Por Antonio Moreno Obando
El día de ayer se llenó de palabras alrededor de la imagen de tres buses incendiados. Algunos las dijeron con indignación, otros con suspicacia frente a la oportunidad del hecho; pero más allá del vértice desde donde se mire, en ambos casos la sospecha paranoide y el presentimiento de abuso del otro se deja aparecer como malestar. Aunque estos enfrentamientos ya han ocurrido muchas veces, siempre guarda su efecto de novedad, su sorpresa nos sigue provocando más allá de los discursos que podamos articular en torno a los actos y no terminamos de purgar el apremio.
Este enfrentamiento encontró en una manifestación no autorizada nuevamente a la fuerza policial y a los estudiantes. Pero esta vez la quema de nuestro particular medio de transporte deja del lado del acto incomprensible a los menores de edad y a los adultos del lado de las preocupaciones a través de tres temas que no tendrían nada en común: reforma tributaria, calidad de educación y terrorismo.
Más tarde el dialogo entre jóvenes incautos y adultos responsables fue posible por los medios de comunicación gracias a una singular frase proferida por el secretario "inspector" general de la república: "nadie está por sobre la ley." Dio la impresión de que si el profe Chadwick hubiese podido expulsar a estos alumnos del país por atentar contra la sana convivencia nacional, no le habría temblado la mano. Pronto aparece la respuesta del alumnado indisciplinado con sus habituales justificaciones: "pero si son los empresarios de la educación lo que están por sobre la ley..."
A propósito de inspector general y autos incendiados, el año 2005 el ex-presidente francés Nicolas Sarkozy, quien por ese entonces ostentaba el mismo cargo que hoy tiene Hinzpeter en nuestro país, tuvo la oportunidad de iniciar con sus provocativos comentarios una de las olas de insurrección urbana al rojo vivo más recordadas de este nuevo milenio. Todo inició cuando dos adolescentes árabes murieron arrancando de la policía, presumiblemente asustados por la discriminación que los inmigrantes sufrían en los cuarteles. Luego, el sentir de los guetos fue representado en movilizaciones ciudadanas periféricas, ocasión ideal para que el destacado político pudiera expresar lo que a su juicio todo francés decente pensaba: "pero si ellos son la escoria..." Unas semanas después se quemaron más de 1.200 autos en París. ¿A cuántas micros quemadas estamos de que Hinzpeter sea precandidato presidencial?
Por otra parte aparece desde marzo en Buenos Aires la quema de autos en las calles, a través de actos no vinculados a manifestaciones ciudadanas, pero sí a la Federación Anarquista Informal, que al parecer mantiene operaciones en Chile y en otros países de Latinoamérica. Si usted googlea esta federación, verá posteadas cada una de las reivindicaciones que al menos en Chile estos movimientos acráticos y candentes hacen de sus actos. ¿Qué significa que los que aparecen encapuchados tengan Facebook, Twitter e incluso páginas web?
Algo del acto busca ser reconocido, porque aunque no exista un espacio simbólico para ese deseo encapuchado, tampoco puede quedarse simplemente obturado: la stasis además de guerra civil también es un coágulo de sangre que obstruye la circulación y mata.
En nuestros sistemas formativos en vías de desarrollo ese deseo en un cuerpo joven debe subyugarse, por ser aun inexperto, a través de un agente del saber. El saber es depositado en esos cuerpos en un movimiento vertical que absorbe en su control todo afán de diferenciación. Pero aunque este depósito exija siempre una apacible recepción, no reconocer el deseo que pugna por diferenciarse como una demanda propia es transformar esa subjetividad en acto para poder existir. Es tomar el lado jectum del sujeto: negar, eyectar para ser reconocido. De ahí radica la esterilidad de aquella coerción no solo del saber del profesor, del inspector general y del ministerio tecnócrata, por tratar de encarrilar al cuerpo joven desde las alforjas de la institución, sino que también de la disciplina de los cuerpos: palos, empujones, transantiago apretado en la mañana, llegaste atrasado, cállate, siéntate, aprende algo y sé alguien en la vida, sí profesor, me rindo, no me castigue, le tengo miedo.
El niño con algún déficit funcional, que hace enojar al deseo del profesor, el cual a su vez depende del deseo del otro que también se enoja con él, manda al pequeño futuro delincuente fuera del aula para que la medicina se encargue de corregir su desadaptativo impulso: metilfenidato, inhibidores de la recaptación de la serotonina, risperidona. Además algún programa conductual no sería mala idea, alguna de las fórmulas coercitivas de la terapéutica para que deje de transgredir, de tirar las mesas por el aire, de golpear al profesor, de jugar con fósforos. Pero los tratamientos fracasan una y otra vez. ¿Será este niño hijo de Satanás? Probablemente no, sólo que no puede tomar prestado algún discurso que lo admita y le permita ser reconocido. Su deseo solo puede ser acto. ¿De dónde podrá ese niño tomar un discurso que le permita acceder al lazo social? Probablemente no a través del castigo, sino más bien del reconocimiento de ese deseo en un ámbito que no sea solo el del acto. El castigo y el fármaco siguen siendo acto.
En la versión liceana de nuestro conflicto estudiantil, esta violenta y peligrosa transgresión a los normativos de convivencia de nuestro país como lo es la quema de tres buses del transantiago, tiene una paradoja encerrada en las fotografías del incendio, las cuales parecen causar más fascinación que terror. ¿Qué evoca al ciudadano pedestre la quema de aquel indigno medio de transporte en el cual debe encajonar su cuerpo a diario de dos a cuatro horas? No parece que sea el terror pavoroso precisamente lo que evoca.
Reconocer un deseo tras la capucha no es una manera de respaldar el acto y su violencia, es simplemente poner en el discurso aquello que apremia por no ser reconocido para que luego pueda renunciar y situarse en una demanda. Si las capuchas con sus piedrazos fueran vistos como un nicho de mercado, hace mucho rato que el ministerio tecnocrático habría pensado en una oferta. ¿Habrá algún hombre de visión que vea alguna rentabilidad y reconozca una demanda? Difícil es pensar que aún no ha nacido alguno en un país lleno de emprendedores. ¿Por qué queda la impresión de que hay una enorme rentabilidad en la periferia del mismo mercado, por ejemplo en el poder que da llegar a acuerdo para el financiamiento de la educación en la cámara de diputados, en formar sociedades sin fines de lucro universitarias o en las franquicias tributarias?
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