Por Francesca Lombardo
Hasta fines de este mes de mayo en el Teatro La Memoria se está exhibiendo una obra dirigida por Pablo Larraín y actuada por Roberto Farías. Es un largo monólogo que perorea, ofrece, se excede, se reconcentra y en una lengua dislocada, llena de actos apenas puestos en lenguaje, escenifica la hemorragia del sin lugar total de un sujeto descalabrado de principio a fin.
Nada más virulento que la fuerza inicial y la fuerza terminal, la fuerza del vagido de la cría naciendo y el ronquido de la agonía. Pareciera ser eso lo que escuchamos atragantadamente en los cincuenta minutos que dura en escena. Palabras que son cosas palpitantes, pre-semióticas, embadurnadas aún de los detritus placentarios y de la larga catástrofe de haber nacido así no más… sin equipaje, sin palo mayor, sin ancla más que el cuerpo con su gloria y su tragedia.
Me quedo suspendida en la palabra acceso, que da nombre a la obra. Lo más directo es evidentemente lo que se refiere al tránsito por un umbral, tener o no tener la posibilidad, el derecho, la suerte de acceder o no a algo.
En una segunda posibilidad la palabra también indica crisis, ataque, exposición total o parcial de algún tipo de saturación que se vuelve incontenible. Brote, brusca llegada o regreso de un fenómeno patológico por el momento incontenible y en estas acepciones nos acercamos por contigüidad, por fondo y forma significante a la palabra absceso.
Maravillosa potencialidad de las palabras, absceso también es crisis y remite a tránsito, a circulación. Urgencia inminente de dar salida, de drenar lo que ya no puede más mantenerse fijo y colectado.
Un punto culminante de dolencia e insoportabilidad de los tejidos infiltrados por pus, un volcán erigido y palpitante apuntando a eclosionar, a abrirse una salida que descargue, que drene.
Tal vez la obra invita a mirar el absceso, verlo latir al extremo, por momentos ver su punta de picadura, su punctum y la perforación que nunca logra el vaciamiento completo porque quizás eso sería aún recuperable, saneable, higienizable.
Estamos invitados a ver eso, el daño enquistado ya sea en quistes duros o blandos, necrosis transgeneracional que no obedece ya, que no responde a institucionalidad alguna ni a buena o mala conciencia social ninguna.
Sandokan, el héroe de Salgari (apodo del protagonista), como un chamán extraviado se sigue enfermando gravemente en y por su pueblo. Sandokan gana su vida y mientras lo hace drena en el lenguaje, en los gestos, en la violencia feroz el no querer morir aún.
Este gladiador urbano enarbola un cuerpo que es a la vez absceso y acceso traficado por curitas, tíos, gimnasios, hogares de internación, pizzas… Sandokan del Transantiago es una medida sacrificial que en general pasa desapercibida y que a la vez no deja de ser una medida económica que concierne a los flujos, así como concentración necrótica y supuraciones varias en la carne expuesta ofertada a cualquier postor para que supuestamente otras áreas del organismo simulen salud, vendan y compren indulgencias, hagan abstracto aquello que escapa, resiste, se pudre y en esa descomposición enumera lo irrecuperable del bastión de carne humana sufriente y gozante contra todo y a pesar de todo.
La obra está ocurriendo. Véanla.
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