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5 de junio de 2014

Aborto y Deseo

Por Peter Molineaux

Uno de los ejes centrales en la discusión sobre el aborto, del aborto como tal —legal y seguro–, es la pregunta por el inicio de la vida. Si el inicio es en la concepción, la madre #prestaelcuerpo y las autoridades morales se atribuyen dominio sobre esa mujer porque portaría a un pequeño inocente que necesita protección. Y cuando ese bebé nazca, como sugirió en su momento Sebastián Piñera, la madre, aunque sea una niña, tendrá que desarrollar la madurez suficiente para cuidar a la criatura. Es un tema tan apasionante para el Ex-Presidente que le dedicó desde twitter sus únicos comentarios sobre la Cuenta Pública del 21 de mayo de la Presidenta Bachelet, rompiendo de cierta manera la tradición en la que los presidentes salientes eligen no referirse a temas de contingencia política, por lo menos durante un tiempo prudente luego de dejar La Moneda. Habla, como lo hacen los opositores al aborto, de los niños que están por nacer.

La actual Ministra de Salud, Helia Molina, causó polémica el fin de semana pasado con su frase "Es la mujer la que apechuga en el embarazo, no el cura, ni el de la UDI" en referencia a la conocida posición de la Iglesia Católica y de la derecha conservadora. Esa es la defensa de una mujer desde la preocupación por su salud, por su vida, contra la colonización moralizante de su cuerpo.

El problema de la determinación del inicio de la vida es justamente el problema de cuándo eso que crece en el vientre de una mujer se convierte en otro, distinto a su cuerpo: un otro que por ser sujeto tendría derechos humanos entre los que prima, por supuesto, el derecho a la vida. Hablar de niño o de bebé durante el embarazo apunta en ese sentido. Los niños que están por nacer.

Al pensar el momento de la concepción como el momento en el que aparece un niño, se proyecta hacia ahora lo que sería en el futuro un bebé nacido, ya separado del cuerpo de la madre. Sin embargo, cuando efectivamente nace ese bebé, sigue pegado al cuerpo de la madre y el apechugamineto al que se refiere la Ministra es literal. El pecho, la leche, el abrigo, la mirada de la madre, hacen que viva esa criatura, pero no como un otro sino todavía como parte de su cuerpo. De hecho el infante humano, si sabe algo de su existencia, es en lo que ve en la mirada de su madre. Aunque la madre biológica no esté, por las razones que sean —abandono, adopción, muerte, depresión post-parto—, para hacer existir a ese bebé alguien cumplirá esa función para que el niño que ya nació se vaya haciendo sujeto. Sin esa función no hay sujeto. Es lo que sucede en el síndrome de hospitalismo descrito por Spitz.

Aquella función que lleva a cabo la madre tiene en su centro algo absolutamente singular y bien antojadizo que se llama deseo. El deseo de la madre es el que hace vivir a eso que está por nacer, incluso bastante más allá de su nacimiento. De hecho, lo que los psicoanalistas conocen como el Estadio del Espejo, momento en que por la identificación especular a un otro el bebé humano empieza a organizar su yo, accediendo justamente a la subjetivación, puede no ocurrir hasta los 18 meses. Es decir que ese cuerpo del bebé es aún del cuerpo de la madre el tiempo cronológico equivalente hasta a dos embarazos luego de nacido. Es su deseo sobre su cuerpo el que sostiene a esa vida por nacer y, sobre todo, o por más tiempo al menos, ya nacida. Se reafirma el argumento del apechugamiento: sin el deseo de la madre el bebé no puede vivir.

Ahora bien, el deseo de una mujer no tiene por qué coincidir necesariamente con el deseo de ser madre. Pero es su deseo inconsciente el que permite que se acoja en su vientre a ese apéndice que crece. Dicho simplemente: no hay embarazo no deseado. Hay deseo allí. Puede ser, claro, el deseo de ser madre, pero también puede ser otro deseo: el deseo de hacer lazo, de ser amada, por ejemplo; o el deseo de estar y permanecer embarazada, sin parir jamás. O en su versión más tanática: deseo de joder al otro o de joderse a si misma o a su propia madre o padre. Nada de eso tiene por qué estar alineado con el deseo de ser madre.

La lógica de los niños que están por nacer, en su defensa de la vida, fuerza al deseo de una mujer a someterse al ideal de la maternidad. Lo que se salta, lo que no toma en cuenta, es que para que esa vida viva tiene que haber deseo y que en el umbral entre el deseo de esa mujer que se embarazó y esa madre que hace vivir a una criatura hay un paso que solo puede dar ella.

Es un paso que no incumbe más que a ella porque aún se trata de su deseo.

Ese aún es el que interesa como espacio posible, como momento de decisión de continuar o no con eso que se hizo cuerpo en su cuerpo por su deseo. Abortar, en ese umbral, tendrá que ser legal para que ese tiempo exista, aunque dure algunos días o semanas, porque esa decisión tiene que ser tomada sin convertir a una mujer que desea en criminal por no desear ser madre. Por el otro lado, para no ir demasiado lejos en una sola dirección, el aborto no puede ser banalizado al punto de convertirse en método anticonceptivo porque el deseo que permite cada embarazo no es banal y algo del acto de interrumpir la gestación también irrumpe, a veces brutalmente, en el aparato deseante de esa mujer que se embarazó.

25 de junio de 2012

27/f, carta de Bachelet y Angustia

Por Antonio Moreno Obando

Ha llegado carta: la madre que parecía enredar su deseo en asuntos extranjeros, vuelve con su deseo a presentar algo mantenido a raya por omisión: su deseo de volver a ser “la jefa” de todos los chilenos. No parece casualidad que durante estos días los medios de comunicación asocien dos hechos de distinta naturaleza ante la presentificación del deseo de esta mujer jefa, la catástrofe del 27/f y la carta que oferta a sus hijos. Al parecer por alguna razón ambos producen un efecto.

El día lunes pasado, una comisión de hijos únicos sin hermanos políticos llamados comisión 27/f, acusan a esta particular madre de haber cometido una gravísima falta por haber privado de los cuidados necesarios a la población, producto de su incompetencia para interpretar señales. Estas señales eran escamoteadas, horadadas, por aquellos chilenos que sufrían una catástrofe real.

Ya todos hemos visto a esta madre por video digital, preguntando en esa oficina de emergencias a esos otros sujetos indiferenciados y semidormidos, como extensiones de un Yo en trabajo de sueño, sobre señales certeras de la catástrofe, pero por alguna razón los escritos que llegaban desde afuera eran indescifrables. En este escenario onírico, las palabras escritas se mostraban como garabatos, lengua materna que aún no pierde todo el sentido y que incapaz para nombrar algo no logra cifrar algo de eso real que estaba ocurriendo.

Sus hijos la acusan de algo claro: no logró traducir una necesidad real en demanda; no hubo la oferta oportuna, y por el hecho de encarnar ese Otro primordial del cual todo emana, esa noche de devastación no hubo una palabra que nos comunicara.

La comisión de hijos únicos en su trabajo llama gravísima esta falta de liderazgo sin lograr explicarse cómo no fue posible leer y entender un texto escrito tan simple como los comunicados faxeados entre las entidades vigilantes. Es que resulta difícil explicar por qué la ex presidenta accede a la lectoescritura para escribir una carta llena de su propio deseo como la que fue leída el fin de semana anterior en la Democracia Cristiana y no le funcionó esa noche cuando leía confusos informes sobre las necesidades de sus hijos. Es que la lectura de las señales siempre es un fallido y penoso camino.

La Onemi es una oficina especializada en gestionar catástrofes. Esto implica emplear todo el conocimiento científico que existe para cumplir su viejo anhelo epistemológico: prevenir y controlar eventos. Para los ojos de un gobierno experto en gestión como el actual, se veía tan sencillo saber leer un fax o prender un teléfono satelital. Sin embargo, hace solo un mes, la autoridad máxima de este organismo decía a quien quisiera escucharlo que los procedimientos de emergencias no podían perpetuarse en el tiempo y que cada situación y localidad tiene sus particularidades, como si no fuera tan sencillo llegar y poner en protocolos la cosa. Aún cuesta creer que después de tanto estudio altamente especializado de entidades independientes que apoyan la gestión del gobierno se pueda saber con precisión las catástrofes del alza en los impuestos hasta el 2020, pero no se pueda aún predecir y controlar cómo sacar el agua de las casas de la clase media cuando llueve un día y medio, ni mucho menos calcular el impacto económico que para esa comunidad en particular esto tiene. ¿Qué pasa con la gestión de las catástrofes? ¿Qué es lo que angustia en las catástrofes? ¿Cuál es la diferencia entre las alarmas y una crisis real? ¿De qué es acusada Michelle Bachelet?

La palabra angustia fue reemplazada por la palabra ansiedad por la neuropsiquiatría de la evidencia hace décadas, en donde el paroxisma expresado como síntoma en la experiencia del paciente está determinado por lo plausible de su causa, parangón a su vez determinado por la adaptación de ese organismo funcional con su entorno. En otras palabras: si usted grita y arranca despavorido al ver avecinarse un maremoto está bien, pero si hace lo mismo cuando ve llegar a su madre de sorpresa un día domingo, posiblemente necesite un tratamiento medicamentoso.

A pesar de que Freud dijo muchas cosas sobre la angustia después de muchas vueltas, recién en el 1932 se anima a diferenciar tres tipos: la angustia real sobre un peligro externo, la angustia neurótica sobre un peligro proveniente de las propias pulsiones del inconsciente o la angustia de conciencia cuando surge un peligro de lo moral. Pero a pesar del paroxisma que implique en la experiencia, Freud siempre entendió este algo sentido como una señal ante la presencia de algo peor que se aproxima. Pero ¿Cómo vamos a saber de dónde viene el peligro? ¿Cómo vamos a saber a qué tipo de angustia freudiana corresponde el hecho de que usted quiera correr despavorido los domingos frente la visita inesperada de su madre?

Por eso es que a veces es tan difícil para los clínicos pensar en qué hacer con esta alarma, cómo se gestiona, dónde radica su eficacia, cuáles son los tratamientos que sirven y en qué consisten sus protocolos.

Algo extraño nos indica que la madre puede jugar un papel fundamental en la aparición de la angustia. Puede pensarse una causa para esta experiencia cuando no hay la suficiente distancia entre ese Otro primordial materno y aquel pedazo de carne que como hijo pelea por diferenciarse, por poner una demanda entre ambos. Por eso Lacan dice que la angustia es falta de una falta, porque la madre al llegar de sorpresa un día domingo puede saturar de amor a tal punto a ese sujeto que en tanto hijo es nuevamente incorporado al capricho materno igual como si fuera un objeto, tal como un día fue parte de su cuerpo.

Por eso es menos angustiante cuando ella logra escuchar una demanda para aparecer, como por ejemplo venir de visita cuando es invitada. Angustia saber que la madre quiere algo y va a poner en posición de objeto a sus hijos. Es cosa de ver la rabieta de Quintana presidente del PPD ante la posibilidad de ser devorado por un Otro primordial aun no invitado. La carta muestra el deseo de Bachelet y eso implica necesariamente estragos.

Michelle tranquiliza y angustia sin mayores razones, es acusada como madre y querida como tal. Su liderazgo está puesto en juego por afinar poco la demanda que oferta, ante un país de hijos desordenados que habitan en el problema de la representación. ¿No será demasiado esto de que nos gobierne una madre? ¿Qué responsabilidad tiene en las catástrofes nuestro padre ciencia, que descifra en forma tan certera las leyes ocultas del universo cuando no logra predecir la irrupción de la devastación? ¿Qué tipo de catástrofes cobran vidas por lo impredecible y cuáles otras por el recorte de un método?