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6 de julio de 2015

Antes y después (de ser Campeones)

Por Peter Molineaux

En este amanecer de la semana luego de que Chile es Campeón de América, cuando todavía suena extraña esa frase y se pueden ver aquellos penales una y otra vez sin cansancio, invito a recordar una escena, una noche entre la semifinal y la final:

Señoras con abrigo de piel o señoritas con ollas brillantes gritando desde sus autos en los barrios más privilegiados de la capital. Tuiteros chillando que ellos también tienen derecho a manifestarse. El cacerolazo ABC1 puede intentar comprenderse, primero, desde el punto de vista de los "manifestantes" de las alturas: Nosotros estamos hartos de la delincuencia, que es una forma de injusticia porque se nos viene a robar aquello que hemos adquirido legítimamente. Desde esa perspectiva, interpelar a las autoridades del Estado en una manifestación pública parece tener sentido: se está cometiendo una injusticia, un crimen. Clarito.

En cambio desde abajo, desde abajo a la izquierda, la furia emana con el argumento de que en una sociedad tan desigual, donde los privilegiados de siempre roban con cuello y corbata a todo el resto del país, no deben extrañarse de que les vayan a quitar sus joyas de sangre y sus objetos de ostentación. Clarito.

Un país dividido, con masas marchando por la Alameda sin Delicias, pidiendo la educación que terminaría con las diferencias y, más arriba, las esposas de los ricos protestando con el método que usaron hace ya más de 40 años sus madres y abuelas para quejarse de la amenaza del despoje de sus bienestares de entonces.

Un país fracturado, que paradójicamente se une en torno al fútbol, en la pasión de cantar, como en Brasil 2014, el insistente último verso del himno nacional: "O el asilo contra la opresión, o el asilo contra la opresión, o el asilo contra la opresión."

¿Cuál opresión? ¿De qué opresión canta apasionadamente el hincha pije que pagó la entrada a la Gran Final que cuesta cinco sueldos mínimos en reventa? ¿De cuál opresión canta el pioneta de La Vega que prende fuego en Avenida La Paz para calentar las manos sin importar la preemergencia ambiental? ¿La opresión de la delincuencia? ¿La opresión del peso del saco de porotos? ¿Del Comunismo o del Capitalismo?

No cantan seguramente de la opresión española, que nos cuenta la Historia que inspiró el patriotismo del himno escrito luego del paso de los Libertadores. No. Cada uno canta por el asilo que Chile le da —o debería darle— contra su opresor. Los entusiastas de la dictadura cantaban contra el marxismo. Los que celebraron la democracia recuperada entonaban contra el dictador. Hoy, post-modernismo mediante, cada uno canta por su propia opresión. Opresión en el pecho, por ejemplo.

En El Malestar en la Cultura, ya avanzada su teoría y su práctica psicoanalítica, Freud esboza una tesis simple sobre la aparente paradoja de vivir tan oprimidos por una sociedad dentro de la que de todas formas insistimos habitar: hacer civilización, juntarnos, es la única forma posible de sobrevivir como humanos, desprovistos de garras y pelajes, frente a una naturaleza potentísima y destructiva. La civilización es, también, la única forma de sobrevivir a nuestros propios impulsos —naturales— que tienen como protagonistas a la agresividad y a la sexualidad. Civilizar es juntarse para protegerse unidos contra lo de afuera y lo de adentro: establecer un orden que tiene sin embargo el costo de la represión de los propios instintos para no destruir al otro que, en términos civilizatorios, es también uno mismo. Lo civilizado es, por así decirlo, un asilo gracias a la opresión.

El cacerolazo de los privilegiados se hace caricaturesco —como la señora rica que lleva a su empleada doméstica a golpear la olla por ella— porque la queja del privilegiado es ridícula en si misma. Se quejan de llenos. Pero lo que preocupa, en este asilo largo y angosto, es que aquello contra lo que nos protege la civilización no es compartido. Quizás nunca lo ha sido, pero hoy se pone de manifiesto en la distancia abismal entre la queja contra la delincuencia —que pone al delincuente, al otro, como externo al país que construimos con nuestro esfuerzo (zurdos flojos)— y la protesta contra los abusos de los privilegiados que se hacen hace ya varios años en las calles de todo el país —que pone a esos privilegiados afuera también. Esos dos extremos, incendiados por los tipeos EN MAYÚSCULA de los comentarios de las noticias digitales y las variadas redes sociales aparecen como el reverso del fútbol de la Selección: unificador nacional, que abriga al himno ardiente como no lo hacía nada ni nadie desde los inicios de la Patria.

El caso de Arturo Vidal, que casi muere en la velocidad del ascenso desde un destino cerca de los márgenes hasta el privilegio mundial, muestra el filo de esta partición. "Te vai a cagar a todo Chile" decía El Rey Arturo al Carabinero que lo arrestó en la fase de grupos. Exige un privilegio y el sargento —afortunadamente— ejerce lo que puede juntar de ley civilizante en el país y lo lleva detenido. Sampaoli, para sorpresa de todos, ciertamente incómodo, pero intentando hacer uso de su posición política para salvar la situación, dice la palabra inclusión para que nuestro caballo de pura sangre que había estrellado su caballo rojo la noche anterior pudiera seguir adelante. Y siguió. Y esa inclusión cambió la historia repetida y repetida por los cien años del fútbol chileno. Ese acto permitió ser Campeones. Se reintegró ese impulso mortífero de Arturo a una estructura civilizada. 

Ese acto marca, como dicen los comentaristas deportivos, un antes y un después. Una forma de tramitar los impulsos que los incluye, a un costo, en un colectivo. El costo que pagó Vidal fue, seguramente, la vergüenza. Lo que recibió y debió dar al grupo fue confianza. 

El antes y el después de la fraccionada civilidad chilena no se hace aún. Estamos más cerca de construir un muro en el Cantagallo para hacer dos asilos contra opresiones distintas. Pero quizás haya un punto de inflexión, un gesto civilizador. Y quizás no. Quizás sigamos en el país de la desconfianza y los sinvergüenza.

13 de febrero de 2015

Animales

Por Peter Molineaux

A mediados de los años 2000 se podía encontrar en las licorerías de Francia un vino chileno llamado Quiltro. En la etiqueta posterior rezaba una pequeña leyenda sobre estos simpáticos perritos con los que uno se encontraba en la calle al visitar nuestro austral país. 

Folklórico, ¿no?

Hoy en Chile, tras el intento por parte del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) de incluir dentro de la #leydecaza la posibilidad de cazar perros salvajes —asilvestrados— que en los campos, praderas y oasis atacan a los animales de la pequeña ganadería, ha explotado el mundo animalista, aullando al cielo y chillando frente a todo aquel que no tenga el corazón para condenar esta crueldad contra los perritos. 

El mismo SAG, sucumbiendo a la presión del mundo doglover, tuvo que suspender la medida a la espera de una mesa de diálogo amplia para definir qué hacer con el candente problema de estas jaurías que incluyen en su abanico de atacados a los seres humanos.

Los militantes del amor puro hacia las mascotas difunden en las redes sociales enternecedoras fotos de cachupines abandonados y luego saneados, otros adorables con ojos de tristeza e incluso hacen trascender la idea de que ahora un cazador malvado, cual Historia de Babar, podrá venir a matar a tu regalón si éste se aleja unos cuantos metros de casa. La medida que se intentó promulgar, en realidad, estaba dirigida a esas jaurías de perros que se han reproducido lejos de la domesticación y la ternura, desarrollando por adaptación a su medio y selección natural mayor fuerza mandibular, instinto de caza y organización para derribar a animales que superan en dos o tres veces su tamaño. Venga perrito, pssst pssst pssst. Veeeeeenga.

La propuesta del SAG no consideraba la caza del quiltro callejero, por costumbre urbano y dependiente de los humanos y su trato o maltrato dentro de la ciudad. Ese no estaba en la mira del cazador. El que estaba en la mira era justamente el perro cazador, que por su irrupción en los ecosistemas se va convirtiendo en plaga, con los efectos catastróficos que eso trae para flora, fauna y humano.

Hay que separar, por supuesto, al quiltro urbano, que es el efecto de una ciudad que los cuida mal, tanto por abandono como por la falta de una política clara de contención y trato institucional de estos animales, del perro asilvestrado, que por adaptarse al hostil medio salvaje y por ganarle a sus rivales en el canibalismo ha logrado una fuerza y destreza que amenazan gravemente a su entorno.

El quiltro urbano, con los cuidados necesarios, podrá vivir con una persona, familia o comunidad sin mayores sobresaltos, recibiendo los afectos humanos gracias a su naturaleza gregaria y sus ojos grandes, adaptados durante milenios para la vida con personas. El asilvestrado es otra cosa.

El amor por las mascotas, en su mayoría perros y gatos, acaece por un proceso de proyección e identificación. A pesar de que un perro tenga instintos y una gama de reacciones emocionales básicas que pueden ir desde el miedo a la rabia, producen en muchas personas la idea de que  tienen afectos más complejos como la lealtad, el cariño, la paciencia o simplemente el amor-por-mi. Las emociones complejas son una característica exclusiva de los seres humanos que, por su condición de hablantes, logran una relación simbólica con los afectos básicos, armando por metáfora y metonimia un entramado psíquico por el que se dirige aquello que se siente a través del lenguaje. El manoseado ejemplo de la palabra portuguesa saudade muestra cómo un sentimiento complejo sólo existe gracias a la lengua.

Entonces, la formación de sentimientos complejos con un animal, que sólo puede expresar emociones básicas y conductas instintivas (que también pueden ser pseudosociales), sucede cuando el humano proyecta sobre ellos sus emociones (simpatía, ternura, admiración) y luego se identifica con esas emociones, cerrando el circuito en un amor completito donde el otro no molesta más que por sus desechos corporales y algún resto de instinto que lo lleve a romper de vez en cuando un zapato viejo.
 
Cuando el animalista aúlla en twitter porque alguien dijo que los animales son inferiores a los humanos o, más recientemente, cuando sus bocas espumantes logran hacer retroceder al SAG en su decisión, se pone en evidencia la potencia de la estructura de la identificación, pues en aquello a lo que nos identificamos está nuestro amor propio, nuestro narcisismo. Los dueños se van pareciendo cada vez más a sus mascotas.

Por otra parte, el maltrato a los animales es obviamente un reflejo de la crueldad del maltratador, llevándonos a pensar que en sus relaciones a otro humano también deberá haber algo de esa crueldad. Asimismo, la compasión hacia los animales también predice compasión en lo humano. Pero la defensa de lo silvestre por una identificación ciega y el ataque salvaje hacia cualquier cuestionamiento del animalismo te convierte, finalmente, en animal.

Ya dentro de la cuidad y los muros de la civilización, cabe pensar en lo siguiente: si en nuestro trato a los perros está nuestro trato a nosotros mismos, ¿qué nos dice la postal chilena de las calles llenas de quiltros? ¿Somos un país de perros callejeros? ¿De huachos cuidados a medias por todos y a cargo de ninguno? ¿Tenemos una respuesta responsable a este problema que no termine en una trifulca de emociones básicas?

Se convocará a una mesa amplia a la que también vendrán los animales. Sit. Tranquilo. Eeeeso.

28 de junio de 2014

La emergencia del canto "a capela" del himno patrio

Por Mauricio Pizarro
@mpizarrocastill

Es difícil que el canto “a capela” de los hinchas durante el mundial de fútbol Brasil 2014 pasara indiferente, al margen de la nacionalidad de quien lo escuchaba. Fuimos testigos de cómo la emoción del canto nos llevó hasta al punto de las lágrimas junto a esa sensación de “piel de gallina” cada vez que, al término del minuto protocolar, los chilenos lo continuaban entonando hasta el final. Los medios de comunicación de todo el mundo no tardaron en elogiar esta acción como algo inédito, novedoso y como una inesperada muestra de patriotismo.

Los chilenos que cantaban a “todo pulmón” en cada partido, fueron los protagonistas de una “emergencia," es decir, de aquello que emergió inesperadamente como novedad para todo el mundo.

Ahora bien, ¿Qué devela de nuestro “ser” chileno esta muestra explícita de patriotismo? ¿Es posible realizar un análisis social de los marcos referenciales y sociales de cómo se configura el sujeto chileno?

Para poder responder estas preguntas, regresemos brevemente a la emergencia. Esta se configura cuando algo irrumpe como inesperado, pero trae consigo un sentido, entrega información sobre aquello que no es visible en el entramado social. Una especie de radiografía, porque se requiere de otro tipo de “luz” para mostrar lo que no se ve a simple vista.

Una paradoja

Por un lado, aparecieron miles de hinchas que como embajadores de lo chileno, se esforzaron por arengar y mostrarle al mundo que el himno patrio los convocaba, los unía y los hacía iguales, casi hermanos –se pudo pensar en más de una oportunidad– porque todos hicieron fuerza común por un solo ideal: ¿ganar? No. Es mucho más que eso. 
 
Después de esta muestra de “nacionalismo," cualquier persona podría haber pensado que Chile evidenciaba ser un país unido, colaborativo y solidario. En el fondo, Chile aparecía con una identidad, donde las diferencias de todo tipo no existían (aunque fuese por breves segundos).

Por otra parte, en Santiago las noticias informaban cómo después de cada triunfo la masa celebrante destruía lo que encontraba a su paso: buses quemados y secuestrados, robos y malos tratos. ¿Dónde estaba el ideal que nos convertía en hermanos al punto de las lágrimas? ¿Podría tratarse del mismo patriotismo?

Una pregunta que es difícil de evadir nos apunta en la siguiente dirección: lo que muestra cada una de estas acciones sociales y cómo aparecen como contraste la una de la otra. Es decir, por un lado, el pueblo canta anidado, unido en una sola voz; por otro lado, la misma unión podría ser capaz de arrasar con lo que encuentra a su paso. ¿Qué es esta impulsividad de la marea roja (acá y allá)?

Es posible que el fenómeno de masa del cual tan ilustrativamente nos habló Freud (1921) dé respuesta, en el sentido de que una masa puede contar con ciertas ligazones afectivas que la convierten en un solo cuerpo unido por un mismo ideal. Una horda sin una cabeza visible que actúa colectivamente de manera impulsiva, sin lograr razonar.

Lo anterior, sin duda, podría profundizarse. No obstante, lo que importa por el momento es tratar de analizar la emergencia que aparece como “unidad” –para muchos envidiable– mostrada en el estadio y algunas de las características cívicas del ser sujeto chileno que aparecen como paradójicas.

Características criollas

Chile, como toda nación, tiene lo propio: la idiosincrasia que lo distingue de otra cultura. Así, tenemos nuestras propias costumbres y nuestros personajes célebres (Eloísa Díaz Insunza, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Clotario Blest, etc.). Así mismo pareciera ser que somos un pueblo de contrastes: Chile es un país tremendamente conservador, llevó años legislar una ley de divorcio, ni hablar del aborto en casos especiales, o la insistencia del Estado en considerar la marihuana como droga dura. Pero por otro lado, Chile entrega el primer título a una mujer (Eloísa Díaz) como médico cirujano en 1887, caso inédito puesto que fue la primera en Chile y Latino América. Sumado a lo anterior, hemos sido protagonistas de elegir democráticamente dos veces a una presidenta de la república mujer, separada y agnóstica.

Además de estos contrastes (fragmentados o esquizoides si se prefiere), son muchas otras las costumbres que se han internalizado o importado tales como, por ejemplo; Halloween, Fifteen Party, Oktoberfest, etc., las que se viven y celebran como si fueran propias. ¿Qué nos dice este hecho sobre las características del pueblo chileno? Un análisis rápido devela una sociedad que tiene dificultades para “ver” y “apreciar” lo propio. Pareciera que lo anterior sólo se consigue al momento de presentarse el fenómeno de la masa: mundial de fútbol, teletón, Chile ayuda a Chile en lluvias o terremotos, pero si no está presente este componente inusitado, sino aparece algo novedoso (emergencia) volvemos a lo de siempre: apatía en el saludo, incapacidad para tomarle la mano a un no vidente, el afanoso empeño de sostener la cara de “culo” en el metro, o negarse a dar el asiento a la embarazada o persona de la tercera edad, apatía al momento de asistir a las votaciones en cada elección, conducir a la ofensiva sin armonía, no atreverse a saludar al vecino, etc. Pareciera que en la singularidad nos cuesta ser lo que no somos en la masa. La masa nos brinda el soporte que la inseguridad de lo individual nos priva.

La violencia y los encapuchados, una mirada política

Los medios de comunicación han destacado los hechos en cada celebración post partido, y como se decía más arriba, ha quedado de manifiesto el desenfreno y descontrol social (en Chile y en Brasil). ¿Acaso el descontrol social será una expresión del descontento social que sólo puede gatillarse cuando el fenómeno social de la masa lo posibilita? ¿Acaso aparece este acto social impulsivo-agresivo cuando cede la represión? ¿Es una manera de manifestarse colectivamente en contra de algún tipo de “violencia” que padece el trabajador común, el estudiante sin mucho capital cultural ni oportunidades ciertas?

Es posible analizar las manifestaciones y desmanes de manera individual, sin embargo, sería un análisis incompleto, puesto que es innegable que la horda opera como masa y que algo enuncia en su arrebato impulsivo. Enunciación que está en otro lugar y que amerita ser indagada.

Es lícito preguntarse: ¿hacia quién va dirigida la agresión en cada destrozo de un bus o de un banco o de una farmacia? ¿Qué se cuela en este acto social impulsivo?

Una definición de violencia (que es diferente a la agresión) indica que es una situación donde el sujeto queda sin la posibilidad de escapar de ella, es un atrapamiento que lo anula en su cualidad de ser, es una opresión vertical que invisibiliza. Pues bien, ¿las manifestaciones de los “chuligans” –como los han llamado en la prensa– podría obedecer a algo de esto? Veamos.

Las acciones de canto jubiloso y destrozos realizadas por los hinchas son una puesta en escena, es una actuación que expresa algo, es una catalización social que tiene su propio lenguaje. ¿Pero cuál?, revisemos un par de ejemplos:

a) Sensación de desigualdad: No es difícil darse cuenta de que muchas personas son víctimas de desigualdades económicas o brechas socio-económicas, las cuales son percibidas como injusticia, por ejemplo: alzas en los combustibles, sueldos a los que solamente se les actualiza el IPC, mientras que por otro lado aparecen las astronómicas ganancias de las APF, ISAPRES y cadenas comerciales. ¿Acaso esto no podría ser una manera de violencia en el sentido de que el sujeto violentado queda anulado y desesperanzado sin la posibilidad de que su reclamo sea oído?

b) La educación: Hoy por hoy, está en boga la reforma a la educación que apunta a cambiar tres ejes (fin al lucro, a la selección y al copago), sin embargo, para lograr esto requiere del éxito de la reforma tributaria. Es posible que en este marco, la ciudadanía perciba esta situación como una sensación en que los que ganan fortunas (muchos de ellos católicos de misa semanal) no quieren tender una mano para que todos puedan vivir con dignidad. ¿Acaso el trabajador y estudiante no lo percibe también paradójico o contradictorio y por lo tanto como otra forma de violencia?

Tal vez, el canto “a capela” a un solo compás traiga consigo esta ilusión de igualdad y dignidad, que se contrasta paradójicamente con la furia desbordada. Arrebato que se rebela contra los otros encapuchados, esos que han violentado constantemente a muchas hordas que, en complicidad de la masa y sin mucho control de sí mismos, emergen como emociones y/o sentimientos desbordados. Es cierto que desmedidos, pero también en cada acto de agresión contra lo propio y lo del otro, se puede extraer un texto que está detrás del acto.

Seguramente, las acciones de estos hinchas no se pueden simplificar a sentimientos de ser maltratados por la desigualdad que persiste y que lo viven constantemente, pero la desconfianza hacia el otro, los gestos ausentes de corresponsabilidad o la seguridad social mejoraría si todos y, en el grado que les corresponde, pudiesen visualizar al otro como igual, como sujeto de derecho y no como alguien que suscita el temor amenazante producto de la persistencia de las brechas que generalmente son sociales y económicas. De esta manera, el ciudadano común, el hincha apasionado encuentra en estos espacios sociales la oportunidad (no muy consciente de ello) de expresar agresivamente un malestar que no logra verbalizar sino que actuar.

8 de diciembre de 2012

Me ignoraste aunque Haya Estado

Por Antonio Moreno Obando

A pesar de que el derecho al mar preocupó a muy pocos cuando en Chile su congreso votaba la ley de pesca, el celo identitario ciudadano se despertó con fuerza cuando el extranjero amenazó con su acusación. El malestar de los cuerpos provoca un ruido de queja y patriotismo legal que no deja escuchar lo que se pone en juego en este cruce de demandas. Nuevamente el goce de los cuerpos llenos que retienen y de sus defensas viscerales no nos dejan abrir un espacio a lo que dice el otro, por más semejante, alienante y enemigo que sea.

La palabra error ha salido al ruedo copiosamente en los últimos acontecimientos. Desde este lejano sur se ha escuchado al norte la referencia del error histórico que cometieron los chilenos en su relación con Perú y que hoy puede ser enmendado. Desde Chile se escucha el error de los gobiernos anteriores, o el error de este gobierno al permitir que la causa peruana llegue a una instancia internacional sin tener derecho. El error no solo es la marca de una decepción para alguien, sino que también un requerimiento de reparación; y es quizás ese el asunto.

En psicoanálisis el tema de las llamadas envolturas psíquicas es una concepción post freudiana, o post lacaniana si se quiere, con un fuerte acento en la filosofía y en el cruce con otras aproximaciones teóricas. Y a pesar de los rechazos que recibe por su poca ortodoxia, es capaz de darle una imagen espacial a algo que atañe a la experiencia de la singularidad, algo que no junta entre el sujeto y la carne, entre el uno y el otro, en el descalce de lo sentido cuando se integra el adentro y el afuera, el arriba y el abajo. Entonces aparece la imagen de un manto o una superficie de inscripción que envuelva, que recoja y sostenga trozos anhelantes y desunidos por la materia; dentro de ese manto aparece un deseo por historiarse.

La memoria entonces es un medio para poder repasar esas zonas interiores-exteriores y así la libido nos singularice, para que nos permita articular un cuerpo real lleno de pedazos en una experiencia de sujeto que pueda circular través del tiempo y del espacio.

¿Qué ocurre cuando un cuerpo por alguna razón es desmembrado? El sentimiento de singularidad corre peligro y es necesario entonces volver a historiarse envolviendo en una piel lo que contiene, a pesar de su amenaza permanente de desborde por su naturaleza irreconciliable. Esta tragedia del singular también es el fundamento del deseo, porque no solo debemos tener una causa sino que también un lugar y un tiempo que sea causado.

Si un cuerpo pierde una de las partes que constituían su integridad, no basta para el alivio del mutilado que el médico exponga con meridiana y paralela claridad lo irrevocable del proceso de la amputación, el efecto de vida normal que puede tener con alguna ayuda técnica. La rehabilitación física no es suficiente, debe haber una reparación psicosocial, y esto no es necesariamente una extremediad biónica gratis ni una millonaria indemnización, aunque sí podrían reparar en lo moral o en lo funcional. Lo que urge es una envoltura de la singularidad, y para eso es necesario volver a memorizarse con su historia de superficie, con sus espacios y tiempos, así este manto singular habilitará el levantamiento de esa cama en ese sujeto para ponerle el cuerpo a una causa de deseo.

Aunque parezca acrobático, lo que se discute en el tribunal de la Haya tiene mucha sintonía con estos avatares de la discapacidad. Perú perdió algo de su cuerpo producto de los malos negocios que los administradores propios y vecinos de turno hicieron antes de la guerra del pacífico. Hoy, igual que el médico que decide amputar, esta vez el jurista experto en derecho internacional (asociación ya con tanta tradición) es quien debe dirimir imparcial, suturar y dar las indicaciones profilácticas para que la respuesta de la demanda esté completa. Ya es sabido: quién perdió el combate político y militar debe asumir su mutilación con dignidad y gloria, sin reclamar.

Entonces un día una parte del Perú sangró, se agitó demasiado con sus viejos dolores de espalda, con sus retorcijones interinos, los cuales cada cierto tiempo se amarran al síntoma del siempre doliente órgano que no está.

La profilaxis de un tratado no historiza, no deja espacio para el repaso por el tiempo y el espacio propio, no permite quejarse de dolor, no permite la oportunidad de una envoltura que reanude el circuito cerrado y vital del cuerpo material; en este caso no hubo rehabilitación psicosocial, no hubo integración, siempre pasa, a la medicina también le pasa, al derecho también le pasa, esos lugares donde se concentra el poder y quienes lo toman nada quieren saber del efecto subjetivo de sus intervenciones.

Pero no son ellos los llamados a escuchar y reparar lo que se demanda, son los ciudadanos los que deben visitar los vestigios para volver a componer la historia, ya no se puede hacer peruano lo que es chileno, ya no puede seguir siendo peruano lo que habita en Chile, ya no puede ser chilena la soberanía sobre lo que se perdió y se llora. Ese dolor no es chileno, sí son chilenos los que crecieron en ese suelo rojo y que sienten arraigo por la comunidad que les dio un pacto social. Cuesta tan poco llamar a otros actores, cruzarse, no ser ortodoxos, encontrarse con el mal entendido; la verdad cuesta mucho hacerlo, nos cuesta tanto. También es difícil para el psicoanálisis, para nuestra nueva política latinoamericana, para nuestros queridos patriotas que amarran su cuerpo al territorio, para la masa de consumidores molestos, para el tumulto de jóvenes mal educados, para de las minorías en cautiverio.

30 de agosto de 2012

Abusando en Chile

Por Antonio Moreno Obando

El abuso aparece en nuestro entorno a diario. Como una posibilidad o de facto, en ambas direcciones se pone en las plataformas comunicaciones con protagonismo; ya casi no se habla de otra cosa. Pero a pesar del permanente cruce de acusaciones, la omnisciente conciencia del buen ciudadano decente y comedido no parece dudar en tomar una bandera única contra el bullying, contra la discriminación sexual, migratoria, racial, contra las malas prácticas empresariales, contra la pedofilia, contra el abuso de sustancias, abuso policial, abuso tributario, abuso sexual. Pero entonces si estamos todos de acuerdo ¿por qué seguimos hablando de esto como si cada uno estuviera solo contra el mundo?

Por estos días es posible ver en el canal de caricaturas Cartoon Network dos contrastantes situaciones de abuso en su franja comercial:

En la primera se puede ver al Pato Lucas frente al computador, probando suerte con una aplicación de facebook en la cual la gente opina sobre él. El gesto vanidoso del personaje comienza a desdibujarse cuando advierte que todas las opiniones son ofensivas: según el sondeo es feo, ladrón y poco hábil, datos que llegan incluso a un humillante 400% de las respuestas. La escena termina con una pregunta dicha con desgarro, arrojada al vacío: ¿quién pudo tener tan macabro propósito? En ese momento se puede ver la fotografía de un usuario con la cara de Bugs Bunny, irónico y sonriente.

En la segunda se muestra la caracterización por personas reales de personajes correspondientes a una serie infanto-juvenil habitual de la parrilla. Aparece ahí un grupo de niños que intimida directamente a un compañero de curso, causando un evidente daño moral. En la última escena aparecen todos los actores, ya fuera de sus personajes, profiriendo un mensaje dicho a coro: no hagas bullying.

Al parecer se hace al mismo tiempo el esfuerzo de acercar personajes clásicos con situaciones actuales y asociar la marca Cartoon Network con objetivos de responsabilidad social empresarial, sin importar que ambos mensajes apunten a sentidos distintos.

La forma de comprender al individuo desde un segmento o desde un perfil de consumidor determinado permite estas curiosas disonancias, las cuales dan mucho trabajo a las agencias publicitarias y a algunos estudiosos sociales para tratar de aunar lo que al parecer no tiene forma de aunarse. Pero el sujeto se escapa a la categoría y su posición centrifuga le permite habitar entre estos dos sentidos.

El público chileno hoy tiene un enorme malestar asociado al abuso y esta contradicción vista en la franja infantil por toda la familia es un buen pretexto para olvidarnos un momento del sentido “común” de las prácticas sociales saludables que brotan con facilidad de los discursos ciudadanos para pensar en la posición que jugamos al interior de este, nuestro querido y odiado lío.

Si un chileno ve con sus hijos estos spots riéndose con el primero y pensando en cambiar de canal con el segundo ¿será un criterio diferencial para diagnosticarlo como un sociópata, o para derivarlo a un programa de habilidades parentales en algún dispositivo psicosocial de su comuna?

Este año ha ocurrido un desplazamiento muy particular en los problemas internos de las comunidades educativas: de la explosión de pánico al bullying en el 2011 al acoso sexual este 2012. En ambos casos, este año con mayor escándalo que el anterior, frente a la evidencia de un hecho real y traumático, las víctimas expuestas en los medios de comunicación construyen un discurso de horror en aquellos telespectadores que si bien no han vivido el hecho real, se toman de esos discursos para sentir y pensar esa vivencia en sus propias casas.

Freud al poco andar en su construcción metapsicológica, tuvo que desconfiar de la ocurrencia real de los ataques que generaban los traumas relatados por sus pacientes. "Ya no creo en mi neurótica" le decía en una carta Freud a su amigo Fliess a propósito de los inagotables relatos de traumas sexuales.

Esta desconfianza poco compasiva de Freud levantó una dura controversia en sus seguidores, en particular en Ferenzci, por dejar fuera la variable real de lo traumatizante. El punto es que Freud jamás abandonó el estatuto traumatizante en lo real, lo que hizo fue situar en el centro una “realidad psíquica” en la cual se anudan los malestares y dolencias más agudas. Esta “fantasía” tiene una lógica, una escena y una verdad para cada sujeto, el cual vive de insatisfacciones, goces, deseos y pulsiones todas orquestadas por un lenguaje que no viene de fábrica en la información genética, sino que ya estaba cargado de significancias antes de que cada uno pudiera aprenderlo.

Una comunidad educativa que vive en la carne un abuso de poder por bullying o por acoso sexual, no es igual a aquella que pone su malestar embutido en el discurso de la amenaza inminente de algo que no ha ocurrido. Ser miembro de una comunidad amenazada por el abuso, demandante de algún especialista que los ayude con la prevención de un problema que es del otro, se tranquiliza en la medida que no es capaz de salir del sentido “común” que todos los apoderados comparten en su identificación como tal. El apoderado psicoeducado en una escuela para padres va por una expiación de su responsabilidad pero no deja la posibilidad de enredarse por la particularidad de su propio e intransferible malestar.

Esto de develar la propia relación que cada uno tiene con el abuso, al parecer no es posible de universalizar. La apropiación de ese discurso es fundamental para que no se confunda con la demanda de tranquilizarse en un remedio ajeno.

Pero también la comunidad educativa chilena en su conjunto está pensando en el abuso, en el poder, y quizás todos tengan una relación diferente a ese abuso: el de quien se siente abusado por ser segregado, o quien se siente abusado por no poder entrar a su colegio tomado. El asunto es que cada malestar en particular pueda tomar un espacio público para hacer lazo social, sin la brillantez del acuerdo sino con la opacidad de lo que contraría. En la plaza pública esta el Pato Lucas y Bugs Bunny, quejándose ambos, seguramente, por la posición particular que el dibujante les da como un mensaje que desconocen en el spot televisivo.

4 de junio de 2012

El modelo “Salfate” de nuestro desarrollo social: Todo calza

Por Antonio Moreno Obando

Como aquel hermano no reconocido de la tria fata, se erige una voz a través de los misteriosos atributos de los medios de comunicación, cual vocero de Laquesis, una de estas tres hermanas conocedoras exclusivas del destino, la encargada de la duración de los hilos de la vida. Pero este personaje portador de privilegiados mensajes lleva en su nombre un esfuerzo trágico por expulsar de si el papel que los seres luminosos le han dado: Sal(de mi)destino.

Las Parcas representan la expresión de un pensamiento mítico y antiguo, donde la ley cósmica que da origen a la existencia y sus devenires no puede ser cambiada ni aun por los dioses, y donde sólo el relato puede alojar en su particular despliegue un sentido aprehensible para los mortales.

Pero para el mundo helénico el misterio del mito fue pronto reemplazado por la codicia conquistadora del logos y su razón. Aunque se puede entender su nacimiento por el esfuerzo lógico de la Escuela de Mileto, será la ambición desmedida por poseer la verdad de los veleidosos herederos de Sócrates quienes finalmente lograron plasmar el logos en un método.

¿Qué oscura fuerza divina se despierta cuando el antiguo oficio del destino de Las Parcas es descifrado mediante la lógica aristotélica? ¿Qué tipo de poder se despierta cuando el oráculo deja el relato para amplificar su Yo hasta conocer detalles precisos del futuro?

Al parecer el ansioso deleite por nuestro nuevo acceso suntuario, va insuflando la curiosidad por lo que no tenemos aun: el futuro, la muerte, la vida después de la muerte, el juicio final y la promesa de ser elegido, curanderos espiritistas abducidos y una variada gama de oráculos muy enfocados en la eficiencia, tal como los medios de comunicación hoy lo transforman en tele realidad.

Pero estos fenómenos sobre el conocimiento paranoico, vale decir, el desborde de lo que el yo desconoce, el transitivismo y la alienación en la identificación con el otro, son temas ya comentados mucho antes de que nos llegara la tan esperada bendición de la abundancia sin límites.

Freud en el año 1924, con el entusiasmo a cuestas de una nueva formulación del aparato psíquico, en un texto llamado La perdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis, describe un funcionamiento como soporte fundamental para la explicación de tan particulares saberes: sujetos que desde su Yo remodelan la realidad en un proceso de reconstrucción que en su afán de dejar fuera un aspecto de la realidad insoportable, pueden llegar a crear nuevas percepciones de la realidad, sin más sustento que sus propias y anteriores percepciones.

El conocimiento paranoico completa los misterios que habitan fuera de ese Yo con registros que en la relación con la realidad han quedado desde antes, pero esta completación como toda producción, tiene un fin muy particular a la economía de ese aparato psíquico.

Nuestro pariente chileno de Las Parcas comienza a sufrir en carne propia la conquista del logos en busca del saber definitivo. Primero para él eran las predicciones catastróficas escritas en presagios míticos. Ahora lo vemos obsesionado en la búsqueda de un algoritmo matemático creado por iluminados brasileños, para así descifrar con las herramientas de la lógica científica ese designio del que huye y del cual su Yo aún no termina de acceder.

Esta vez la pretensión apodíptica de tener la verdad de lo que no es posible saber, de revelar todo lo que completa al avasallado Yo, es al fin una posibilidad plausible. Es que ya sabemos que el logos no miente, aunque a veces nos indique el lugar exacto de los mismos dioses.

¿Es posible con las herramientas aristotélicas darle un valor paramétrico a lo que no ha ocurrido aun? ¿No es esa la pretensión del pensamiento económico de la modernidad?

Pues las notaciones algebraicas encuentran en nuestros problemas actuales una irresistible expresión: el cálculo de los costos sombra en cualquier adecuada evaluación social de un millonario proyecto privado. Para saber si una iniciativa privada puede ser aprobada por el estado, debe expresar su rentabilidad social, entendida como la relación entre lo que está dispuesto a pagar la demanda por el servicio y lo que la oferta es capaz de cobrar según sus gastos, entendiendo que un país destina recursos en ese proyecto particular desviándolos de un sinfín de otros potenciales proyectos.

La necesidad de inversión en infraestructura de utilidad pública asociada al crecimiento económico, está ya muy documentada por un país en vías de desarrollo como este. Sería hoy absurdo plantear algo diferente: si construye el Puente de Chacao o si robustece su abastecimiento eléctrico a través de una carretera eléctrica como la que hoy está en cuestión, la rentabilidad social que obtienen los habitantes del país es muchas veces mayor.

Por ejemplo, debemos calcular cuántos recursos le cuesta al país el Puente Chacao y cuanto rentabiliza haciéndolo. Para eso las preguntas del oráculo científico son necesarias: Un beneficiario va a gastar al mes $80.000 en pasar por el puente, pero ¿Cuánto ahorra en transporte? ¿Cuánto ahorra en tiempo? ¿Qué es capaz de producir en el tiempo que ahorra? Si consideramos que por minuto puede producir 31 pesos ¿Cuánto puede ganar adicional al año con el tiempo del que ahora dispone? ¿Cuánto ahorrará cuando en 5 años más le ocurra un accidente? ¿Cuántas vidas de su familia salvará por llegar a tiempo a un servicio de salud? ¿Cuánto vale la vida de una persona considerando lo que es capaz de producir en su vida útil? y si esa vida del pariente que salvó, con su vida útil se transforma en emprendedor ¿Cuántas horas de trabajo adicional aporta al país? ¿Cuántos puestos de trabajo? ¿Cuántas utilidades?

Con todos los millones calculados, el beneficiario que solo paga $80.000 al mes va ser millonario, aunque jamás se enterará de eso.

La metonimia a la que lleva este misterio es interminable, la función paramétrica que mide lo que está fuera de la experiencia individual no tiene límite, no hay continente ni contenido, no hay una regulación de la significación fálica. Lo que si hay es una construcción imaginaria fundada en una premisa apodíptica para reconstruir la realidad a imagen y semejanza de una economía particular sin el otro, donde la ganancia sin regulación rompe el lazo social.

Pobres funcionarios aquellos que, al asesorar el proyecto de ley de la carretera eléctrica anunciado para septiembre de este año, deben calcular la rentabilidad social y sus costos sombra para 1.900 kilómetros de expropiación.

Para nuestros oráculos chilensis todo calza, solo hace falta que nuestras pobres subjetividades sepan pronto todo lo que el destino nos depara. Tranquiliza pensar que no sólo hay charlatanes sino que verdaderos artistas del presagio de dilatada trayectoria, que con la investidura de Tiresias, cada cierto tiempo nos orientan sobre las futuras catástrofes signadas por la peste de nuestros inmorales tiempos, tal como lo hizo el Señor Büchi  en el cuerpo Economía y Negocios de El Mercurio este domingo. Le pregunto ¿Chile está preparado para tanto?

19 de mayo de 2012

Los árboles no permiten ver El Bosque

Por Francesca Lombardo

Los árboles, sus ramajes, sus follajes, sus troncos y raíces confunden, velan el grupo, nublan aquello que los hace precisamente ser el bosque, la agrupación corporativa, aquello que los liga y les da la fuerza.

Y juego aquí con el bosque, el móvil y presagiado a Macbeth, el de Caperucita Roja y también, y por supuesto en mayúscula, la Avenida El Bosque, la Parroquia El Bosque que se ha hecho célebre últimamente por las acusaciones a su párroco vitalicio Fernando Karadima.

Ese enclave religioso pulsátil que dependiendo como se le mire puede situarse entre lo banal, lo sensacionalista de una secta que conjuga una religiosidad pueril, anacrónica, y las voluptuosidades indecibles de varios goces, el pecado, la culpa, la confesión, la penitencia y vuelta a lo mismo. Pero no es precisamente o solamente esas historias de sexualidad clandestina, corrupta, sostenida en el tiempo durante años y años, sino la mezcla de elementos afectivos, sexuales, ideológicos y el poder, la voracidad por el poder, el dinero, el estatus social, más la religión, el conservadurismo más abyecto y los patios traseros de la sociedad chilena en todo esto, eso es lo que me parece interesante: cómo la mezcla de todos estos elementos cataliza particularmente algunos puntos para un muestreo de Chile, de su historia social, política, económica.

El año pasado (2011) aparecen dos libros que dan cuenta de uno de los mayores escándalos que ha remecido a la Iglesia católica chilena. La denuncia hecha primero individualmente por cuatro profesionales de edad mediana contra el párroco de la Parroquia El Bosque – luego reiterada en conjunto – instala los cargos de abuso sexual y psicológico mantenido durante años por el sacerdote: el tráfico de influencias, la red abigarrada de proteccion, los silencios, complicidades y tráficos varios entre los cuales el sexual no es el menor.

Estos libros que menciono son: "El señor de los infiernos" de la periodista (Premio nacional de periodismo 2009) y docente universitaria María Olivia Monckeberg y "Los secretos del imperio de Karadima" cuyos autores son Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarubia y Mónica González, todos ellos periodistas de importante trayectoria.

El caso en cuestión ocupó las páginas de los diarios, las actualidades de los noticiarios televisivos y no pocas editoriales, cartas públicas, etc. Suelo ser una lectora de la crónica roja, los hechos diversos siempre me han parecido el precipitado en acto de lo que trae la marea, las erupciones infectadas del cuerpo nacional. He leído gran parte de lo que apareció acerca del caso, incluyendo los libros que cito y que son investigaciones más acuciosas al respecto.

Entonces visualicemos topográficamente el paisaje. Cito del "Señor de los Infiernos" de M. O. Monckeberg, pg. 9:

"La avenida Eleodoro Yáñez, conocida hasta hace unos años como Las Lilas, corta en dos una gran extensión de áreas verdes que lleva su antiguo nombre. Esta vía de la comuna de Providencia atraviesa uno de los barrios más tradicionales de Santiago, que se extiende entre cuatro avenidas principales: Carlos Antúnez por el norte, Pocuro por el sur, Tobalaba por el oriente y avenida el Bosque por el poniente. Las calles interiores tienen nombres florales, las Hortensias, las Lilas y también nombres patricios como Juan de Dios Vial, Carlos Silva Vildósola, Loreto Cousiño quien donó el terreno donde se ubica la iglesia, una construcción roja con un torreón y en la entrada principal una gran pintura de Jesucristo rodeado por cuatro apóstoles, evocando su ascensión a los cielos después de la resurrección. 'Padre nuestro que estás en los cielos,' se lee sobre la imagen."

La construcción data de los años treinta / cuarenta, siendo concebida como una joya hecha por hombres piadosos y pertenecientes a las familias más distinguidas de la época.

Alejandro Hunneus Cox, el primer párroco, aspiró a fundar una agrupación de sacerdotes, pero no con el carácter de orden como los Legionarios de Cristo o la Compañía de Jesús. Pensó más bien en una sociedad, como son los salesianos, que educan a sus propios sacerdotes poniendo énfasis en determinados aspectos, pero luego estos se integran al clero diocesano y obedecen al obispo del lugar. Esta sociedad fue formada reuniendo a importantes presbíteros con patronímicos importantes en una organización que tendrá un rol importante cuando Fernando Karadima a partir del año 2000 haga de la Unión sacerdotal del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como La Pía Unión, una suerte de inmobiliaria para la compra de departamentos en el barrio El Bosque.

Karadima llega al Bosque en 1952, un mes después de la muerte de Alberto Hurtado. Lo que se sabe de él es que viene de una familia de estrato medio, su padre es un hijo de emigrantes de poca fortuna y su madre, a través del relato y la memoria, hace circular un cierto linaje venido a menos pero que contrarrestaba la pobreza genealógica del padre. "Aparentemente Karadima tuvo una figura paterna débil, casi ausente y una materna fuerte, manipuladora y distante" (Pg. 9 "Los secretos del imperio…").

Fue además un alumno mediocre que cursó solo hasta octavo básico. Si bien para el año 1946, que fue el último que pasó en el sistema escolar, ocho años de escolaridad estaban por sobre el promedio (en la década del 40 apenas un 18% de quienes estaban en edad de hacerlo se matriculan en lo que hoy llamamos educación media), se trata de una formación muy elemental para quien tendrá una influencia y un poder notable siendo cura y dominando al sector más conservador de la sociedad chilena ya que se encargó de formar espiritualmente a sus hijos. Esto fue posible en principio por contactos familiares precisos, fabulaciones varias, y a la destreza que tuvo para detectar las debilidades ajenas y hacerlas rendir, producir a toda vela diría yo.

Entre sus parientes maternos estaba Alberto Fariña, sacerdote que llegó a ser obispo auxiliar del cardenal José María Caro, convirtiéndose así en el verdadero poder tras el trono de la Iglesia de Santiago.

Cito de "Los secretos del imperio…" (pg.10): "Fariña era un cura de sotana, preconciliar, que manejaba con destreza los pasillos del poder." A los 16 años Fernando Karadima es introducido por este pariente y se afirma tenazmente luego de este empujón inicial en lo que será su futura vida.

Una de las fabulaciones más recurridas en este trayecto de implantación de Karadima es su amistad estrecha con el Padre Hurtado, nuestro santo criollo. Esto le permitió insinuarse como ligado a un momento de santidad y heredero de la misma. La elite chilena tal vez acogió con contentamiento a este heredero, ya que el santo fue llamado “el cura rojo” y sus inquietudes sociales perturbaban la devoción. Este heredero conservador, preconciliar, no fustigaba con la justicia social sino que cultivaba una religiosidad intimista y ritual, centrada en la amenaza del infierno, la sumisión intelectual y la obediencia a todo trance.

El Bosque se inviste de todo esto y congrega a la clase dominante ansiosa de tranquilidad en tiempos que gran parte de la Iglesia adhiere a Medellín y Puebla, acentuando la dimensión social de la fe, y el cardenal Silva Henríquez no duda en denunciar los graves atentados a los derechos humanos y a la dignidad de los sujetos.

El Bosque, ya antes del golpe de estado, da refugio en "su torre" a uno de los jóvenes de ultra derecha que atentan contra el general René Schneider asesinándolo y dando pié a lo que posteriormente será la secuela de violencia que se instalará con el golpe militar.

Al mismo tiempo Karadima acoge y nutre a sus feligreses y despierta o descubre vocaciones sacerdotales a granel. La iglesia se encuentra en déficit de llamados divinos: cincuenta sacerdotes y cinco obispos no es poca cosa y estos son formados dentro de este circuito cerrado de dogma, pecado y silencios.

Ya he dicho que toda esta estructura me interesa en la medida de una torsión, de una laminita deslizante y ávida. Está el abuso sexual durante años y años de jóvenes de buena familia practicado en el Bosque, es decir lo que caería mas bien en el pecado de Sodoma, ya sabemos, las delicias de lo mismo, de lo uno y no de lo otro. Pecado que mereció el exterminio por fuego en las "Ciudades de la Llanura" (dirá el Génesis). Pero dos ciudades dicen las Escrituras – y aquí haría yo entrar la torsión de la laminita – ¿cual es el pecado de Gomorra, la ciudad contigua que también mereció la ira divina?

Me pregunto si la inequidad de Gomorra será la usura, el préstamo a interés, como sabemos aborrecible cuna arcaica del capitalismo y severamente perseguida en la Edad Media. Es pues en la usura, en un matiz de ella, que el caso Karadima me hace pensar.

En un libro interesante que se llama "La bolsa y la vida" Jacques Le Goff, historiador francés especializado en el medioevo, rastrea y estudia la usura, la figura odiada y a la vez imprescindible del usurero – "ladrón de tiempo," ya veremos por qué.

Durante siete siglos en Occidente, desde el siglo XII al XIX, la figura del usurero y su pecado aparece como una mezcla detonante de economía y de religión, de dinero y de salvación.

La palabra usar, usage y de la cual deriva usura dice relación con el aplicar, hacer obrar un objeto, una materia, para obtener un efecto que satisfazga una necesidad, sea que este objeto o materia subsista (utilización), desaparezca (consumación) o se modfique (usura).

Uso que da, desgaste que produce, degradación que rinde.

Según Le Goff la usura es cómo se llama a un conjunto de prácticas financieras vedadas, siendo por una parte la imposición de un interés por un prestamista ahí donde no cabe ningún interés. Usura e interés no son sinónimos, así como no lo son tampoco usura y beneficio. La usura aparece cuando no hay producción o transformación material de bienes concretos, de ahí lo de "ladrón de tiempo." El usurero roba a Dios porque hace fructificar de una manera desviada, con otra velocidad que la que da el espacio partido por el tiempo.

El cristiano de la Edad Media entendió que por estas razones el paraíso le estaba negado al usurero.

La usura es recibir más de lo que se ha dado, recibir en otra naturaleza, es el excedente ilícito, la demasía ilegítima. Habría dos tipos detestables de avaricia que son castigadas por un veredicto judicial: la usura y la simonía (tráfico de bienes espirituales).

La usura es un pecado contra el justo precio (la justicia), un pecado contra la naturaleza. El dinero es infecundo y la usura quisiera hacerle tener hijos, dice Santo Tomás de Aquino después de haber leído a Aristóteles. El dinero no engendra dinero, y esto no quiere decir, señala Le Goff, que los teólogos y los canonistas medievales hayan negado toda productividad al capital, sino que en el caso del préstamo a interés hay algo contra natura. El dinero que duerme no produce naturalmente ningún fruto, pero la vida es naturalmente fructífera. A falta de fecundidad natural se puede hacer "trabajar el dinero."

Hacer engendrar hijos a las monedas, hacer trabajar el dinero sin la menor pausa es pues contra la naturaleza, una bestialidad. La usura vende el tiempo que no le pertenece ya que profita de la demora: el tiempo trabaja para él.

En su Infierno, Dante coloca a los usureros junto con los sodomitas, otros según las Escrituras, que pecan contra la naturaleza.

La usura en El Bosque me parece que liga deslizantemente cuerpos bien nacidos, bellos, patricios, y a la vez o por eso mismo fructificaciones materiales y espirituales que esos cuerpos, por su pertenencia social, histórica son capaces de emitir en su desgaste. Joyas que remiten a un tesoro inagotable, el tesoro de la juventud, de los bienes materiales, de los prestigios y a la vez de la espiritualidad conservadora de toda una clase. Es así que tiendo a entender el caso, más aún cuando el resultado de las acusaciones contra Karadima en el proceso llevado ante el Vaticano arroja un resultado en Noviembre de 2010 que lo sentencia como culpable, el presbítero es autor de los delitos de abuso sexual de menores y de adultos, además de abusos de poder. Esa es la sentencia del Tribunal Eclesiástico Vaticano. Por su parte la justicia civil chilena sobreseyó el caso, es decir la Iglesia, después de todas sus dilaciones está obligada a prenunciarse, no así la justicia chilena cuya composición de clase en los grandes staffs jurídicos, sus entramados de y en el poder sigue rindiéndole a Karadima, el poseedor de secretos, sus tributos.

Otro punto interesante en este asunto es algo que se relaciona con las legitimidades, con ser o no ser hijo de un padre. En Hispanoamérica en general, en Chile en particular, la figura del "huacho" se ha hecho un lugar en la reflexión de etnólogos, historiadores y tambien de escritores.

Huacho o guacho del mapudungun es huérfano o ilegítimo, bastardo, sin padre, sin clan, disparejado, no acompañado de aquello que debería juntársele. En general se entenderá por huacho quien no pueda ostentar un padre. Desde este punto de vista Karadima es un huacho, con un padre que instala muy poco y una madre que lo hace en demasía, él sube por la vía de la madre, por el obispo Fariña.

Luego, ya instalado en el Bosque, Karadima hace de padre, un padre promiscuo por decir lo menos ya que su paternidad no es solamente espiritual. Esos adolescentes confusos, místicos, que se acercan y se funden con él, son muchos de ellos y sobre todo los más cercanos, es decir los más usurados, hijos de familias con historias indigestas, muy pesadas, padres excedidos o ausentes, muertos precozmente, padres que no estan. Esos adolescentes son huachos también, los huachos de la clase alta. Es con ellos que Karadima ejecuta la usura, ejerciendo esta paternidad perversa, elige entre ellos a sus "regalías," a sus "regalías máximas." Una regalía es un privilegio, algo que supuestamente le es debido, que le corresponde, es el excedente que codicia y obtiene. Arreglo de cuentas por lo tanto con la filiación, con la genealogía, con el poder. Trafico de cuerpos y de psiquis que arrojan saldos en caja, que engrosan las arcas y el narcisismo de Karadima.

Seguramente se venga y enriquece con este abanico de usuras, hace trabajar las efracciones al cuerpo, las confesiones, las confidencias. Hace su fortuna de los diezmos, las limosnas, las donaciones, los regalos con que sus feligreses lo mantienen.

Este último Domingo 15 de Abril, en el diario La Tercera aparece un artículo sobre el fallecimiento el año pasado de doña Isabel Valdés Vial, viuda de Guillermo García Huidobro Jaraquemada y tambien viuda del ingeniero Fernando Gonzalez Cerveró. Su herencia deja al padre Karadima sesenta millones de pesos. Las fuentes eclesiásticas precisan que el sacerdote puede disponer de este patrimonio puesto que se trata de un sacerdote diocesano. Recalcan que son los clérigos pertenecientes a órdenes religiosas quienes no cuentan con bienes propios, ya que estos deben ser entregados a las congregaciones, según los estatutos de estos mismos.

Como vemos, mas allá del goce de los cuerpos, más allá de la plusvalía sobre esos cuerpos, más allá del retiro del mundo y el cese de su ejercicio sacerdotal como director espiritual, la moneda trae monedas, un sacerdote como mediador entre cielo y tierra, entre el pecado y la vida eterna sigue teniendo hijitos, un gran multiparo en la confusión de naturalezas. Vuelvo a recordar la frase en la entrada de la Parroquia, "Padre nuestro que estás en los cielos," es decir, Padre de todos que no estas…

La bolsa o la vida era la increpación clásica de los asaltantes de camino. El libro de Le Goff pone el acento en "la bolsa y la vida," así él consigna la innovación que en la teología medieval será el purgatorio, especie de antesala que solo pospone un poco la entrada al cielo. La iglesia y los poderes laicos empiezan a decir al usurero: "Elige: la bolsa o la vida," pero el usurero pensaba: lo que yo quiero es la bolsa y la vida. En la Edad Media ya es sabido que por ejemplo los obispos, que son los prelados y los vigilantes de las iglesias, mantienen relación con usureros y por lo bajo la practican tambien ellos. Este pecado contra natura corrompe la sociedad hasta su cúspide, hasta la cúspide de la Iglesia como una lepra contagiosa. Así podemos pensar que el purgatorio no fue concebido explícitamente para dejar vacío el infierno, sino para dar un último lugar de arrepentimiento antes de perder para siempre la vida eterna. La contrición final será pues la ruta para obtener a la vez la bolsa aquí abajo y la vida eterna allá arriba. Pienso que por estas razones la Iglesia, el Vaticano, no pudo sino condenar a Karadima y, por las mismas, la justicia chilena lo sobresee.