9 de agosto de 2014

El Ideal Tradicional de Van Rysselberghe

Por Peter Molineaux

Esta semana, la Senadora UDI Jacqueline Van Rysselberghe se enfrentó al Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) con sus declaraciones basadas en un estudio realizado en la Universidad de Texas financiado por un grupo lobista ultraconservador cristiano de Washington, el Family Research Council. Entre los dichos de la parlamentaria destaca lo siguiente: 

"Lo óptimo para un niño es tener una figura paterna y una materna que tengan una relación estable para poder desarrollarse emocional y psicológicamente bien." Luego profundiza en su lectura de las conclusiones del estudio tejano: "(...) porcentualmente las parejas homosexuales tienen mucho mayores niveles de inestabilidad, tienen mucho mayores niveles de violencia, y se ha visto, además, que los niños que viven con parejas homosexuales también tienen mayores niveles de ansiedad, de inestabilidad laboral cuando son adultos y de una serie de otros factores que llevan a pensar que es mejor que vivan con un referente materno y paterno tradicional."

Al escuchar la respuesta del Movilh, que subrayó el descrédito generalizado del estudio en cuestión, Van Rysselberghe acusa a los movimientos homosexuales de ser "extremadamente agresivos" cuando hay gente como ella que tiene una "posición distinta," intentando con esto relativizar el consenso académico de que no hay efectos psicológicos negativos en niños criados por parejas homosexuales al ser comparados con aquellos criados por parejas heterosexuales.

Además de la homofobia, que por supuesto recibirá siempre una reacción fuerte de las agrupaciones de diversidad sexual, la Senadora utiliza la palabra óptimo para describir la situación perfecta para la crianza: mamá, papá, amor por siempre. Ese ideal, clavado en los corazones de los más conservadores, tiene por su estructura el efecto violento de excluir de la vida familiar a aquellos que no cumplen con las características que exige, arrastrando a su paso a las madres o padres solteros, viudas o divorciados, a los abuelos, a las tías, hermanos mayores o padrastros, sean homosexuales o heterosexuales que crían hijos. Para aquel ideal solo vale la crianza dentro del matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer, esa institución que por lo demás carga en su historia con toda la serie de nupcias forzadas, golpes de macho, asesinatos y otras tantas barbaridades que siguen al y vivieron felices para siempre...

El Ideal Tradicional se alimenta y prospera en el sector conservador de nuestro país que representa la Senadora Van Rysselberghe así como en las agrupaciones reaccionarias en todo el mundo occidental. El problema es que ese Ideal, al ser defendido en el Senado y al impedir que se aprueben las leyes efectivas que permitan el acceso de los homosexuales al matrimonio y a la adopción de hijos, ejerce el efecto de la exclusión de una parte de los ciudadanos de un buen pedazo de la vida civil.

El ideal funciona dentro del aparato psíquico como Ideal del Yo, es decir aquello con lo que el Yo se compara desde las exigencias morales y sociales de la cultura en la que ese Yo habita. El Yo se identifica al ideal. Quiere parecérsele, por así decir. El Ideal Tradicional que promueven los ultraconservadores, que funciona de hecho incluso en los aparatos psíquicos de buena cantidad de almas más bien progresistas, tiene efectos devastadores en aquellos sujetos que por su historia u orientación sexual no pueden parecérsele. Sobran los testimonios de la crisis que vive un adolescente gay al enfrentarse a ese mismo ideal en su propio mundo interno o de el derrumbe que produce una separación matrimonial en los que ya no soportan estar casados a pesar de querer el matrimonio para toda la vida.

Cuando Van Rysselberghe promueve en lo político su Ideal y busca sus efectos en lo legislativo, intentando ejercerlo sobre la vida de las personas que no se le parecen, actúa anulando violentamente la singularidad de la diferencia de cada historia de cada sujeto en lo más íntimo: su vida sexual y su vida familiar.

Un aspecto central del argumento de la posición de la Senadora es que esto se hace para proteger a los niños, quienes necesitarían de un referente materno y paterno para desarrollarse como se debe.

La importancia de la diferencia entre un sexo y otro en el inicio de la subjetivación de un niño es innegable desde Freud. El hecho de que hay uno que tiene y otro que no inaugura todas las diferencias que siguen, haciendo posible justamente la singularidad que tendrá que vérselas más adelante con los ideales que aterrizan en el aparato psíquico desde la cultura reinante. Esta necesidad de diferencia podría tentar a un psicoanalista a decir que debe, entonces, haber un padre y una madre para que un infante humano se convierta en sujeto. Pero la necesidad de diferencia no es en cuanto a la diferencia sexual anatómica de los que la Senadora llama referentes maternos y paternos, sino a la instalación simbólica del tener y no tener, que ocurrirá de todas maneras en niños y niñas porque, justamente, existen niños y niñas con anatomías distintas – uno que tiene y otra que no tiene. 

Desde ahí los pequeños aparatos psíquicos de esos niños se abastecen de toda la diversidad que se les presente. Un niño incorpora la diversidad desde que sabe de la diferencia. Sin embargo, si crecen con una ley defendida por parlamentarios que excluyen a sus padres, madres, primas, tíos o hermanas por no caber en el Ideal Tradicional, están más expuestos a desarrollar esos mayores niveles de ansiedad e inestabilidad que preocupan tanto a Van Rysselberghe y los suyos.

14 de julio de 2014

La violencia de estos acuerdos

Por Antonio Moreno Obando
@monodias

El regreso de nuestra vieja política de los acuerdos nos ha dejado inquietos. Si bien reaparecen estos selfies de unidad como una forma de dar tranquilidad al lego reclamante, deja en todas las partes un resto de insatisfacción. Llegan temprano las quejas de vulneración de los principios, pero rápido se responde que la madurez política  es así. Aun considerando los avances en las tácticas de los bandos, hay algo en esta repetida ecuación que nos recorta algo más que lo aceptable.  

Resulta útil tomar el problema que plantea el italiano Esposito sobre la tensión irreductible entre el acto político y la filosofía política: así como el uno trata de provocar al otro, por más que lo intenten no hay forma de que estén en una relación continua. Esta separación se hace familiar al psicoanálisis, ya que a partir de un alma humana escindida, eso que es provocado desde el conflicto como un acto, nunca logra ser sofocado o al menos explicado del todo desde las representaciones y el orden de sentido que supone la filosofía política y sus lógicas.

Desde este problema entonces nos cabe la pregunta de si nuestra política de los acuerdos está más del lado de un genuino acto político o está del lado de la parsimonia filosófica de una explicación en favor de la estabilidad.

Este problema del acto político y su realidad viene a enredarse en la lectura que hace Marcuse de Freud sobre el mecanismo de la sublimación y su función en la sociedad, entendiéndola como el esfuerzo del aparato psíquico por cambiar el objeto sexual de nuestras pulsiones en favor de satisfacciones más aceptables para un sujeto que por ser social, es exigido y vigilado. Dice Marcuse “la cultura obtiene una gran parte de la energía mental que necesita sustrayéndola de la sexualidad.” Luego agrega una cita de Freud en El malestar en la cultura: “el trabajo diario de ganarse la vida ofrece una particular satisfacción cuando ha sido seleccionado libremente.” Marcuse problematiza la posibilidad de que las condiciones materiales del trabajo y su forma de producción en este modelo económico permitan efectivamente al sujeto trabajador elegir libremente lo que hace.

En un territorio como el chileno, los cuerpos son exigidos para ser mejor que el otro, para tener el máximo mérito en sus niños y así merecer una educación de calidad cuyo fin es ser entrenado en una labor que en la adultez le permita calificar a la máxima capacidad de endeudamiento. El resultado es que los montos de insatisfacción en esta cadena productiva nacional son directamente proporcionales a los esfuerzos que debemos hacer para hacer crecer la economía.

¿Dónde queda en el sujeto el profundo disgusto por su trabajo? ¿En qué minuto y de qué forma ese malestar aparece en el espacio público y qué relación tiene con la violencia?

Volver a darse la mano para un acuerdo, hoy en este país, no es necesariamente un genuino acto político. Sí es posible entenderlo como un ordenamiento de las representaciones que pueda darle una mayor operatividad a las actuales lógicas de producción. Si el acto de nuestra maquina productiva tiene estatuto de político o de violencia, es otra discusión que debemos dar muy pronto, de una vez por todas. Quizás para la asamblea constituyente.

Pero, desde la lógica de Esposito, este nuevo reordenamiento de Reforma Tributaria no logra ser un genuino acto político. Solo alcanza a ser una reafirmación ideológica desde la cual no hay espacio para acoger el conflicto, todo lo contrario, más bien pretende controlarlo hasta hacerlo parte de su equilibrio. En ningún momento pretende decir algo sobre el malestar de los cuerpos que trabajan sin satisfacción alguna en una cadena productiva, esos que han salido a la calle durante estos años a marchar por otra educación para sus hijos, que han votado a regañadientes por la actual Nueva Mayoría y que deben mirar cómo sus representantes se fortalecen en lógicas que no les pertenecen como votantes.

Actos políticos más bien parecen las manifestaciones de violencia que no hemos parado de ver mientras se reinstalaban los grandes acuerdos. Una y otra y mil veces, el conflicto asoma sin razones, pero cometidos por esos cuerpos llenos de algo que no tiene forma de explicarse en la lógica de los acuerdos. Entonces una y otra vez la plaza pública con sus representantes condenan y sancionan moralmente aquello con lo cual no son capaces de relacionarse, esperando que esos actos sean al fin acomodados a los acuerdos que con tanta tinta han firmado.

Si bien el malestar estará siempre presente en nuestros cuerpos trabajadores, aunque paguen más o menos impuestos, lo que se pide a los representantes de la ciudadanía y a sus mecanismos instituciones es al menos un reconocimiento del acto político; pero no la política de etiquetarse en sus propias fotos, sino de hacer el gesto de poner en palabras nuestros malestares, nuestras sexualidades, nuestras subjetividades, porque todo eso es en definitiva lo que constituye y legitima el Estado.

28 de junio de 2014

La emergencia del canto "a capela" del himno patrio

Por Mauricio Pizarro
@mpizarrocastill

Es difícil que el canto “a capela” de los hinchas durante el mundial de fútbol Brasil 2014 pasara indiferente, al margen de la nacionalidad de quien lo escuchaba. Fuimos testigos de cómo la emoción del canto nos llevó hasta al punto de las lágrimas junto a esa sensación de “piel de gallina” cada vez que, al término del minuto protocolar, los chilenos lo continuaban entonando hasta el final. Los medios de comunicación de todo el mundo no tardaron en elogiar esta acción como algo inédito, novedoso y como una inesperada muestra de patriotismo.

Los chilenos que cantaban a “todo pulmón” en cada partido, fueron los protagonistas de una “emergencia," es decir, de aquello que emergió inesperadamente como novedad para todo el mundo.

Ahora bien, ¿Qué devela de nuestro “ser” chileno esta muestra explícita de patriotismo? ¿Es posible realizar un análisis social de los marcos referenciales y sociales de cómo se configura el sujeto chileno?

Para poder responder estas preguntas, regresemos brevemente a la emergencia. Esta se configura cuando algo irrumpe como inesperado, pero trae consigo un sentido, entrega información sobre aquello que no es visible en el entramado social. Una especie de radiografía, porque se requiere de otro tipo de “luz” para mostrar lo que no se ve a simple vista.

Una paradoja

Por un lado, aparecieron miles de hinchas que como embajadores de lo chileno, se esforzaron por arengar y mostrarle al mundo que el himno patrio los convocaba, los unía y los hacía iguales, casi hermanos –se pudo pensar en más de una oportunidad– porque todos hicieron fuerza común por un solo ideal: ¿ganar? No. Es mucho más que eso. 
 
Después de esta muestra de “nacionalismo," cualquier persona podría haber pensado que Chile evidenciaba ser un país unido, colaborativo y solidario. En el fondo, Chile aparecía con una identidad, donde las diferencias de todo tipo no existían (aunque fuese por breves segundos).

Por otra parte, en Santiago las noticias informaban cómo después de cada triunfo la masa celebrante destruía lo que encontraba a su paso: buses quemados y secuestrados, robos y malos tratos. ¿Dónde estaba el ideal que nos convertía en hermanos al punto de las lágrimas? ¿Podría tratarse del mismo patriotismo?

Una pregunta que es difícil de evadir nos apunta en la siguiente dirección: lo que muestra cada una de estas acciones sociales y cómo aparecen como contraste la una de la otra. Es decir, por un lado, el pueblo canta anidado, unido en una sola voz; por otro lado, la misma unión podría ser capaz de arrasar con lo que encuentra a su paso. ¿Qué es esta impulsividad de la marea roja (acá y allá)?

Es posible que el fenómeno de masa del cual tan ilustrativamente nos habló Freud (1921) dé respuesta, en el sentido de que una masa puede contar con ciertas ligazones afectivas que la convierten en un solo cuerpo unido por un mismo ideal. Una horda sin una cabeza visible que actúa colectivamente de manera impulsiva, sin lograr razonar.

Lo anterior, sin duda, podría profundizarse. No obstante, lo que importa por el momento es tratar de analizar la emergencia que aparece como “unidad” –para muchos envidiable– mostrada en el estadio y algunas de las características cívicas del ser sujeto chileno que aparecen como paradójicas.

Características criollas

Chile, como toda nación, tiene lo propio: la idiosincrasia que lo distingue de otra cultura. Así, tenemos nuestras propias costumbres y nuestros personajes célebres (Eloísa Díaz Insunza, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Clotario Blest, etc.). Así mismo pareciera ser que somos un pueblo de contrastes: Chile es un país tremendamente conservador, llevó años legislar una ley de divorcio, ni hablar del aborto en casos especiales, o la insistencia del Estado en considerar la marihuana como droga dura. Pero por otro lado, Chile entrega el primer título a una mujer (Eloísa Díaz) como médico cirujano en 1887, caso inédito puesto que fue la primera en Chile y Latino América. Sumado a lo anterior, hemos sido protagonistas de elegir democráticamente dos veces a una presidenta de la república mujer, separada y agnóstica.

Además de estos contrastes (fragmentados o esquizoides si se prefiere), son muchas otras las costumbres que se han internalizado o importado tales como, por ejemplo; Halloween, Fifteen Party, Oktoberfest, etc., las que se viven y celebran como si fueran propias. ¿Qué nos dice este hecho sobre las características del pueblo chileno? Un análisis rápido devela una sociedad que tiene dificultades para “ver” y “apreciar” lo propio. Pareciera que lo anterior sólo se consigue al momento de presentarse el fenómeno de la masa: mundial de fútbol, teletón, Chile ayuda a Chile en lluvias o terremotos, pero si no está presente este componente inusitado, sino aparece algo novedoso (emergencia) volvemos a lo de siempre: apatía en el saludo, incapacidad para tomarle la mano a un no vidente, el afanoso empeño de sostener la cara de “culo” en el metro, o negarse a dar el asiento a la embarazada o persona de la tercera edad, apatía al momento de asistir a las votaciones en cada elección, conducir a la ofensiva sin armonía, no atreverse a saludar al vecino, etc. Pareciera que en la singularidad nos cuesta ser lo que no somos en la masa. La masa nos brinda el soporte que la inseguridad de lo individual nos priva.

La violencia y los encapuchados, una mirada política

Los medios de comunicación han destacado los hechos en cada celebración post partido, y como se decía más arriba, ha quedado de manifiesto el desenfreno y descontrol social (en Chile y en Brasil). ¿Acaso el descontrol social será una expresión del descontento social que sólo puede gatillarse cuando el fenómeno social de la masa lo posibilita? ¿Acaso aparece este acto social impulsivo-agresivo cuando cede la represión? ¿Es una manera de manifestarse colectivamente en contra de algún tipo de “violencia” que padece el trabajador común, el estudiante sin mucho capital cultural ni oportunidades ciertas?

Es posible analizar las manifestaciones y desmanes de manera individual, sin embargo, sería un análisis incompleto, puesto que es innegable que la horda opera como masa y que algo enuncia en su arrebato impulsivo. Enunciación que está en otro lugar y que amerita ser indagada.

Es lícito preguntarse: ¿hacia quién va dirigida la agresión en cada destrozo de un bus o de un banco o de una farmacia? ¿Qué se cuela en este acto social impulsivo?

Una definición de violencia (que es diferente a la agresión) indica que es una situación donde el sujeto queda sin la posibilidad de escapar de ella, es un atrapamiento que lo anula en su cualidad de ser, es una opresión vertical que invisibiliza. Pues bien, ¿las manifestaciones de los “chuligans” –como los han llamado en la prensa– podría obedecer a algo de esto? Veamos.

Las acciones de canto jubiloso y destrozos realizadas por los hinchas son una puesta en escena, es una actuación que expresa algo, es una catalización social que tiene su propio lenguaje. ¿Pero cuál?, revisemos un par de ejemplos:

a) Sensación de desigualdad: No es difícil darse cuenta de que muchas personas son víctimas de desigualdades económicas o brechas socio-económicas, las cuales son percibidas como injusticia, por ejemplo: alzas en los combustibles, sueldos a los que solamente se les actualiza el IPC, mientras que por otro lado aparecen las astronómicas ganancias de las APF, ISAPRES y cadenas comerciales. ¿Acaso esto no podría ser una manera de violencia en el sentido de que el sujeto violentado queda anulado y desesperanzado sin la posibilidad de que su reclamo sea oído?

b) La educación: Hoy por hoy, está en boga la reforma a la educación que apunta a cambiar tres ejes (fin al lucro, a la selección y al copago), sin embargo, para lograr esto requiere del éxito de la reforma tributaria. Es posible que en este marco, la ciudadanía perciba esta situación como una sensación en que los que ganan fortunas (muchos de ellos católicos de misa semanal) no quieren tender una mano para que todos puedan vivir con dignidad. ¿Acaso el trabajador y estudiante no lo percibe también paradójico o contradictorio y por lo tanto como otra forma de violencia?

Tal vez, el canto “a capela” a un solo compás traiga consigo esta ilusión de igualdad y dignidad, que se contrasta paradójicamente con la furia desbordada. Arrebato que se rebela contra los otros encapuchados, esos que han violentado constantemente a muchas hordas que, en complicidad de la masa y sin mucho control de sí mismos, emergen como emociones y/o sentimientos desbordados. Es cierto que desmedidos, pero también en cada acto de agresión contra lo propio y lo del otro, se puede extraer un texto que está detrás del acto.

Seguramente, las acciones de estos hinchas no se pueden simplificar a sentimientos de ser maltratados por la desigualdad que persiste y que lo viven constantemente, pero la desconfianza hacia el otro, los gestos ausentes de corresponsabilidad o la seguridad social mejoraría si todos y, en el grado que les corresponde, pudiesen visualizar al otro como igual, como sujeto de derecho y no como alguien que suscita el temor amenazante producto de la persistencia de las brechas que generalmente son sociales y económicas. De esta manera, el ciudadano común, el hincha apasionado encuentra en estos espacios sociales la oportunidad (no muy consciente de ello) de expresar agresivamente un malestar que no logra verbalizar sino que actuar.

5 de junio de 2014

Aborto y Deseo

Por Peter Molineaux

Uno de los ejes centrales en la discusión sobre el aborto, del aborto como tal —legal y seguro–, es la pregunta por el inicio de la vida. Si el inicio es en la concepción, la madre #prestaelcuerpo y las autoridades morales se atribuyen dominio sobre esa mujer porque portaría a un pequeño inocente que necesita protección. Y cuando ese bebé nazca, como sugirió en su momento Sebastián Piñera, la madre, aunque sea una niña, tendrá que desarrollar la madurez suficiente para cuidar a la criatura. Es un tema tan apasionante para el Ex-Presidente que le dedicó desde twitter sus únicos comentarios sobre la Cuenta Pública del 21 de mayo de la Presidenta Bachelet, rompiendo de cierta manera la tradición en la que los presidentes salientes eligen no referirse a temas de contingencia política, por lo menos durante un tiempo prudente luego de dejar La Moneda. Habla, como lo hacen los opositores al aborto, de los niños que están por nacer.

La actual Ministra de Salud, Helia Molina, causó polémica el fin de semana pasado con su frase "Es la mujer la que apechuga en el embarazo, no el cura, ni el de la UDI" en referencia a la conocida posición de la Iglesia Católica y de la derecha conservadora. Esa es la defensa de una mujer desde la preocupación por su salud, por su vida, contra la colonización moralizante de su cuerpo.

El problema de la determinación del inicio de la vida es justamente el problema de cuándo eso que crece en el vientre de una mujer se convierte en otro, distinto a su cuerpo: un otro que por ser sujeto tendría derechos humanos entre los que prima, por supuesto, el derecho a la vida. Hablar de niño o de bebé durante el embarazo apunta en ese sentido. Los niños que están por nacer.

Al pensar el momento de la concepción como el momento en el que aparece un niño, se proyecta hacia ahora lo que sería en el futuro un bebé nacido, ya separado del cuerpo de la madre. Sin embargo, cuando efectivamente nace ese bebé, sigue pegado al cuerpo de la madre y el apechugamineto al que se refiere la Ministra es literal. El pecho, la leche, el abrigo, la mirada de la madre, hacen que viva esa criatura, pero no como un otro sino todavía como parte de su cuerpo. De hecho el infante humano, si sabe algo de su existencia, es en lo que ve en la mirada de su madre. Aunque la madre biológica no esté, por las razones que sean —abandono, adopción, muerte, depresión post-parto—, para hacer existir a ese bebé alguien cumplirá esa función para que el niño que ya nació se vaya haciendo sujeto. Sin esa función no hay sujeto. Es lo que sucede en el síndrome de hospitalismo descrito por Spitz.

Aquella función que lleva a cabo la madre tiene en su centro algo absolutamente singular y bien antojadizo que se llama deseo. El deseo de la madre es el que hace vivir a eso que está por nacer, incluso bastante más allá de su nacimiento. De hecho, lo que los psicoanalistas conocen como el Estadio del Espejo, momento en que por la identificación especular a un otro el bebé humano empieza a organizar su yo, accediendo justamente a la subjetivación, puede no ocurrir hasta los 18 meses. Es decir que ese cuerpo del bebé es aún del cuerpo de la madre el tiempo cronológico equivalente hasta a dos embarazos luego de nacido. Es su deseo sobre su cuerpo el que sostiene a esa vida por nacer y, sobre todo, o por más tiempo al menos, ya nacida. Se reafirma el argumento del apechugamiento: sin el deseo de la madre el bebé no puede vivir.

Ahora bien, el deseo de una mujer no tiene por qué coincidir necesariamente con el deseo de ser madre. Pero es su deseo inconsciente el que permite que se acoja en su vientre a ese apéndice que crece. Dicho simplemente: no hay embarazo no deseado. Hay deseo allí. Puede ser, claro, el deseo de ser madre, pero también puede ser otro deseo: el deseo de hacer lazo, de ser amada, por ejemplo; o el deseo de estar y permanecer embarazada, sin parir jamás. O en su versión más tanática: deseo de joder al otro o de joderse a si misma o a su propia madre o padre. Nada de eso tiene por qué estar alineado con el deseo de ser madre.

La lógica de los niños que están por nacer, en su defensa de la vida, fuerza al deseo de una mujer a someterse al ideal de la maternidad. Lo que se salta, lo que no toma en cuenta, es que para que esa vida viva tiene que haber deseo y que en el umbral entre el deseo de esa mujer que se embarazó y esa madre que hace vivir a una criatura hay un paso que solo puede dar ella.

Es un paso que no incumbe más que a ella porque aún se trata de su deseo.

Ese aún es el que interesa como espacio posible, como momento de decisión de continuar o no con eso que se hizo cuerpo en su cuerpo por su deseo. Abortar, en ese umbral, tendrá que ser legal para que ese tiempo exista, aunque dure algunos días o semanas, porque esa decisión tiene que ser tomada sin convertir a una mujer que desea en criminal por no desear ser madre. Por el otro lado, para no ir demasiado lejos en una sola dirección, el aborto no puede ser banalizado al punto de convertirse en método anticonceptivo porque el deseo que permite cada embarazo no es banal y algo del acto de interrumpir la gestación también irrumpe, a veces brutalmente, en el aparato deseante de esa mujer que se embarazó.

15 de mayo de 2014

Acceso y Absceso

Por Francesca Lombardo

Hasta fines de este mes de mayo en el Teatro La Memoria se está exhibiendo una obra dirigida por Pablo Larraín y actuada por Roberto Farías. Es un largo monólogo que perorea, ofrece, se excede, se reconcentra y en una lengua dislocada, llena de actos apenas puestos en lenguaje, escenifica la hemorragia del sin lugar total de un sujeto descalabrado de principio a fin.

Nada más virulento que la fuerza inicial y la fuerza terminal, la fuerza del vagido de la cría naciendo y el ronquido de la agonía. Pareciera ser eso lo que escuchamos atragantadamente en los cincuenta minutos que dura en escena. Palabras que son cosas palpitantes, pre-semióticas, embadurnadas aún de los detritus placentarios y de la larga catástrofe de haber nacido así no más… sin equipaje, sin palo mayor, sin ancla más que el cuerpo con su gloria y su tragedia.

Me quedo suspendida en la palabra acceso, que da nombre a la obra. Lo más directo es evidentemente lo que se refiere al tránsito por un umbral, tener o no tener la posibilidad, el derecho, la suerte de acceder o no a algo.

En una segunda posibilidad la palabra también indica crisis, ataque, exposición total o parcial de algún tipo de saturación que se vuelve incontenible. Brote, brusca llegada o regreso de un fenómeno patológico por el momento incontenible y en estas acepciones nos acercamos por contigüidad, por fondo y forma significante a la palabra absceso.

Maravillosa potencialidad de las palabras, absceso también es crisis y remite a tránsito, a circulación. Urgencia inminente de dar salida, de drenar lo que ya no puede más mantenerse fijo y colectado.

Un punto culminante de dolencia e insoportabilidad de los tejidos infiltrados por pus, un volcán erigido y palpitante apuntando a eclosionar, a abrirse una salida que descargue, que drene.

Tal vez la obra invita a mirar el absceso, verlo latir al extremo, por momentos ver su punta de picadura, su punctum y la perforación que nunca logra el vaciamiento completo porque quizás eso sería aún recuperable, saneable, higienizable.

Estamos invitados a ver eso, el daño enquistado ya sea en quistes duros o blandos, necrosis transgeneracional que no obedece ya, que no responde a institucionalidad alguna ni a buena o mala conciencia social ninguna.

Sandokan, el héroe de Salgari (apodo del protagonista), como un chamán extraviado se sigue enfermando gravemente en y por su pueblo. Sandokan gana su vida y mientras lo hace drena en el lenguaje, en los gestos, en la violencia feroz el no querer morir aún.

Este gladiador urbano enarbola un cuerpo que es a la vez absceso y acceso traficado por curitas, tíos, gimnasios, hogares de internación, pizzas… Sandokan del Transantiago es una medida sacrificial que en general pasa desapercibida y que a la vez no deja de ser una medida económica que concierne a los flujos, así como concentración necrótica y supuraciones varias en la carne expuesta ofertada a cualquier postor para que supuestamente otras áreas del organismo simulen salud, vendan y compren indulgencias, hagan abstracto aquello que escapa, resiste, se pudre y en esa descomposición enumera lo irrecuperable del bastión de carne humana sufriente y gozante contra todo y a pesar de todo.

La obra está ocurriendo. Véanla.

8 de mayo de 2014

Deseo Gratuito y de Calidad

Por Antonio Moreno Obando
@monodias

A propósito de esta nueva jornada ciudadana en el nombre de la educación, somos todos otra vez convocados por los estudiantes a tomar posición sobre la manera en que estamos modelando nuestro pacto social y no será este el día en que ignoremos este llamado.

Nos aparece hace ya largo rato una pregunta por cuál es el lugar que tiene este atributo misterioso llamado calidad en materias educativas. Esta búsqueda de la cualidad diferenciadora en un modelo de mercado, resulta en una enorme insatisfacción que se instala como una incógnita, llenado de producciones argumentativas de toda clase en los medios. Mientras unos intentan como siempre dominar el misterio y pretender responder en forma rápida y rentable, otros se quedan en la posibilidad de quedarse un momento en el problema para devolverse hacia la búsqueda de un sentido que no termina de llegar, pero que provoca participación y producción de conocimientos nuevos.

En estas discontinuidades, en donde las necesidades no quedan del todo satisfechas a través de las tasas de retorno o de probados modelos técnicos, surge un lugar propicio para que los conceptos psicoanalíticos se pongan a trabajar.

Muy temprano en la obra de Freud aparece un irremediable descalce humano entre el impulso natural a la sobrevivencia y aquel que en forma gratuita y costosa destinamos al placer. Esta diferencia sitúa en lugares paralelos por un lado a la necesidad con su fin de satisfacción predeterminado y por otra al deseo que siempre deja un resto de insatisfacción para seguir siempre deseando.

En cierto momento de la lectura lacaniana, esta necesidad se desnaturaliza en la ambigüedad del lenguaje y queda bajo la formulación de una demanda, la cual si bien puede por momentos pretender algo determinado, en definitiva apunta a una demanda de amor en el sentido amplio.

Así como en el siglo XX se abrió una pugna en las psicologías preguntándose si acaso hay respuestas psíquicas naturales que cancelen determinados apremios, de alguna manera en nuestro incipiente siglo XXI chileno, vemos inquietudes similares replicadas en el espacio público, particularmente en los últimos tiempos a propósito de la buena Calidad y su inseparable búsqueda de Atributo.

Si acaso el problema de la calidad en la educación se tratara de necesidades, el concepto de calidad estaría más o menos definido por criterios de formulación estratégica y la optimización de los procesos objetivos puestos en juegos en el aula. Esta afirmación desde el lente omnisciente del commodity, simplifica el acto del aprendizaje a la adquisición de la adecuada información para la adaptación al medio y su consecuente éxito en la sobrevivencia. Pero a pesar de este intento de pulcritud metodología, de todas formas arrastra inevitables a prioris ya conocidos, como por ejemplo entender al hombre como un organismo individual, perfectamente natural, potencialmente apto si las proteínas del adn mitocondrial lo permiten, heterosexual por fisiología, sano mentalmente y siempre buscando el éxito. Desde estos supuestos, el aprendizaje se logra cultivando con información estimulante al instinto natural bien inspirado para sobrevivir y ser el más apto en un salvaje mundo libre.

Pero si por un momento pensamos esta calidad desde la vereda del deseo y su demanda de amor irreductible, si lo leemos desde el malentendido del lenguaje, si no queremos saciar del todo la insatisfacción que produce, nos encontraremos con un sujeto determinado por un colectivo y por lo tanto con una posición subjetiva, para bien o para mal.

Deseo en este sentido irreductible significa que lo que ese sujeto logra demandar no está del todo articulado en lo que dice, pero que desde ese resto humano es capaz de producir cultura y crear formas diversas para el pacto social. Entonces el aprendizaje ya deja de estar en la dimensión del más apto y se acerca a la dimensión del placer.

Si la demanda del lado del deseo es escuchada y acogida, algo se va transfiriendo del uno hacia el lugar del Otro en la forma de una demanda de amor, especialmente si le ocurre en una sala de clases a un niño que está al cuidado de un adulto significativo. La producción de ese adulto a cargo es una oferta de discurso que se empalma como un saber en el deseo de sentido de un niño, posición deseante que se volvió política el 2011 cuando para recuperar esa subjetividad debieron tomarse sus colegios.

Lo obtuso de la demanda callejera, lo que porfiadamente persiste hasta hoy tiene que ver con la demanda de amor, esto es, educación gratuita y de calidad como un derecho. Es un derecho a transitar por la escuela como un lugar que le dé cabida a la subjetividad, que acoja a los sujetos en sus demandas, esas que se enuncian como urgencias inmediatas, pero que luego deviene en un espacio gratuito para el amor, de ese imposible que busca a diario una cualidad.

Pidamos en el espacio público lugar para nuestro deseo como un derecho en la ciudad, derecho a una erótica con el conocimiento, que sea igual para todos, que sea gratuito y que su calidad sea la capacidad de seguir siempre deseando.

25 de abril de 2014

La Furia Urbana

Por Peter Molineaux

Esto empezó con los automóviles. Se ha llamado road rage y se trata de la ira desplegada en las calles y carreteras por aquellos sentados detrás del volante. En la versión chilena se escuchan los gritos alusivos a los escrotos, familiares o vida sexual del conductor que ha osado interponerse entre el iracundo y su ruta: ¡saco 'e hueeeaaas! ¡conchetumareeeee! ¡vieja culiaaaaaa!

La película ganadora del Oscar en 2006, Crash, ponía en boca de uno de sus protagonistas un conmovedor pero fantasioso análisis sobre los choques: "en L.A. nadie te toca. Siempre estamos detrás de metal y vidrio. Creo que extrañamos tanto ser tocados que chocamos en nuestros autos los unos con los otros para poder sentir algo."

En Santiago, hoy, la ira al volante ya está consagrada. Sin embargo, lo que llama la atención es que algo de esa explosión rabiosa ha rebalsado los límites de la calle motorizada para encontrar expresión tanto en las ciclovías como en las veredas de la ciudad. Ya los Ciclistas Furiosos inauguraron en los noventa la rabia pedaleante y recientemente se agrega la novedad de los caminantes enrabiados con los ciclistas por andar en la vereda. Los peatones reaccionan, quizás, al susto que vivieron alguna vez al confundir una ciclovía con un sendero y recibir el grito o la convulsión del timbre de algún ciclista: ¡por la ciclovía no, hueón!

Lo que preocupa de esta furia, su característica especial, es que cada protagonista enrabiado está enchuchado desde el sentimiento de que lucha por su derecho. El otro, el que cruza su camino, está pisoteando o atropellando el trecho de ciudad que es mío. Esta combinación de ira y derecho tiene la particularidad de que la certeza de tener la razón autoriza al sujeto a desatar su rabia sin freno. Como la ira de Dios, que a diferencia de la humana sería santa y no pecadora, se perfila la ira con derecho. Se produce así una alianza inflamable entre la moral y el impulso que causa constantes gritoneos en las calles de la ciudad.

En El Yo y El Ello, Freud introduce para el psicoanálisis lo que se conoce como la segunda tópica, una novedad en la manera de ubicar los elementos del aparato psíquico. Además de los dos términos que dan nombre a la obra, se presenta al Superyó como tercera instancia intrapsíquica. El Ello, la reserva pulsional del aparato, busca saciar los instintos más básicos del sujeto sin importar el costo. El Superyó, representante interno de las prohibiciones y restricciones de la civilización, exige con rigor y castigo que se haga lo moralmente correcto. En el medio, aquel que Sigmund llamó vasallo, es decir el Yo, intenta mantener las cosas en relativa paz, dando algunas satisfacciones a cada lado y viéndoselas con la presión de los aumentos de tensión dentro del aparato.

Para ayudar en su humilde tarea, el Yo se sirve de la tradicional oposición entre lo que quiere el Ello y lo que restringe el Superyó. Si el uno quiere el desenfreno carnal, el otro hace uso de su aliado, el Sentimiento de Culpa, para aplacar con los valores de la civilización reinante aquellos impulsos que amenazan el orden establecido. El Yo en ese caso, sólo tiene que hacer de auspiciador del Superyó y reprime los instintos más básicos, manteniendo la añorada calma... ya le dará un lugar en los sueños a las peticiones ardientes del Ello.

Sin embargo, como en el sadismo o el masoquismo, cuando en el Superyó ocurre la transformación con aires perversos que introduce una moral incivilizada, es decir en la que no hay que entregar nada a cambio del goce, el vasallo –el Yo– no puede mantener alejado mucho tiempo al Ello, pues para éste es irresistible la oferta de gozar sin perder. Cuando se logra esa alianza entre Ello y Superyó, dejando al Yo desprovisto de su capacidad para negociar, se producen estas descargas pulsionales que tienen la particularidad de estar autorizadas por el Superyó a través de un Bien que se sustenta en lo antojadizo.

Que el Bien sea mi pista por la que transita mi habitáculo intocable o mi vereda para los que andamos a pie o mi ciclovía para los que evolucionamos más allá del motor ("un auto menos, amigo") tiene, además del sello individualista que no pasa por el pacto social, una ética del cualquier cosa, propia tanto del post-modernismo hecho sentido común como del discurso capitalista. Para el primero: cada uno con su verdad. Para el segundo: no me haces falta porque si falta me lo compro.

En este contexto ético, Mi Bien es El Bien y en el aparato psíquico ocurre que el Yo, fiel a sus inicios como efecto del narcisismo, no ve barreras frente a Su Bien y se hace a un lado para dar curso a la alianza entre el Ello que quiere todo y el Superyó que le autoriza el goce sin restricciones en el acto de castigar sádicamente al infractor del Bien.

El año 2011, para los nostálgicos del Movimiento Estudiantil, la calle encendió con una chispa fundada en el Bien Común. Además, su crítica al lucro estaba anclada en la claridad que dio ese destello respecto a la trampa del capitalismo galopante, con la fórmula astuta que este aplica sobre el sujeto y que recordábamos el año pasado al hablar de Laurence. Pero ya reinstalados los semáforos y repavimentada la acera quemada, se vuelve a sentir en la calle ese aire de furia contra todo aquel que no comulgue exactamente en mi idiosincrasia.

Desde sus bolsillos y carteras, los sujetos así cargados con la ira con derecho, hacen lo mismo en las redes sociales. El linchamiento digital de Rafael Gumucio la semana pasada por twitear una frase relativamente cruel y bastante infundada sobre los animales siendo rescatados del incendio en Valparaíso muestra a este fenómeno furioso exacerbado por el anonimato y la inmediatez del aparato electrónico. Amar a los animales, en ese caso, toma para los linchadores el lugar del Bien y el Yo baja la guardia fascinado por que el Bien sea suyo, dejando que la pulsión agresiva que convive en el Ello con las pulsiones sexuales se desate hasta frases de amenaza de castigo físico para el escritor e incluso para su familia.

La ira con derecho, aquella que se autoriza a si misma la desde un Bien cualquiera, tiene en su filo la capacidad de permitir a cada uno descargar su pulsión contra cualquier otro sin restricción, lo que va justamente en contra de la función de la ciudad: proteger a los precarios seres humanos de las fuerzas de la naturaleza y, por supuesto, de la fuerza de su propia furia.

8 de abril de 2014

De la Seducción y su Política

Por Antonio Moreno Obando (@monodias)

Bachelet es presidenta por segunda vez y la plaza pública vociferante habla de ella: de su simpatía, de su ser mujer, de su popularidad, de su transversalidad, de sus capacidades presentes o ausentes, de sus evasivas, de su cuerpo, de su ropa, de sus gestos. Desde esta trama de imágenes se forma una gran matriz —madre de la cual se desprenden como retoños, diversos discursos ciudadanos llenos de esperanzas y temores.

Entonces surge la pregunta de si acaso hay o no una estratagema para impulsar la redistribución de los actuales flujos económicos y si estará debidamente pensada su relación lógica con la calidad de un proceso productivo llamado educación. Las declaraciones programáticas por estos días generan panfletos de horror que anuncian el desfalco de todos los bolsillos, sean estos grandes o chicos. Es que cualquier emprendedor visionario entiende que una planificación estratégica diseñada desde el interés del dueño, debe poner las inversiones donde el retorno esté asegurado. Esto no se ejecuta mediante una asamblea constituyente para accionistas, simplemente opera técnicamente y de facto.

La presidenta no da las respuestas técnicas específicas esperadas, al menos no en público, y deja a los mercados (editoriales) especular. Es como si Bachelet fuera acusada de seducir en base a una apariencia. Quizás esa ausencia sea precisamente el dispositivo transformador que da espacio para que tome sentido el postergado hijo de vecino y también sea la causa del horror en quien tiene una necesidad voraz por llenar. Vivimos la seducción o la apasionada aversión hacia la presidenta del género femenino, particular forma de amor en los polos que también opera en toda Latinoamerica hacia sus gobernantes, más allá de si corresponde el presidente vigente al cuerpo de un hombre o el de una mujer.

Baudrillar escribe de la seducción, estableciendo una diferencia entre la sexualidad masculina y la sexualidad femenina basándose en la condición política de esa ausencia. Es una respuesta crítica a aquellas posiciones feministas de los '60 en donde la sexualidad de la mujer no debía jamás ser en base a las apariencias sino constituirse desde una sustancia para diferenciarse de la de los hombres. En cambio Baudrillar reivindica el valor de la seducción de la apariencia como simbólico, apariencia que en ausencia de una sustancia permite un espacio para el surgimiento de algo que no estaba. Esta sexualidad de lo simbólico se opone al estatuto de facto de la política masculina con su tiranía de la presencia que llena y domina. 
 
Desde la afirmación freudiana del destino anatómico de la sexualidad, el camino de la sexualidad de la mujer encuentra un escollo y al mismo tiempo una condición de producción para su propio género como una construcción cultural para la sexualidad, arrasando con el cuerpo biológico. Si lo anatómico es el destino, la mujer no basa su sexualidad y placer en la funcionalidad de la recepción del hombre y la fecundación. Para Baudrillar esta sexualidad femenina trasforma al cuerpo, lo metaforiza y lo disloca de su funcionalidad con su deseo.

Si acaso ese femenino queda del lado del deseo y de la dimensión simbólica de la seducción, eso que falta da un espacio para el surgimiento del pensamiento en el cuerpo. Esa falta que para el psicoanálisis es condición y posibilidad de la producción permanente, es además una respuesta subversiva a la monolítica concentración del poder, falocrática y dominante.

Volviendo desde ese femenino a nuestra realidad, podemos pensar en darle una vuelta a la falta de respuestas tras la sonrisa de Bachelet y la suposición de su incompetencia tecnocrática. Podría pensarse que en tanto seducción, más allá de la mera simpatía, al reconocer implícitamente la falta en lo dicho, su política de la apariencia oferta una posibilidad para que la ciudadanía tome sus palabras y también sus malos entendidos. La seducción de lo simbólico deja espacio para el surgimiento de un pensamiento nuevo y le pone el cuerpo a esa espacialidad para que los discursos púbicos confluyan a pesar de sus discrepancias. La reciente caída del falocratismo millonario para el advenimiento de una política de lo femenino, nos da una breve oportunidad para hacer un desplazamiento en las retenciones mortificantes de nuestra economía afectiva, material y bursátil, porque estamos en la aparición de una operatoria de la seducción y no del anhelado control del retorno. Al menos es una posibilidad de que así sea por un tiempo, hasta que las estratagemas de los intereses vuelvan a expulsar lo subjetivo, igual como ha ocurrido siempre, desde el logos griego y su conquista de la naturaleza hasta la ciencia económica que anima incluso hoy la lógica del know how y de los grandes capitales.

Esta política de la seducción no se pone en juego solo porque nuestra presidenta sea mujer, también la hemos visto en las particularidades de los actuales presidentes latinoamericanos a pesar de ser hombres. Más allá de la biología del varón-hembra, es la construcción de una sexualidad y de una política de la seducción lo que le da un nuevo marco a nuestras erogeneidades y sus relaciones. También en Chile lo vemos en los liderazgos de algunos de nuestros alcaldes, como en Providencia o en Santiago, así como los diputados recién electos que parlamentan sin corbata o quedándose sentados en el momento en que se rinde culto al poder de facto.

Mientras la presidenta entrante usa los poderosos dispositivos transformadores de la seducción, la avanzada del poder material y su reivindicación de libertad para ser propietario de todos los flujos construye complejas tramas deliroides para retomar el poder en 4 años más. Sería la esperanza de todos aquellos que asqueados de sonrisas y palabras al viento, hoy esconden sus cuerpos para evitar ser seducidos por las transformaciones y perder algo de lo que guardaban solo para su propio cuerpo.

6 de enero de 2014

Una interpretación para el sueño de Carlos Peña sobre educación pública

Por Antonio Moreno Obando

En el día de ayer, el habitual columnista del Reportajes del diario El Mercurio, Carlos Peña, escribió un análisis de dos planas sobre el programa de educación de la presidenta electa Michelle Bachelet llamada “La revolución blanda”. El autor desplegó una serie de argumentos para problematizar sus medidas, formando a su vez una cadena con variados conceptos filosóficos y políticos como fundamento de su crítica. Uno de los conceptos seriados en esa cadena fue el de Condensación de Sigmund Freud. Considerando que es muy escaso hoy en día leer textos sobre nuestra vida civil y cotidiana sostenidos desde un marco de referencia más profundo, resulta inevitable tomar un contrapunto de lectura para alejar las cavilaciones de las certezas y dejar el mensaje transcurrir como los malos entendidos del lenguaje, tan importantes para el psicoanálisis.

Cito: Hoy se cree que todos los viejos problemas de la justicia pueden resolverse con una reforma sagaz del sistema educativo. Este raro reduccionismo es parecido a lo que Freud, en La interpretación de los sueños, llama condensación: varias cadenas de ideas reducidas a un único punto, donde todas ellas se entrecruzan. En este caso, las cadenas de ideas son la desigualdad de ingresos, la carencia de meritocracia, la falta de capital humano, la incultura. Todas esas ideas se intersectan y condensan en una sola: la institución educativa.

La condensación acá es tomada como uno de los mecanismos de lo que Freud llamó trabajo del sueño, propio del proceso primario del inconsciente, que toma una serie de recuerdos agrupándolos sin una coherencia lógica para la consciencia en una imagen para la construcción onírica durante el dormir. La referencia de este concepto aparece en la columna en medio de una trama de argumentos donde se repiten más de una vez palabras como inundar o ambigüedad, aludiendo a fuerzas irracionales que irrumpen en el ponderado “uso público de la razón”. Se hace así visible el malestar de un columnista que pone en palabras mediante la denuncia de una distorsión de la discusión política, que concentra su atención en el ámbito educativo y despolitiza los otros ámbitos del espacio público.

Más adelante, para explicar la porfiada repetición de la desigualdad en nuestras escuelas, aparece mencionado habitus de Bourdieu, concepto inspirador para las teorías de la pedagogía crítica y sus concepciones reproduccionistas. Explica que en las escuelas hay cierta transmisión de códigos que expresan inequidades estructurales en un contexto social más amplio, razón por las cuales muchas de las medidas reducidas a focos paliativos no logran dar un vuelco a las condiciones simbólicas y materiales segregadoras desde la cuales se construyen los discursos que nuestros niños aprenden en el aula.

Una vez involucrado en este recorrido, algo en la elección del concepto de condensación para introducir la dirección de estos argumentos deja sorprende, al referirse a un concepto artífice del proceso constructor de los sueños y sus enigmas. Es como si toda esa elaboración de estos malestares apareciera en el texto como una pesadilla, mezclando temas inconexos, generando monstruosidad en los argumentos, callejones sin salida, repetición una y otra vez de las mismas cosas. 

Para Freud no fue fácil darle un sentido unívoco a los mecanismos de condensación y desplazamiento. Sin embargo lo que queda articulado es que la censura cumple un rol fundamental al gatillar la desfiguración que operan estos mecanismos para distraer a la consciencia del carácter traumático de las representaciones reprimidas. Esta articulación permite no solo encontrar un modo para interpretar los sueños sino fundamentalmente explicar la formación de un síntoma como expresión de un deseo inconsciente que debe disfrazarse para aparecer consciente. Por eso Freud llamo al síntoma un “compromiso de solución” pues con las transmutaciones de la condensación y el desplazamiento, el síntoma al igual que un sueño, un lapsus o un chiste, puede llegar a la conciencia y así buscar de alguna forma de descarga. 

Para Lacan y la incorporación de la lingüística estructural a la comprensión de los conceptos freudianos, esta condensación freudiana inspirada en lo hidráulico ahora se entenderá como una metáfora, es decir, una manera de volver a decir lo que ya estaba dicho de otra forma en alguna parte de ese aparato anímico que ya no está encerrado en un solo individuo, sino que es la estructura del lenguaje en su conjunto. Avanzando en la misma dirección Lacan en su texto “La instancia de la letra” habla de aquella tradición que se transmite estructuralmente en los discursos, como un ordenamiento que ya no pertenece a un solo sujeto y que revela una forma de ordenamiento en donde se producen las significaciones. 
 
Acá nuevamente llegamos a los problemas que porfiadamente repiten las mismas condiciones de significación para nuestros estudiantes, estos puntos de la estructura que nos obligan a reproducir nuestros significados en la competencia por el rendimiento académico y el éxito individual de los que pueden, de la separación entre las clases y la condicionalidad de los derechos, los mismos que también son el habitus de Bourdieu, o los principios reproduccionistas de la pedagogía critica que nos sitúan en un laberinto de desigualdad.

En la formulación problemática que nos propone Carlos Peña, dejo como contrapunto un solo matiz: esta convergencia de todos los temas políticos a un solo ámbito llamado condensación no es una reducción, es una metáfora que está diciendo nuevamente nuestras mismas decepciones republicanas, que en su particular modo de aparecer ahora resulta admisible como contenido para nuestra neoliberal conciencia expresada en sus lugares de poder. Es una metáfora y por lo tanto también es un síntoma, una formación de lo inconsciente que como un malestar se presentifica para señalarnos algo de nuestro deseo, es una solución de compromiso, una manera de situarnos también como sujeto en el entramado social, de implicarnos y poder señalar un camino que vaya a favor de nuestra subjetividad.

5 de enero de 2014

Hey, Hey, Hey. Malo el chiste

Por Peter Molineaux

El video lanzado para iniciar el año por la banda nacional Los Tres ha logrado levantar reacciones airadas desde varias sensibilidades tanto en las redes sociales como en los medios tradicionales de prensa.

La Ministra del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), Loreto Seguel, condenó el clip en su cuenta de twitter declarando que “naturaliza la violencia y el femicidio como forma de resolver conflictos. Chile no necesita esto!”

Por otro lado, aparecen voces llamando a la calma con la idea de que es sólo una canción mientras que otras llaman al incendio porque ¿CÓMO NO SE PUEDE DECIR NADA EN ESTE PAÍS SIN QUE A UNO LO HUEVEEN?

De todas formas, si el fin de un video clip es hacer conocida masivamente a una canción, este logró su objetivo. Sin embargo, la calidad de la obra audiovisual, más allá de su efectividad, ha sido cuestionada. Aparentemente buscaba lograr un tono irónico o cómico: basta mirar la cara de juego de Titae en la mayoría de las escenas o el cadáver de la mujer bailando para sospechar que iba en esa dirección. Sin embargo, el director Boris Quercia intenta agregar provocación con la inclusión absolutamente gratuita de una escena lésbica. También usa el recurso del realismo chileno de sus personajes recordando su estilo en la serie Los 80. Todo confluye en una mezcla que no resulta. Un mal chiste que se quema con un tema altamente sensible.

Seguramente al escuchar la canción, sin el video, ni la Ministra ni las redes sociales habrían tenido reacciones tan encendidas. Los Tres nos tienen acostumbrados musicalmente a un cierto nivel de ironía y humor de vez en cuando: son los autores de Somos tontos, no pesados y su cuarto álbum se llama Fome, por ejemplo.

El video clip de Hey, Hey, Hey, sin embargo, hizo la parte de chiste fome y nadie se rió.

Chiste fome cae mal.

En su exploración del funcionamiento del alma humana, Freud dedicó una de sus obras fundacionales al Chiste y su Relación con lo Inconsciente. Su tesis era que el chiste es usado para hacer pasar material inconsciente reprimido a la consciencia, evadiendo los mecanismos de la represión y causando esa convulsión placentera llamada risa. En lo inconsciente están, por supuesto, los deseos más oscuros e inconfesables que por ese breve momento en que son pasados al entendimiento por el chiste causan el placer de ser expresados. Por ser considerado sin seriedad, el chiste permite la paradoja de mantener y burlar la represión al mismo tiempo. El material de un chiste no puede ser dicho directamente por ser socialmente rechazado y el comediante recurre a los mecanismos de condensación y desplazamiento para lograr su efecto. La ironía, que parece ser la intención de la canción de Los Tres, opera por desplazamiento de un contenido en su contrario. Para esta canción se trataría de condenar el femicidio cantando un femicidio. Si esa ironía funciona, se entiende que la banda está en realidad condenando la brutalidad, lo que dependerá de la sutileza de su sentido del humor. Esta canción, empero, se difundió asociada al mal chiste de su video clip y el chiste no funcionó.

Como le pasó a Michael Richards (el Cosmo Kramer de Seinfeld) cuando intentó hacer un chiste utilizando la palabra nigger contra un miembro de el público que lo interrumpía en su show de stand-up, el clip de Los Tres recibe su castigo social por no dar en el clavo del humor y decir sin chiste aquello que todos condenamos.

La delicadeza del chiste es decir aquello que deseamos decir a pesar de su naturaleza reprochable. Por eso la reacción en este caso ha sido tan amplia y apasionada: el mal chiste revela el deseo inconsciente machista de un hombre, lo que es burdamente subrayado por ese otro deseo inconsciente masculino que es la escena lésbica escenificada por el clip con dos mujeres típicamente heterosexuales (otra cosa hubiese sido poner a dos lesbianas con características más masculinas, más butch, pero aquí operó el inconsciente de un hombre). Lo que hace arder las redes sociales es que como no funcionó ni condensación ni desplazamiento por la saturación que produce el deseo de provocación del clip, se entrevé el deseo del hombre. 

Ese deseo masculino, patriarcal, sin las represiones que garantiza el pacto social, es justamente homicida (también femicida, claro) y violador. Los esfuerzos civilizadores de la vida en común hacen que la agresión y los impulsos sexuales se recluyan en las capas más profundos de cada sujeto, pero aparecen justamente en los hombres cuando se levanta la guardia que la cultura les impone. Aparecen en la borrachera, en el estadio, en el cenit del éxito, en la confrontación, en el taco y en la carretera. Aparece ciertamente menos en las mujeres, ya que por estructura lo femenino tiene otros accesos al goce.

Frente al mal chiste nos ha tocado intentar dar una interpretación. ¿Qué cresta quisieron decir Los Tres? La que puede aportar el psicoanálisis es que al fallar el chiste muestra con demasiada claridad un deseo reprimido que por su naturaleza debe mantenerse reprimido y quizás aparecer con mejores máscaras la próxima vez. Pero hay que buscarle interpretación a ese mal chiste, porque la alternativa que elige la Ministra del Sernam es darle sentido literal, lo que significa, como en la psicosis, no entender que una cosa puede significar otra cosa que lo que dice.

En esto se basa toda la experiencia de la civilización: a pesar de que lo más terrible es la existencia del otro —es decir del otro sexo— hay que inventar algo para que eso se pueda llevar en relativa paz y no destruir al/a la del frente. Es buena idea hacer una canción y un video, pero si nos sale mal el invento se nota lo terrible. Por el otro lado, si nos ponemos literales para la lectura de los inventos la tranquilidad va a durar poco.

26 de noviembre de 2013

Paz para los niños

Por Peter Molineaux

El domingo en la noche, justo a la hora de los noticiarios centrales de los canales de televisión, pudimos ver al mediático Dr. Rodrigo Paz tomándose la sede del Servicio Nacional de Menores (SENAME) junto a un puñado de personas. Su protesta de esa noche fue solamente uno de muchos actos que Paz ha realizado en el último año contra el mencionado Servicio. En una entrevista a la revista Paula, publicada el mismo domingo, se reportean sus vociferaciones con megáfono frente al congreso, su ayuno en Plaza Italia, su carta al Presidente o su llanto cuando la candidata Bachelet lo tomó por fin en cuenta. En el mismo artículo, Paz dice que ha gastado más de 30 millones de pesos de su propio bolsillo y que lo hace por los niños.

El argumento de este psiquiatra de la tele es, a grandes rasgos, el siguiente: Los niños que tienen conductas delictivas están enfermos y por lo tanto necesitan tratamiento. Como los niños pobres no reciben tratamiento, delinquen. Los niños acomodados sí lo reciben y no delinquen. El SENAME estaría haciendo mal las cosas porque no dan el tratamiento adecuado a los niños. El llamado sería al Ministerio de Salud para que se haga responsable de la delincuencia juvenil como un problema de salud pública. Habría que eliminar al SENAME y crear un organismo que se haga cargo de esto que según Paz valdría 600 millones de dólares al año. Simple. Indignante que el gobierno no se preocupe por los niños. Ojalá el Presidente Piñera esté escuchando por ahí.

Para seguir este argumento habría que preguntarse de qué están enfermos estos niños y cuál es su tratamiento. La respuesta a lo primero es fácil, y aunque no lo diga siempre públicamente el Dr. Paz, se sabe por sus prácticas: son bipolares. Caen dentro del espectro bipolar.

Como fue alguna vez el Trastono por Déficit Atencional para niños, el Espectro Bipolar se está forjando un lugar central en el diagnóstico psiquiátrico para niños y adultos—una enfermedad para toda la familia. Su causa: la más pura e indiscutible, la preferida por el Tercer Reich, la genética. El tratamiento propuesto es con fármacos estabilizadores del ánimo o antipsicóticos. Nuevamente en la plaza, Paz exige un tratamiento integral y multidisciplinario, pero en su trabajo en centros de la red de salud pública, de los que fue removido sistemáticamente, atiende a sus pacientes en 3 minutos, tiempo suficiente para preguntar si el niño "anda mejor" y subir o mantener la dosis del medicamento. ¿Preguntas o reclamos de los padres? En el mejor de los casos: "hable con la psicóloga." En el peor: "usted, señora, también es bipolar."

Ser bipolar es una condición crónica. Como diagnóstico tuvo sus inicios en las Psicosis Maníaco Depresivas y, luego de un paso por ser un Trastorno Afectivo, hoy lo Bipolar va tomando su nuevo título de Espectro.

En un espectro cabe casi todo, facilitando el diagnóstico y justificando el uso rápido de fármacos que, efectivamente, luego de ajustar las dosis, reducen la agitación de los niños. En los adultos la cosa es menos clara porque, a diferencia de los escolares que pasan rápidamente al acto, los grandes hablan más y pueden decidir si toman o no remedios, tener una postura frente a su tratamiento o simplemente quejarse.

Al ser un diagnóstico para toda la vida, ser bipolar se instala desde niño junto con los medicamentos para siempre, creando inmediatamente a un enfermo crónico. Ese acto aplastante es el que practica el Dr. Rodrigo Paz. Más allá de sus indignados discursos a megáfono abierto en contra de un SENAME que a todas luces funciona mal frente a un problema complejo, Paz no propone otra cosa que pacificar con violencia.

Los psicoanalistas, en su práctica diaria, también escuchan, ven, sienten el ritmo persistente de una agitación en la época contemporánea, no solo en los niños, sino en el cuerpo. De hecho, el Encuentro Americano de Psicoanálisis de la Orientación Lacaniana que se celebró hace unos días en Buenos Aires, el mismo fin de semana en el que el Dr. Paz intensificaba su cruzada por los niños, llevó como título Hablar con el Cuerpo, La Crisis de las Normas y la Agitación de lo Real. La constatación clínica de toda una serie de cuadros, que van desde la hiperactividad a la obesidad o desde las nuevas adicciones a las crisis de pánico, han llevado al psicoanálisis a preguntarse qué hay en la época que provoca estos efectos que poco tienen que ver con una queja elaborada en palabras y que comprometen de tal forma al cuerpo.

Las elaboraciones teóricas van en la línea de que la supremacía de lo simbólico, sostén de los grandes ideales, del Padre, de las Normas, ha dado paso en nuestros tiempos al goce más o menos desenfrenado del cuerpo, de lo real del cuerpo. De la modernidad en que, como Chaplin, había que levantarse, ir al trabajo, llegar a la casa, criar a los hijos, hemos pasado a otra era en que hay que encontrarse a si mismo, disfrutar plenamente de la vida sexual, consumir: Tu Vida Fluye, te dice el banco. Tu vida debe fluir. Lo que antes descansaba en el Otro porque la exigencia era Suya para ejercer sobre los sujetos, se ha trasladado con la época a cada sujeto, a cada cuerpo, provocando su exaltación.

Para los niños, antes había que hacerle caso a los adultos. Hoy la infancia se idealiza y hay que ser un niño feliz. De eso que la Norma exigía, se podía uno escabullir. Del imperativo ser un niño feliz, el cuerpo no escapa.

Sobre el tratamiento del niño con más de 40 detenciones antes de los 10 años conocido como Cisarro, el Dr. Paz dijo que al administrarle los fármacos "apareció Cristóbal, apareció el niño que es" y así se habría podido hacer un trabajo psicoterapéutico con él. Al quitarle el tratamiento el avaro SENAME hizo desaparecer al niño y volvió el delincuente enfermo. Esta visión recortada de un sujeto es como el bisturí para la fealdad o el estrangulamiento gástrico para la obesidad: una solución desde el cuerpo para el cuerpo, un automatismo que no logra hacer lazo. Es, en el fondo, una solución que está en línea con la época, profundamente violenta y bruta.

18 de octubre de 2013

Emblemáticos por un cuerpo

Por Antonio Moreno Obando

Resulta inevitable hoy ver nuevamente a los estudiantes recargados con la pesada cruz de la segregación y la violación de sus derechos. A propósito del ranking de notas para la postulación universitaria, hemos visto a dirigentes estudiantiles emblemáticos y segregados poner el pecho a las palabras, en un tiroteo de argumentos absolutos en favor de una causa propia.

Una vez más, como tantas otras, el juicio público sobre nuestra veja inequidad, recae durante estos días como chivo expiatorio en la imagen de niños emblemáticos incrustados en las cuñas de noticiero, mientras aparece ausente del escarnio el contexto hablado por los adultos desde el cual en las aulas y en los hogares estos noveles cuerpos encarnan sus amores.

Lo que se pone en juego en estas rebuscadas comunicaciones es la identidad, la imagen, el emblema, pero siempre desde el engaño del que carga de un mandato ese ideal pregnante, es que no es el mismo asunto la impronta de un emblema para un estudiante que para el adulto.

La identificación para el psicoanálisis, por más propia y auténtica que parezca el objeto de su acepción, nace necesariamente con el otro. La formulación de un rasgo único(unario)primero presente en el otro y luego incorporado en lo propio, hace posible pensar el Uno como el Otro, ya que eso uno que se tiene cobra sentido porque existe todo lo otro y por lo tanto es la posibilidad de la pura diferencia. Al mismo tiempo, tomar algo único del otro, rasgo único, es una forma de apegarse al objeto, en un acto de amor que permite salvarse del vacío y construir en ese vínculo un sentido de mismidad.

En un nivel del desarrollo como el de un estudiante, para Freud, se debe lidiar con el trance de despojarse del cuerpo de la infancia y por lo tanto reencontrase con el objeto de amor, asunto que resulta tan dramático en muchos de nuestros adolescentes. Entonces proteger la identidad de ese rasgo unario, de eso que se incorpora del otro para sellar la propia mismidad, puede ser un atajo importante al vacío.

El adolescente está sumido en las trasformaciones del cuerpo, desencajando los amores tramitados desde la obsoleta imagen del cuerpo infantil, llenando de incertidumbre su posibilidad de reencuentro con el objeto amado. Desde esta peripecia, el emblema como por ejemplo el signo de un colegio, puede representar algo que reviste un valor mayor: signo que primero fue de otros, los más deseados, y que luego se hicieron parte de sí. Lo emblemático entonces marca ese rasgo unario característico de lo deseable en eso otro y que luego se integró a la propia singularidad.

Se puede pensar en el caso de alguno de los estudiantes emblemáticos molestos con el ranking, la presencia siniestra de perder lo singular que por el momento acciona como un ancla el limite identitario con el deseo de los otros, de eso Otro.

Mientras ocurre la discusión y el horror vacui de perder el rasgo unario de lo emblemático, surge también en estos jóvenes la amenaza de ser intencionadamente conducidos al rompimiento del movimiento estudiantil por ese Otro, fuente muy importante de la nueva impronta y las nueva demandas de amor-derechos del joven estudiante. Esta amenaza no hace sino remarcar la amenaza que se cierne como una sombra ominosa: en la irrupción desenfrenada del otro, perder la interioridad afirmada desde la identidad ideal del liceo emblemático.

La pregunta surge con más fuerza sobre el significado para un adulto, el cual requiere de un emblema. Cabe entonces una pregunta por la identidad y sus avatares de quienes que ya han pasado por este momento de su desarrollo y que desde la solapa de los estudiantes logran colgar un emblema que pueda representar para ellos un mejor pasar en la dolorosa competencia diaria por el prestigio. Más allá de las cacerías morales, quizás sea ya el momento de ver esos esfuerzos puestos en palabras a través de nuevas cuñas televisivas y comenzar a cargar la pesada cruz de las cuentas con el sistema a aquellos que están en la posición de hacerlo.

25 de julio de 2013

Trabajo en Chile: ¿Entre la necesidad y la sofisticación?

Por Luz María Chaves

El Paro Nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) el 11 de julio pasado, junto a la aprobación y adhesión de los estudiantes y los gremios de los profesores y de la salud en Chile, instalan demandas que a estas alturas de los procesos de movilización, son una repetición de las necesidades de lo público por sobre lo privado o del rol del estado y el rol de empresariado: Por un Sueldo Mínimo “digno”; Término del sistema privado de Administradoras de Pensiones; Fin a las Isapres; Nueva Institucionalidad Laboral, que entre otras cosas otorgue derecho efectivo a negociar y el derecho a huelga. En conclusión, luchar para que Chile no siga creciendo a costa de la explotación de sus trabajadores.

El Paro convocado por el sindicato de trabajadores de la ex Posta Central, hoy convertida en hospital, duró nueve días y la demanda era remover a otra institución pública a un enfermero, funcionario de ese hospital, por “maltrato psicológico hacia los funcionarios y hacia los pacientes." La Directora respondió a este malestar que el paro era ilegal, inmoral y antiético: “Nuestra tarea y responsabilidad es atender a nuestros pacientes de la forma más adecuada, oportuna y digna… Este es un hospital que atiende grandes urgencias, a los politraumatizados, a los grandes quemados, es decir, a pacientes tremendamente graves y vulnerables…" “No hay que perder el foco, que son nuestros pacientes…" "Hay una vía administrativa, jurídica y un conducto regular..." "Esto no se puede transformar en un gallito.” Durante el proceso de paralización se había realizado un sumario en contra del enfermero, pero el gremio solicitó que se anulara por falta de probidad al no haber citado a los funcionarios involucrados.

Finalmente se llegó a un acuerdo el viernes 19 del presente: El presidente del gremio de trabajadores comunicó: “Se realizará sumario administrativo en contra del enfermero acusado de maltrato psicológico. Después de nueve días de paralización e intransigencia de la Directora de este hospital, hemos logrado, en conjunto con el MINSAL, llegar a un acuerdo."

Estos dos acontecimientos convertidos en noticias nacionales me hacen reflexionar nuevamente sobre el complejo mundo del trabajo. Y digo complejo y más aún, diría, dramático porque en un sentido amplio se puede pensar el trabajo como un lugar y una exterioridad donde se juegan experiencias de sufrimiento, de enfermedad, de vida y muerte, de placer y displacer. Lugar donde pasamos la gran parte de nuestros momentos. Tanto es así que teóricos del arte, de la filosofía, de la política, de la sociología y también del psicoanálisis, entre otros, han interpelado y problematizado este mundo. Interrogar el trabajo significa desplegar aspectos subjetivos, intersubjetivos, económicos y socioculturales imposibles de soslayar.

El psicoanálisis nos da una visión amplia de lo social al afirmar que la característica principal de la separación naturaleza-cultura es que nuestra especie trabaja –a diferencia de la naturaleza que no trabaja porque ella es lo dado. El trabajo se instala como la energía puesta en producir e inventar productos que no fueron dados de por sí. Para el hombre que trabaja hubo de producirse una represión que significó deponer el placer por la necesidad de crear condiciones que lo dado no posibilitaba para él. Esto que la especie realiza hace ya muchos años va a implicar un sufrimiento, una renuncia al principio del placer. George Bataille, escritor francés, agregará a esta reflexión que el trabajo como actividad humana instala prohibiciones y prescripciones a las cuales el hombre debe responder, pero también se eleva como un subterfugio a la propia violencia de éste y se vuelve fundamental para la vida humana. Mientras más se avanza al paso de los siglos, esta vivencia se irá complejizando.

Actualmente el trabajo se encuentra en una paradoja que se centra, por un lado, en una universalización de las relaciones de mercado y de un mejoramiento continuo de la técnica que han llevado a una productividad del trabajo humano a dimensiones ilimitadas, por tanto a una actividad que exige ocuparse, dedicarse y fatigarse. El trabajo implica para los hombres una división de los espacios, los tiempos y formas de hacer y ser. Hasta hoy esta división trae consigo privilegio o desfavorecimiento que implican sufrimiento para el sujeto. Por otro lado, nos enfrentamos a condiciones extremas de deshumanización, que en lo subjetivo implica quedar expuestos a sufrir de miedos intensos, angustia, cansancio, a vivir situaciones denigrantes, a veces vergüenza por traicionar las propias convicciones, inseguridad, sentimientos de injusticia, entre otras.

Por esto, al escuchar las demandas de la CUT, ¿no es escuchar un discurso anacrónico, propio del siglo XIX y principios del XX donde la producción de los trabajadores y sus beneficios no les pertenecían y los vivía como ajenos? Estas demandas ¿no son las mismas por las cuales los trabajadores en esos siglos lucharon? Pues, al parecer no son anacrónicas y sí hay una repetición de una lucha que se actualiza. Quienes históricamente se han preocupado por el sufrimiento de los trabajadores han sido los movimientos sindicales. Las formas, claro, son distintas porque la lucha actual no tiene como objetivo central el derecho a la vida, tal como se buscaba en la reducción de la jornada laboral para que los trabajadores no murieran de enfermedades laborales por exceso de trabajo. Aunque hoy, esto tendría que ser investigado a la luz de otras formas ante las cuales un trabajador se expone a la muerte.

En un periodo anterior a 1968, el movimiento sindicalizado alcanzó la reivindicación de la protección de la salud: se resguardó al trabajador de los accidentes laborales, las enfermedades profesionales y las intoxicaciones por contacto con químicos. La lucha por la salud del cuerpo conducía a denunciar las condiciones de trabajo. Posterior a 1968, se destacó el auge que comenzó a tener la salud mental, ampliando la problemática de la salud en general. Comienzan en Francia las investigaciones sobre la psicodinámica del trabajo: esta disciplina centró su análisis del sufrimiento psíquico como resultado de la confrontación de los hombres con la organización del trabajo.

Christophe Dejours, psicoanalista francés, investigador de los fenómenos psicosomáticos y experto en temas institucionales y laborales, sostiene la hipótesis que el sufrimiento laboral, en algún momento, comenzó a ser negado e invisibilizado por las organizaciones sindicales. Según el autor, durante los años 70 junto con el auge de la salud antes descrito hubo un gran rechazo por parte del sindicalismo a toda comprensión que se centrara en lo psicológico individual, a las prácticas individuales por sobre la acción colectiva. Persistía una desconfianza hacia dichas prácticas considerándolas reaccionarias y antimateralistas. A estas posiciones, dice él, se debería el debilitamiento progresivo de los sindicatos y la rápida desindicalización de las personas que ya no se veían representadas en estas ideas. Este espacio que fue dejando el mundo sindical abrió camino a otros sectores que fueron investigando e interesándose por estos temas: la psicología del trabajo, la psicosociología, los estudios realizados por la psicopatología y el psicoanálisis. Por último, los recursos humanos toman la delantera con resultados nefastos para los derechos de los trabajadores.

El paro de la ex Posta Central delata un sufrimiento laboral que se expresa en la violencia que ejerce un miembro de un equipo de trabajo hacia otro u otros. Aparentemente, estaríamos frente a un conflicto referido al ambiente laboral, a un problema grave en un equipo de trabajo. Pero cabría preguntarse si este enfrentamiento se debe sólo a un deterioro grave de las relaciones interpersonales o a un conflicto que comienza y termina en ese equipo de trabajo. Ciertamente no acaba allí. Este sufrimiento corresponde a una violencia institucional aprendida y que va bajando a través de los distintos niveles jerárquicos de una institución. La trampa consiste en hacer aparecer este conflicto que es político-administrativo y que corroe, lo más probable, a toda esa institución, como psíquico, es decir, como un simple maltrato psicológico. ¿Acaso no es lo que escuchamos en el discurso de la Directora del hospital cuando dice que es ilegal, inmoral y antiético detener el funcionamiento de una institución, como es el caso de la ex Posta Central que atiende casos que se debaten entre la vida y la muerte por un caso particular de maltrato? La paradoja de este discurso es que a los enfermos-clientes no se los puede desatender para atender un maltrato de un funcionario hacia sus colaboradores y a esos mismos pacientes que se pretende proteger. Este es un caso donde tras el conflicto que aparece como provocado por disputas interpersonales se esconde la influencia sin rostro de la institución, pero que en este episodio particular apareció una violencia con rostro al descubierto.

En estas dos noticias de paro lo que se expone son las distintas líneas de fuga que acompañan al análisis del sufrimiento de los trabajadores en Chile: Un sufrimiento colectivo relacionado con la subsistencia, donde el trabajador se extraña a sí mismo en sus actividades laborales y sigue quedando fuera de los beneficios del crecimiento económico. Otro sufrimiento que es el resultado de la confrontación de los hombres y las mujeres con la organización del trabajo y su participación en el espacio institucional y que se particulariza como un sufrimiento intrapsíquico.

Por último, ambas experiencias tienen alcances existenciales: el trabajo exige un gasto de energía supeditada a los límites de lo útil, al principio de utilidad, porque el sujeto pensado en términos estrictamente económicos es un sujeto útil, con una demanda de tiempo que lo obliga mayoritariamente a seguir produciendo. La regla fundamental de la sociedad actual es tener y mantener a un sujeto en la homogenización de lo útil.

Ciertamente, todas las demandas expuestas son dignas, pero unas se encuentran entre las demandas necesarias y otras entre las más sofisticadas.

18 de julio de 2013

Consumir / Consumar

Por Francesca Lombardo

Hace unas semanas fui invitada a participar en una conferencia en el Servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital San José (área norte de Santiago) en el marco del programa Chile Crece Contigo el cual ha tenido a su cargo la implantación de psicólogos clínicos en Unidades Hospitalarias de Ginecología y Obstetricia a fin de seguir clínicamente a las pacientes con embarazos de alto riesgo y/o problemas asociados.

En este marco y para un público de médicos, matronas y psicólogos del Servicio, se me solicitó que tomara a cargo hablar del tema Consumo y Embarazo. Ese sería el eje de la reflexión. Detrás de estas nociones está evidentemente que el concepto de “consumo” es el que estaría más sujeto a reflexión, ya que está específicamente (aunque no dicho) apuntado al tema del consumo de drogas y embarazo adolescente y adulto. La contingencia es, pues, los casos de dependencia y manejo de esos embarazos con el antecedente de madres consumidoras de droga. La oscilación entre, por una parte, la inmediatez de una absorción y una descarga irreprimible asociada a la sustancia toxico-gozante y, por otra, la fecundación, retención y gestación lenta, silenciosa, de un proyecto que implica lo actual y también lo futuro.

Pugna inaguantable de derrocharse en el acto y también y al mismo tiempo deseo de contener, llevar a fin una cría y asistirla humanamente y suficientemente una vez nacida.

Boicot al proyecto, apogeo del contraproyecto, agarre y desagarre a la vez.

Es respecto a esto y a las posibilidades y potencialidades en primer lugar etimológicas que me he aproximado al tema. Se me vienen a la cabeza las frases: “consumirse por los dos extremos” y “quemar la vela por los dos cabos.”

El verbo consumir apunta a la acción de hacer de las cosas un uso que las inutiliza. El consumir no es necesariamente una destrucción de materia sino una destrucción de utilidad. La cosa, ese algo consumido una vez realizado, consumado, ya no sirve más, nunca más. Relanzamiento entonces de un nuevo consumo sin tregua para reiniciar y finiquitar a la vez. El consumo se entiende como la acción de llevar algo a su pleno cumplimiento. Utilización de mercancías, de riquezas para la satisfacción de necesidades imperiosas.

La palabra consumar significa hacer la suma, adicionar con… Llevar algo a término, acabar, coronar, cumplir, cometer, perpetrar.

El embarazo, esa coagulación que llamamos fecundación es, me parece, algo fulgurante y feroz, un agarramiento del deseo en la virtualidad orgánica. Pregnante, es decir lleno de sentido implícito, lleno de razón, de consecuencia, un acto que implanta y abre a un proceso, que implica tiempos, fases, colonización del futuro por otra vida interpuesta.
Las razones de “coagulación” que el psiquesoma femenino puede tener para alojar el tiempo entre sus pliegues son muchas. Una autorización entrañable que hace que una mujer conciba no necesariamente está ligada a la posibilidad ulterior de criar, a lo mejor solo llegamos a la prueba de fertilidad, igualarse a la madre sólo en la potencialidad, no en el fruto acabado de una vida humana sobre tierra.

“Quemar la vela por ambos cabos” es en este caso apurar el consumo consumiéndose y a la vez consumar en el embarazo una consumición no menos deseante pero ligada a la inmortalidad. Así, fluyendo simultáneo a esa gran soltada que significa el goce como desgaste y muerte, este gesto de retener, de guardar algo para sí y para el mundo.

Economía del derroche, existencial, solitario y descreído, apurar el trago de un licor insoportable, apurarlo a fin de terminar pronto y simultáneamente con esto, implante de señas de una plusvalía que haga dique, que traiga a otros, que implique suma y no solo sustracción.

Crisis de ambivalencia difícil de soportar para el saber y para el poder, para la medicina, para la asistencia social, para el derecho, la religión.

Consumir y consumar son verbos que apuntan a la economía, es decir a la circulación y administración de los bienes con ganancia o pérdida, sistema de consumo social donde la irrupción críptica y secreta del flujo libidinal que atraviesa al sujeto se muestra en su intolerable realidad.

Crisis es la palabra griega que aparece como indisolublemente ligada a la decisión. Ella puede ser rastreada como un brusco cambio en el curso de un estado, sea en bien o en mal y esto debido a la lucha entre el agente de agresión y las fuerzas de defensa del organismo. Una crisis es siempre un momento peligroso, un punto agudo en la afección, es así como vislumbraría este consumir y consumar. Es probable que el consumar abra sigilosamente una escotilla a la pura usura. Es posible esto al menos por un tiempo, no sabemos, no podemos saber si durable, entrecortado o corto. Esto dependerá de la inversión del deseo en cada caso, es decir, la ejecución inmediata o la ejecución a largo plazo.

Evidentemente que mi exposición para el público que he señalado fue más extensa, pasando por la teoría de las pulsiones, por la diferencia sexual, por el no “instinto maternal,” pero lo que resumo aquí me sigue pareciendo una lonja a re–explorar. Particularmente porque lo que se dibuja de fondo es una gran crisis con la noción de duración, durar cuánto, para qué y por qué. Estas interrogantes la pulsión las actúa y nosotros los espectadores no sabemos qué hacer.

10 de julio de 2013

La insatisfacción en toma

Por Antonio Moreno Obando

Justo antes de estas vacaciones de invierno, muchos de los liceos en toma depusieron su ocupación. Esto a pesar de que en los días anteriores a las primarias el gobierno optara por desalojar a los estudiantes antes que entregaran pacíficamente los establecimientos, como si el llamado al acto de las fuerzas del orden trajera un consuelo frente al sinuoso ejercicio del dialogo. Sin embargo después del procedimiento policial, el malestar pareció exasperar aún más a sus convocantes.

La expresión que los secundarios dejaron en el espacio público, opera como demanda en su sentido más radical y no logra encontrar una adecuada respuesta en quien es interpelado. Los representantes del gobierno y algunos padres con vocación política intentan ocupar el lugar que opera como el causante de las reglas del juego, y al estar del lado de quien responde, se vuelven impotentes ante los requerimientos, condenan a los demandantes a la insatisfacción y asisten a la propia caída de su legitimidad como reguladores.

Quien responde lo ha hecho como autoridad inflexible, aunque la posición de estar caídos frente a la demanda adolescente les ha resultado insostenible; cada vez que una toma dejó en entredicho el ejercicio de su poder, el impulso subió como un furioso flujo de sangre a la cabeza para actuar con todo el rigor que fuere posible, dejando así en claro que su autoridad sigue turgente. Lo trágico de esta posición beligerante es que mientras más reivindicador de su potencia es quien responde, la demanda insatisfecha no cede en su deseo y mantiene desde su carencia la fuerza suficiente como para lanzarse una y otra vez. Al parecer no fue suficiente ver en las comunas de Santiago y en Providencia el año pasado toda la fuerza de facto quedar estéril ante la indignación de los demandantes, cada vez más fortalecidos con la coacción que se ejercía en su contra.

Para el psicoanálisis la insatisfacción eterna del neurótico, en particular de la histeria, ha sido un paradigma desde el cual se ha sostenido gran parte de su producción teórica y práctica. El psicoanalista Lucien Israël, en su libro El goce de la histeria, dice que para estas neuróticas su insatisfacción se articula por la búsqueda de un maestro a quien ofrecer el ejercicio de su propia perfección, ofrecimiento no correspondido de la misma manera por parte del maestro quien se ofrece a su vez al reconocimiento de una instancia diferente. Este drama de la incompatibilidad, es condición para que el deseo de quien demanda siga siempre deseando. Dice Israël: “expresar que un deseo permanece insatisfecho, es con todo, la mejor manera de probar que el deseo existe”.

Esta figura del maestro nos viene oportuna para pensar en cómo se articula la insatisfacción frente al saber y más específicamente cómo ese agente encargado de administrar con sabiduría los recursos del Estado está enredado en la generación del deseo de los jóvenes estudiantes.

La actual crisis del sistema educativo construye su pregunta sobre la calidad educativa desde una condición de derecho que asegura la gratuidad. La premura familiar de ver apretado el presupuesto por la obligación de pagar por educación de alguna forma ha empujado un malestar ciudadano que comenzó como cliente insatisfecho y que va terminando en la posibilidad de generar un nuevo pacto social a través de una asamblea constituyente. El asunto es que actualmente el alcance de esa concepción de calidad es más amplia y no solo desde el alcance que se le puede dar en términos técnicos, sino desde la expectativa que tiene esa familia apretada sobre la transformación que el movimiento estudiantil puede generar en la manera de relacionarnos en el espacio público.

Pero respecto a lo específico de quienes hoy en ese espacio público han manifestado de manera más radical este malestar, los secundarios, encontramos una forma de presión en la toma que pone en juego las formas en la cuales el saber se articula al fin con el deseo de lo jóvenes estudiantes. En las comunidades educativas en general –y más aún en un liceo llamado emblemático– el saber es impartido por parte del maestro en forma vertical y autoritaria, recortando en forma permanente aquel aspecto del aprendizaje que permite un resultado que rentabiliza: desde el pago de la excelencia académica que beneficia al profesor y el aumento de las matriculas por resultados al sostenedor, hasta el ranking de postulación a las universidades en busca de un futuro con mejores rentas.

La ley que disciplina estos colegios competitivos, que sostienen sus proyectos educativos la mayor parte de las veces desde una mera normativa interna, es una ley que instituye a ciegas, que ejerce su sanción educadora en forma homogeneizante sobre el alumnado con un fin productivo y que no reconoce las diferencias entre los sujetos.

En los espacios de toma, no hay ningún indicio de esta forma vertical de impartir el saber. Por el contrario, estos recintos cerrados por sus sillas y mesas trancando los accesos hacen perder los recursos y la paciencia a los agentes que deben responder desde un requerimiento de producción, ese mundo adulto de Estado y Padres que tanto ha invertido en sus resultados académicos duros. Las tomas han trasformando el espacio relacional de los liceos en enclaves de una producción cultural heterogénea, que en su ejercicio busca un espacio de identidad en tanto movimiento hacia la diferenciación con el otro, pero desde la una premisa basada en un pacto social diferente.

Esta toma de un propio espacio no constituye solamente una forma radical de generar un nuevo sentido en la forma de trasmitir el saber desde un nuevo ordenamiento, también es una espera, una carta abierta, una solicitud dirigida a ese lugar que detenta el saber, a la figura del maestro que sabe como y donde deben hacerse las cosas, que sabe de las consecuencias y que se establece como ley.

Si acaso este afán que no cede en su deseo desde quien demanda es comparada con la conceptualización que el psicoanálisis hace de la neurosis insatisfecha, esa insatisfacción puesta en el instrumento toma pide una ley perfecta y proporcional a su sacrificio; la expectativa generada de la entrega en la lucha está condenada a la frustración por no encontrar en quien debería responder un interés por devolver el sacrificio ofrecido. Entonces, si hubiese un camino para el desplazamiento y hacerle un rodeo a ese malestar que mortifica, se debe dejar de esperar aquella ley perfecta que calza con precisión con todo el sacrificio ofrecido. De otra manera será imposible salir de la posición del parapetado hacia la puesta en juego del deseo en el espacio público. La caída de la posición que pasivamente espera la respuesta perfecta producto de la fallida relación del otro por ser este diferente es condición para no quedarse detenido en el dolor y seguir deseando. Dice Israël, que la lucha por el deseo es aceptar el riesgo de perder.

2 de julio de 2013

Santiago, Río y Estambúl

Por Peter Molineaux

El domingo en la noche, cerca del estadio Maracaná, los manifestantes rompieron uno de los cordones de seguridad destinado a proteger la final de la Copa Confederaciones en la que los locales apabullaron a los españoles por 3-0. El viernes, en Estambul, las protestas callejeras agregaban consignas por la muerte de un activista kurdo en el norte del país. El miércoles, en Santiago, la Alameda estuvo sin tránsito vehicular casi todo el día en la enésima jornada de neumáticos ardiendo y estudiantes marchando.

Se plantea ampliamente la pregunta por lo que tienen en común las explosiones sociales en Turquía y en Brasil con el movimiento estudiantil chileno. Se parecen, con solo mirarlas de lejos, en lo siguiente: en el uso que hacen de las redes sociales para convocar y para dar voz a sus demandas; en que tienen como punto de partida peticiones muy particulares que sin embargo resuenan como un reclamo más profundo que llegaría incluso a cuestionar el modelo; en que casi invariablemente las manifestaciones son pacíficas pero terminan en violencia; y en que sucede en países donde la llegada del desarrollo sería inminente.

La explosión ocurre como una bomba, con una pequeña mecha se enciende una gran cantidad de molestia acumulada que por estar adormecida no se conocía. Hay un malestar sin forma, flotante, que de pronto se toma de algo y se inflama. Los incidentes en Estambul empezaron como protesta frente a la construcción de un mall en un espacio público. Lo de Brasil partió por el precio del pasaje de la micro. En Chile, la primera gran marcha fue contra la construcción de una represa hidroeléctrica. La masividad de las manifestaciones y la violencia de la destrucción física que producen sus márgenes poblados por ideologías ultra, adolescencia desatada y peones formados por el narcotráfico empujan imperiosamente a tratar de dar solución a este fenómeno callejero.

En Chile y Turquía, que están gobernados de momento por sus derechas, la solución ha sido reprimir con fuerza y criminalizar a los movimientos, llenando sus discursos de significantes como violentistas, borrachos, mano dura y limpiar. El resultado ha sido la radicalización de los movimientos y más violencia.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff intenta de palabra y con acciones concretas dar respuesta a las peticiones que los ciudadanos claman por la calle. Pero allá el clamor tampoco para.

No ha funcionado ni reprimir ni responder a la demanda.

Para los psicoanalistas la demanda es la puesta en palabra de una necesidad. Esto quiere decir que lo que el cuerpo pide tiene que ser articulado por ese cuerpo en algo que le es ajeno y que lo precede –el lenguaje– para solicitar la satisfacción de eso que le falta y que experimenta como necesidad. Pero como esa vía significante, es decir hecha de palabras, es de un orden distinto a lo que pide el cuerpo, la respuesta solo puede ser insatisfactoria. Es una encrucijada trágica: para obtener lo que se necesita es obligación ingresar en una dimensión en la que no está lo que satisface y, como consecuencia, eso que podría colmar la necesidad se pierde. Para el bebé humano, la alternativa, es decir quedarse en el ámbito de la necesidad, significaría no poder pedir nada, no demandar y permanecer en un circuito cerrado de autosatisfacción. Es lo que sucede en el autismo.

En la demanda hay, por lo tanto, una petición al otro que no se puede satisfacer.

Para el mercado, sin embargo, las cosas son más simples: la necesidad es lo que le falta a las personas individualmente y cuando se juntan muchas necesidades se forma una demanda. Lo que deban hacer las empresas es crear productos que puedan satisfacer esa demanda a través de la oferta. Por buena suerte de los que están del lado de la producción, las necesidades parecen ser infinitas, por lo tanto la oferta deberá serlo también. Así han estado funcionando los países en desarrollo hasta que de pronto la voracidad de sus pueblos se empezó a volcar a las calles con sus demandas a las que la oferta no tiene nada que ofrecer.

El salto simple que hace el mercadeo al asumir que la demanda es solo una acumulación de necesidades que deben ser satisfechas con objetos ofrecidos a distintos costos segmentados –ABC1, C2, C3, etc.– no sabe que para que haya demanda se tuvo que producir la pérdida del objeto al que apuntaba la necesidad para entrar en el lenguaje y articular esa demanda. El paso de necesidad a demanda hace que el deseo sea infinito porque su objeto falta y por faltar moviliza. En nuestros países en desarrollo esto ha sido explotado notablemente por el márketing, pensando que el deseo es lo mismo que la necesidad y que se colma con oferta. Como eso no ocurre, el malestar ha ido ebullendo bajo la superficie de los malls, tomando su energía del sobreendeudamiento, las horas extra, las metas, la excelencia, el éxito y el estruje generalizado al que están sometidos los sujetos para consumir lo que la oferta ofrece incansablemente.

Y ¡BUM! Explosión social.

La estrategia represiva de derecha no funciona porque ¿quién se va a reprimir en una sociedad donde todo se le ofrece a la demanda? Por el lado de la izquierda, la respuesta de Dilma ha producido hasta el momento el mismo efecto que el mercado: ofrecerle a la demanda como si fuera necesidad y encontrarse con una voracidad insaciable.

Para que se frene esta maquina de producir insatisfacción y explosión tendrá que aparecer por algún lado la pérdida. En la revolución francesa los ciudadanos no sólo le cortaron la cabeza al rey y a la nobleza sino que a sus propios héroes: la guillotina a Robespierre para que la revolución se automutilara y cediera al pacto social.

Como están las cosas hoy, nadie parece dispuesto a perder, ni los que demandan lo insaciable ni los que ofrecen al infinito en un con-su-mismo cada vez más autista.