Por Luz María Chaves
El Paro Nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) el 11 de julio pasado, junto a la aprobación y adhesión de los estudiantes y los gremios de los profesores y de la salud en Chile, instalan demandas que a estas alturas de los procesos de movilización, son una repetición de las necesidades de lo público por sobre lo privado o del rol del estado y el rol de empresariado: Por un Sueldo Mínimo “digno”; Término del sistema privado de Administradoras de Pensiones; Fin a las Isapres; Nueva Institucionalidad Laboral, que entre otras cosas otorgue derecho efectivo a negociar y el derecho a huelga. En conclusión, luchar para que Chile no siga creciendo a costa de la explotación de sus trabajadores.
El Paro convocado por el sindicato de trabajadores de la ex Posta Central, hoy convertida en hospital, duró nueve días y la demanda era remover a otra institución pública a un enfermero, funcionario de ese hospital, por “maltrato psicológico hacia los funcionarios y hacia los pacientes." La Directora respondió a este malestar que el paro era ilegal, inmoral y antiético: “Nuestra tarea y responsabilidad es atender a nuestros pacientes de la forma más adecuada, oportuna y digna… Este es un hospital que atiende grandes urgencias, a los politraumatizados, a los grandes quemados, es decir, a pacientes tremendamente graves y vulnerables…" “No hay que perder el foco, que son nuestros pacientes…" "Hay una vía administrativa, jurídica y un conducto regular..." "Esto no se puede transformar en un gallito.” Durante el proceso de paralización se había realizado un sumario en contra del enfermero, pero el gremio solicitó que se anulara por falta de probidad al no haber citado a los funcionarios involucrados.
Finalmente se llegó a un acuerdo el viernes 19 del presente: El presidente del gremio de trabajadores comunicó: “Se realizará sumario administrativo en contra del enfermero acusado de maltrato psicológico. Después de nueve días de paralización e intransigencia de la Directora de este hospital, hemos logrado, en conjunto con el MINSAL, llegar a un acuerdo."
Estos dos acontecimientos convertidos en noticias nacionales me hacen reflexionar nuevamente sobre el complejo mundo del trabajo. Y digo complejo y más aún, diría, dramático porque en un sentido amplio se puede pensar el trabajo como un lugar y una exterioridad donde se juegan experiencias de sufrimiento, de enfermedad, de vida y muerte, de placer y displacer. Lugar donde pasamos la gran parte de nuestros momentos. Tanto es así que teóricos del arte, de la filosofía, de la política, de la sociología y también del psicoanálisis, entre otros, han interpelado y problematizado este mundo. Interrogar el trabajo significa desplegar aspectos subjetivos, intersubjetivos, económicos y socioculturales imposibles de soslayar.
El psicoanálisis nos da una visión amplia de lo social al afirmar que la característica principal de la separación naturaleza-cultura es que nuestra especie trabaja –a diferencia de la naturaleza que no trabaja porque ella es lo dado. El trabajo se instala como la energía puesta en producir e inventar productos que no fueron dados de por sí. Para el hombre que trabaja hubo de producirse una represión que significó deponer el placer por la necesidad de crear condiciones que lo dado no posibilitaba para él. Esto que la especie realiza hace ya muchos años va a implicar un sufrimiento, una renuncia al principio del placer. George Bataille, escritor francés, agregará a esta reflexión que el trabajo como actividad humana instala prohibiciones y prescripciones a las cuales el hombre debe responder, pero también se eleva como un subterfugio a la propia violencia de éste y se vuelve fundamental para la vida humana. Mientras más se avanza al paso de los siglos, esta vivencia se irá complejizando.
Actualmente el trabajo se encuentra en una paradoja que se centra, por un lado, en una universalización de las relaciones de mercado y de un mejoramiento continuo de la técnica que han llevado a una productividad del trabajo humano a dimensiones ilimitadas, por tanto a una actividad que exige ocuparse, dedicarse y fatigarse. El trabajo implica para los hombres una división de los espacios, los tiempos y formas de hacer y ser. Hasta hoy esta división trae consigo privilegio o desfavorecimiento que implican sufrimiento para el sujeto. Por otro lado, nos enfrentamos a condiciones extremas de deshumanización, que en lo subjetivo implica quedar expuestos a sufrir de miedos intensos, angustia, cansancio, a vivir situaciones denigrantes, a veces vergüenza por traicionar las propias convicciones, inseguridad, sentimientos de injusticia, entre otras.
Por esto, al escuchar las demandas de la CUT, ¿no es escuchar un discurso anacrónico, propio del siglo XIX y principios del XX donde la producción de los trabajadores y sus beneficios no les pertenecían y los vivía como ajenos? Estas demandas ¿no son las mismas por las cuales los trabajadores en esos siglos lucharon? Pues, al parecer no son anacrónicas y sí hay una repetición de una lucha que se actualiza. Quienes históricamente se han preocupado por el sufrimiento de los trabajadores han sido los movimientos sindicales. Las formas, claro, son distintas porque la lucha actual no tiene como objetivo central el derecho a la vida, tal como se buscaba en la reducción de la jornada laboral para que los trabajadores no murieran de enfermedades laborales por exceso de trabajo. Aunque hoy, esto tendría que ser investigado a la luz de otras formas ante las cuales un trabajador se expone a la muerte.
En un periodo anterior a 1968, el movimiento sindicalizado alcanzó la reivindicación de la protección de la salud: se resguardó al trabajador de los accidentes laborales, las enfermedades profesionales y las intoxicaciones por contacto con químicos. La lucha por la salud del cuerpo conducía a denunciar las condiciones de trabajo. Posterior a 1968, se destacó el auge que comenzó a tener la salud mental, ampliando la problemática de la salud en general. Comienzan en Francia las investigaciones sobre la psicodinámica del trabajo: esta disciplina centró su análisis del sufrimiento psíquico como resultado de la confrontación de los hombres con la organización del trabajo.
Christophe Dejours, psicoanalista francés, investigador de los fenómenos psicosomáticos y experto en temas institucionales y laborales, sostiene la hipótesis que el sufrimiento laboral, en algún momento, comenzó a ser negado e invisibilizado por las organizaciones sindicales. Según el autor, durante los años 70 junto con el auge de la salud antes descrito hubo un gran rechazo por parte del sindicalismo a toda comprensión que se centrara en lo psicológico individual, a las prácticas individuales por sobre la acción colectiva. Persistía una desconfianza hacia dichas prácticas considerándolas reaccionarias y antimateralistas. A estas posiciones, dice él, se debería el debilitamiento progresivo de los sindicatos y la rápida desindicalización de las personas que ya no se veían representadas en estas ideas. Este espacio que fue dejando el mundo sindical abrió camino a otros sectores que fueron investigando e interesándose por estos temas: la psicología del trabajo, la psicosociología, los estudios realizados por la psicopatología y el psicoanálisis. Por último, los recursos humanos toman la delantera con resultados nefastos para los derechos de los trabajadores.
El paro de la ex Posta Central delata un sufrimiento laboral que se expresa en la violencia que ejerce un miembro de un equipo de trabajo hacia otro u otros. Aparentemente, estaríamos frente a un conflicto referido al ambiente laboral, a un problema grave en un equipo de trabajo. Pero cabría preguntarse si este enfrentamiento se debe sólo a un deterioro grave de las relaciones interpersonales o a un conflicto que comienza y termina en ese equipo de trabajo. Ciertamente no acaba allí. Este sufrimiento corresponde a una violencia institucional aprendida y que va bajando a través de los distintos niveles jerárquicos de una institución. La trampa consiste en hacer aparecer este conflicto que es político-administrativo y que corroe, lo más probable, a toda esa institución, como psíquico, es decir, como un simple maltrato psicológico. ¿Acaso no es lo que escuchamos en el discurso de la Directora del hospital cuando dice que es ilegal, inmoral y antiético detener el funcionamiento de una institución, como es el caso de la ex Posta Central que atiende casos que se debaten entre la vida y la muerte por un caso particular de maltrato? La paradoja de este discurso es que a los enfermos-clientes no se los puede desatender para atender un maltrato de un funcionario hacia sus colaboradores y a esos mismos pacientes que se pretende proteger. Este es un caso donde tras el conflicto que aparece como provocado por disputas interpersonales se esconde la influencia sin rostro de la institución, pero que en este episodio particular apareció una violencia con rostro al descubierto.
En estas dos noticias de paro lo que se expone son las distintas líneas de fuga que acompañan al análisis del sufrimiento de los trabajadores en Chile: Un sufrimiento colectivo relacionado con la subsistencia, donde el trabajador se extraña a sí mismo en sus actividades laborales y sigue quedando fuera de los beneficios del crecimiento económico. Otro sufrimiento que es el resultado de la confrontación de los hombres y las mujeres con la organización del trabajo y su participación en el espacio institucional y que se particulariza como un sufrimiento intrapsíquico.
Por último, ambas experiencias tienen alcances existenciales: el trabajo exige un gasto de energía supeditada a los límites de lo útil, al principio de utilidad, porque el sujeto pensado en términos estrictamente económicos es un sujeto útil, con una demanda de tiempo que lo obliga mayoritariamente a seguir produciendo. La regla fundamental de la sociedad actual es tener y mantener a un sujeto en la homogenización de lo útil.
Ciertamente, todas las demandas expuestas son dignas, pero unas se encuentran entre las demandas necesarias y otras entre las más sofisticadas.
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25 de julio de 2013
Trabajo en Chile: ¿Entre la necesidad y la sofisticación?
8 de octubre de 2012
Salud y demanda de mala calidad
Por Antonio Moreno Obando
Nuevamente la plaza pública nos convoca a horrorizarnos con nuestro sistema de salud. Esta vez el pretexto fue el largo festejo patrio y su periplo dionisíaco. La mirada apolínea de la profilaxis recibió con desprecio y sin mayor apuro a centenares de pacientes crónicos y desobedientes que con su pseudo-demanda de urgencia coparon nuestra modestísima oferta pública de atención.
Centenares de cuerpos en fila demandando atención a sus dolencias, igual como lo hacían mucho antes de las festividades, tratando con la paciencia de un paciente de instalar una demanda dirigida hacia el saber médico. Pero este saber tan cercano a lo real no solo es guardián de los pasajes hacia la muerte sino que también, y muy a pesar suyo, de sus erogeneidades; entonces los centros de atención deben acoger estas demandas tan espurias: el dolor recurrente que castiga el exceso, el vacío, la caña ulcerosa, irritada o infecciosa, la porfiadez de quien no sigue las prescripciones saludables, las señoras de la queja infinita, las madres apremiadas por una dolencia corriente de sus bebes, los ancianos con sus habituales fallas sistémicas, los locos, los andrajosos que dejan su estela de embriaguez y hedor, en fin.
La fila de cuerpos pacientes es un problema muy antiguo en nuestro país y en América en general, sólo que como problema tiene la particularidad de aparecer como novedad cada vez, igual que una emergencia real, sin huella simbólica, con el tinte del paroxisma. Lo que alcanza apenas a constituir un retorno como retoño son esos viejos testimonios de espera haciendo noticia en los medios de comunicación, poniendo en la circulación pública a la guisa del Sócrates reclamante, lo que carece de virtud en la polis. Pero aunque parece desaparecer tras tanta Mayéutica sobre la salud pública, algo sobre las demandas y sus destinos se han puesto delante de nuestros ojos.
En el afán de focalizar adecuadamente, se discute sobre el tipo de demanda que acoge un servicio asistencial de salud; es que a los crónicos se les ocurre demandar cuando no corresponde, ¿no se dan cuenta que su inútil afán por seguir con sus vidas de manera tan problemática arruina nuestra focalización hacia una clínica eficiente?
¿Cuál es la diferencia entre la demanda de un crónico y la demanda de un agudo? ¿Cuáles son las rentabilidades tras las ofertas que responden a esas demandas?
Según las cifras entregadas por el Subsecretario de Redes Asistenciales, el sector público necesita 320 camas críticas para adultos, lo que significa una inversión 32 millones de dólares. El problema es que el concepto de cama critica y de inversión está fuertemente en disputa: ¿Cuál es el retorno de la inversión en camas criticas? ¿Es la rentabilidad pública o la privada que está puesta en juego?
Hernán Büchi en su columna de ayer domingo en el diario El Mercurio nos da algunas luces sobre el modelo de focalización que una gestión de capitales del siglo XXI debe tener. Nos aclara que el Estado no tiene nada que ver con la generación de riquezas, que estas son privadas, y que la única función del Estado es regular adecuadamente el mercado para los inversionistas y no tratar de generar recursos a través de su propia gestión de capital representado en su presupuesto, como por ejemplo el presupuesto 2013.
Aclarados los roles, ahora debemos ver qué hacemos con las demandas de los crónicos. Un sujeto que no se cura y que consume insumos médicos y prestaciones eternamente debería entonces ser una carga para el Estado porque no genera riqueza y debilita el desarrollo saludable del mercado. Sería rentable para un privado si acaso el PIB fuera lo suficiente como para que un sujeto pobre estuviera dispuesto a pagar por cada uno de los insumos y prestaciones que su patología requiere. El problema es que ese segmento de usuarios tiene un límite en su endeudabilidad, por lo tanto para un capital privado la deuda por enfermedad de alguien que no puede pagar genera activos tóxicos, incobrables.
En este razonamiento entra la unión estratégica del Estado y la rentabilidad privada: si el usuario no puede pagar, el Estado debe pagarnos lo que falta. Pero ya sabemos que la riqueza no es tema del Estado, subvencionar demandas de este tipo es imposible, además que el modelo exige que los propios ciudadanos se hagan cargo de sus carencias y no pidan regalos demasiado caros.
Por lo tanto, si la oferta no es satisfactoria para estos usuarios porque no pueden pagarla o porque si obtienen el bien de consumo no satisface en nada lo que necesita, no podríamos considerar su requerimiento de atención como una verdadera demanda. Si el Estado solo pone reglas y no tiene un capital a su haber, entonces tampoco es un perjuicio para él que exista un conflicto entre privados; no es de su incumbencia arbitrar sobre un consumidor eternamente insatisfecho que ni siquiera tiene dinero ni tiempo de salir a buscar libremente la oferta que requiere.
El problema de estas demandas de emergencia de mala calidad no es su falta gravedad, sino el hecho que emerge y no es reconocida por no adecuarse a la oferta. Los ciudadanos pobres no tienen el dinero como para darse el lujo de transformar sus apremios en demandas verdaderas generadoras de mercados.
A propósito de la respuesta del Subsecretario de Redes Asistenciales, 32 millones de dólares parece marginal; es el valor de un jugador de futbol del alicaído mercado europeo y no parece corresponder ese valor al de las vidas de la fila de cuerpos pacientes que esperan por tener una demanda y de ser acogidos. En esto estaremos de acuerdo todos, sin embargo la diferencia se establece en la gestión de capitales: la compensación de un crónico solo es rentable para ese privado que se representa a si mismo con recursos insignificantes, por lo que para generar nuevos mercados su salud no es significativa. Tampoco es rentable para el Estado, porque según la definición de nuestros intelectuales económicos la rentabilidad de un estado es por definición un error conceptual.
Está muy claro, si usted es pobre trate de no demandar tonteras; tendrá usted una verdadera demanda cuando este apunto de morir o cuando tenga el dinero suficiente para generar ofertas. Mientras tanto debe esperar que algún gurú económico invente un modelo de inversión social que dé evidencia de un retorno significativo a un privado sin que tenga que subsidiar el Estado. Además, si le sirve de consuelo, para algunos psicoanalistas la demanda siempre es demanda de amor, así que trate de molestar menos con sus leseras para que al fin nos podamos dirigir hacia las tareas importantes de nuestro país.
Nuevamente la plaza pública nos convoca a horrorizarnos con nuestro sistema de salud. Esta vez el pretexto fue el largo festejo patrio y su periplo dionisíaco. La mirada apolínea de la profilaxis recibió con desprecio y sin mayor apuro a centenares de pacientes crónicos y desobedientes que con su pseudo-demanda de urgencia coparon nuestra modestísima oferta pública de atención.
Centenares de cuerpos en fila demandando atención a sus dolencias, igual como lo hacían mucho antes de las festividades, tratando con la paciencia de un paciente de instalar una demanda dirigida hacia el saber médico. Pero este saber tan cercano a lo real no solo es guardián de los pasajes hacia la muerte sino que también, y muy a pesar suyo, de sus erogeneidades; entonces los centros de atención deben acoger estas demandas tan espurias: el dolor recurrente que castiga el exceso, el vacío, la caña ulcerosa, irritada o infecciosa, la porfiadez de quien no sigue las prescripciones saludables, las señoras de la queja infinita, las madres apremiadas por una dolencia corriente de sus bebes, los ancianos con sus habituales fallas sistémicas, los locos, los andrajosos que dejan su estela de embriaguez y hedor, en fin.
La fila de cuerpos pacientes es un problema muy antiguo en nuestro país y en América en general, sólo que como problema tiene la particularidad de aparecer como novedad cada vez, igual que una emergencia real, sin huella simbólica, con el tinte del paroxisma. Lo que alcanza apenas a constituir un retorno como retoño son esos viejos testimonios de espera haciendo noticia en los medios de comunicación, poniendo en la circulación pública a la guisa del Sócrates reclamante, lo que carece de virtud en la polis. Pero aunque parece desaparecer tras tanta Mayéutica sobre la salud pública, algo sobre las demandas y sus destinos se han puesto delante de nuestros ojos.
En el afán de focalizar adecuadamente, se discute sobre el tipo de demanda que acoge un servicio asistencial de salud; es que a los crónicos se les ocurre demandar cuando no corresponde, ¿no se dan cuenta que su inútil afán por seguir con sus vidas de manera tan problemática arruina nuestra focalización hacia una clínica eficiente?
¿Cuál es la diferencia entre la demanda de un crónico y la demanda de un agudo? ¿Cuáles son las rentabilidades tras las ofertas que responden a esas demandas?
Según las cifras entregadas por el Subsecretario de Redes Asistenciales, el sector público necesita 320 camas críticas para adultos, lo que significa una inversión 32 millones de dólares. El problema es que el concepto de cama critica y de inversión está fuertemente en disputa: ¿Cuál es el retorno de la inversión en camas criticas? ¿Es la rentabilidad pública o la privada que está puesta en juego?
Hernán Büchi en su columna de ayer domingo en el diario El Mercurio nos da algunas luces sobre el modelo de focalización que una gestión de capitales del siglo XXI debe tener. Nos aclara que el Estado no tiene nada que ver con la generación de riquezas, que estas son privadas, y que la única función del Estado es regular adecuadamente el mercado para los inversionistas y no tratar de generar recursos a través de su propia gestión de capital representado en su presupuesto, como por ejemplo el presupuesto 2013.
Aclarados los roles, ahora debemos ver qué hacemos con las demandas de los crónicos. Un sujeto que no se cura y que consume insumos médicos y prestaciones eternamente debería entonces ser una carga para el Estado porque no genera riqueza y debilita el desarrollo saludable del mercado. Sería rentable para un privado si acaso el PIB fuera lo suficiente como para que un sujeto pobre estuviera dispuesto a pagar por cada uno de los insumos y prestaciones que su patología requiere. El problema es que ese segmento de usuarios tiene un límite en su endeudabilidad, por lo tanto para un capital privado la deuda por enfermedad de alguien que no puede pagar genera activos tóxicos, incobrables.
En este razonamiento entra la unión estratégica del Estado y la rentabilidad privada: si el usuario no puede pagar, el Estado debe pagarnos lo que falta. Pero ya sabemos que la riqueza no es tema del Estado, subvencionar demandas de este tipo es imposible, además que el modelo exige que los propios ciudadanos se hagan cargo de sus carencias y no pidan regalos demasiado caros.
Por lo tanto, si la oferta no es satisfactoria para estos usuarios porque no pueden pagarla o porque si obtienen el bien de consumo no satisface en nada lo que necesita, no podríamos considerar su requerimiento de atención como una verdadera demanda. Si el Estado solo pone reglas y no tiene un capital a su haber, entonces tampoco es un perjuicio para él que exista un conflicto entre privados; no es de su incumbencia arbitrar sobre un consumidor eternamente insatisfecho que ni siquiera tiene dinero ni tiempo de salir a buscar libremente la oferta que requiere.
El problema de estas demandas de emergencia de mala calidad no es su falta gravedad, sino el hecho que emerge y no es reconocida por no adecuarse a la oferta. Los ciudadanos pobres no tienen el dinero como para darse el lujo de transformar sus apremios en demandas verdaderas generadoras de mercados.
A propósito de la respuesta del Subsecretario de Redes Asistenciales, 32 millones de dólares parece marginal; es el valor de un jugador de futbol del alicaído mercado europeo y no parece corresponder ese valor al de las vidas de la fila de cuerpos pacientes que esperan por tener una demanda y de ser acogidos. En esto estaremos de acuerdo todos, sin embargo la diferencia se establece en la gestión de capitales: la compensación de un crónico solo es rentable para ese privado que se representa a si mismo con recursos insignificantes, por lo que para generar nuevos mercados su salud no es significativa. Tampoco es rentable para el Estado, porque según la definición de nuestros intelectuales económicos la rentabilidad de un estado es por definición un error conceptual.
Está muy claro, si usted es pobre trate de no demandar tonteras; tendrá usted una verdadera demanda cuando este apunto de morir o cuando tenga el dinero suficiente para generar ofertas. Mientras tanto debe esperar que algún gurú económico invente un modelo de inversión social que dé evidencia de un retorno significativo a un privado sin que tenga que subsidiar el Estado. Además, si le sirve de consuelo, para algunos psicoanalistas la demanda siempre es demanda de amor, así que trate de molestar menos con sus leseras para que al fin nos podamos dirigir hacia las tareas importantes de nuestro país.
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