Por Peter Molineaux
Cuando Fernando Paulsen entrevistó al Senador Carlos Larraín en un programa radial hace algunas semanas, se refirió casi invariablemente a él como Don Carlos. En otra radio, unos días antes, la periodista Claudia Álamo hacía lo mismo. También en su página de Facebook el senador recibe casi siempre el distingo de don en los alientos de sus seguidores. Hay incluso un blog que antecede su nombre con el mismo título: doncarloslarrain.blogspot.com
El presidente de RN, más conservador que una buena parte de su partido, es considerado homofóbico y machista por declaraciones públicas que ha hecho. Ha relacionado a los homosexuales con la zoofilia y la pedofilia además de declarar que las mujeres son "débiles" a propósito de Michelle Bachelet. Sin embargo, evoca en algunos de sus interlocutores la necesidad de hacerle una reverencia: Don Carlos, déjeme hacerle una pregunta... Don Carlos, siga así...
Aunque conserve de manera sorprendente una cabellera frondosa y sin canas, el senador tiene casi setenta años. Quizás por eso se le diga así, como decirle don Luis al carnicero septuagenario. Puede ser. Pero Larraín trae algo más.
Se le escucha con aires de viejo tradicional, de patrón de fundo, con las tr pronunciadas como ch y con la lengua un poco más atrás hacia la garganta. El efecto papa en la boca. Chemendo. Ese aire, más que su edad, parece ser el gatillante de una reacción inconsciente de quien lo interpela. A este hay que decirle Don.
A la manera del usted, el don se ha transformado en Chile en una muestra de cariño. No es raro escuchar a las parejas decirse usté, entendiéndose con eso una mayor intimidad que con el informal tu. A un buen amigo –también en señal de cariño– se le da un abrazo y se le lanza un "cómo está don Pancho, compadre." Pero en el caso de Don Carlos no se trata de eso.
Ni por la edad ni por cariño, sino por lo de patrón. Un presidente, ya sea de un partido político o de una nación, no es un patrón. El patrón –el original, el del fundo– tiene una historia anclada en la Colonia y detenta el derecho a todo lo que crece y vive en su terreno, incluyendo a los humanos. Esa historia está presente en el automatismo de llamar Don Carlos al senador Larraín.
La figura patronal, que aparece en manifestaciones inconscientes como las de los periodistas de más arriba, está funcionando aún en la subjetividad de los chilenos. No en todos, pero anda por ahí.
La posición del patrón tiene el efecto de neutralizar lo que el psicoanálisis ha llamado función paterna. Esa función regula el intercambio dentro de la familia –prohibiendo el incesto– e instala la exogamia como norma general de la civilización. Separa lo íntimo de lo privado y lo privado de lo público. En tanto función, no requiere en cada familia la existencia concreta de un padre. Es la noción profunda, instalada estructuralmente, de que estamos regidos por una ley civilizadora.
En el fundo pueden haber muchas familias con distintos padres, pero cuando aparece el patrón, la ley que regula el intercambio en y entre las familias es arrasada. Él tiene derecho a todo: a las mujeres, a su prole, al trabajo, a la casa, al suelo. Y también al padre, transformado en peón. Toma lo que quiere, hace lo que quiere, porque es suyo.
Al anular al padre, el patrón reemplaza a su función. En lugar de la regulación aparece la intrusión, violenta, caprichosa y capaz de cualquier cosa.
El patrón está detrás del machismo y del acoso sexual, transformado en ideal. El marido machista y el jefe jote no son patrones de fundo, pero se identifican a su figura idealizada. Muchas veces la distancia entre lo que son y lo que pretenden ser es tal que caen al lugar de la caricatura. A un periodista no se le ocurriría tratar de don al machomenos. Pero sí a Don Carlos.
El senador hace aparecer al patrón original desde el inconsciente porque se le parece. Lo que preocupa no es Larraín, que con los años, la tintura y los chascarros se va acercando cada vez más a la caricatura. Lo que sorprende es que el patrón –la palabra, la figura– esté burbujeando en el inconsciente de periodistas más bien progresistas como Paulsen o Álamo. La reverencia que evoca la figura del senador no se circunscribe, por lo tanto, a sus fans. El pachón en Chile todavía opera con cierta amplitud. Y el hecho de que sea inconsciente lo hace más potente.
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