6 de julio de 2015

Antes y después (de ser Campeones)

Por Peter Molineaux

En este amanecer de la semana luego de que Chile es Campeón de América, cuando todavía suena extraña esa frase y se pueden ver aquellos penales una y otra vez sin cansancio, invito a recordar una escena, una noche entre la semifinal y la final:

Señoras con abrigo de piel o señoritas con ollas brillantes gritando desde sus autos en los barrios más privilegiados de la capital. Tuiteros chillando que ellos también tienen derecho a manifestarse. El cacerolazo ABC1 puede intentar comprenderse, primero, desde el punto de vista de los "manifestantes" de las alturas: Nosotros estamos hartos de la delincuencia, que es una forma de injusticia porque se nos viene a robar aquello que hemos adquirido legítimamente. Desde esa perspectiva, interpelar a las autoridades del Estado en una manifestación pública parece tener sentido: se está cometiendo una injusticia, un crimen. Clarito.

En cambio desde abajo, desde abajo a la izquierda, la furia emana con el argumento de que en una sociedad tan desigual, donde los privilegiados de siempre roban con cuello y corbata a todo el resto del país, no deben extrañarse de que les vayan a quitar sus joyas de sangre y sus objetos de ostentación. Clarito.

Un país dividido, con masas marchando por la Alameda sin Delicias, pidiendo la educación que terminaría con las diferencias y, más arriba, las esposas de los ricos protestando con el método que usaron hace ya más de 40 años sus madres y abuelas para quejarse de la amenaza del despoje de sus bienestares de entonces.

Un país fracturado, que paradójicamente se une en torno al fútbol, en la pasión de cantar, como en Brasil 2014, el insistente último verso del himno nacional: "O el asilo contra la opresión, o el asilo contra la opresión, o el asilo contra la opresión."

¿Cuál opresión? ¿De qué opresión canta apasionadamente el hincha pije que pagó la entrada a la Gran Final que cuesta cinco sueldos mínimos en reventa? ¿De cuál opresión canta el pioneta de La Vega que prende fuego en Avenida La Paz para calentar las manos sin importar la preemergencia ambiental? ¿La opresión de la delincuencia? ¿La opresión del peso del saco de porotos? ¿Del Comunismo o del Capitalismo?

No cantan seguramente de la opresión española, que nos cuenta la Historia que inspiró el patriotismo del himno escrito luego del paso de los Libertadores. No. Cada uno canta por el asilo que Chile le da —o debería darle— contra su opresor. Los entusiastas de la dictadura cantaban contra el marxismo. Los que celebraron la democracia recuperada entonaban contra el dictador. Hoy, post-modernismo mediante, cada uno canta por su propia opresión. Opresión en el pecho, por ejemplo.

En El Malestar en la Cultura, ya avanzada su teoría y su práctica psicoanalítica, Freud esboza una tesis simple sobre la aparente paradoja de vivir tan oprimidos por una sociedad dentro de la que de todas formas insistimos habitar: hacer civilización, juntarnos, es la única forma posible de sobrevivir como humanos, desprovistos de garras y pelajes, frente a una naturaleza potentísima y destructiva. La civilización es, también, la única forma de sobrevivir a nuestros propios impulsos —naturales— que tienen como protagonistas a la agresividad y a la sexualidad. Civilizar es juntarse para protegerse unidos contra lo de afuera y lo de adentro: establecer un orden que tiene sin embargo el costo de la represión de los propios instintos para no destruir al otro que, en términos civilizatorios, es también uno mismo. Lo civilizado es, por así decirlo, un asilo gracias a la opresión.

El cacerolazo de los privilegiados se hace caricaturesco —como la señora rica que lleva a su empleada doméstica a golpear la olla por ella— porque la queja del privilegiado es ridícula en si misma. Se quejan de llenos. Pero lo que preocupa, en este asilo largo y angosto, es que aquello contra lo que nos protege la civilización no es compartido. Quizás nunca lo ha sido, pero hoy se pone de manifiesto en la distancia abismal entre la queja contra la delincuencia —que pone al delincuente, al otro, como externo al país que construimos con nuestro esfuerzo (zurdos flojos)— y la protesta contra los abusos de los privilegiados que se hacen hace ya varios años en las calles de todo el país —que pone a esos privilegiados afuera también. Esos dos extremos, incendiados por los tipeos EN MAYÚSCULA de los comentarios de las noticias digitales y las variadas redes sociales aparecen como el reverso del fútbol de la Selección: unificador nacional, que abriga al himno ardiente como no lo hacía nada ni nadie desde los inicios de la Patria.

El caso de Arturo Vidal, que casi muere en la velocidad del ascenso desde un destino cerca de los márgenes hasta el privilegio mundial, muestra el filo de esta partición. "Te vai a cagar a todo Chile" decía El Rey Arturo al Carabinero que lo arrestó en la fase de grupos. Exige un privilegio y el sargento —afortunadamente— ejerce lo que puede juntar de ley civilizante en el país y lo lleva detenido. Sampaoli, para sorpresa de todos, ciertamente incómodo, pero intentando hacer uso de su posición política para salvar la situación, dice la palabra inclusión para que nuestro caballo de pura sangre que había estrellado su caballo rojo la noche anterior pudiera seguir adelante. Y siguió. Y esa inclusión cambió la historia repetida y repetida por los cien años del fútbol chileno. Ese acto permitió ser Campeones. Se reintegró ese impulso mortífero de Arturo a una estructura civilizada. 

Ese acto marca, como dicen los comentaristas deportivos, un antes y un después. Una forma de tramitar los impulsos que los incluye, a un costo, en un colectivo. El costo que pagó Vidal fue, seguramente, la vergüenza. Lo que recibió y debió dar al grupo fue confianza. 

El antes y el después de la fraccionada civilidad chilena no se hace aún. Estamos más cerca de construir un muro en el Cantagallo para hacer dos asilos contra opresiones distintas. Pero quizás haya un punto de inflexión, un gesto civilizador. Y quizás no. Quizás sigamos en el país de la desconfianza y los sinvergüenza.

10 de junio de 2015

El Club de los corazones verdaderamente solitarios

Por Francesca Lombardo

(Nota para la película chilena “El Club” dirigida por Pablo Larraín y ganadora del Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín 2015)

"Tras de mí, imperceptible
sin rozarme los hombros
mi ángel muerto, vigía."

Rafael Alberti. Paraíso Perdido 

Me pregunto por qué llamar comedia al género de esta película. ¿Comedia negra? La comedia implica, me parece, un aflojamiento trivial, una sustracción de densidad con el fin de entretener, aliviar, borronear lo trágico. En rigor, ni la trama, ni las imágenes, ni los textos me parecen fáciles y ligeros. Si hay risa no es por comedia sino por lo imposible y trágico, por la angustia ligada a ello. Tal vez cuando se dice “comedia” lo que se pretende es socializarla, volverla más inocua de lo que en realidad es. Nosotros sabemos por lo demás que la vida de los seres humanos se juega siempre primero como tragedia y posteriormente, dependiendo de los recursos internos y externos, tal vez como comedia. También la historia colectiva y singular se juega en esas modalidades. Me parece que El Club se juega todavía en la primera versión.

Solo lo trágico podría dar cuenta de lo enigmático, lo desgarrado y solo que la narración fílmica y textual de esta película muestra.

Más allá o más acá del juicio religioso, jurídico, público, incluso en ausencia y secreto de estos, las abyecciones solo humanas son también el secreto goce antisocial y el tropismo insalvable de disolución en él. El precio no es cuantificable, es alto pero no sabemos cuánto, algo que gira alrededor de precios, de apuestas taciturnas, de resistencia sobreviviente, de porfía humana inquebrantable; eso es lo que conforma el microclima de la obra.

Estos hombres ya no jóvenes y sin embargo cada uno aferrado al niño omnipotente y polimorfo, constituyen en sí y en paisaje algo que seguramente es el último andén antes del fin del viaje.

Un andén empozado para siempre en un límite, una frontera al borde del mar eternamente invernal, una caleta dejada por supuesto de “la mano de Dios,” lugar donde estivan derrumbes, silencios culpables y la mala conciencia de una institución religiosa que separa, fiscaliza y calla con la implacabilidad de lo mudo, es decir de lo inhumano.

Hombres cuyo parentesco radica en ser todos parias, incluida la semi monja que los ordena, nutre y organiza y que presta su astucia a la defensa encarnizada del lugar.

Pero (y este pero me parece fundamental) están los perros, los perros del pueblo, mestizos huérfanos y también los galgos con su hechura competitiva y su origen enigmático. Seguramente no pura sangre pero que aún exhiben sus raros cuerpos góticos, perros antiguos perfilados como dibujos, como signos de la cacería, de la persecución de una presa.

Lebreles veloces a los que se añade plusvalía por casta y por su eventual producción de dinero por apuesta. Animales reales y simbólicos acotados a la caleta y sobre todo a los espacios de competencia, pistas, casilleros de partida, meta, ganancia o pérdida… emoción sin límite de competir, criaturas circulantes que generan circulante.

El galgo es quizás lo único que cohesiona al grupo, lo que le da cierta vitalidad, cierta alegría y orgullo, ocupar el tiempo en entrenarlo, en desafiar el azar con cuidados adyacentes. 

Cinódromos populares y clandestinos en los bordes costeros, también en los predios del interior. Excitación de la competencia: ¿quién llegará primero? ¿Quién agarrará la presa?

¿Quién estará más cerca del señuelo que hace correr, querer, a veces hasta ganar?

La semi monja, la hermana, la única mujer es la que lleva el perro a los perros, la que tutorea su salida y su concurso, la que afronta la rivalidad con los otros hombres y perros.

Los hombres suyos observan desde lejos, se alegran o entristecen de acuerdo al triunfo o la derrota. De lejos, excluidos de lo social, participan clandestinamente de lo clandestino en una eventualidad única de divertimento y de competitividad de los hombres entre si representados por los galgos. Evento en que los solos de corazón por única vez y velozmente dejan de ser los apartados del rebaño por pecados ciertamente capitales y densos, relacionados todos con excesos de depredación diversa.

Los lebreles y esos hombres siguen corriendo por una presa o por un señuelo, no corren como los caballos para adelantar al otro, no, ellos corren porque hay una liebre en juego.

En todo o casi todo nuestro litoral, en balnearios y caletas, siempre hay galgos proletarizados que todavía muestran sus líneas antiguas y finas, enjutas como signos caligráficos.

Es a esos perros que esta nota intenta fijar.

"Grande, tapándolo todo,
la sombra fija del perro."

"¡Salta sobre ellos! ¡Hiérelos!
¡Únelos, sombra del perro!"

Rafael Alberti. Paraíso Perdido 

La mitología universal asocia el perro (Anubis, Cerbero, Xolote…) a la muerte y a los infiernos, al mundo de abajo y a la luna. El símbolo muy complejo del perro se liga a su función “psicopompa,” es decir a cumplir la función de guía mítico en la noche de la muerte luego de haber sido compañero del hombre en el día de la vida.

Enlazador de entre mundos, el perro ha prestado su rostro como guía de las almas y esto en todos los trechos de la historia cultural de Occidente.

El lebrel, a diferencia de las otras razas, es considerado como no impuro sino dotado de “baraka,” en árabe equivalente a buen augurio, suerte, fortuna. Un amuleto vivo que protege.

Los cínicos, filósofos marginales, reclaman como emblema al perro y a la constelación que lleva este nombre. Una escuela filosófica de cynos = perro en griego. Un concepto y un saber que involucra a un misterioso can brincando bajo el sol y las estrellas de Atenas.

Los filósofos de la antigüedad tenían la costumbre de dar sus lecciones en sitios particulares que se asociaban a la corriente filosófica que representaban. Así la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, el Jardín de Epicuro. A manera de burla, Antístenes el cínico elige en las afueras de la ciudad un espacio de borde: en el simbolismo urbano el cínico elige los extramuros, el margen de lo social y ciudadano.

El Cinosargo, este lugar del cínico, concentra toda la fuerza del emblema y de una anécdota mítica: Durante el sacrificio ofrecido a Hércules, el dios preferido por los cínicos, un perro venido de no se sabe dónde se habría apoderado con eficaz celeridad del trozo de carne destinado al dios. Rivalizar en impertinencia y ganarle la mano a los oficiantes del sacrificio es razón suficiente para situar al animal bajo auspicios favorables.

Rapiña real y simbólica la del perro de los cínicos. Astuto que va por lo suyo y no ceja en eso.

En el  Cinosargo se encuentran los excluidos de la ciudadanía, aquellos a quienes el azar del nacimiento, la fatalidad de la vida, el delito o accidente habían vuelto indignos de tener acceso a los cargos cívicos o de pertenencia y pertinencia social. La Escuela Cínica ve la luz en los suburbios, lejos de los barrios ricos, en un lugar destinado a los excluidos y no necesariamente arrepentidos.

Un largo rodeo para volver (aunque según yo nunca he dejado de hablar de ella) a la película El Club.

La casa en una caleta olvidada, el grupo segregado reunido bajo ese techo, reglas claras de convivencia y horarios, una pequeña horticultura puertas adentro y una sola ocupación que los reúne activa o pasivamente. Esto es entrenar al galgo, picarlo en la arena de la playa tras las infinitas vueltas de señuelo o hacerlo correr linealmente para fortalecer su velocidad. 

El perro, la carrera, el ganar o perder. La apuesta, eso es lo que cohesiona a los socios del Club motivando actos extremos, desesperados y de presión inapelable.

Así, puesta en muerte de la competencia para siempre y redoblamiento del ostracismo.

También un perro o como un perro el ángel negro que vocifera, recuerda y repite todo eso que no puede ser escuchado y que finalmente vendrá a sustituirse al galgo pero esta vez como quiltro apocalíptico y demente, dando tumbos, exhibiendo la gran herida de la memoria, imposible, corrosivo, como un ángel muerto, convivir en eso y sin olvido, para siempre y sin olvido. Como quien dice: “para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura,” basta con sacrificar a los perros y aceptar a un ángel muerto entre nosotros.

22 de mayo de 2015

Pater Familia Chilensis

Por Antonio Moreno Obando
@monodias

El jueves 14 de mayo, dos estudiantes fueron asesinados por un hombre. Dos cuerpos cayeron sin vida producto de las balas percutidas por otro cuerpo que lo que los sentenció en un segundo a morir bajo el fuego de su mano. Podría no haber sido una marcha por derechos el contexto, no es necesario marcar el acto político de los estudiantes para mostrar el punto que paraliza. La brutalidad radica en la simpleza, el atributo de un sujeto que sin importar la circunstancia no duda un segundo en eliminar a otro sujeto. ¿De dónde emana esta atribución moral? Tampoco es necesario apelar al trajín de futilidad y descontrol de impulsos que acompaña al pistolero para explicar el factor social que aparece de reojo en este acto. No hay que ir más lejos de los comentarios de las redes sociales para hacerse una idea, porque en medio de las condenas, se deja ver la defensa de la legitimidad del asesinato, pues el hijo intercedió por su padre, un esforzado comerciante que defendía su propiedad de jóvenes salvajes que ensuciaron su muralla tantas veces antes hermoseada.
 
Entonces desde el corte que produce la noticia de la muerte de dos jóvenes como los que habitan en cualquier familia, surge como torrente un discurso rabioso y contenido sobre la necesidad imperiosa de acabar con la vida de quien amenaza lo propio.  En este caso el acto es del hijo que sale en defensa del padre, pero cuando ese Pater Familia debe referirse al hecho en la plaza pública, igual que en el tiempo del imperio romano, solo apela a la legitimidad del acto homicida en beneficio de su patria postestas, parapetado contra los ensuciadores de la ciudad que claman por algo colectivo a causa de su flojera. 
 
El 20 de mayo en la Florida, un nuevo Pater Familia Chilensis asesinó a su esposa y a sus dos hijas. Lo que sabemos del caso por la prensa, es que el homicida deja una carta confesando su autoría y argumentando como razón a su premeditado acto que iba a ser abandonado por su mujer. La causa razonada de su asesinato es la condición, nuevamente, de un ajusticiamiento basado en una particularísima moral. Así como el número de femicidas crece, surge la expectativa de que estos asesinos son todos psicópatas consumados y no es así. Aunque la existencias de grandes perversos sueltos es una forma de localizar la angustia frente a un peligro doméstico que en cualquier casa podría ocurrir, al parecer hay algo externo a las murallas del hogar que como un (no) discurso se apropia de los cuerpos igual como si fuera una película de suspenso. 
 
A pesar del esfuerzo que hacemos a diario para regular nuestra brutalidad desde la acción política con enfoques de derecho, aún seguimos aplastados por quienes nos debemos. Desde la violencia del vitae necisque potestas,  facultad del Pater Familia Romano que le permite disponer de la vida y de la muerte de quienes están bajo su cargo incluido su patrimonio, hasta la actualización del despotes griego, hoy emprendedor déspota, antes jefe de familia que por derecho natural tiene el atributo de señor y padre, administrador celoso de la propiedad como instrumento de uso y de producción que bien pueden ser objetos como también mujeres, hijos y esclavos. 
 
Pero el Amo no nace con el capitalismo. Por eso, en este momento histórico de Chile, despedazar con dientes y muelas al ejercicio político es hoy un acto de violencia. Es una forma, aunque bien intencionada, de despojar eso que nos humaniza, nos hace falibles y contradictorios, y que por lo tanto nos permite un espacio particular para nuestro deseo en un espacio colectivo. Este aniquilamiento de la política, sea en favor del derecho a matar del nuevo Pater Familia Chilensis o en favor de los discursos ultras que sostienen la lucha social pero en base a la violencia del acto; en ambos sentidos dejan expuestos a estos cuerpos, hoy asesinos, al natural, consumidos en su propio goce mortificante, incapaces de investir, incapaces de hacer un mal entendido en medio de su profunda pureza, de su profunda simplicidad, cuerpos sin política, animalizados, destinados a producir para alimentar a quienes se quejan en la oreja, o para decapitar al que habita un pedazo de su propio cuerpo arriesgando su propiedad, sea una casa en una ciudad o su cuerpo compartido en una cama. Cuerpos de la necesidad que no tienen el material mental ni corporal para formular una demanda, cuerpos violentos, indignados con la saciedad del otro, particularmente de los políticos, pero no por una razón ética, sino por la siempre disputa del prestigio. 
 
Por estos días se escucha en los pasillos la legitimidad de herir a un joven con un guanaco si es que estaba protestando, o a un deteriorado comunicador deportivo arrollando gratuitamente a un político en la televisión para que gane menos dinero que él, cobrándose así de una afrenta antigua, o a una autoridad de nuestro empresariado pidiendo a la gente olvidarse de sus derechos para concentrarse sólo en su deber. Así con la cancha despejada, con  el silencio de los indignados taimados, nuestros Paters Familia Chilensis ven la oportunidad de entrar al espacio público, cobrándose sus afrentas, avalados por el sentido común. Quizás un día de estos nuevamente empiece la guerra entre los que tienen la palabra con moral y los animales.

11 de mayo de 2015

El Punto G de Peñailillo

Por Peter Molineaux

El primer cambio de Gabinete del segundo mandato de la Presidenta Michelle Bachelet tiene como gran caído al ahora ex-Ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo. Luego de ser el principal hombre de confianza de la Presidenta, inició su desplome con el manejo de los primeros días del caso Caval y terminó de morder el polvo con la aparición de boletas realizadas por supuestos trabajos profesionales que a todas luces son pagos por su trabajo político en la pre-campaña presidencial. Estos hechos lo ponen en la misma serie que los personajes teñidos por la cochiná que resulta del cruce entre dinero y política, es decir, Wagner, los Carlos, Dávalos, la Ena, los hijos-de-Pizarro, etc. Su reacción a la seguidilla de boletas fue, para su desgracia, la misma que sus nuevos compañeros de serie: "yo no hice nada ilegal," "las asesorías sí se realizaron" y otras. 

Pero Peñailillo pertenece a otra serie, un poco más antigua, que se ha llamado G90: una generación de políticos del PPD que él lidera y que se formaron en la década de la vuelta a la democracia en Chile. Como coincidencia de nombres y ácida sincronía, a nivel internacional el G90 es el grupo formado por los países más pobres de la Organización Mundial del Comercio para reunir fuerzas y plantear posiciones comunes, intentando con esto contrapesar al G8, el pequeño grupo de los más ricos.

El G90 chileno juntó en la década de 1990 a jóvenes políticos "sin cuna," es decir aquellos que no pertenecían a familias con apellido reconocible en los poderes políticos ni económicos (que como vamos viendo son bastante más cercanos de lo que parecían). Peñailillo, vocero de la zona sur de la  Confech cuando estudiaba en la Universidad del Bío-Bío, se fue perfilando como el representante, el símbolo, de una épica meritocrática de esa generación: jóvenes políticos que por su carácter y talento entraban a lo más alto de las esferas del poder de un país que hasta entonces sólo era gobernado por una elite impenetrable. 

La escalada del G90 —que incluía además de Peñailillo a nombres como Faúndez, Riquelme y Henríquez— se perfiló dentro del aparato político desde el gobierno de Lagos, poblando los gabinetes con un aire más académico, universitario, experto que puramente político o dirigencial. De ahí que su gran corpus de trabajo en las últimas dos décadas lleve el enlodado nombre de asesorías. Por ahí el triángulo académico/económico/político encontró un fértil terreno: ese grupo de jóvenes meritocráticos podía ocupar y alternarse en cargos estatales, al mismo tiempo de asesorar o formar empresas que busquen influir en el mundo público para lograr beneficios económicos. Por ahí fueron entrando, con uno que otro escándalo (como el del G90 Harold Correa en Chiledeportes) que no por escandaloso terminó con su ascenso.

Hoy, por la misma vía que mezcla academia, empresas y política, caen.

Los G90 vivieron el fin de su adolescencia y los formadores años de la primera adultez en la década que les da su nombre. Los '90 fueron años sucios. En Europa se estaba pasando de la claridad del corte de la guerra fría entre capitalismo y comunismo a una transición basada en el florecimiento económico, pero sin grandes ideales. En EEUU, el triunfo del free world dio paso a la serie de guerras en Medio Oriente que continúan hasta hoy y que producen por su salvaje disparidad una reacción radicalizada y también salvaje. En el mundo de la cultura popular se pasó del glam y el yuppi al grunge, que en contraposición al brillo y el éxito levantaba sin muchas ganas la bandera de los trapos sucios como ropa y el desencanto como melodía. Una forma de "no estoy ni ahí" que llevó a su lengua en esta lejana esquina del mundo nuestro Premio al Limón, Marcelo Ríos. Algo de esa cultura se transmitía a nuestro territorio: en cassette, cómpac o por el cable de MTV un sonido sucio y una ética dejada permeaban a la generación de los '90. Algo de ese pathos habrá llegado en algún formato también a Cabrero, 8ª Región.

En Chile, la transición era hacia la democracia luego del reino de uno de los dictadores más afamados de la historia mundial por su brutalidad autoritaria. Se transitó en los '90, por lo tanto, de la lucha contra (o a favor) del totalitarismo a otra cosa bastante más pequeña: la medida de lo posible. Esa transición funcionó, pero no tuvo la limpieza, la pureza, de la defensa de un ideal o de la lucha contra un tirano. Tuvo la suciedad de la política de los acuerdos. Pasando y pasando. Lo pasado pisado

Lo que no se pudo tocar, es decir el sistema económico, siguió funcionando libre, mientras el foco político estaba en mantener la democracia y en el esclarecimiento y condena progresiva de las atrocidades contra los derechos humanos.

Esos son los años formativos del G90. En ese tiempo en el que la prudencia en lo político llamaba a los expertos para reemplazar a los idearios y en que lo económico liberal corría por cuenta propia, alguien tenía que asesorar y alguien tenía que pagar. La década del 2000 fue el tiempo consagrado de la política de los expertos y del ascenso de Peñailillo y los suyos.

La formación de los G90 —y la de aquellos que por edad se hicieron hombres o mujeres en la década del '90— tiene la cochiná naturalizada. Si en los '70 Amor y Paz o Patria y Libertad eran los grandes orientadores para un sujeto. En los noventa el éxito por sobre todo en lo económico y el Ni Ahí para los ideales políticos produjo sujetos pragmáticos, pero desorientados y sin autoridad propia. Expertos que asesoran a los que llevan el peso, pero que carecen de piso propio. 

Los noventa fueron de transición y los 2000 de consolidación. El 2011 marcó otra cosa, más parecida a la revolución. Hoy hay protagonistas jóvenes muy distintos al G90 en su constitución, con ideas políticas más que experticias asesorantes. Los G90, como lo fue la década que les da su nombre, parecen haber sido también de transición. 

19 de marzo de 2015

Derrocamientos Varios

Por Francesca Lombardo
 
Hacer caer de su sitio, echar por tierra, literalmente “hacer caer una roca.” Hemos visto eso con una cierta profusión en nuestras noticias recientes.  Pero esta vez me parece al menos en tres situaciones, que la “precipitación” podría ser reflexionada en el contrapunto incesante entre lo privado y lo público, lo familiar, véase parental, y también la más extensa, colectiva o social. Un contrapunto que arrastra la transmisión ética, la ideológica y la afectiva.
 
Las madres, los padres y las filiaciones reales, imaginarias y simbólicas, los avatares de la transmisión entre generaciones, los enrevesados nudos o deslizamientos en la estructura edípica criolla: son esas reflexiones las que me parecen provocativas en este caso.
 
La enorme palabra que es la “ética” pareciera estar absolutamente tejida en las relaciones de principio estructurante, es decir en las relaciones de emergencia y nutrición de lo que habrá de ser un sujeto humano cabal, quiero decir un sujeto capaz de transitar incesantemente a lo largo de su existencia entre lo singular y lo universal, entre lo individual y lo social. La ética parece que sería aquello que un humano conserva aún cuando haya olvidado todo o casi todo lo demás.
 
Supuestamente hay cosas que el humano titubea en hacer ya que compromete en esa ejecución su pertenencia al pacto social y a los grandes tendones con que ha sido criado, educado e investido. Ciertamente que aquí habrá de suponerse la fuerza y la claridad con que ese sujeto ha aprendido a representarse al otro y a los otros, con qué vara ha sido medido y por ende con qué vara medirá a su vez. Qué lugar ocupa en él la capacidad de reciprocidad, de lealtad, de solidaridad con lo plural global y no solamente con sus pertenencias más evidentes, llámese familia, clase, arcas, etc.
 
Al respecto, las situaciones a las que aludo en medio del acontecer más o menos actual de nuestras noticias y hechos sociales, dan materia a algunas disquisiciones impías.
 
Empecemos por lo que podríamos llamar “vehiculación” y premuras del grande y feroz apetito, sea este el apetito de ingesta, acaparamiento y gula, o trátese  también del apetito de no retribución, de no cargar como se debe con el error, el accidente, la lesión inflingida al otro o a los otros, esa parte que nos cabe a cada uno en el intercambio general.
 

Caval es una sigla y también una palabra de historia equina, de “cavallo” (en italiano y/o francés), el cavallier, el cavaleur tiene lo equino a la base de eso que respecta a vehiculizarse, a transportarse, es un jinete en su móvil. También es una palabra asociada a cava, a cueva, a cavar, hacer orificio, hacer bóveda. Caval podría ser lo propio de la cueva, de la oquedad y de paso y en términos de transporte también lo propio de la vena cava.
 
Caval pareciera ser una palabra que en rigor no existe en nuestro idioma. Por eso se presta a la sigla. Desconozco lo que esa sigla significa condensadamente, por lo tanto intento tratarla como palabra que remite a sus raíces etimológicas y lo que estas pueden sugerir.
 
Hablo de circulación, de tráfico, de accidentes de trasporte, hablo de lo social y en eso inserto estos episodios que nombré anteriormente: - Caval  derrocamiento de una madre.  - Accidente de tránsito, muerte e impunidad, derrocamiento de un hijo. - Penta, la gula extrema de los gerentes, de los empresarios: el derrocamiento de algunos padres  económicos por obra y gracia de la comunidad fraterna y social que devela la polución extensa y obliga a sanciones.
 
Evidentemente son derrocamientos parciales, tal vez remontables. Pero me interesa más que nada la precipitación en su momento. Importa fijar ahí la atención.
 
En Chile, el día de la elección presidencial que dio como ganadora a una mujer, --hablo de la noche donde se inicia su primer período-- la mujer electa sube al escenario para celebrarlo con sus electores. En ese aparecer y por primera vez en este tipo de exhibición, lo que vemos es comparecer ante nosotros a una familia compuesta por madre, un hijo varón, dos hijas mujeres y la madre de la madre: es ese grupo el que se hace presente como estructura disímil en referencia al modelo de la “sagrada familia” habitual. Aquí lo que es mostrado es emocionantemente sociológico, chileno y laico. Recuerdo esa fotografía para la memoria como algo hasta ahí inédito, de una dignidad y veracidad reales, indiscutibles.
 
Abuela, madre, hijas y un hijo, primogénito, un hijo hombre rodeado de mucha mujer.
 
Un hijo que se casa y a su vez tiene un hijo hombre: el caso Caval si es un caso de ganancias y vehiculaciones varias es también un arreglo de cuentas edípicas, con todo lo sangriento que esta contabilidad puede resultar.
 
En los hechos no un hijo contra la madre sino las leyes de exogamia yendo por su ración.
 
En los hechos una mujer, la otra mujer del hijo colonizando los haberes. Me parece interesante a mi esta otra lucha de clases.
 
El hijo que ocupa un lugar digamos  algo “feminizado:” a la vez como “primer damo” y también como titular de un cargo que no tiene el espesor viril de otras carteras gubernamentales, se trata de Fundaciones Socioculturales que dependen de la Presidencia de la República y que habitualmente han estado a cargo de las esposas de los presidentes.
 
Así por una mujer interpósita (la esposa del hijo) la madre es sancionada, simbólicamente derrocada. Nada mejor que una mujer para herir a otra ahí donde duele. Matices del poder femenino en sus diversas vertientes civiles y domésticas. ¿Influencia o capacidad de decisión? Tal vez ni lo uno ni lo otro, sino una capacidad medular de obstrucción, de vérselas con el contrapelo de lo oficial. Bajas políticas de la retorsión que se apoyan mejor si hay una necesidad grande de hacer flamear mucho símbolo fálico, autos muy costosos, golpes empresariales y signos de poder de exhibición mediática.   
 
El otro acontecimiento en el que me fijo se refiere a un padre y un hijo, un padre que no trasmite, es decir alarga la bebificación de su retoño más allá de lo posible. Los amigos, el  dinero, los contactos, el servilismo social, el tejido de componendas judiciales, todo cooperando en la no investidura de un hombre joven y cautivo oportunista de su no acceso a la subjetividad adulta, civil. Derrocamiento que el padre ejecuta como el patrón que es y que no quiere dejar de ser.
 
El hijo un lactante eterno e impune, jubilado de partida por su padre quien confisca la ceremonia de armarlo caballero, de trasmitirle una voluntad ética que lo conforme y lo habilite.
 
Un joven sordo y mudo ante los sucesos que lo comprometen como hechor, profitando de los favores tibios de la impunidad, flacos favores por cierto, para él, para su padre, para su clase de la cual solo se ejemplifica su deterioro y decadencia.
 
Y finalmente en estos acontecimientos que nos recorren está el caso de los gerentes, de los empresarios y padres de familia. Jefes de dineros viejos y nuevos, todos mezclados en el sálvese quien pueda. Padres con mayúscula y padres con minúscula, los dueños, los gerentes generales y los subordinados, padrecitos menores, vulnerables, identificados todos también al poder pero que caen primero y hasta se salvan un poco. Ellos son los que primero caen pero a la vez son los que en ciertas condiciones primero “cooperan,” venden y zafan. Derrocamientos a granel en la horda de padres: su asistencia grupal en la sala judicial así lo muestra. El Estado, el juez y los fiscales vienen a recordar, también como padres, que mal que mal también somos una República, algo que es de todos y que a veces al menos es bueno recordar y hacer sentir. Que la “cosa” de  todos se recupere, que podamos pensar, enjuiciar y sancionar me parece  redundantemente “una buena cosa.”

13 de febrero de 2015

Animales

Por Peter Molineaux

A mediados de los años 2000 se podía encontrar en las licorerías de Francia un vino chileno llamado Quiltro. En la etiqueta posterior rezaba una pequeña leyenda sobre estos simpáticos perritos con los que uno se encontraba en la calle al visitar nuestro austral país. 

Folklórico, ¿no?

Hoy en Chile, tras el intento por parte del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) de incluir dentro de la #leydecaza la posibilidad de cazar perros salvajes —asilvestrados— que en los campos, praderas y oasis atacan a los animales de la pequeña ganadería, ha explotado el mundo animalista, aullando al cielo y chillando frente a todo aquel que no tenga el corazón para condenar esta crueldad contra los perritos. 

El mismo SAG, sucumbiendo a la presión del mundo doglover, tuvo que suspender la medida a la espera de una mesa de diálogo amplia para definir qué hacer con el candente problema de estas jaurías que incluyen en su abanico de atacados a los seres humanos.

Los militantes del amor puro hacia las mascotas difunden en las redes sociales enternecedoras fotos de cachupines abandonados y luego saneados, otros adorables con ojos de tristeza e incluso hacen trascender la idea de que ahora un cazador malvado, cual Historia de Babar, podrá venir a matar a tu regalón si éste se aleja unos cuantos metros de casa. La medida que se intentó promulgar, en realidad, estaba dirigida a esas jaurías de perros que se han reproducido lejos de la domesticación y la ternura, desarrollando por adaptación a su medio y selección natural mayor fuerza mandibular, instinto de caza y organización para derribar a animales que superan en dos o tres veces su tamaño. Venga perrito, pssst pssst pssst. Veeeeeenga.

La propuesta del SAG no consideraba la caza del quiltro callejero, por costumbre urbano y dependiente de los humanos y su trato o maltrato dentro de la ciudad. Ese no estaba en la mira del cazador. El que estaba en la mira era justamente el perro cazador, que por su irrupción en los ecosistemas se va convirtiendo en plaga, con los efectos catastróficos que eso trae para flora, fauna y humano.

Hay que separar, por supuesto, al quiltro urbano, que es el efecto de una ciudad que los cuida mal, tanto por abandono como por la falta de una política clara de contención y trato institucional de estos animales, del perro asilvestrado, que por adaptarse al hostil medio salvaje y por ganarle a sus rivales en el canibalismo ha logrado una fuerza y destreza que amenazan gravemente a su entorno.

El quiltro urbano, con los cuidados necesarios, podrá vivir con una persona, familia o comunidad sin mayores sobresaltos, recibiendo los afectos humanos gracias a su naturaleza gregaria y sus ojos grandes, adaptados durante milenios para la vida con personas. El asilvestrado es otra cosa.

El amor por las mascotas, en su mayoría perros y gatos, acaece por un proceso de proyección e identificación. A pesar de que un perro tenga instintos y una gama de reacciones emocionales básicas que pueden ir desde el miedo a la rabia, producen en muchas personas la idea de que  tienen afectos más complejos como la lealtad, el cariño, la paciencia o simplemente el amor-por-mi. Las emociones complejas son una característica exclusiva de los seres humanos que, por su condición de hablantes, logran una relación simbólica con los afectos básicos, armando por metáfora y metonimia un entramado psíquico por el que se dirige aquello que se siente a través del lenguaje. El manoseado ejemplo de la palabra portuguesa saudade muestra cómo un sentimiento complejo sólo existe gracias a la lengua.

Entonces, la formación de sentimientos complejos con un animal, que sólo puede expresar emociones básicas y conductas instintivas (que también pueden ser pseudosociales), sucede cuando el humano proyecta sobre ellos sus emociones (simpatía, ternura, admiración) y luego se identifica con esas emociones, cerrando el circuito en un amor completito donde el otro no molesta más que por sus desechos corporales y algún resto de instinto que lo lleve a romper de vez en cuando un zapato viejo.
 
Cuando el animalista aúlla en twitter porque alguien dijo que los animales son inferiores a los humanos o, más recientemente, cuando sus bocas espumantes logran hacer retroceder al SAG en su decisión, se pone en evidencia la potencia de la estructura de la identificación, pues en aquello a lo que nos identificamos está nuestro amor propio, nuestro narcisismo. Los dueños se van pareciendo cada vez más a sus mascotas.

Por otra parte, el maltrato a los animales es obviamente un reflejo de la crueldad del maltratador, llevándonos a pensar que en sus relaciones a otro humano también deberá haber algo de esa crueldad. Asimismo, la compasión hacia los animales también predice compasión en lo humano. Pero la defensa de lo silvestre por una identificación ciega y el ataque salvaje hacia cualquier cuestionamiento del animalismo te convierte, finalmente, en animal.

Ya dentro de la cuidad y los muros de la civilización, cabe pensar en lo siguiente: si en nuestro trato a los perros está nuestro trato a nosotros mismos, ¿qué nos dice la postal chilena de las calles llenas de quiltros? ¿Somos un país de perros callejeros? ¿De huachos cuidados a medias por todos y a cargo de ninguno? ¿Tenemos una respuesta responsable a este problema que no termine en una trifulca de emociones básicas?

Se convocará a una mesa amplia a la que también vendrán los animales. Sit. Tranquilo. Eeeeso.

26 de noviembre de 2014

Fibromialgia*

Por Peter Molineaux y César Jara

*Publicado en la última edición de la revista Psiquiatría y Salud Mental, órgano oficial del Instituto Psiquiátrico "Dr. José Horwitz Barak" y de la Sociedad Chilena de Salud Mental; Año XXXI; Nº 1.

El desafío que la fibromialgia le pone al psicoanálisis tiene efectos tanto en su teoría como en su clínica. Los síntomas conversivos, tan presentes en las histerias que contribuyeron al nacimiento de la teoría freudiana, tenían para el analista un significado oculto: el cuerpo estaba representando algo reprimido por el aparato psíquico, causando estragos en la vida neurótica. La idea de Freud fue que esta era una manera que el inconsciente usaba para burlar la represión y lograr de forma enmascarada su fin último: decir lo indecible. En la sociedad victoriana, donde la restricción de lo sexual predominaba, las señoritas bien educadas hacían síntomas en el cuerpo que estaban altamente cargados de aquello que debían esconder en la esfera social. Entonces la mano se entumecía hasta donde era cubierta por el guante, símbolo de elegancia, o una paciente enmudecía por callar el nombre del amante prohibido. Los radicales síntomas apabullaban al saber médico por no corresponder a ninguna localización explicable desde lo neurológico. En otros casos más acrobáticos, el cuerpo convulsionaba de forma tan sugerente que no podía pensarse más que en el orgasmo teatralizado. Lo reprimido encontraba en el cuerpo un lugar para hablar.

Esas conversiones cedían, luego del descubrimiento del inconsciente y el método freudiano, a la interpretación del psicoanalista. La lógica era la siguiente: al revelar aquello que estaba representando, ese síntoma somático se liberaba del afecto asociado a él, quitándole su potencia y dejando en paz al cuerpo. 

En nuestros días, la fibromialgia presenta el problema de no tener en su estructura esa carga simbólica de antaño. No se la ha podido leer como una clave que busca ser interpretada para revelar alguna verdad. Aparece como una simple persistencia, impermutable, sin resultar su remoción a través de la clásica interpretación analítica. La clínica victoriana no funciona para esta nueva manifestación física que, al igual que su antecesora histérica, no responde a ninguna causa anatómica.

Pero el psicoanálisis también ha pasado por las épocas y ha elaborado su praxis –el entrelazado de su teoría con su clínica– al calor de las décadas y embebido de los discursos que desde el siglo XX iban preparando al XXI.

El analista francés Jacques Lacan se sirvió de la lingüística, del estructuralismo, de las matemáticas y la topología para relanzar al análisis del alma hacia nuestra época. La realidad humana, para él, tiene tres registros. Algo así como tres partes que la componen y que se articulan para configurar la experiencia del sujeto. Las llamó lo simbólico, lo imaginario y lo real. En términos generales, lo simbólico es el lenguaje, es decir la estructura lógica que sostiene al mundo a través de la palabra. Lo imaginario es la presentación del mundo, la pantalla sobre la que proyectamos nuestra realidad y percibimos algo del otro. Lo real es lo no-simbolizado, la ritmicidad de la carne, el cuerpo sin nombre.

Lo que funcionaba en Freud también funcionaba al principio para Lacan: la supremacía de lo simbólico. Había algo que representaba a otra cosa y eso tenía que ser revelado, interpretado, leído.

Pero, junto con la época, el psicoanálisis lacaniano ha ido trasladándose desde una clínica de lo simbólico a una clínica de lo real. 

Lo real no es la realidad. Se nos presenta como desconocido, misterioso, indecible y al mismo tiempo extrañamente familiar. Lacan lo concibe en un principio como un resto, lo que queda afuera de la intersección de lo simbólico y lo imaginario. Pero hacia el final de su vida fue prestándole más atención y con ayuda de la topología le dio una importancia equivalente a los otros dos registros en lo que llamó el nudo borroméo

Ese nudo –y la función que puede tomar en él lo real– explica en cierta medida a la fibromialgia y a las otras nuevas manifestaciones del cuerpo que no se revisten de simbolismo como son el cutting en adolescentes o el colon irritable.

El borroméo se arma así: tres argollas de un material flexible se entrelazan de tal manera que cuando se tire de dos de ellas la restante quede al medio, tensada e impidiendo que las otras dos se suelten. En términos psíquicos esto significa, a grandes rasgos, que en momentos de dificultad uno de los registros –real, simbólico o imaginario– funciona manteniéndose estirado y sin cortarse para que la estructura se mantenga. En términos simples: uno de los registros aguanta al resto de la estructura psíquica, impidiendo que se desarme.

Lo que aguantaba en la época de Freud, en una cultura en la que la represión predominaba, era el registro simbólico: parálisis en las piernas para significar el oculto deseo sexual, por ejemplo. Esa argolla del nudo lograba retener a las otras dos, manteniendo la estructura a través de la expresión de lo que de otra manera no podía decirse. Hoy se presentan cada vez más casos en que la argolla que se tensa para sostener a las otras no es la misma: en este principio de siglo se apela cada vez más a lo real para retener a los otros dos registros del nudo.

La caída de los grandes ideales que hacían posible la primacía de lo simbólico –El Padre, La Patria, La Libertad, El Pueblo, El Trabajador, Las Escrituras– junto con el ascenso del acceso al consumo han provocado en el cuerpo el fenómeno del dolor como anudamiento de la estructura. Es decir que el aplacamiento de lo simbólico en favor de la insaciable exigencia de la época –el consumo– ha hecho que lo único que pueda resistirse a ser consumido sea lo real de la carne. De ahí la queja de esa carne que no sabe más que expresarse con su fibra. 

Fibromialgia: dolor del tejido conjuntivo, aquel que constituye desde el embrión la base de todos los tejidos musculares del cuerpo. Fibro-mi-algia: me duele el cuerpo hasta la fibra y no hay símbolo ni imagen que lo pueda interpretar.


9 de agosto de 2014

El Ideal Tradicional de Van Rysselberghe

Por Peter Molineaux

Esta semana, la Senadora UDI Jacqueline Van Rysselberghe se enfrentó al Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) con sus declaraciones basadas en un estudio realizado en la Universidad de Texas financiado por un grupo lobista ultraconservador cristiano de Washington, el Family Research Council. Entre los dichos de la parlamentaria destaca lo siguiente: 

"Lo óptimo para un niño es tener una figura paterna y una materna que tengan una relación estable para poder desarrollarse emocional y psicológicamente bien." Luego profundiza en su lectura de las conclusiones del estudio tejano: "(...) porcentualmente las parejas homosexuales tienen mucho mayores niveles de inestabilidad, tienen mucho mayores niveles de violencia, y se ha visto, además, que los niños que viven con parejas homosexuales también tienen mayores niveles de ansiedad, de inestabilidad laboral cuando son adultos y de una serie de otros factores que llevan a pensar que es mejor que vivan con un referente materno y paterno tradicional."

Al escuchar la respuesta del Movilh, que subrayó el descrédito generalizado del estudio en cuestión, Van Rysselberghe acusa a los movimientos homosexuales de ser "extremadamente agresivos" cuando hay gente como ella que tiene una "posición distinta," intentando con esto relativizar el consenso académico de que no hay efectos psicológicos negativos en niños criados por parejas homosexuales al ser comparados con aquellos criados por parejas heterosexuales.

Además de la homofobia, que por supuesto recibirá siempre una reacción fuerte de las agrupaciones de diversidad sexual, la Senadora utiliza la palabra óptimo para describir la situación perfecta para la crianza: mamá, papá, amor por siempre. Ese ideal, clavado en los corazones de los más conservadores, tiene por su estructura el efecto violento de excluir de la vida familiar a aquellos que no cumplen con las características que exige, arrastrando a su paso a las madres o padres solteros, viudas o divorciados, a los abuelos, a las tías, hermanos mayores o padrastros, sean homosexuales o heterosexuales que crían hijos. Para aquel ideal solo vale la crianza dentro del matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer, esa institución que por lo demás carga en su historia con toda la serie de nupcias forzadas, golpes de macho, asesinatos y otras tantas barbaridades que siguen al y vivieron felices para siempre...

El Ideal Tradicional se alimenta y prospera en el sector conservador de nuestro país que representa la Senadora Van Rysselberghe así como en las agrupaciones reaccionarias en todo el mundo occidental. El problema es que ese Ideal, al ser defendido en el Senado y al impedir que se aprueben las leyes efectivas que permitan el acceso de los homosexuales al matrimonio y a la adopción de hijos, ejerce el efecto de la exclusión de una parte de los ciudadanos de un buen pedazo de la vida civil.

El ideal funciona dentro del aparato psíquico como Ideal del Yo, es decir aquello con lo que el Yo se compara desde las exigencias morales y sociales de la cultura en la que ese Yo habita. El Yo se identifica al ideal. Quiere parecérsele, por así decir. El Ideal Tradicional que promueven los ultraconservadores, que funciona de hecho incluso en los aparatos psíquicos de buena cantidad de almas más bien progresistas, tiene efectos devastadores en aquellos sujetos que por su historia u orientación sexual no pueden parecérsele. Sobran los testimonios de la crisis que vive un adolescente gay al enfrentarse a ese mismo ideal en su propio mundo interno o de el derrumbe que produce una separación matrimonial en los que ya no soportan estar casados a pesar de querer el matrimonio para toda la vida.

Cuando Van Rysselberghe promueve en lo político su Ideal y busca sus efectos en lo legislativo, intentando ejercerlo sobre la vida de las personas que no se le parecen, actúa anulando violentamente la singularidad de la diferencia de cada historia de cada sujeto en lo más íntimo: su vida sexual y su vida familiar.

Un aspecto central del argumento de la posición de la Senadora es que esto se hace para proteger a los niños, quienes necesitarían de un referente materno y paterno para desarrollarse como se debe.

La importancia de la diferencia entre un sexo y otro en el inicio de la subjetivación de un niño es innegable desde Freud. El hecho de que hay uno que tiene y otro que no inaugura todas las diferencias que siguen, haciendo posible justamente la singularidad que tendrá que vérselas más adelante con los ideales que aterrizan en el aparato psíquico desde la cultura reinante. Esta necesidad de diferencia podría tentar a un psicoanalista a decir que debe, entonces, haber un padre y una madre para que un infante humano se convierta en sujeto. Pero la necesidad de diferencia no es en cuanto a la diferencia sexual anatómica de los que la Senadora llama referentes maternos y paternos, sino a la instalación simbólica del tener y no tener, que ocurrirá de todas maneras en niños y niñas porque, justamente, existen niños y niñas con anatomías distintas – uno que tiene y otra que no tiene. 

Desde ahí los pequeños aparatos psíquicos de esos niños se abastecen de toda la diversidad que se les presente. Un niño incorpora la diversidad desde que sabe de la diferencia. Sin embargo, si crecen con una ley defendida por parlamentarios que excluyen a sus padres, madres, primas, tíos o hermanas por no caber en el Ideal Tradicional, están más expuestos a desarrollar esos mayores niveles de ansiedad e inestabilidad que preocupan tanto a Van Rysselberghe y los suyos.

14 de julio de 2014

La violencia de estos acuerdos

Por Antonio Moreno Obando
@monodias

El regreso de nuestra vieja política de los acuerdos nos ha dejado inquietos. Si bien reaparecen estos selfies de unidad como una forma de dar tranquilidad al lego reclamante, deja en todas las partes un resto de insatisfacción. Llegan temprano las quejas de vulneración de los principios, pero rápido se responde que la madurez política  es así. Aun considerando los avances en las tácticas de los bandos, hay algo en esta repetida ecuación que nos recorta algo más que lo aceptable.  

Resulta útil tomar el problema que plantea el italiano Esposito sobre la tensión irreductible entre el acto político y la filosofía política: así como el uno trata de provocar al otro, por más que lo intenten no hay forma de que estén en una relación continua. Esta separación se hace familiar al psicoanálisis, ya que a partir de un alma humana escindida, eso que es provocado desde el conflicto como un acto, nunca logra ser sofocado o al menos explicado del todo desde las representaciones y el orden de sentido que supone la filosofía política y sus lógicas.

Desde este problema entonces nos cabe la pregunta de si nuestra política de los acuerdos está más del lado de un genuino acto político o está del lado de la parsimonia filosófica de una explicación en favor de la estabilidad.

Este problema del acto político y su realidad viene a enredarse en la lectura que hace Marcuse de Freud sobre el mecanismo de la sublimación y su función en la sociedad, entendiéndola como el esfuerzo del aparato psíquico por cambiar el objeto sexual de nuestras pulsiones en favor de satisfacciones más aceptables para un sujeto que por ser social, es exigido y vigilado. Dice Marcuse “la cultura obtiene una gran parte de la energía mental que necesita sustrayéndola de la sexualidad.” Luego agrega una cita de Freud en El malestar en la cultura: “el trabajo diario de ganarse la vida ofrece una particular satisfacción cuando ha sido seleccionado libremente.” Marcuse problematiza la posibilidad de que las condiciones materiales del trabajo y su forma de producción en este modelo económico permitan efectivamente al sujeto trabajador elegir libremente lo que hace.

En un territorio como el chileno, los cuerpos son exigidos para ser mejor que el otro, para tener el máximo mérito en sus niños y así merecer una educación de calidad cuyo fin es ser entrenado en una labor que en la adultez le permita calificar a la máxima capacidad de endeudamiento. El resultado es que los montos de insatisfacción en esta cadena productiva nacional son directamente proporcionales a los esfuerzos que debemos hacer para hacer crecer la economía.

¿Dónde queda en el sujeto el profundo disgusto por su trabajo? ¿En qué minuto y de qué forma ese malestar aparece en el espacio público y qué relación tiene con la violencia?

Volver a darse la mano para un acuerdo, hoy en este país, no es necesariamente un genuino acto político. Sí es posible entenderlo como un ordenamiento de las representaciones que pueda darle una mayor operatividad a las actuales lógicas de producción. Si el acto de nuestra maquina productiva tiene estatuto de político o de violencia, es otra discusión que debemos dar muy pronto, de una vez por todas. Quizás para la asamblea constituyente.

Pero, desde la lógica de Esposito, este nuevo reordenamiento de Reforma Tributaria no logra ser un genuino acto político. Solo alcanza a ser una reafirmación ideológica desde la cual no hay espacio para acoger el conflicto, todo lo contrario, más bien pretende controlarlo hasta hacerlo parte de su equilibrio. En ningún momento pretende decir algo sobre el malestar de los cuerpos que trabajan sin satisfacción alguna en una cadena productiva, esos que han salido a la calle durante estos años a marchar por otra educación para sus hijos, que han votado a regañadientes por la actual Nueva Mayoría y que deben mirar cómo sus representantes se fortalecen en lógicas que no les pertenecen como votantes.

Actos políticos más bien parecen las manifestaciones de violencia que no hemos parado de ver mientras se reinstalaban los grandes acuerdos. Una y otra y mil veces, el conflicto asoma sin razones, pero cometidos por esos cuerpos llenos de algo que no tiene forma de explicarse en la lógica de los acuerdos. Entonces una y otra vez la plaza pública con sus representantes condenan y sancionan moralmente aquello con lo cual no son capaces de relacionarse, esperando que esos actos sean al fin acomodados a los acuerdos que con tanta tinta han firmado.

Si bien el malestar estará siempre presente en nuestros cuerpos trabajadores, aunque paguen más o menos impuestos, lo que se pide a los representantes de la ciudadanía y a sus mecanismos instituciones es al menos un reconocimiento del acto político; pero no la política de etiquetarse en sus propias fotos, sino de hacer el gesto de poner en palabras nuestros malestares, nuestras sexualidades, nuestras subjetividades, porque todo eso es en definitiva lo que constituye y legitima el Estado.

28 de junio de 2014

La emergencia del canto "a capela" del himno patrio

Por Mauricio Pizarro
@mpizarrocastill

Es difícil que el canto “a capela” de los hinchas durante el mundial de fútbol Brasil 2014 pasara indiferente, al margen de la nacionalidad de quien lo escuchaba. Fuimos testigos de cómo la emoción del canto nos llevó hasta al punto de las lágrimas junto a esa sensación de “piel de gallina” cada vez que, al término del minuto protocolar, los chilenos lo continuaban entonando hasta el final. Los medios de comunicación de todo el mundo no tardaron en elogiar esta acción como algo inédito, novedoso y como una inesperada muestra de patriotismo.

Los chilenos que cantaban a “todo pulmón” en cada partido, fueron los protagonistas de una “emergencia," es decir, de aquello que emergió inesperadamente como novedad para todo el mundo.

Ahora bien, ¿Qué devela de nuestro “ser” chileno esta muestra explícita de patriotismo? ¿Es posible realizar un análisis social de los marcos referenciales y sociales de cómo se configura el sujeto chileno?

Para poder responder estas preguntas, regresemos brevemente a la emergencia. Esta se configura cuando algo irrumpe como inesperado, pero trae consigo un sentido, entrega información sobre aquello que no es visible en el entramado social. Una especie de radiografía, porque se requiere de otro tipo de “luz” para mostrar lo que no se ve a simple vista.

Una paradoja

Por un lado, aparecieron miles de hinchas que como embajadores de lo chileno, se esforzaron por arengar y mostrarle al mundo que el himno patrio los convocaba, los unía y los hacía iguales, casi hermanos –se pudo pensar en más de una oportunidad– porque todos hicieron fuerza común por un solo ideal: ¿ganar? No. Es mucho más que eso. 
 
Después de esta muestra de “nacionalismo," cualquier persona podría haber pensado que Chile evidenciaba ser un país unido, colaborativo y solidario. En el fondo, Chile aparecía con una identidad, donde las diferencias de todo tipo no existían (aunque fuese por breves segundos).

Por otra parte, en Santiago las noticias informaban cómo después de cada triunfo la masa celebrante destruía lo que encontraba a su paso: buses quemados y secuestrados, robos y malos tratos. ¿Dónde estaba el ideal que nos convertía en hermanos al punto de las lágrimas? ¿Podría tratarse del mismo patriotismo?

Una pregunta que es difícil de evadir nos apunta en la siguiente dirección: lo que muestra cada una de estas acciones sociales y cómo aparecen como contraste la una de la otra. Es decir, por un lado, el pueblo canta anidado, unido en una sola voz; por otro lado, la misma unión podría ser capaz de arrasar con lo que encuentra a su paso. ¿Qué es esta impulsividad de la marea roja (acá y allá)?

Es posible que el fenómeno de masa del cual tan ilustrativamente nos habló Freud (1921) dé respuesta, en el sentido de que una masa puede contar con ciertas ligazones afectivas que la convierten en un solo cuerpo unido por un mismo ideal. Una horda sin una cabeza visible que actúa colectivamente de manera impulsiva, sin lograr razonar.

Lo anterior, sin duda, podría profundizarse. No obstante, lo que importa por el momento es tratar de analizar la emergencia que aparece como “unidad” –para muchos envidiable– mostrada en el estadio y algunas de las características cívicas del ser sujeto chileno que aparecen como paradójicas.

Características criollas

Chile, como toda nación, tiene lo propio: la idiosincrasia que lo distingue de otra cultura. Así, tenemos nuestras propias costumbres y nuestros personajes célebres (Eloísa Díaz Insunza, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Clotario Blest, etc.). Así mismo pareciera ser que somos un pueblo de contrastes: Chile es un país tremendamente conservador, llevó años legislar una ley de divorcio, ni hablar del aborto en casos especiales, o la insistencia del Estado en considerar la marihuana como droga dura. Pero por otro lado, Chile entrega el primer título a una mujer (Eloísa Díaz) como médico cirujano en 1887, caso inédito puesto que fue la primera en Chile y Latino América. Sumado a lo anterior, hemos sido protagonistas de elegir democráticamente dos veces a una presidenta de la república mujer, separada y agnóstica.

Además de estos contrastes (fragmentados o esquizoides si se prefiere), son muchas otras las costumbres que se han internalizado o importado tales como, por ejemplo; Halloween, Fifteen Party, Oktoberfest, etc., las que se viven y celebran como si fueran propias. ¿Qué nos dice este hecho sobre las características del pueblo chileno? Un análisis rápido devela una sociedad que tiene dificultades para “ver” y “apreciar” lo propio. Pareciera que lo anterior sólo se consigue al momento de presentarse el fenómeno de la masa: mundial de fútbol, teletón, Chile ayuda a Chile en lluvias o terremotos, pero si no está presente este componente inusitado, sino aparece algo novedoso (emergencia) volvemos a lo de siempre: apatía en el saludo, incapacidad para tomarle la mano a un no vidente, el afanoso empeño de sostener la cara de “culo” en el metro, o negarse a dar el asiento a la embarazada o persona de la tercera edad, apatía al momento de asistir a las votaciones en cada elección, conducir a la ofensiva sin armonía, no atreverse a saludar al vecino, etc. Pareciera que en la singularidad nos cuesta ser lo que no somos en la masa. La masa nos brinda el soporte que la inseguridad de lo individual nos priva.

La violencia y los encapuchados, una mirada política

Los medios de comunicación han destacado los hechos en cada celebración post partido, y como se decía más arriba, ha quedado de manifiesto el desenfreno y descontrol social (en Chile y en Brasil). ¿Acaso el descontrol social será una expresión del descontento social que sólo puede gatillarse cuando el fenómeno social de la masa lo posibilita? ¿Acaso aparece este acto social impulsivo-agresivo cuando cede la represión? ¿Es una manera de manifestarse colectivamente en contra de algún tipo de “violencia” que padece el trabajador común, el estudiante sin mucho capital cultural ni oportunidades ciertas?

Es posible analizar las manifestaciones y desmanes de manera individual, sin embargo, sería un análisis incompleto, puesto que es innegable que la horda opera como masa y que algo enuncia en su arrebato impulsivo. Enunciación que está en otro lugar y que amerita ser indagada.

Es lícito preguntarse: ¿hacia quién va dirigida la agresión en cada destrozo de un bus o de un banco o de una farmacia? ¿Qué se cuela en este acto social impulsivo?

Una definición de violencia (que es diferente a la agresión) indica que es una situación donde el sujeto queda sin la posibilidad de escapar de ella, es un atrapamiento que lo anula en su cualidad de ser, es una opresión vertical que invisibiliza. Pues bien, ¿las manifestaciones de los “chuligans” –como los han llamado en la prensa– podría obedecer a algo de esto? Veamos.

Las acciones de canto jubiloso y destrozos realizadas por los hinchas son una puesta en escena, es una actuación que expresa algo, es una catalización social que tiene su propio lenguaje. ¿Pero cuál?, revisemos un par de ejemplos:

a) Sensación de desigualdad: No es difícil darse cuenta de que muchas personas son víctimas de desigualdades económicas o brechas socio-económicas, las cuales son percibidas como injusticia, por ejemplo: alzas en los combustibles, sueldos a los que solamente se les actualiza el IPC, mientras que por otro lado aparecen las astronómicas ganancias de las APF, ISAPRES y cadenas comerciales. ¿Acaso esto no podría ser una manera de violencia en el sentido de que el sujeto violentado queda anulado y desesperanzado sin la posibilidad de que su reclamo sea oído?

b) La educación: Hoy por hoy, está en boga la reforma a la educación que apunta a cambiar tres ejes (fin al lucro, a la selección y al copago), sin embargo, para lograr esto requiere del éxito de la reforma tributaria. Es posible que en este marco, la ciudadanía perciba esta situación como una sensación en que los que ganan fortunas (muchos de ellos católicos de misa semanal) no quieren tender una mano para que todos puedan vivir con dignidad. ¿Acaso el trabajador y estudiante no lo percibe también paradójico o contradictorio y por lo tanto como otra forma de violencia?

Tal vez, el canto “a capela” a un solo compás traiga consigo esta ilusión de igualdad y dignidad, que se contrasta paradójicamente con la furia desbordada. Arrebato que se rebela contra los otros encapuchados, esos que han violentado constantemente a muchas hordas que, en complicidad de la masa y sin mucho control de sí mismos, emergen como emociones y/o sentimientos desbordados. Es cierto que desmedidos, pero también en cada acto de agresión contra lo propio y lo del otro, se puede extraer un texto que está detrás del acto.

Seguramente, las acciones de estos hinchas no se pueden simplificar a sentimientos de ser maltratados por la desigualdad que persiste y que lo viven constantemente, pero la desconfianza hacia el otro, los gestos ausentes de corresponsabilidad o la seguridad social mejoraría si todos y, en el grado que les corresponde, pudiesen visualizar al otro como igual, como sujeto de derecho y no como alguien que suscita el temor amenazante producto de la persistencia de las brechas que generalmente son sociales y económicas. De esta manera, el ciudadano común, el hincha apasionado encuentra en estos espacios sociales la oportunidad (no muy consciente de ello) de expresar agresivamente un malestar que no logra verbalizar sino que actuar.

5 de junio de 2014

Aborto y Deseo

Por Peter Molineaux

Uno de los ejes centrales en la discusión sobre el aborto, del aborto como tal —legal y seguro–, es la pregunta por el inicio de la vida. Si el inicio es en la concepción, la madre #prestaelcuerpo y las autoridades morales se atribuyen dominio sobre esa mujer porque portaría a un pequeño inocente que necesita protección. Y cuando ese bebé nazca, como sugirió en su momento Sebastián Piñera, la madre, aunque sea una niña, tendrá que desarrollar la madurez suficiente para cuidar a la criatura. Es un tema tan apasionante para el Ex-Presidente que le dedicó desde twitter sus únicos comentarios sobre la Cuenta Pública del 21 de mayo de la Presidenta Bachelet, rompiendo de cierta manera la tradición en la que los presidentes salientes eligen no referirse a temas de contingencia política, por lo menos durante un tiempo prudente luego de dejar La Moneda. Habla, como lo hacen los opositores al aborto, de los niños que están por nacer.

La actual Ministra de Salud, Helia Molina, causó polémica el fin de semana pasado con su frase "Es la mujer la que apechuga en el embarazo, no el cura, ni el de la UDI" en referencia a la conocida posición de la Iglesia Católica y de la derecha conservadora. Esa es la defensa de una mujer desde la preocupación por su salud, por su vida, contra la colonización moralizante de su cuerpo.

El problema de la determinación del inicio de la vida es justamente el problema de cuándo eso que crece en el vientre de una mujer se convierte en otro, distinto a su cuerpo: un otro que por ser sujeto tendría derechos humanos entre los que prima, por supuesto, el derecho a la vida. Hablar de niño o de bebé durante el embarazo apunta en ese sentido. Los niños que están por nacer.

Al pensar el momento de la concepción como el momento en el que aparece un niño, se proyecta hacia ahora lo que sería en el futuro un bebé nacido, ya separado del cuerpo de la madre. Sin embargo, cuando efectivamente nace ese bebé, sigue pegado al cuerpo de la madre y el apechugamineto al que se refiere la Ministra es literal. El pecho, la leche, el abrigo, la mirada de la madre, hacen que viva esa criatura, pero no como un otro sino todavía como parte de su cuerpo. De hecho el infante humano, si sabe algo de su existencia, es en lo que ve en la mirada de su madre. Aunque la madre biológica no esté, por las razones que sean —abandono, adopción, muerte, depresión post-parto—, para hacer existir a ese bebé alguien cumplirá esa función para que el niño que ya nació se vaya haciendo sujeto. Sin esa función no hay sujeto. Es lo que sucede en el síndrome de hospitalismo descrito por Spitz.

Aquella función que lleva a cabo la madre tiene en su centro algo absolutamente singular y bien antojadizo que se llama deseo. El deseo de la madre es el que hace vivir a eso que está por nacer, incluso bastante más allá de su nacimiento. De hecho, lo que los psicoanalistas conocen como el Estadio del Espejo, momento en que por la identificación especular a un otro el bebé humano empieza a organizar su yo, accediendo justamente a la subjetivación, puede no ocurrir hasta los 18 meses. Es decir que ese cuerpo del bebé es aún del cuerpo de la madre el tiempo cronológico equivalente hasta a dos embarazos luego de nacido. Es su deseo sobre su cuerpo el que sostiene a esa vida por nacer y, sobre todo, o por más tiempo al menos, ya nacida. Se reafirma el argumento del apechugamiento: sin el deseo de la madre el bebé no puede vivir.

Ahora bien, el deseo de una mujer no tiene por qué coincidir necesariamente con el deseo de ser madre. Pero es su deseo inconsciente el que permite que se acoja en su vientre a ese apéndice que crece. Dicho simplemente: no hay embarazo no deseado. Hay deseo allí. Puede ser, claro, el deseo de ser madre, pero también puede ser otro deseo: el deseo de hacer lazo, de ser amada, por ejemplo; o el deseo de estar y permanecer embarazada, sin parir jamás. O en su versión más tanática: deseo de joder al otro o de joderse a si misma o a su propia madre o padre. Nada de eso tiene por qué estar alineado con el deseo de ser madre.

La lógica de los niños que están por nacer, en su defensa de la vida, fuerza al deseo de una mujer a someterse al ideal de la maternidad. Lo que se salta, lo que no toma en cuenta, es que para que esa vida viva tiene que haber deseo y que en el umbral entre el deseo de esa mujer que se embarazó y esa madre que hace vivir a una criatura hay un paso que solo puede dar ella.

Es un paso que no incumbe más que a ella porque aún se trata de su deseo.

Ese aún es el que interesa como espacio posible, como momento de decisión de continuar o no con eso que se hizo cuerpo en su cuerpo por su deseo. Abortar, en ese umbral, tendrá que ser legal para que ese tiempo exista, aunque dure algunos días o semanas, porque esa decisión tiene que ser tomada sin convertir a una mujer que desea en criminal por no desear ser madre. Por el otro lado, para no ir demasiado lejos en una sola dirección, el aborto no puede ser banalizado al punto de convertirse en método anticonceptivo porque el deseo que permite cada embarazo no es banal y algo del acto de interrumpir la gestación también irrumpe, a veces brutalmente, en el aparato deseante de esa mujer que se embarazó.

15 de mayo de 2014

Acceso y Absceso

Por Francesca Lombardo

Hasta fines de este mes de mayo en el Teatro La Memoria se está exhibiendo una obra dirigida por Pablo Larraín y actuada por Roberto Farías. Es un largo monólogo que perorea, ofrece, se excede, se reconcentra y en una lengua dislocada, llena de actos apenas puestos en lenguaje, escenifica la hemorragia del sin lugar total de un sujeto descalabrado de principio a fin.

Nada más virulento que la fuerza inicial y la fuerza terminal, la fuerza del vagido de la cría naciendo y el ronquido de la agonía. Pareciera ser eso lo que escuchamos atragantadamente en los cincuenta minutos que dura en escena. Palabras que son cosas palpitantes, pre-semióticas, embadurnadas aún de los detritus placentarios y de la larga catástrofe de haber nacido así no más… sin equipaje, sin palo mayor, sin ancla más que el cuerpo con su gloria y su tragedia.

Me quedo suspendida en la palabra acceso, que da nombre a la obra. Lo más directo es evidentemente lo que se refiere al tránsito por un umbral, tener o no tener la posibilidad, el derecho, la suerte de acceder o no a algo.

En una segunda posibilidad la palabra también indica crisis, ataque, exposición total o parcial de algún tipo de saturación que se vuelve incontenible. Brote, brusca llegada o regreso de un fenómeno patológico por el momento incontenible y en estas acepciones nos acercamos por contigüidad, por fondo y forma significante a la palabra absceso.

Maravillosa potencialidad de las palabras, absceso también es crisis y remite a tránsito, a circulación. Urgencia inminente de dar salida, de drenar lo que ya no puede más mantenerse fijo y colectado.

Un punto culminante de dolencia e insoportabilidad de los tejidos infiltrados por pus, un volcán erigido y palpitante apuntando a eclosionar, a abrirse una salida que descargue, que drene.

Tal vez la obra invita a mirar el absceso, verlo latir al extremo, por momentos ver su punta de picadura, su punctum y la perforación que nunca logra el vaciamiento completo porque quizás eso sería aún recuperable, saneable, higienizable.

Estamos invitados a ver eso, el daño enquistado ya sea en quistes duros o blandos, necrosis transgeneracional que no obedece ya, que no responde a institucionalidad alguna ni a buena o mala conciencia social ninguna.

Sandokan, el héroe de Salgari (apodo del protagonista), como un chamán extraviado se sigue enfermando gravemente en y por su pueblo. Sandokan gana su vida y mientras lo hace drena en el lenguaje, en los gestos, en la violencia feroz el no querer morir aún.

Este gladiador urbano enarbola un cuerpo que es a la vez absceso y acceso traficado por curitas, tíos, gimnasios, hogares de internación, pizzas… Sandokan del Transantiago es una medida sacrificial que en general pasa desapercibida y que a la vez no deja de ser una medida económica que concierne a los flujos, así como concentración necrótica y supuraciones varias en la carne expuesta ofertada a cualquier postor para que supuestamente otras áreas del organismo simulen salud, vendan y compren indulgencias, hagan abstracto aquello que escapa, resiste, se pudre y en esa descomposición enumera lo irrecuperable del bastión de carne humana sufriente y gozante contra todo y a pesar de todo.

La obra está ocurriendo. Véanla.

8 de mayo de 2014

Deseo Gratuito y de Calidad

Por Antonio Moreno Obando
@monodias

A propósito de esta nueva jornada ciudadana en el nombre de la educación, somos todos otra vez convocados por los estudiantes a tomar posición sobre la manera en que estamos modelando nuestro pacto social y no será este el día en que ignoremos este llamado.

Nos aparece hace ya largo rato una pregunta por cuál es el lugar que tiene este atributo misterioso llamado calidad en materias educativas. Esta búsqueda de la cualidad diferenciadora en un modelo de mercado, resulta en una enorme insatisfacción que se instala como una incógnita, llenado de producciones argumentativas de toda clase en los medios. Mientras unos intentan como siempre dominar el misterio y pretender responder en forma rápida y rentable, otros se quedan en la posibilidad de quedarse un momento en el problema para devolverse hacia la búsqueda de un sentido que no termina de llegar, pero que provoca participación y producción de conocimientos nuevos.

En estas discontinuidades, en donde las necesidades no quedan del todo satisfechas a través de las tasas de retorno o de probados modelos técnicos, surge un lugar propicio para que los conceptos psicoanalíticos se pongan a trabajar.

Muy temprano en la obra de Freud aparece un irremediable descalce humano entre el impulso natural a la sobrevivencia y aquel que en forma gratuita y costosa destinamos al placer. Esta diferencia sitúa en lugares paralelos por un lado a la necesidad con su fin de satisfacción predeterminado y por otra al deseo que siempre deja un resto de insatisfacción para seguir siempre deseando.

En cierto momento de la lectura lacaniana, esta necesidad se desnaturaliza en la ambigüedad del lenguaje y queda bajo la formulación de una demanda, la cual si bien puede por momentos pretender algo determinado, en definitiva apunta a una demanda de amor en el sentido amplio.

Así como en el siglo XX se abrió una pugna en las psicologías preguntándose si acaso hay respuestas psíquicas naturales que cancelen determinados apremios, de alguna manera en nuestro incipiente siglo XXI chileno, vemos inquietudes similares replicadas en el espacio público, particularmente en los últimos tiempos a propósito de la buena Calidad y su inseparable búsqueda de Atributo.

Si acaso el problema de la calidad en la educación se tratara de necesidades, el concepto de calidad estaría más o menos definido por criterios de formulación estratégica y la optimización de los procesos objetivos puestos en juegos en el aula. Esta afirmación desde el lente omnisciente del commodity, simplifica el acto del aprendizaje a la adquisición de la adecuada información para la adaptación al medio y su consecuente éxito en la sobrevivencia. Pero a pesar de este intento de pulcritud metodología, de todas formas arrastra inevitables a prioris ya conocidos, como por ejemplo entender al hombre como un organismo individual, perfectamente natural, potencialmente apto si las proteínas del adn mitocondrial lo permiten, heterosexual por fisiología, sano mentalmente y siempre buscando el éxito. Desde estos supuestos, el aprendizaje se logra cultivando con información estimulante al instinto natural bien inspirado para sobrevivir y ser el más apto en un salvaje mundo libre.

Pero si por un momento pensamos esta calidad desde la vereda del deseo y su demanda de amor irreductible, si lo leemos desde el malentendido del lenguaje, si no queremos saciar del todo la insatisfacción que produce, nos encontraremos con un sujeto determinado por un colectivo y por lo tanto con una posición subjetiva, para bien o para mal.

Deseo en este sentido irreductible significa que lo que ese sujeto logra demandar no está del todo articulado en lo que dice, pero que desde ese resto humano es capaz de producir cultura y crear formas diversas para el pacto social. Entonces el aprendizaje ya deja de estar en la dimensión del más apto y se acerca a la dimensión del placer.

Si la demanda del lado del deseo es escuchada y acogida, algo se va transfiriendo del uno hacia el lugar del Otro en la forma de una demanda de amor, especialmente si le ocurre en una sala de clases a un niño que está al cuidado de un adulto significativo. La producción de ese adulto a cargo es una oferta de discurso que se empalma como un saber en el deseo de sentido de un niño, posición deseante que se volvió política el 2011 cuando para recuperar esa subjetividad debieron tomarse sus colegios.

Lo obtuso de la demanda callejera, lo que porfiadamente persiste hasta hoy tiene que ver con la demanda de amor, esto es, educación gratuita y de calidad como un derecho. Es un derecho a transitar por la escuela como un lugar que le dé cabida a la subjetividad, que acoja a los sujetos en sus demandas, esas que se enuncian como urgencias inmediatas, pero que luego deviene en un espacio gratuito para el amor, de ese imposible que busca a diario una cualidad.

Pidamos en el espacio público lugar para nuestro deseo como un derecho en la ciudad, derecho a una erótica con el conocimiento, que sea igual para todos, que sea gratuito y que su calidad sea la capacidad de seguir siempre deseando.

25 de abril de 2014

La Furia Urbana

Por Peter Molineaux

Esto empezó con los automóviles. Se ha llamado road rage y se trata de la ira desplegada en las calles y carreteras por aquellos sentados detrás del volante. En la versión chilena se escuchan los gritos alusivos a los escrotos, familiares o vida sexual del conductor que ha osado interponerse entre el iracundo y su ruta: ¡saco 'e hueeeaaas! ¡conchetumareeeee! ¡vieja culiaaaaaa!

La película ganadora del Oscar en 2006, Crash, ponía en boca de uno de sus protagonistas un conmovedor pero fantasioso análisis sobre los choques: "en L.A. nadie te toca. Siempre estamos detrás de metal y vidrio. Creo que extrañamos tanto ser tocados que chocamos en nuestros autos los unos con los otros para poder sentir algo."

En Santiago, hoy, la ira al volante ya está consagrada. Sin embargo, lo que llama la atención es que algo de esa explosión rabiosa ha rebalsado los límites de la calle motorizada para encontrar expresión tanto en las ciclovías como en las veredas de la ciudad. Ya los Ciclistas Furiosos inauguraron en los noventa la rabia pedaleante y recientemente se agrega la novedad de los caminantes enrabiados con los ciclistas por andar en la vereda. Los peatones reaccionan, quizás, al susto que vivieron alguna vez al confundir una ciclovía con un sendero y recibir el grito o la convulsión del timbre de algún ciclista: ¡por la ciclovía no, hueón!

Lo que preocupa de esta furia, su característica especial, es que cada protagonista enrabiado está enchuchado desde el sentimiento de que lucha por su derecho. El otro, el que cruza su camino, está pisoteando o atropellando el trecho de ciudad que es mío. Esta combinación de ira y derecho tiene la particularidad de que la certeza de tener la razón autoriza al sujeto a desatar su rabia sin freno. Como la ira de Dios, que a diferencia de la humana sería santa y no pecadora, se perfila la ira con derecho. Se produce así una alianza inflamable entre la moral y el impulso que causa constantes gritoneos en las calles de la ciudad.

En El Yo y El Ello, Freud introduce para el psicoanálisis lo que se conoce como la segunda tópica, una novedad en la manera de ubicar los elementos del aparato psíquico. Además de los dos términos que dan nombre a la obra, se presenta al Superyó como tercera instancia intrapsíquica. El Ello, la reserva pulsional del aparato, busca saciar los instintos más básicos del sujeto sin importar el costo. El Superyó, representante interno de las prohibiciones y restricciones de la civilización, exige con rigor y castigo que se haga lo moralmente correcto. En el medio, aquel que Sigmund llamó vasallo, es decir el Yo, intenta mantener las cosas en relativa paz, dando algunas satisfacciones a cada lado y viéndoselas con la presión de los aumentos de tensión dentro del aparato.

Para ayudar en su humilde tarea, el Yo se sirve de la tradicional oposición entre lo que quiere el Ello y lo que restringe el Superyó. Si el uno quiere el desenfreno carnal, el otro hace uso de su aliado, el Sentimiento de Culpa, para aplacar con los valores de la civilización reinante aquellos impulsos que amenazan el orden establecido. El Yo en ese caso, sólo tiene que hacer de auspiciador del Superyó y reprime los instintos más básicos, manteniendo la añorada calma... ya le dará un lugar en los sueños a las peticiones ardientes del Ello.

Sin embargo, como en el sadismo o el masoquismo, cuando en el Superyó ocurre la transformación con aires perversos que introduce una moral incivilizada, es decir en la que no hay que entregar nada a cambio del goce, el vasallo –el Yo– no puede mantener alejado mucho tiempo al Ello, pues para éste es irresistible la oferta de gozar sin perder. Cuando se logra esa alianza entre Ello y Superyó, dejando al Yo desprovisto de su capacidad para negociar, se producen estas descargas pulsionales que tienen la particularidad de estar autorizadas por el Superyó a través de un Bien que se sustenta en lo antojadizo.

Que el Bien sea mi pista por la que transita mi habitáculo intocable o mi vereda para los que andamos a pie o mi ciclovía para los que evolucionamos más allá del motor ("un auto menos, amigo") tiene, además del sello individualista que no pasa por el pacto social, una ética del cualquier cosa, propia tanto del post-modernismo hecho sentido común como del discurso capitalista. Para el primero: cada uno con su verdad. Para el segundo: no me haces falta porque si falta me lo compro.

En este contexto ético, Mi Bien es El Bien y en el aparato psíquico ocurre que el Yo, fiel a sus inicios como efecto del narcisismo, no ve barreras frente a Su Bien y se hace a un lado para dar curso a la alianza entre el Ello que quiere todo y el Superyó que le autoriza el goce sin restricciones en el acto de castigar sádicamente al infractor del Bien.

El año 2011, para los nostálgicos del Movimiento Estudiantil, la calle encendió con una chispa fundada en el Bien Común. Además, su crítica al lucro estaba anclada en la claridad que dio ese destello respecto a la trampa del capitalismo galopante, con la fórmula astuta que este aplica sobre el sujeto y que recordábamos el año pasado al hablar de Laurence. Pero ya reinstalados los semáforos y repavimentada la acera quemada, se vuelve a sentir en la calle ese aire de furia contra todo aquel que no comulgue exactamente en mi idiosincrasia.

Desde sus bolsillos y carteras, los sujetos así cargados con la ira con derecho, hacen lo mismo en las redes sociales. El linchamiento digital de Rafael Gumucio la semana pasada por twitear una frase relativamente cruel y bastante infundada sobre los animales siendo rescatados del incendio en Valparaíso muestra a este fenómeno furioso exacerbado por el anonimato y la inmediatez del aparato electrónico. Amar a los animales, en ese caso, toma para los linchadores el lugar del Bien y el Yo baja la guardia fascinado por que el Bien sea suyo, dejando que la pulsión agresiva que convive en el Ello con las pulsiones sexuales se desate hasta frases de amenaza de castigo físico para el escritor e incluso para su familia.

La ira con derecho, aquella que se autoriza a si misma la desde un Bien cualquiera, tiene en su filo la capacidad de permitir a cada uno descargar su pulsión contra cualquier otro sin restricción, lo que va justamente en contra de la función de la ciudad: proteger a los precarios seres humanos de las fuerzas de la naturaleza y, por supuesto, de la fuerza de su propia furia.