Por Peter Molineaux
El Ministerio de Minería propuso, para escamotear la ley que declara no concesionable al litio en Chile, decretar la oferta de Contratos Especiales de Operación a las empresas que se ganen la licitación. Las licitaciones otorgadas tendrían un límite en cantidad y tiempo.
El litio extrae su deseabilidad del futuro automotriz: los autos eléctricos usan baterías de este mineral e irán reemplazando durante el siglo a los motores sedientos de ese menguante oro negro.
Oro blanco, le dicen. Por metonimia lo asociamos al oro. Por metáfora también: el litio es el gold standard de los estabilizadores del ánimo. Como el oro entre las monedas internacionales, que da un valor conocido contra el que todos se pueden transparentar, el litio es el estándar de su área de la investigación farmacológica: si su nuevo medicamento estabiliza más que el litio, es bueno.
La discusión surgida recientemente en torno a la explotación del litio tiene algo de este gold standard. Se debate fuertemente el asunto porque si lo hacemos de una manera con el litio, se le podrá comparar con todo el mineral chileno y medir, por ejemplo, si lo que se hace con él funciona mejor que lo que se hace con el cobre. Lo que está en debate en el país es lo siguiente: o lo concesionamos o lo explotamos.
Una concesión es un don, ceder algo a otro. ¿A cambio de qué? La economía liberal dice que a cambio de competitividad. Ceder para no quedarnos atrás. La economía socialdemócrata dirá que es mejor que el Estado se haga cargo y reparta los beneficios entre los ciudadanos. No ceder para quedarnos con lo producido.
Por la vía de la concesión se ha agregado en Chile un impuesto a la extracción de recursos no renovables, un royalty, palabra que se traduce del inglés como realeza – cobrar como cobra el rey por trabajar sus tierras. Si el Estado hiciera la explotación, como quiere la oposición, tendría que trabajar. Cobrar o trabajar, esa es la cuestión.
Pero también está la cuestión de la elaboración. Ahí estaría el cambio de paradigma: dejar de ser un país de explotación y exportación para ser un país donde se elaboran las materias y se hacen productos complejos. La batería de litio made in Chile.
El sueño de la industrialización empalmado al sueño medioambiental de la energía limpia.
Freud fundó el psicoanálisis sobre la interpretación de los sueños. Su tesis fue que los sueños son cumplimientos de deseos. Estos deseos estarían reprimidos – son inconscientes – porque el soñante no puede admitir lo que desea. Sin embargo esos deseos se las arreglan para expresarse a través de una codificación que Freud llamó el trabajo del sueño.
Para que el sueño funcione – para que se exprese el deseo – hay que hacer un trabajo.
Ese trabajo consiste en engañar a la consciencia: el inconsciente transforma los contenidos latentes (deseos, recuerdos, traumas) en contenidos altamente simbólicos a través de los mecanismos de la condensación y el desplazamiento: juntar en un símbolo varios contenidos o deslizar el contenido hacia un símbolo asociado. Hay una transformación de un material en otro, más complejo y que se puede usar.
La pregunta hoy es por el deseo: ¿Qué queremos con el litio? La respuesta del Gobierno ha sido, a través de un decreto, que lo trabaje otro. Que me dé un pedacito, que me rinda tributo.
En un célebre capítulo de su libro El Yo y el Ello, Freud describe los vasallajes del Yo. Él, el Yo, se cree amo de su territorio (el aparato psíquico), pero debe ceder constantemente al Ello, insaciable demandante de satisfacción, y al Superyó, severo representante interno de las normas morales más estrictas. El rey, el que cobra royalty, es un vasallo.
La solución de la concesión del litio intenta, con un espejismo narcisista, dejarnos como rey: el litio es mío y le doy un poco a otro. Pero en realidad nos deja como donantes fáciles a un rey de afuera y vasallos como siempre del reino interno. Se hipoteca el deseo detrás del sueño del litio y se recibe a cambio el porcentaje del reyecillo.
Ese sueño del litio tiene una historia, un material latente, que tiene los registros traumáticos de la minería nacional. Desde la frustración de Valdivia al no encontrar mucho oro hasta la judicialización de las diferencias contractuales entre CODELCO y Anglo American, pasando por el drama nortino del salitre y la nacionalización del cobre, lo minero suena en el fondo de la travesía chilena.
La pregunta sigue siendo la misma, ¿qué queremos con el mineral?
Los dos lados de la discusión, liberales y socialdemócratas, coinciden en torno a la elaboración del litio. Quieren que desarrollemos tecnologías, que no seamos solamente exportadores, que seamos líderes.
Que el litio chileno sea líder. Ese es el sueño. Para que ese sueño se sueñe tiene que haber un deseo: que nuestro litio sea líder, que mi litio sea líder.
Quiero que sea mio. Ese es el deseo.
Entonces, no quiero concedérselo a otro. El deseo no se cede. Lo que hay que hacer con el deseo, para que se haga el sueño, es un trabajo.
Ahí aparece el vasallaje interno, el de El Yo y el Ello. Para Freud eso sólo logra conducirse con cierto éxito cuando sucede lo que llamó sublimación: que los deseos más inconfesables y ocultos se salten al Yo – y su narcisismo – y produzcan una obra de alto valor estético, social o cultural. La Batería de Litio Chilena.
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