14 de septiembre de 2012

Dieciocho

Por Peter Molineaux

Cinco días de fiestas patrias tienen revoloteando con entusiasmo a los medios de comunicación. Los periodistas repiten las incontables notas sobre preparativos, terminales de buses, precios y peligros de los productos. El ambiente está festivo, se va acabando la cuenta regresiva y los hechos noticiosos de siempre van dando paso a la euforia dieciochera.

Se conmemora la primera junta de gobierno, el gran acto patriota. La creación de una patria, con la que se tiene una relación de amor, va en contra del monarca. En el caso de Hispanoamérica la revolución fue continental. Bolivar, San Martín, O'Higgins, abrazos, banderas, himnos, escudos. La Patria.

Es femenina la Patria. La Marsellesa, himno de los franceses de la revolución que inspiró a las americanas, comienza con ¡Vamos hijos de la patria! Es una canción sangrienta, en que el otro, el enemigo impuro y traidor viene a degollar a nuestros hijos y compañeros. Es un llamado a las armas para defenderla a ella, la amada patria. Su símbolo fue una mujer de torso desnudo.

El fervor patriótico inspiraba poesía y toda clase de metáforas para representar la pertenencia, la comulgación de todos en una. Símbolos patrios. Es leyenda peruana, por ejemplo, que San Martín soñó unos pájaros con las alas rojas y despertó sabiendo cómo sería la bandera del país que iba a liberar.

El dieciocho se trata de la conmemoración de una liberación, de la creación de una dulce patria, asilo contra la opresión. Su celebración es una suerte de gran Chao Jefe donde por fin todos podemos desencadenarnos del opresor trabajo y la opresora abstinencia etílica, embarcándonos en días de libertad, baile y todos los excesos. Eh, eh, eh, eh, gritan los danzantes fonderos en el júbilo pre-verbal del rito colectivo.

Esto parece tener una explicación simple, que coincide con la historia y también con una concepción clásica del psicoanálisis: liberación de la opresión. Placer a piacere.

Pero hay una dimensión más oscura, mortífera, que está más allá del placer. Es un imperativo: el dieciocho hay que pasarlo bien.

Para Freud, los imperativos eran sobre todo restricciones, reglas, indicaciones morales que impone el Superyó en contra de la demanda constante de placer del Ello. El Ello pide, pide, pide. El Superyó prohibe, prohibe, prohibe. El Yo se las arregla como puede con esos imperativos que en algo le sirven para que la cosa funcione y la libido no se desborde por todos lados.

Pero en el imperativo dieciochero pasa algo paradójico. El Superyó impone, con la brutalidad que le da su particular posición, que hay que gozar. Imperativo de goce decía Jacques Lacan en uno de los últimos años de su Seminario.

Es algo aplastante. Se enmarca, además, en nuestra época: los tiempos del Just do it y el Impossible is Nothing, donde el ideal es estar siempre activo, siempre bello, feliz, saludable y exitoso en cuerpo/mente/alma. Para nuestras fiestas patrias pasamos, entonces, de un imperativo de goce a otro. Goce 24/7. Nonstop. Eh, eh, eh, eh...

El dieciocho se vive como una liberación porque su ambiente campestre recuerda una época de represión clásica –el patriota contra el monarca, el peón contra el patrón. Sin embargo, el movimiento que ha hecho el imperativo en nuestra época desde la represión al goce, es decir desde un Superyó que castiga con preceptos morales, a un Superyó que obliga con la pulsión de muerte, nos pone en un punto difícil.

Cuando la conmemoración de la gran liberación patriótica coincidía con liberarse de las amarras de un imperativo moral (¡trabaja! ¡obedece! ¡cállate!) se producía un movimiento importante de libido. Se liberaba energía psíquica. Cuando la conmemoración toma los aires de nuestra época y se hace imperativo de goce (¡come! ¡baila! ¡gasta!), la imposición se redobla y algo queda truncado.

El patriotismo, valor añejo, lograba con sus símbolos y sus relatos un soporte para la fiesta del dieciocho. La bandera, el cóndor, el huemul, el cacho y la chicha, daban consistencia en tanto metáforas a la bacanal que se desarrollaba. Los símbolos tienen la utilidad de hacer transitar a las pulsiones por un cierto recorrido. Pero el goce imperativo, inevitable por su estructura, no se interesa mucho en los símbolos ni las representaciones: va directo al grano bajo amenaza de muerte.

En este deslizamiento, la chicha ha ido perdiendo terreno frente al terremoto. Los símbolos están gastados y no funcionan. Aparece el imperativo de goce: hay que tomarse un terremoto.

El momento de la resaca, el diecinueve, siempre ha tenido al desfile cuadrado de las fuerzas armadas como firme recordatorio de que hay que volver al orden. En el Chile de la liberación esa era la muestra violenta de que se acabó la fiesta. Un contraste duro entre juerga y volver a las oprimentes filas.

Pero cuando la juerga es imperativo y el llamado al orden, al éxito, a la eficiencia también son imperativo, algo tendrá que reventar. O por lo menos ceder.

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