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30 de agosto de 2012

Abusando en Chile

Por Antonio Moreno Obando

El abuso aparece en nuestro entorno a diario. Como una posibilidad o de facto, en ambas direcciones se pone en las plataformas comunicaciones con protagonismo; ya casi no se habla de otra cosa. Pero a pesar del permanente cruce de acusaciones, la omnisciente conciencia del buen ciudadano decente y comedido no parece dudar en tomar una bandera única contra el bullying, contra la discriminación sexual, migratoria, racial, contra las malas prácticas empresariales, contra la pedofilia, contra el abuso de sustancias, abuso policial, abuso tributario, abuso sexual. Pero entonces si estamos todos de acuerdo ¿por qué seguimos hablando de esto como si cada uno estuviera solo contra el mundo?

Por estos días es posible ver en el canal de caricaturas Cartoon Network dos contrastantes situaciones de abuso en su franja comercial:

En la primera se puede ver al Pato Lucas frente al computador, probando suerte con una aplicación de facebook en la cual la gente opina sobre él. El gesto vanidoso del personaje comienza a desdibujarse cuando advierte que todas las opiniones son ofensivas: según el sondeo es feo, ladrón y poco hábil, datos que llegan incluso a un humillante 400% de las respuestas. La escena termina con una pregunta dicha con desgarro, arrojada al vacío: ¿quién pudo tener tan macabro propósito? En ese momento se puede ver la fotografía de un usuario con la cara de Bugs Bunny, irónico y sonriente.

En la segunda se muestra la caracterización por personas reales de personajes correspondientes a una serie infanto-juvenil habitual de la parrilla. Aparece ahí un grupo de niños que intimida directamente a un compañero de curso, causando un evidente daño moral. En la última escena aparecen todos los actores, ya fuera de sus personajes, profiriendo un mensaje dicho a coro: no hagas bullying.

Al parecer se hace al mismo tiempo el esfuerzo de acercar personajes clásicos con situaciones actuales y asociar la marca Cartoon Network con objetivos de responsabilidad social empresarial, sin importar que ambos mensajes apunten a sentidos distintos.

La forma de comprender al individuo desde un segmento o desde un perfil de consumidor determinado permite estas curiosas disonancias, las cuales dan mucho trabajo a las agencias publicitarias y a algunos estudiosos sociales para tratar de aunar lo que al parecer no tiene forma de aunarse. Pero el sujeto se escapa a la categoría y su posición centrifuga le permite habitar entre estos dos sentidos.

El público chileno hoy tiene un enorme malestar asociado al abuso y esta contradicción vista en la franja infantil por toda la familia es un buen pretexto para olvidarnos un momento del sentido “común” de las prácticas sociales saludables que brotan con facilidad de los discursos ciudadanos para pensar en la posición que jugamos al interior de este, nuestro querido y odiado lío.

Si un chileno ve con sus hijos estos spots riéndose con el primero y pensando en cambiar de canal con el segundo ¿será un criterio diferencial para diagnosticarlo como un sociópata, o para derivarlo a un programa de habilidades parentales en algún dispositivo psicosocial de su comuna?

Este año ha ocurrido un desplazamiento muy particular en los problemas internos de las comunidades educativas: de la explosión de pánico al bullying en el 2011 al acoso sexual este 2012. En ambos casos, este año con mayor escándalo que el anterior, frente a la evidencia de un hecho real y traumático, las víctimas expuestas en los medios de comunicación construyen un discurso de horror en aquellos telespectadores que si bien no han vivido el hecho real, se toman de esos discursos para sentir y pensar esa vivencia en sus propias casas.

Freud al poco andar en su construcción metapsicológica, tuvo que desconfiar de la ocurrencia real de los ataques que generaban los traumas relatados por sus pacientes. "Ya no creo en mi neurótica" le decía en una carta Freud a su amigo Fliess a propósito de los inagotables relatos de traumas sexuales.

Esta desconfianza poco compasiva de Freud levantó una dura controversia en sus seguidores, en particular en Ferenzci, por dejar fuera la variable real de lo traumatizante. El punto es que Freud jamás abandonó el estatuto traumatizante en lo real, lo que hizo fue situar en el centro una “realidad psíquica” en la cual se anudan los malestares y dolencias más agudas. Esta “fantasía” tiene una lógica, una escena y una verdad para cada sujeto, el cual vive de insatisfacciones, goces, deseos y pulsiones todas orquestadas por un lenguaje que no viene de fábrica en la información genética, sino que ya estaba cargado de significancias antes de que cada uno pudiera aprenderlo.

Una comunidad educativa que vive en la carne un abuso de poder por bullying o por acoso sexual, no es igual a aquella que pone su malestar embutido en el discurso de la amenaza inminente de algo que no ha ocurrido. Ser miembro de una comunidad amenazada por el abuso, demandante de algún especialista que los ayude con la prevención de un problema que es del otro, se tranquiliza en la medida que no es capaz de salir del sentido “común” que todos los apoderados comparten en su identificación como tal. El apoderado psicoeducado en una escuela para padres va por una expiación de su responsabilidad pero no deja la posibilidad de enredarse por la particularidad de su propio e intransferible malestar.

Esto de develar la propia relación que cada uno tiene con el abuso, al parecer no es posible de universalizar. La apropiación de ese discurso es fundamental para que no se confunda con la demanda de tranquilizarse en un remedio ajeno.

Pero también la comunidad educativa chilena en su conjunto está pensando en el abuso, en el poder, y quizás todos tengan una relación diferente a ese abuso: el de quien se siente abusado por ser segregado, o quien se siente abusado por no poder entrar a su colegio tomado. El asunto es que cada malestar en particular pueda tomar un espacio público para hacer lazo social, sin la brillantez del acuerdo sino con la opacidad de lo que contraría. En la plaza pública esta el Pato Lucas y Bugs Bunny, quejándose ambos, seguramente, por la posición particular que el dibujante les da como un mensaje que desconocen en el spot televisivo.

19 de mayo de 2012

Los árboles no permiten ver El Bosque

Por Francesca Lombardo

Los árboles, sus ramajes, sus follajes, sus troncos y raíces confunden, velan el grupo, nublan aquello que los hace precisamente ser el bosque, la agrupación corporativa, aquello que los liga y les da la fuerza.

Y juego aquí con el bosque, el móvil y presagiado a Macbeth, el de Caperucita Roja y también, y por supuesto en mayúscula, la Avenida El Bosque, la Parroquia El Bosque que se ha hecho célebre últimamente por las acusaciones a su párroco vitalicio Fernando Karadima.

Ese enclave religioso pulsátil que dependiendo como se le mire puede situarse entre lo banal, lo sensacionalista de una secta que conjuga una religiosidad pueril, anacrónica, y las voluptuosidades indecibles de varios goces, el pecado, la culpa, la confesión, la penitencia y vuelta a lo mismo. Pero no es precisamente o solamente esas historias de sexualidad clandestina, corrupta, sostenida en el tiempo durante años y años, sino la mezcla de elementos afectivos, sexuales, ideológicos y el poder, la voracidad por el poder, el dinero, el estatus social, más la religión, el conservadurismo más abyecto y los patios traseros de la sociedad chilena en todo esto, eso es lo que me parece interesante: cómo la mezcla de todos estos elementos cataliza particularmente algunos puntos para un muestreo de Chile, de su historia social, política, económica.

El año pasado (2011) aparecen dos libros que dan cuenta de uno de los mayores escándalos que ha remecido a la Iglesia católica chilena. La denuncia hecha primero individualmente por cuatro profesionales de edad mediana contra el párroco de la Parroquia El Bosque – luego reiterada en conjunto – instala los cargos de abuso sexual y psicológico mantenido durante años por el sacerdote: el tráfico de influencias, la red abigarrada de proteccion, los silencios, complicidades y tráficos varios entre los cuales el sexual no es el menor.

Estos libros que menciono son: "El señor de los infiernos" de la periodista (Premio nacional de periodismo 2009) y docente universitaria María Olivia Monckeberg y "Los secretos del imperio de Karadima" cuyos autores son Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarubia y Mónica González, todos ellos periodistas de importante trayectoria.

El caso en cuestión ocupó las páginas de los diarios, las actualidades de los noticiarios televisivos y no pocas editoriales, cartas públicas, etc. Suelo ser una lectora de la crónica roja, los hechos diversos siempre me han parecido el precipitado en acto de lo que trae la marea, las erupciones infectadas del cuerpo nacional. He leído gran parte de lo que apareció acerca del caso, incluyendo los libros que cito y que son investigaciones más acuciosas al respecto.

Entonces visualicemos topográficamente el paisaje. Cito del "Señor de los Infiernos" de M. O. Monckeberg, pg. 9:

"La avenida Eleodoro Yáñez, conocida hasta hace unos años como Las Lilas, corta en dos una gran extensión de áreas verdes que lleva su antiguo nombre. Esta vía de la comuna de Providencia atraviesa uno de los barrios más tradicionales de Santiago, que se extiende entre cuatro avenidas principales: Carlos Antúnez por el norte, Pocuro por el sur, Tobalaba por el oriente y avenida el Bosque por el poniente. Las calles interiores tienen nombres florales, las Hortensias, las Lilas y también nombres patricios como Juan de Dios Vial, Carlos Silva Vildósola, Loreto Cousiño quien donó el terreno donde se ubica la iglesia, una construcción roja con un torreón y en la entrada principal una gran pintura de Jesucristo rodeado por cuatro apóstoles, evocando su ascensión a los cielos después de la resurrección. 'Padre nuestro que estás en los cielos,' se lee sobre la imagen."

La construcción data de los años treinta / cuarenta, siendo concebida como una joya hecha por hombres piadosos y pertenecientes a las familias más distinguidas de la época.

Alejandro Hunneus Cox, el primer párroco, aspiró a fundar una agrupación de sacerdotes, pero no con el carácter de orden como los Legionarios de Cristo o la Compañía de Jesús. Pensó más bien en una sociedad, como son los salesianos, que educan a sus propios sacerdotes poniendo énfasis en determinados aspectos, pero luego estos se integran al clero diocesano y obedecen al obispo del lugar. Esta sociedad fue formada reuniendo a importantes presbíteros con patronímicos importantes en una organización que tendrá un rol importante cuando Fernando Karadima a partir del año 2000 haga de la Unión sacerdotal del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como La Pía Unión, una suerte de inmobiliaria para la compra de departamentos en el barrio El Bosque.

Karadima llega al Bosque en 1952, un mes después de la muerte de Alberto Hurtado. Lo que se sabe de él es que viene de una familia de estrato medio, su padre es un hijo de emigrantes de poca fortuna y su madre, a través del relato y la memoria, hace circular un cierto linaje venido a menos pero que contrarrestaba la pobreza genealógica del padre. "Aparentemente Karadima tuvo una figura paterna débil, casi ausente y una materna fuerte, manipuladora y distante" (Pg. 9 "Los secretos del imperio…").

Fue además un alumno mediocre que cursó solo hasta octavo básico. Si bien para el año 1946, que fue el último que pasó en el sistema escolar, ocho años de escolaridad estaban por sobre el promedio (en la década del 40 apenas un 18% de quienes estaban en edad de hacerlo se matriculan en lo que hoy llamamos educación media), se trata de una formación muy elemental para quien tendrá una influencia y un poder notable siendo cura y dominando al sector más conservador de la sociedad chilena ya que se encargó de formar espiritualmente a sus hijos. Esto fue posible en principio por contactos familiares precisos, fabulaciones varias, y a la destreza que tuvo para detectar las debilidades ajenas y hacerlas rendir, producir a toda vela diría yo.

Entre sus parientes maternos estaba Alberto Fariña, sacerdote que llegó a ser obispo auxiliar del cardenal José María Caro, convirtiéndose así en el verdadero poder tras el trono de la Iglesia de Santiago.

Cito de "Los secretos del imperio…" (pg.10): "Fariña era un cura de sotana, preconciliar, que manejaba con destreza los pasillos del poder." A los 16 años Fernando Karadima es introducido por este pariente y se afirma tenazmente luego de este empujón inicial en lo que será su futura vida.

Una de las fabulaciones más recurridas en este trayecto de implantación de Karadima es su amistad estrecha con el Padre Hurtado, nuestro santo criollo. Esto le permitió insinuarse como ligado a un momento de santidad y heredero de la misma. La elite chilena tal vez acogió con contentamiento a este heredero, ya que el santo fue llamado “el cura rojo” y sus inquietudes sociales perturbaban la devoción. Este heredero conservador, preconciliar, no fustigaba con la justicia social sino que cultivaba una religiosidad intimista y ritual, centrada en la amenaza del infierno, la sumisión intelectual y la obediencia a todo trance.

El Bosque se inviste de todo esto y congrega a la clase dominante ansiosa de tranquilidad en tiempos que gran parte de la Iglesia adhiere a Medellín y Puebla, acentuando la dimensión social de la fe, y el cardenal Silva Henríquez no duda en denunciar los graves atentados a los derechos humanos y a la dignidad de los sujetos.

El Bosque, ya antes del golpe de estado, da refugio en "su torre" a uno de los jóvenes de ultra derecha que atentan contra el general René Schneider asesinándolo y dando pié a lo que posteriormente será la secuela de violencia que se instalará con el golpe militar.

Al mismo tiempo Karadima acoge y nutre a sus feligreses y despierta o descubre vocaciones sacerdotales a granel. La iglesia se encuentra en déficit de llamados divinos: cincuenta sacerdotes y cinco obispos no es poca cosa y estos son formados dentro de este circuito cerrado de dogma, pecado y silencios.

Ya he dicho que toda esta estructura me interesa en la medida de una torsión, de una laminita deslizante y ávida. Está el abuso sexual durante años y años de jóvenes de buena familia practicado en el Bosque, es decir lo que caería mas bien en el pecado de Sodoma, ya sabemos, las delicias de lo mismo, de lo uno y no de lo otro. Pecado que mereció el exterminio por fuego en las "Ciudades de la Llanura" (dirá el Génesis). Pero dos ciudades dicen las Escrituras – y aquí haría yo entrar la torsión de la laminita – ¿cual es el pecado de Gomorra, la ciudad contigua que también mereció la ira divina?

Me pregunto si la inequidad de Gomorra será la usura, el préstamo a interés, como sabemos aborrecible cuna arcaica del capitalismo y severamente perseguida en la Edad Media. Es pues en la usura, en un matiz de ella, que el caso Karadima me hace pensar.

En un libro interesante que se llama "La bolsa y la vida" Jacques Le Goff, historiador francés especializado en el medioevo, rastrea y estudia la usura, la figura odiada y a la vez imprescindible del usurero – "ladrón de tiempo," ya veremos por qué.

Durante siete siglos en Occidente, desde el siglo XII al XIX, la figura del usurero y su pecado aparece como una mezcla detonante de economía y de religión, de dinero y de salvación.

La palabra usar, usage y de la cual deriva usura dice relación con el aplicar, hacer obrar un objeto, una materia, para obtener un efecto que satisfazga una necesidad, sea que este objeto o materia subsista (utilización), desaparezca (consumación) o se modfique (usura).

Uso que da, desgaste que produce, degradación que rinde.

Según Le Goff la usura es cómo se llama a un conjunto de prácticas financieras vedadas, siendo por una parte la imposición de un interés por un prestamista ahí donde no cabe ningún interés. Usura e interés no son sinónimos, así como no lo son tampoco usura y beneficio. La usura aparece cuando no hay producción o transformación material de bienes concretos, de ahí lo de "ladrón de tiempo." El usurero roba a Dios porque hace fructificar de una manera desviada, con otra velocidad que la que da el espacio partido por el tiempo.

El cristiano de la Edad Media entendió que por estas razones el paraíso le estaba negado al usurero.

La usura es recibir más de lo que se ha dado, recibir en otra naturaleza, es el excedente ilícito, la demasía ilegítima. Habría dos tipos detestables de avaricia que son castigadas por un veredicto judicial: la usura y la simonía (tráfico de bienes espirituales).

La usura es un pecado contra el justo precio (la justicia), un pecado contra la naturaleza. El dinero es infecundo y la usura quisiera hacerle tener hijos, dice Santo Tomás de Aquino después de haber leído a Aristóteles. El dinero no engendra dinero, y esto no quiere decir, señala Le Goff, que los teólogos y los canonistas medievales hayan negado toda productividad al capital, sino que en el caso del préstamo a interés hay algo contra natura. El dinero que duerme no produce naturalmente ningún fruto, pero la vida es naturalmente fructífera. A falta de fecundidad natural se puede hacer "trabajar el dinero."

Hacer engendrar hijos a las monedas, hacer trabajar el dinero sin la menor pausa es pues contra la naturaleza, una bestialidad. La usura vende el tiempo que no le pertenece ya que profita de la demora: el tiempo trabaja para él.

En su Infierno, Dante coloca a los usureros junto con los sodomitas, otros según las Escrituras, que pecan contra la naturaleza.

La usura en El Bosque me parece que liga deslizantemente cuerpos bien nacidos, bellos, patricios, y a la vez o por eso mismo fructificaciones materiales y espirituales que esos cuerpos, por su pertenencia social, histórica son capaces de emitir en su desgaste. Joyas que remiten a un tesoro inagotable, el tesoro de la juventud, de los bienes materiales, de los prestigios y a la vez de la espiritualidad conservadora de toda una clase. Es así que tiendo a entender el caso, más aún cuando el resultado de las acusaciones contra Karadima en el proceso llevado ante el Vaticano arroja un resultado en Noviembre de 2010 que lo sentencia como culpable, el presbítero es autor de los delitos de abuso sexual de menores y de adultos, además de abusos de poder. Esa es la sentencia del Tribunal Eclesiástico Vaticano. Por su parte la justicia civil chilena sobreseyó el caso, es decir la Iglesia, después de todas sus dilaciones está obligada a prenunciarse, no así la justicia chilena cuya composición de clase en los grandes staffs jurídicos, sus entramados de y en el poder sigue rindiéndole a Karadima, el poseedor de secretos, sus tributos.

Otro punto interesante en este asunto es algo que se relaciona con las legitimidades, con ser o no ser hijo de un padre. En Hispanoamérica en general, en Chile en particular, la figura del "huacho" se ha hecho un lugar en la reflexión de etnólogos, historiadores y tambien de escritores.

Huacho o guacho del mapudungun es huérfano o ilegítimo, bastardo, sin padre, sin clan, disparejado, no acompañado de aquello que debería juntársele. En general se entenderá por huacho quien no pueda ostentar un padre. Desde este punto de vista Karadima es un huacho, con un padre que instala muy poco y una madre que lo hace en demasía, él sube por la vía de la madre, por el obispo Fariña.

Luego, ya instalado en el Bosque, Karadima hace de padre, un padre promiscuo por decir lo menos ya que su paternidad no es solamente espiritual. Esos adolescentes confusos, místicos, que se acercan y se funden con él, son muchos de ellos y sobre todo los más cercanos, es decir los más usurados, hijos de familias con historias indigestas, muy pesadas, padres excedidos o ausentes, muertos precozmente, padres que no estan. Esos adolescentes son huachos también, los huachos de la clase alta. Es con ellos que Karadima ejecuta la usura, ejerciendo esta paternidad perversa, elige entre ellos a sus "regalías," a sus "regalías máximas." Una regalía es un privilegio, algo que supuestamente le es debido, que le corresponde, es el excedente que codicia y obtiene. Arreglo de cuentas por lo tanto con la filiación, con la genealogía, con el poder. Trafico de cuerpos y de psiquis que arrojan saldos en caja, que engrosan las arcas y el narcisismo de Karadima.

Seguramente se venga y enriquece con este abanico de usuras, hace trabajar las efracciones al cuerpo, las confesiones, las confidencias. Hace su fortuna de los diezmos, las limosnas, las donaciones, los regalos con que sus feligreses lo mantienen.

Este último Domingo 15 de Abril, en el diario La Tercera aparece un artículo sobre el fallecimiento el año pasado de doña Isabel Valdés Vial, viuda de Guillermo García Huidobro Jaraquemada y tambien viuda del ingeniero Fernando Gonzalez Cerveró. Su herencia deja al padre Karadima sesenta millones de pesos. Las fuentes eclesiásticas precisan que el sacerdote puede disponer de este patrimonio puesto que se trata de un sacerdote diocesano. Recalcan que son los clérigos pertenecientes a órdenes religiosas quienes no cuentan con bienes propios, ya que estos deben ser entregados a las congregaciones, según los estatutos de estos mismos.

Como vemos, mas allá del goce de los cuerpos, más allá de la plusvalía sobre esos cuerpos, más allá del retiro del mundo y el cese de su ejercicio sacerdotal como director espiritual, la moneda trae monedas, un sacerdote como mediador entre cielo y tierra, entre el pecado y la vida eterna sigue teniendo hijitos, un gran multiparo en la confusión de naturalezas. Vuelvo a recordar la frase en la entrada de la Parroquia, "Padre nuestro que estás en los cielos," es decir, Padre de todos que no estas…

La bolsa o la vida era la increpación clásica de los asaltantes de camino. El libro de Le Goff pone el acento en "la bolsa y la vida," así él consigna la innovación que en la teología medieval será el purgatorio, especie de antesala que solo pospone un poco la entrada al cielo. La iglesia y los poderes laicos empiezan a decir al usurero: "Elige: la bolsa o la vida," pero el usurero pensaba: lo que yo quiero es la bolsa y la vida. En la Edad Media ya es sabido que por ejemplo los obispos, que son los prelados y los vigilantes de las iglesias, mantienen relación con usureros y por lo bajo la practican tambien ellos. Este pecado contra natura corrompe la sociedad hasta su cúspide, hasta la cúspide de la Iglesia como una lepra contagiosa. Así podemos pensar que el purgatorio no fue concebido explícitamente para dejar vacío el infierno, sino para dar un último lugar de arrepentimiento antes de perder para siempre la vida eterna. La contrición final será pues la ruta para obtener a la vez la bolsa aquí abajo y la vida eterna allá arriba. Pienso que por estas razones la Iglesia, el Vaticano, no pudo sino condenar a Karadima y, por las mismas, la justicia chilena lo sobresee.