Por Peter Molineaux
Dicen que viene el fin del mundo. Ya lo anunciaba uno de los calendarios Maya desde hace tiempo, poniendo la fecha del 21 de Diciembre de 2012 como último día. El año pasado se estrenó una película hollywoodense con el título "2012" en la que las aguas inundaban al planeta que quedaría despoblado de humanos. Un grupo de privilegiados logró, en la trama predecible del film, salvar de la catástrofe en un arca muy avanzada tecnológicamente.
En televisión se habla mucho, ya no solo en boca de Salfate. Dicen que lo confirma el Papa y una princesa japonesa. Las señales parapsicológicas también lo indican. Algo se viene. Para los más esperanzados es un cambio hacia un mundo mejor, para otros el Apocalipsis. Tres días de oscuridad. Abundarían las razones científicas: el magnetismo está cambiando, tormentas solares, mucho terremoto últimamente oiga.
En los últimos años nos han anunciado varias fechas para el día final, pero no ha pasado nada. Esta vez no será distinto y se reorganizarán las predicciones entorno a otra fecha futura medianamente verosímil. El 13 es un número malulo, así que el 2013 sí se viene el gran fin.
Si se ha repetido tantas veces el plop de una supuesta hecatombe ¿por qué se sigue creyendo que ahora sí va a pasar?
La posibilidad de que todos muramos produce grandes cantidades de angustia en buena parte de la población y tiene un alto costo en Salud Mental. ¿Por qué prosperan con tanta facilidad las hipótesis infundadas y con tan poca las explicaciones razonables? En algún lugar de los sujetos se logran alojar estos cuentos de destrucción masiva, fuego y miseria.
Luego de la Primera Guerra Mundial, Freud se preguntaba por la insistencia con que los recuerdos terribles y traumatizantes eran revividos por los soldados que habían padecido los horrores de la trinchera. El recuerdo del terror se repite, no se puede remover y se presentifica a cada instante. Se suceden las pesadillas. Se repite y se repite la misma secuencia espantosa. Compulsión a la repetición, la bautizó.
Esa constatación clínica se convertía en un problema para la teoría psicoanalítica que ya cumplía 20 años. Hasta ese momento, para Freud, las pulsiones de los sujetos eran gobernadas por el principio del placer, es decir que el aparato psíquico buscaba evitar el displacer y mantener un equilibrio a través de descargas de sus tensiones.
Producir y repetir representaciones dolorosas no sigue la lógica del placer y habla de una fuerza más oscura, llevando al inventor del psicoanálisis a revisar su teoría: usó el nombre pulsión de muerte. Con esa nueva elaboración, la pulsión (trieb), que en una de las traducciones aceptadas es llamada instinto, tiene como objetivo innato el retorno a un estado inanimado. Su versión erótica, la pulsión de vida, no sería más que un rodeo del instinto de muerte en su camino hacia su destino final: la descomposición.
Oscuros pensamientos de Sigmund: en lo más propio de lo vivo, en el instinto, está la inevitable dirección mortífera.
La repetición atolondrada de fechas para el fin del mundo es una expresión de la pulsión de muerte que nuestra cultura mediática y globalizada nos regala a diario. Si las civilizaciones por separado han dado curso a la muerte a través de ritos sacrificiales y promesas de tiempos finales, la cultura global toma de cada una de sus esquinas los relatos para abastecer el stock de predicciones cataclísmicas –los Maya, los Inca, los Celta, la Biblia. Y la ciudad global se asusta. Ya viene, ya viene, ya viene...
En ese trabajo de 1920, Más allá del principio del placer, Freud observaba a su nieto Ernst en uno de sus primeros juegos infantiles: el niño de dieciocho meses jugaba a tirar una bobina amarrada a un hilo dentro de su cuna pronunciando un esbozo de la palabra fort (lejos en alemán) y luego, al recuperar el objeto tirando del hilo, pronunciaba la palabra da (acá en alemán). Este juego permitía al niño soportar las horas de ausencia de su madre –muy angustiosas para los niños pequeños– otorgándole a él la conducción del destino de la aparición y la desaparición.
Como para Ernst, el juego de los inventos de fechas para el fin del mundo nos permite hacer de forma repetitiva un rodeo a la inevitable desaparición, vivida como un desamparo absoluto en la infancia muy temprana e instalada profundamente en nosotros por la pulsión de muerte.
Pero circular constantemente en torno a la muerte es una forma muy primitiva de tratar lo inevitable. Toca muy de cerca al agujero que es la angustia. Antes de morir, más que un rodeo repetitivo, la figura más conveniente sería quizás un arco, una parábola, un desvío por surcos más novedosos que anunciar y esperar el fin. En esta época de información inmediata y colmo de las necesidades al instante, la pulsión de muerte encuentra pocos caminos para recorrer antes de ejecutar su promesa. Se acabará todo y será muy pronto.
En la versión de la llegada de estas fechas como un cambio de época en la historia humana hay, sin embargo, luces de un arco más amplio, de un relato que sofistica la relación al agujero. Nuestra especie va camino a encontrar su lugar en el universo. Se viene un nuevo paradigma. Por esa vía quizás nuestra cultura global retome por un tiempo, siempre limitado, los pasos de Eros. Por la otra, aquella de la venta mediática siempre renovable de un día para la muerte, la angustia está demasiado cerca todo el tiempo.
La angustia es insana y ocupa mucho tiempo, tiempo que no hay que perder, buen blog felicitaciones!
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