volver a memorizarse con su historia de superficie, con sus espacios y tiempos, así este manto singular habilitará el levantamiento de esa cama en ese sujeto para ponerle el cuerpo a una causa de deseo.
Aunque parezca acrobático, lo que se discute en el tribunal de la Haya tiene mucha sintonía con estos avatares de la discapacidad. Perú perdió algo de su cuerpo producto de los malos negocios que los administradores propios y vecinos de turno hicieron antes de la guerra del pacífico. Hoy, igual que el médico que decide amputar, esta vez el jurista experto en derecho internacional (asociación ya con tanta tradición) es quien debe dirimir imparcial, suturar y dar las indicaciones profilácticas para que la respuesta de la demanda esté completa. Ya es sabido: quién perdió el combate político y militar debe asumir su mutilación con dignidad y gloria, sin reclamar.
Entonces un día una parte del Perú sangró, se agitó demasiado con sus viejos dolores de espalda, con sus retorcijones interinos, los cuales cada cierto tiempo se amarran al síntoma del siempre doliente órgano que no está.
La profilaxis de un tratado no historiza, no deja espacio para el repaso por el tiempo y el espacio propio, no permite quejarse de dolor, no permite la oportunidad de una envoltura que reanude el circuito cerrado y vital del cuerpo material; en este caso no hubo rehabilitación psicosocial, no hubo integración, siempre pasa, a la medicina también le pasa, al derecho también le pasa, esos lugares donde se concentra el poder y quienes lo toman nada quieren saber del efecto subjetivo de sus intervenciones.
Pero no son ellos los llamados a escuchar y reparar lo que se demanda, son los ciudadanos los que deben visitar los vestigios para volver a componer la historia, ya no se puede hacer peruano lo que es chileno, ya no puede seguir siendo peruano lo que habita en Chile, ya no puede ser chilena la soberanía sobre lo que se perdió y se llora. Ese dolor no es chileno, sí son chilenos los que crecieron en ese suelo rojo y que sienten arraigo por la comunidad que les dio un pacto social. Cuesta tan poco llamar a otros actores, cruzarse, no ser ortodoxos, encontrarse con el mal entendido; la verdad cuesta mucho hacerlo, nos cuesta tanto. También es difícil para el psicoanálisis, para nuestra nueva política latinoamericana, para nuestros queridos patriotas que amarran su cuerpo al territorio, para la masa de consumidores molestos, para el tumulto de jóvenes mal educados, para de las minorías en cautiverio.
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