Por Peter Molineaux
El estadio no es seguro. La única manera de contener su volatilidad ha sido con estructuras de concreto, diques, rejas o leyes severísimas. Lo que está en juego en el estadio, los ingredientes que están más allá del juego de pelota, van exactamente en contra de la seguridad: hay ganas de destruir al otro.
La pasión que despierta el fútbol se desparrama, se contagia y desborda los macizos límites de nuestros coliseos modernos. El hincha tiene su nombre bien puesto: se hincha, hincha al de al lado e hincha a la hinchada. Hincha al jugador, al equipo.
Es conocido el otro significado de hincha, el hincha pelotas, aquel que colma al otro con su persistencia. Esas pelotas, las que no son de fútbol ni las biológicas, aveces revientan.
El resultado es explosivo, violento. Se desata una batalla entre hinchados que rompen con su bandera el cuerpo del otro o, viceversa, el otro rompe con sus manos la bandera del primero desatando la ira. A veces hasta la muerte: desacralizaste mi camiseta.
Las fanaticadas se estrellan cervezas en las cabezas, se lanzan pedazos de calle y escupitajos en muchos países: hooligans ingleses, tifosi italianos, barristas latinoamericanos. No es un descontento social contingente.
Ser de un equipo pone en juego algo muy profundo, casi ontológico: se juega la identidad.
En términos freudianos es una identificación, es decir, algo tomado del otro y hecho propio para armar un Yo, para dar una respuesta coherente a la pregunta fundacional ¿quién soy?
Cuán central sea esta identificación futbolera dependerá de cada historia. Muchas veces se transmite familiarmente y se guarda muy cerca de otras identidades fundamentales como ser hombre, mujer, chileno, chilena, regalón, princesa, oveja negra. Soy del Colo, de la U.
Otras veces sirve para sortear la adolescencia y el remezón que reciben las dinámicas infantiles con el paso por la pubertad. Puede ser también una gran rebelión: elegir un equipo en contra de la tradición familiar. Las historias son variadas, pero en el hincha, la identificación a su equipo está muy cerca de lo que lo estructura psíquicamente – tan cerca que no lo sabe. Es inconsciente.
Al frente está el otro. El otro hincha, el otro equipo. Lo que apasiona es derrotarlo porque si él existe, con su identidad, hace tambalear la mía porque sé – inconscientemente – que la mía también es de otro. No temo que el otro quiera quitarme a mi equipo o suplantarme como hincha de mi camiseta. No defiendo algo mío porque el otro lo quiera tomar, que sería lógico, consciente, sino porque su existencia revela la operación primitiva que hice para decir quién soy.
No quiero saber nada de eso. Entonces el otro es el incompleto, el inútil, el enemigo a demoler.
Pero en el estadio de fútbol hay algo más que ganas de destruir al otro. Hay amor. Además del amor a la camiseta, a los colores y al equipo propio, hay en los cantos de las barras algo de amor para el otro. Se prometen sodomizaciones y felaciones en variadas estrofas, muestra de un apasionado amor homoerótico. Al mismo tiempo que se asegura que los del frente son homosexuales, generalmente con la palabra hueco o maricón, se canta "al chuncho lo vamos a culiar" o "indio chúpalo." La intención explícita, al parecer, es sádica. Sin embargo el propio Marqués habría argumentado que por serlo no deja de ser amor. Algo se hincha.
La relación al otro es ambivalente: los conocidos Eros y Tanatos. Historias de amor y odio hay en todos lados. Lo que sorprende en el fútbol es el contraste entre un juego – que ciertamente puede levantar rivalidades – y una pasión descabellada capaz de producir niveles de violencia extremos. Las identificaciones primarias se defienden con violencia.
Se ha implementado para erradicar esa violencia el Plan Estadio Seguro. A su cargo está Cristián Barra, que además de apellidarse muy adecuadamente, combina en su currículum problemas con la justicia y un deseo que ha sido descrito por algunos periodistas como "roba cámaras" y "pasado de revoluciones." Su historia mediática comenzó cuando le quitó el micrófono al Ministro Golborne en el primer contacto con los 33 mineros. Su misión hoy es eliminar a las barras bravas.
Barra el Bravo versus Barras Bravas. Hay dos pasiones enfrentadas: la que busca identificarse, ser reconocido en la pantalla, y la que defiende su identificación temprana a un color que le dio sentido. Vaya batalla. Hay amenazas telefónicas a los unos, arrestos a los otros, prohibiciones de bombos y el hackeo de la página de la ANFP. La palabra "hack" es onomatopéyica, el golpe de un hacha contra la madera: hack, hack, hack. Si no hay bombo – bum! – hay hack. El que defiende una identificación tan profunda lo va a hacer con todo lo que tiene. Lo ha hecho desde que es.
La Intendenta Metropolitana, Cecilia Pérez, quiere "que vuelva la familia a los estadios," que sea una fiesta con globitos y serpentinas. Su función es la de la represión, entendida en su sentido psicoanalítico: enviar algo al inconsciente para no saber nada de eso. Pero lo reprimido quiere salir y se las arregla para hacerlo. Freud, al hablar de los síntomas neuróticos usó la frase el retorno de lo reprimido. ¿Cómo retornará lo reprimido la próxima vez? Bum, hack, ¿ ?
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