Por Antonio Moreno Obando
El abuso aparece en nuestro entorno a diario. Como una posibilidad o de facto, en ambas direcciones se pone en las plataformas comunicaciones con protagonismo; ya casi no se habla de otra cosa. Pero a pesar del permanente cruce de acusaciones, la omnisciente conciencia del buen ciudadano decente y comedido no parece dudar en tomar una bandera única contra el bullying, contra la discriminación sexual, migratoria, racial, contra las malas prácticas empresariales, contra la pedofilia, contra el abuso de sustancias, abuso policial, abuso tributario, abuso sexual. Pero entonces si estamos todos de acuerdo ¿por qué seguimos hablando de esto como si cada uno estuviera solo contra el mundo?
Por estos días es posible ver en el canal de caricaturas Cartoon Network dos contrastantes situaciones de abuso en su franja comercial:
En la primera se puede ver al Pato Lucas frente al computador, probando suerte con una aplicación de facebook en la cual la gente opina sobre él. El gesto vanidoso del personaje comienza a desdibujarse cuando advierte que todas las opiniones son ofensivas: según el sondeo es feo, ladrón y poco hábil, datos que llegan incluso a un humillante 400% de las respuestas. La escena termina con una pregunta dicha con desgarro, arrojada al vacío: ¿quién pudo tener tan macabro propósito? En ese momento se puede ver la fotografía de un usuario con la cara de Bugs Bunny, irónico y sonriente.
En la segunda se muestra la caracterización por personas reales de personajes correspondientes a una serie infanto-juvenil habitual de la parrilla. Aparece ahí un grupo de niños que intimida directamente a un compañero de curso, causando un evidente daño moral. En la última escena aparecen todos los actores, ya fuera de sus personajes, profiriendo un mensaje dicho a coro: no hagas bullying.
Al parecer se hace al mismo tiempo el esfuerzo de acercar personajes clásicos con situaciones actuales y asociar la marca Cartoon Network con objetivos de responsabilidad social empresarial, sin importar que ambos mensajes apunten a sentidos distintos.
La forma de comprender al individuo desde un segmento o desde un perfil de consumidor determinado permite estas curiosas disonancias, las cuales dan mucho trabajo a las agencias publicitarias y a algunos estudiosos sociales para tratar de aunar lo que al parecer no tiene forma de aunarse. Pero el sujeto se escapa a la categoría y su posición centrifuga le permite habitar entre estos dos sentidos.
El público chileno hoy tiene un enorme malestar asociado al abuso y esta contradicción vista en la franja infantil por toda la familia es un buen pretexto para olvidarnos un momento del sentido “común” de las prácticas sociales saludables que brotan con facilidad de los discursos ciudadanos para pensar en la posición que jugamos al interior de este, nuestro querido y odiado lío.
Si un chileno ve con sus hijos estos spots riéndose con el primero y pensando en cambiar de canal con el segundo ¿será un criterio diferencial para diagnosticarlo como un sociópata, o para derivarlo a un programa de habilidades parentales en algún dispositivo psicosocial de su comuna?
Este año ha ocurrido un desplazamiento muy particular en los problemas internos de las comunidades educativas: de la explosión de pánico al bullying en el 2011 al acoso sexual este 2012. En ambos casos, este año con mayor escándalo que el anterior, frente a la evidencia de un hecho real y traumático, las víctimas expuestas en los medios de comunicación construyen un discurso de horror en aquellos telespectadores que si bien no han vivido el hecho real, se toman de esos discursos para sentir y pensar esa vivencia en sus propias casas.
Freud al poco andar en su construcción metapsicológica, tuvo que desconfiar de la ocurrencia real de los ataques que generaban los traumas relatados por sus pacientes. "Ya no creo en mi neurótica" le decía en una carta Freud a su amigo Fliess a propósito de los inagotables relatos de traumas sexuales.
Esta desconfianza poco compasiva de Freud levantó una dura controversia en sus seguidores, en particular en Ferenzci, por dejar fuera la variable real de lo traumatizante. El punto es que Freud jamás abandonó el estatuto traumatizante en lo real, lo que hizo fue situar en el centro una “realidad psíquica” en la cual se anudan los malestares y dolencias más agudas. Esta “fantasía” tiene una lógica, una escena y una verdad para cada sujeto, el cual vive de insatisfacciones, goces, deseos y pulsiones todas orquestadas por un lenguaje que no viene de fábrica en la información genética, sino que ya estaba cargado de significancias antes de que cada uno pudiera aprenderlo.
Una comunidad educativa que vive en la carne un abuso de poder por bullying o por acoso sexual, no es igual a aquella que pone su malestar embutido en el discurso de la amenaza inminente de algo que no ha ocurrido. Ser miembro de una comunidad amenazada por el abuso, demandante de algún especialista que los ayude con la prevención de un problema que es del otro, se tranquiliza en la medida que no es capaz de salir del sentido “común” que todos los apoderados comparten en su identificación como tal. El apoderado psicoeducado en una escuela para padres va por una expiación de su responsabilidad pero no deja la posibilidad de enredarse por la particularidad de su propio e intransferible malestar.
Esto de develar la propia relación que cada uno tiene con el abuso, al parecer no es posible de universalizar. La apropiación de ese discurso es fundamental para que no se confunda con la demanda de tranquilizarse en un remedio ajeno.
Pero también la comunidad educativa chilena en su conjunto está pensando en el abuso, en el poder, y quizás todos tengan una relación diferente a ese abuso: el de quien se siente abusado por ser segregado, o quien se siente abusado por no poder entrar a su colegio tomado. El asunto es que cada malestar en particular pueda tomar un espacio público para hacer lazo social, sin la brillantez del acuerdo sino con la opacidad de lo que contraría. En la plaza pública esta el Pato Lucas y Bugs Bunny, quejándose ambos, seguramente, por la posición particular que el dibujante les da como un mensaje que desconocen en el spot televisivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario