28 de mayo de 2012

Coproyogurt para tu Tránsito Lento

Por Peter Molineaux

Hay un comercial que gira en la televisión en el que una mujer cuenta a otra persona, que no aparece en cámara, que gracias a un cierto yogurt ya no tiene la dificultad de necesitar un baño cuando no está en casa: ahora llega a su hogar y, "como reloj," va a evacuar. Al escuchar su testimonio todos entendemos que no se trata de orinar.

Hay otro yogurt que puso a rodar una idea parecida en su publicidad, aunque lo hizo de manera algo más delicada, con la sutileza de unas flechas digitales sobre los vientres de las protagonistas y la sonrisa de Cecilia Bolocco.

En la radio, un anuncio auspicia que gracias a un producto lácteo la protagonista podrá por fin dejar de participar de una suerte de pugilato matutino con su clóset y ponerse esa tenida de segunda opción que se ve bien dependiendo de su estado de ánimo.

El bifidus está activo hace tiempo en algunos yogurts, pero lo nuevo es que el márketing (que es una excelente medida de la época) pesquice y se sirva de una tendencia de nuestra cultura: cagar bien es importante. Y es tan fundamental que aunque sólo se lo contaríamos a alguien muy cercano como hace la protagonista del primer comercial, también sale en la tele, que equivale hoy a gritarlo en la plaza pública.

Los romanos hacían del baño algo público. Además de gozar de un sistema de alcantarillado y de agua caliente, se cagaba en sociedad, por así decirlo. Los turistas que visitan el puerto romano de Ostia se maravillan y retroceden al mismo tiempo frente a las ruinas de lo que parece una hilera de letrinas sin separaciones donde sólo se puede imaginar a los comensales conversando cara a cara mientras hacen lo más básico. La discusión arqueológica sigue encendida al respecto, pero podríamos pensar que era un acto tan banal como usar el urinario.

Hoy la historia se suponía bien diferente. Por lo menos hasta la llegada de la publicidad del yogurt. En nuestros días, para la esfera de lo más privado se promueve en el escenario más público lo último en bienestar: una manera de regularse afectivamente desde el transito intestinal.

Si para Freud el cuerpo estaba profundamente entrelazado con la simbolización, es decir que hablaba a través de sus síntomas, ¿qué quiere decir hoy, sobre nuestra relación al cuerpo, esta manera tan efectiva de vender yoghurt?

En los '80 se tomaba Milo porque te hace grande. Lo que importaba era el éxito. La palabra éxito y el pelo escarmenado hacia los cielos parecían comportarse como la brillante brújula a seguir. Éxito es una palabra, tiene un efecto simbólico, y está bien representada por todo ese brillo, por objetos cromados y colores fosforescentes intensos. Uno se olvida un poco del cuerpo y las entrañas que sin embargo siguen ahí.

Caído el brillo, los noventa y la generación X (que ahora se acerca a los 40), puso de relieve lo feo: se ensuciaron los jeans rajados y se dejó caer como fuera el pelo en la cara. En los noventa reaparece el cuerpo real; la grasa en el pelo, la barba mal tenida, esa mancha en el polerón celeste de Kurt Cobain. No se entienden mucho las palabras de las letras de las canciones, pero sí el mensaje: nos pesa el cuerpo sucio pero nos vemos bien. Here we are, now entertain us.

El 2000, con su Y2K impotente, su bling-bling gangsta y rock post-algo, parece una recreación indecisa de las dos décadas anteriores, una fiesta desinflada luego de que el ingreso al nuevo milenio no trajera ninguna gran explosión de euforia. Ahí nació la cultura Next. No la del yoghurt sino la de MTV: una banalización terrible del otro que se reduce a objeto ya no como la objetivación de la mujer en la pantalla, por ejemplo, sino como la reducción a un deshecho. A un deshecho de consumo. Consumido o desechado. Next. Eso, junto al ya mencionado bling y los cuerpos inflados del reggaetón o Beyoncé, se timbra y se consume o se sella y se bota.

Bajo todo esto se van hinchando los cólones, se aprietan las gargantas, los adolescentes se cortan los brazos, la población engorda o va al gimnasio. Se bruxa en la noche.

El tránsito se hace lento.

Desde una época en que una palabra daba sentido y orientaba hacia una imagen pasamos a otra en que las palabras no importaban tanto, pero la estética sí, dando forma al cuerpo. Con el flop del milenio y la caída de las torres pasamos a otra época, más radical, en la que una palabra tacha o elige a un cuerpo, sirviendo para todas las estéticas sin importar cuál (la imagen es nada...). Pero todavía quedaba una palabra fuerte, aniquiladora y pronunciada con veneno, NEXT.

El paso siguiente – el actual, el del yogurt – es el del cuerpo como solución a si mismo. Se salta el paso por la palabra o la imagen. Estar bien, hoy, dista del slogan derivado de los romanos: mente sana en cuerpo sano. Lo que importa para nuestra época es el buen funcionamiento de los órganos, la tonificación y posición (yoga, pilates, capoeira) de la masa. Hoy la felicidad es el cuerpo. Y el malestar también.

Una de las pacientes fundadoras del psicoanálisis, Anna O., tenía una serie de dificultades en el cuerpo entre los que se contaba, por ejemplo, la parálisis de uno de sus brazos. En el análisis del caso, que no fue un caso que atendió Freud directamente, aparece asociado ese síntoma al recuerdo doloroso de su brazo dormido por tenerlo en una cierta posición sobre una silla junto al lecho de muerte de su padre. El cuerpo simbolizando.

El colon no simboliza nada. Salvo, quizás, que está irritado. Se irrita en vez de decir algo.

Cuando un adolescente se corta los brazos hoy, no lo hace para matarse. Casi invariablemente testimonia que lo hace porque lo calma. El cuerpo – lo real de los órganos – ha tomado el protagonismo en el apaciguamiento del sufrimiento psíquico.

Y el márketing se ha dado cuenta: el yogurt va a regular tu tránsito por la vida.

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