Por Peter Molineaux
Esto empezó con los automóviles. Se ha llamado road rage y se trata de la ira desplegada en las calles y carreteras por aquellos sentados detrás del volante. En la versión chilena se escuchan los gritos alusivos a los escrotos, familiares o vida sexual del conductor que ha osado interponerse entre el iracundo y su ruta: ¡saco 'e hueeeaaas! ¡conchetumareeeee! ¡vieja culiaaaaaa!
La película ganadora del Oscar en 2006, Crash, ponía en boca de uno de sus protagonistas un conmovedor pero fantasioso análisis sobre los choques: "en L.A. nadie te toca. Siempre estamos detrás de metal y vidrio. Creo que extrañamos tanto ser tocados que chocamos en nuestros autos los unos con los otros para poder sentir algo."
En Santiago, hoy, la ira al volante ya está consagrada. Sin embargo, lo que llama la atención es que algo de esa explosión rabiosa ha rebalsado los límites de la calle motorizada para encontrar expresión tanto en las ciclovías como en las veredas de la ciudad. Ya los Ciclistas Furiosos inauguraron en los noventa la rabia pedaleante y recientemente se agrega la novedad de los caminantes enrabiados con los ciclistas por andar en la vereda. Los peatones reaccionan, quizás, al susto que vivieron alguna vez al confundir una ciclovía con un sendero y recibir el grito o la convulsión del timbre de algún ciclista: ¡por la ciclovía no, hueón!
Lo que preocupa de esta furia, su característica especial, es que cada protagonista enrabiado está enchuchado desde el sentimiento de que lucha por su derecho. El otro, el que cruza su camino, está pisoteando o atropellando el trecho de ciudad que es mío. Esta combinación de ira y derecho tiene la particularidad de que la certeza de tener la razón autoriza al sujeto a desatar su rabia sin freno. Como la ira de Dios, que a diferencia de la humana sería santa y no pecadora, se perfila la ira con derecho. Se produce así una alianza inflamable entre la moral y el impulso que causa constantes gritoneos en las calles de la ciudad.
En El Yo y El Ello, Freud introduce para el psicoanálisis lo que se conoce como la segunda tópica, una novedad en la manera de ubicar los elementos del aparato psíquico. Además de los dos términos que dan nombre a la obra, se presenta al Superyó como tercera instancia intrapsíquica. El Ello, la reserva pulsional del aparato, busca saciar los instintos más básicos del sujeto sin importar el costo. El Superyó, representante interno de las prohibiciones y restricciones de la civilización, exige con rigor y castigo que se haga lo moralmente correcto. En el medio, aquel que Sigmund llamó vasallo, es decir el Yo, intenta mantener las cosas en relativa paz, dando algunas satisfacciones a cada lado y viéndoselas con la presión de los aumentos de tensión dentro del aparato.
Para ayudar en su humilde tarea, el Yo se sirve de la tradicional oposición entre lo que quiere el Ello y lo que restringe el Superyó. Si el uno quiere el desenfreno carnal, el otro hace uso de su aliado, el Sentimiento de Culpa, para aplacar con los valores de la civilización reinante aquellos impulsos que amenazan el orden establecido. El Yo en ese caso, sólo tiene que hacer de auspiciador del Superyó y reprime los instintos más básicos, manteniendo la añorada calma... ya le dará un lugar en los sueños a las peticiones ardientes del Ello.
Sin embargo, como en el sadismo o el masoquismo, cuando en el Superyó ocurre la transformación con aires perversos que introduce una moral incivilizada, es decir en la que no hay que entregar nada a cambio del goce, el vasallo –el Yo– no puede mantener alejado mucho tiempo al Ello, pues para éste es irresistible la oferta de gozar sin perder. Cuando se logra esa alianza entre Ello y Superyó, dejando al Yo desprovisto de su capacidad para negociar, se producen estas descargas pulsionales que tienen la particularidad de estar autorizadas por el Superyó a través de un Bien que se sustenta en lo antojadizo.
Que el Bien sea mi pista por la que transita mi habitáculo intocable o mi vereda para los que andamos a pie o mi ciclovía para los que evolucionamos más allá del motor ("un auto menos, amigo") tiene, además del sello individualista que no pasa por el pacto social, una ética del cualquier cosa, propia tanto del post-modernismo hecho sentido común como del discurso capitalista. Para el primero: cada uno con su verdad. Para el segundo: no me haces falta porque si falta me lo compro.
En este contexto ético, Mi Bien es El Bien y en el aparato psíquico ocurre que el Yo, fiel a sus inicios como efecto del narcisismo, no ve barreras frente a Su Bien y se hace a un lado para dar curso a la alianza entre el Ello que quiere todo y el Superyó que le autoriza el goce sin restricciones en el acto de castigar sádicamente al infractor del Bien.
El año 2011, para los nostálgicos del Movimiento Estudiantil, la calle encendió con una chispa fundada en el Bien Común. Además, su crítica al lucro estaba anclada en la claridad que dio ese destello respecto a la trampa del capitalismo galopante, con la fórmula astuta que este aplica sobre el sujeto y que recordábamos el año pasado al hablar de Laurence. Pero ya reinstalados los semáforos y repavimentada la acera quemada, se vuelve a sentir en la calle ese aire de furia contra todo aquel que no comulgue exactamente en mi idiosincrasia.
Desde sus bolsillos y carteras, los sujetos así cargados con la ira con derecho, hacen lo mismo en las redes sociales. El linchamiento digital de Rafael Gumucio la semana pasada por twitear una frase relativamente cruel y bastante infundada sobre los animales siendo rescatados del incendio en Valparaíso muestra a este fenómeno furioso exacerbado por el anonimato y la inmediatez del aparato electrónico. Amar a los animales, en ese caso, toma para los linchadores el lugar del Bien y el Yo baja la guardia fascinado por que el Bien sea suyo, dejando que la pulsión agresiva que convive en el Ello con las pulsiones sexuales se desate hasta frases de amenaza de castigo físico para el escritor e incluso para su familia.
La ira con derecho, aquella que se autoriza a si misma la desde un Bien cualquiera, tiene en su filo la capacidad de permitir a cada uno descargar su pulsión contra cualquier otro sin restricción, lo que va justamente en contra de la función de la ciudad: proteger a los precarios seres humanos de las fuerzas de la naturaleza y, por supuesto, de la fuerza de su propia furia.
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