Por Peter Molineaux
Uno de los ejes centrales en la discusión sobre el aborto, del aborto como tal —legal y seguro–, es la pregunta por el inicio de la vida. Si el inicio es en la concepción, la madre #prestaelcuerpo y las autoridades morales se atribuyen dominio sobre esa mujer porque portaría a un pequeño inocente que necesita protección. Y cuando ese bebé nazca, como sugirió en su momento Sebastián Piñera, la madre, aunque sea una niña, tendrá que desarrollar la madurez suficiente para cuidar a la criatura. Es un tema tan apasionante para el Ex-Presidente que le dedicó desde twitter sus únicos comentarios sobre la Cuenta Pública del 21 de mayo de la Presidenta Bachelet, rompiendo de cierta manera la tradición en la que los presidentes salientes eligen no referirse a temas de contingencia política, por lo menos durante un tiempo prudente luego de dejar La Moneda. Habla, como lo hacen los opositores al aborto, de los niños que están por nacer.
La actual Ministra de Salud, Helia Molina, causó polémica el fin de semana pasado con su frase "Es la mujer la que apechuga en el embarazo, no el cura, ni el de la UDI" en referencia a la conocida posición de la Iglesia Católica y de la derecha conservadora. Esa es la defensa de una mujer desde la preocupación por su salud, por su vida, contra la colonización moralizante de su cuerpo.
El problema de la determinación del inicio de la vida es justamente el problema de cuándo eso que crece en el vientre de una mujer se convierte en otro, distinto a su cuerpo: un otro que por ser sujeto tendría derechos humanos entre los que prima, por supuesto, el derecho a la vida. Hablar de niño o de bebé durante el embarazo apunta en ese sentido. Los niños que están por nacer.
Al pensar el momento de la concepción como el momento en el que aparece un niño, se proyecta hacia ahora lo que sería en el futuro un bebé nacido, ya separado del cuerpo de la madre. Sin embargo, cuando efectivamente nace ese bebé, sigue pegado al cuerpo de la madre y el apechugamineto al que se refiere la Ministra es literal. El pecho, la leche, el abrigo, la mirada de la madre, hacen que viva esa criatura, pero no como un otro sino todavía como parte de su cuerpo. De hecho el infante humano, si sabe algo de su existencia, es en lo que ve en la mirada de su madre. Aunque la madre biológica no esté, por las razones que sean —abandono, adopción, muerte, depresión post-parto—, para hacer existir a ese bebé alguien cumplirá esa función para que el niño que ya nació se vaya haciendo sujeto. Sin esa función no hay sujeto. Es lo que sucede en el síndrome de hospitalismo descrito por Spitz.
Aquella función que lleva a cabo la madre tiene en su centro algo absolutamente singular y bien antojadizo que se llama deseo. El deseo de la madre es el que hace vivir a eso que está por nacer, incluso bastante más allá de su nacimiento. De hecho, lo que los psicoanalistas conocen como el Estadio del Espejo, momento en que por la identificación especular a un otro el bebé humano empieza a organizar su yo, accediendo justamente a la subjetivación, puede no ocurrir hasta los 18 meses. Es decir que ese cuerpo del bebé es aún del cuerpo de la madre el tiempo cronológico equivalente hasta a dos embarazos luego de nacido. Es su deseo sobre su cuerpo el que sostiene a esa vida por nacer y, sobre todo, o por más tiempo al menos, ya nacida. Se reafirma el argumento del apechugamiento: sin el deseo de la madre el bebé no puede vivir.
Ahora bien, el deseo de una mujer no tiene por qué coincidir necesariamente con el deseo de ser madre. Pero es su deseo inconsciente el que permite que se acoja en su vientre a ese apéndice que crece. Dicho simplemente: no hay embarazo no deseado. Hay deseo allí. Puede ser, claro, el deseo de ser madre, pero también puede ser otro deseo: el deseo de hacer lazo, de ser amada, por ejemplo; o el deseo de estar y permanecer embarazada, sin parir jamás. O en su versión más tanática: deseo de joder al otro o de joderse a si misma o a su propia madre o padre. Nada de eso tiene por qué estar alineado con el deseo de ser madre.
La lógica de los niños que están por nacer, en su defensa de la vida, fuerza al deseo de una mujer a someterse al ideal de la maternidad. Lo que se salta, lo que no toma en cuenta, es que para que esa vida viva tiene que haber deseo y que en el umbral entre el deseo de esa mujer que se embarazó y esa madre que hace vivir a una criatura hay un paso que solo puede dar ella.
Es un paso que no incumbe más que a ella porque aún se trata de su deseo.
Ese aún es el que interesa como espacio posible, como momento de decisión de continuar o no con eso que se hizo cuerpo en su cuerpo por su deseo. Abortar, en ese umbral, tendrá que ser legal para que ese tiempo exista, aunque dure algunos días o semanas, porque esa decisión tiene que ser tomada sin convertir a una mujer que desea en criminal por no desear ser madre. Por el otro lado, para no ir demasiado lejos en una sola dirección, el aborto no puede ser banalizado al punto de convertirse en método anticonceptivo porque el deseo que permite cada embarazo no es banal y algo del acto de interrumpir la gestación también irrumpe, a veces brutalmente, en el aparato deseante de esa mujer que se embarazó.
aparato deseante de esa mujer que se embarazó? No incluye el embarazo por violación supongo.
ResponderEliminarEn los casos de embarazo por violación no coincide el deseo de embarazarse con esa intrusión horrorosa. Es la misma lógica en la que no coinciden necesariamente deseo de embarazo y deseo de maternidad.
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