Por Peter Molineaux
Luego del ataque incendiario protagonizado por un grupo de encapuchados en contra del automóvil del rector de la Universidad de Santiago se escuchó en la radio al Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, hacer la siguiente declaración refiriéndose a los autores del hecho:
"(Que) sean puestos ante la justicia para que reciban la venganza de la ley que es lo que corresponde en un Estado de derecho."
La mañana siguiente, el vocero de gobierno Andrés Chadwick, representante de la templanza y el equilibrio en La Moneda, interpretó la palabra venganza como un error y la reemplazó por el término rigor.
Desde la perspectiva del psicoanálisis, como es bien sabido, un error está más cerca de la verdad que su rectificación. Una de las primeras fórmulas que utilizó Freud para dar prueba de la existencia del inconsciente fue recopilar lapsus y actos fallidos de su experiencia para seguirles la pista hasta alguna verdad encubierta y bien cargada de afecto para quien los cometía.
Hay una verdad en el deseo del ministro que quiere que la ley opere como venganza. Ese deseo es profundamente humano y al mismo tiempo permanece muy reprimido por la civilización.
Freud constataba en su artículo Pegan a un Niño cómo un pequeño podía experimentar placer al ver a su hermanito ser duramente castigado por su padre. Ese impulso fratricida y perverso es aplastado por la internalización de las leyes del pacto social que un niño va aprendiendo a medida que atraviesa las dolorosas pruebas de su maduración.
La ley se encarga de suprimir los impulsos más brutales al tiempo que el Estado se hace cargo de sostener esa ley. Y los ministros, como Hinzpeter, representan y dan cuerpo al Estado.
Para el psicoanálisis la aparición de la ley se remonta a un tiempo prehistórico, pre-civilizado, y se funda en el mito freudiano de la horda primordial. Antes de la historia y en el límite entre lo animal y lo humano habría vivido una banda de hermanos sobre la que reinaba un padre, dueño de todos los privilegios y con derecho al usufructo de todos los recursos, especialmente los sexuales. El padre de la horda tomaba para sí a las madres, hermanas e hijas, excluyendo de la vida sexual a los hermanos.
El mito cuenta que un buen día los hermanos se organizaron para asesinar al padre y obtener para ellos los beneficios de los que él gozaba. Consumado el acto, sin embargo, la culpa y el terror se apoderaron de los hermanos y, dice Freud, "el padre se hizo más fuerte muerto que en vida," instalándose simbólicamente como ley e imponiendo el mandato más antiguo, fundante de la civilización: la prohibición del incesto. Desde ahí los humanos tuvimos que buscar la satisfacción en la exogamia. El intercambio regulado por un pacto social se transformó en la única manera posible de tramitar nuestros impulsos (sexuales y de agresión), ubicando a la ley como garante de que no vuelva a haber uno que goce de todo ni que todos gocen del asesinato de uno.
La ley, entonces, regula al goce. El psicoanalista francés Jacques Lacan construye uno de sus conceptos centrales, la jouissance (el goce), a partir de un concepto legal: el usufructo. El derecho al usufructo es lo que la ley está llamada a regular, prohibiendo a partir de cierto punto que se goce. Ese punto se define en cada cultura dependiendo de su historia y su recorrido desde la primera prohibición, la del goce sexual de los cuerpos de los sujetos de la familia propia.
Si la ley logra una venganza, logra una parte de goce, un plus. La venganza es dulce, la venganza logra la satisfacción a través del usufructo de algo del otro. Cuando el Ministro Hinzpeter dice su verdad humana, su deseo de que la ley goce del otro, es un deseo esperable. El problema es que lo dice como Secretario de Estado, desde uno de los lugares que hemos establecido como civilización para garantizar que el uno no usufructe del otro.
La posición subjetiva del Ministro, que es inconsciente, es la de usar la ley para vengarse. Es una posición que seguramente antecede a su lapsus y que se ha podido sentir en los aparatos de seguridad interna del Estado que están a su cargo y reciben la transmisión de su deseo. Es decir, las policías, al escuchar ese susurro, pueden autorizarse también a vengarse con la ley.
La reacción cada vez más violenta de los gozados es el intento por recuperar algo de eso usufructado, de ese plus, a través de la violencia. Hacen como lo hicieron en el mito freudiano los hermanos de la horda.
La rectificación del Ministro Chadwick va en la dirección de restituir a la ley en su lugar de regulador, esta vez riguroso. Sin embargo, la negación del otro sentido, del inconsciente, permite que siga operando.
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