Por Peter Molineaux
El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.
Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.
Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?
Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.
Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.
En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.
Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.
Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.
Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.
Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.
Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.
El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.
30 de julio de 2012
Fúmese uno
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La Rentabilidad hace la Felicidad
Por Antonio Moreno Obando
El día de ayer fuimos testigos de un particular anuncio en los medios de comunicación. La encuesta Casen dejó caer de las palabras del ministro Lavín indicadores que miden al fin el grado de felicidad de los chilenos. Al parecer estamos mucho más felices de lo que pensábamos estar, ya que pertenecemos a una comunidad que es capaz de ser feliz en un 7,2 de 10; y no sólo eso, uno de cada cinco chilenos dice estar “completamente satisfecho." Quizás usted no lo sospechaba, pero más de un compañero de trabajo o miembro de su familia vive en el frenesí epicúreo de la plenitud máxima y se lo estaba ocultando. Con estos aplastantes datos de la realidad que nos presenta el método científico, uno no logra explicarse bien de qué se queja la gente. Cuando se forjó el proyecto de la modernidad, ni el más optimista de los intelectuales ilustrados podrían haber esperado cumplir tan anhelados resultados.
Pero entre toda esta alegría surge una preocupación: el Ministro, que cuando fue alcalde alguna vez trajo la felicidad de la nieve y de la playa al proletariado de la urbe, esta vez pretende construir políticas sociales desde estos datos duros de la realidad, aclarando al mismo tiempo que no salgan los amargados de siempre a tratar de echar por tierra la reforma tributaria que se discutirá en el congreso.
Aunque esta optimista autoridad de gobierno tenga conocidas inclinaciones confesionales, hoy está parado sobre la sensibilidad de un célebre ateo amargado del siglo XIX como lo fue Auguste Comte. Aburrido de la especulación y de las conclusiones metafísicas del clero para justificar la riqueza, se le ocurrió que la ciencia dura debía prestar su lógica a los problemas sociales formando un logos para lo que en ese entonces se entendía por lo social. La idea era lograr acercar los problemas de la gente a la pureza lógica de los números, para así ya nunca más basar políticas sociales en cuentos de hadas, filosóficos, bíblicos, o cualquier otra superchería de época. Esto es lo que hoy conocemos como positivismo.
En la primera mitad del siglo XX, algunas conversaciones entre los intelectuales del círculo de Viena, recordando el espíritu de Comte, provocaron la equivalencia entre las palabras y los valores numéricos, con el fin de poder razonar con la ciencia, soluciones para los problemas sociales. Los primeros intentos por medir las actitudes producen métodos e instrumentos vigentes hasta estos días, aunque los problemas metodológicos en la implementación de ese entonces no parecen preocupar tanto a nuestros actuales expertos.
Pensando en que la felicidad, por ejemplo, fuera una actitud, tendríamos que dar una definición precisa tanto de esa cualidad que antecede una conducta como a las dimensiones que son relevantes de considerar frente a esa predisposición. La relevancia siempre está vinculada con algún interés, que en sus términos más elementales corresponde a lo que inquieta a quien investiga. ¿Qué inquieta a un hombre de ciencias cuando estudia la felicidad? ¿Es lo mismo que inquieta al ciudadano de a pie con su tedioso sentido común?
Cuando comenzaban los megafenómenos del siglo XX, aun se conservaba la esperanza de que las palabras con las que nos referimos a las cosas en clave científica significaran algo claro y preciso, porque solo así se lograría el control suficiente como para lograr la finalidad principal de la modernidad, la misma que hoy interesa a nuestro intrépido ministro: la Felicidad. Pero en aquellos años aun no resultaba la acumulación necesaria de respuestas claras y ordenadas para lograrla, solo había que sentarse a esperar una suficiente cantidad de verdad tras la permanente investigación empírica.
Sin embargo, hoy en día todo indica que durante este eterno siglo nos trasformamos en Penélope, porque esa verdad sobre lo social, cual galán prometido, jamás terminó de llegar, jugando con nuestras modernas esperanzas. A pesar de que algunos programadores expertos nos digan que basta con cambiar una palabra por la otra en nuestra mente para ser feliz, parece que todos tendemos a complicar innecesariamente las cosas.
El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre estas complicaciones innecesarias. La formulación del inconsciente implica una manera de pensar un lugar para esas complicaciones. Desde el desconocido padecer corporal de la histeria, Freud piensa en la posibilidad de usar las palabras para abordar estas complicaciones innecesarias. Desde ese punto en adelante, se ha podido pensar utilizando la lingüística estructural de Saussure, un lenguaje que nunca termina de decir lo que quiere decir, lleno de contradicciones que debemos incorporar en nuestras vidas a modo de malos entendidos desde el momento de nacer y que nos hace amarrar nuestros impulsos a sus particulares e incompletas formas de designar y de comunicar. Sólo así podría entenderse por qué una persona puede quejarse de no tener algo que siempre ha tenido en su mano. ¿Es un idiota o realmente le pasa algo? Este mercado es ideal para los expertos, los cuales solo tienen que decir algo simple para que entienda el lego como respuesta: ¿No se da cuenta señora que la felicidad no la hace el dinero y que la ha tenido siempre en sus manos? ¿Por qué no se deja de… quejar?
Al revisar los instrumentos que recogen respuestas y miden percepciones, no es posible saltarse el interés que hay detrás al momento de hacer las definiciones operativas en las investigaciones. ¿Felicidad considerando qué cosa?
Por alguna razón que quizás ya sabemos por vivencias anteriores, la rentabilidad aparece en el centro de esta discusión. Los tributos que las grandes empresas deben pagar aparecen de alguna manera asociados a un interés por medir la felicidad de los ciudadanos. La dimensión del bienestar subjetivo de la encuesta Casen, surge desde la lógica de un instrumento de satisfacción del cliente en base a una de las ofertas del mercado ¿Qué le parece lo que tiene? La respuesta viene a encontrarse con un interés de mejorar aún más la oferta. Pero la oferta obedece a una rentabilidad, y en este caso, la percepción “subjetiva” de haber satisfecho una necesidad apunta a un margen que le pertenece a otro diferente al que responde.
El mensaje de Lavin este Domingo apunta desde su buena fe, a redimir la conciencia de aquellos mal intencionados que quieren dificultar aún más con sus teorías conspirativas y retrogradas, las nuevas inversiones de talentosos visionarios con ganas de hacer crecer este floreciente país.
¿Acaso no se dan cuenta que la gente está feliz con que sigamos generando empleos? ¿No se dan cuenta que el modelo funciona y trae bienestar subjetivo a las personas? Hasta se los preguntamos en la puerta de su casa. Acá todos ganamos, todos lucramos, a todos nos conviene, además tenemos a la ciencia de nuestro lado, así que ¿por qué no se dejan de… quejar?
El día de ayer fuimos testigos de un particular anuncio en los medios de comunicación. La encuesta Casen dejó caer de las palabras del ministro Lavín indicadores que miden al fin el grado de felicidad de los chilenos. Al parecer estamos mucho más felices de lo que pensábamos estar, ya que pertenecemos a una comunidad que es capaz de ser feliz en un 7,2 de 10; y no sólo eso, uno de cada cinco chilenos dice estar “completamente satisfecho." Quizás usted no lo sospechaba, pero más de un compañero de trabajo o miembro de su familia vive en el frenesí epicúreo de la plenitud máxima y se lo estaba ocultando. Con estos aplastantes datos de la realidad que nos presenta el método científico, uno no logra explicarse bien de qué se queja la gente. Cuando se forjó el proyecto de la modernidad, ni el más optimista de los intelectuales ilustrados podrían haber esperado cumplir tan anhelados resultados.
Pero entre toda esta alegría surge una preocupación: el Ministro, que cuando fue alcalde alguna vez trajo la felicidad de la nieve y de la playa al proletariado de la urbe, esta vez pretende construir políticas sociales desde estos datos duros de la realidad, aclarando al mismo tiempo que no salgan los amargados de siempre a tratar de echar por tierra la reforma tributaria que se discutirá en el congreso.
Aunque esta optimista autoridad de gobierno tenga conocidas inclinaciones confesionales, hoy está parado sobre la sensibilidad de un célebre ateo amargado del siglo XIX como lo fue Auguste Comte. Aburrido de la especulación y de las conclusiones metafísicas del clero para justificar la riqueza, se le ocurrió que la ciencia dura debía prestar su lógica a los problemas sociales formando un logos para lo que en ese entonces se entendía por lo social. La idea era lograr acercar los problemas de la gente a la pureza lógica de los números, para así ya nunca más basar políticas sociales en cuentos de hadas, filosóficos, bíblicos, o cualquier otra superchería de época. Esto es lo que hoy conocemos como positivismo.
En la primera mitad del siglo XX, algunas conversaciones entre los intelectuales del círculo de Viena, recordando el espíritu de Comte, provocaron la equivalencia entre las palabras y los valores numéricos, con el fin de poder razonar con la ciencia, soluciones para los problemas sociales. Los primeros intentos por medir las actitudes producen métodos e instrumentos vigentes hasta estos días, aunque los problemas metodológicos en la implementación de ese entonces no parecen preocupar tanto a nuestros actuales expertos.
Pensando en que la felicidad, por ejemplo, fuera una actitud, tendríamos que dar una definición precisa tanto de esa cualidad que antecede una conducta como a las dimensiones que son relevantes de considerar frente a esa predisposición. La relevancia siempre está vinculada con algún interés, que en sus términos más elementales corresponde a lo que inquieta a quien investiga. ¿Qué inquieta a un hombre de ciencias cuando estudia la felicidad? ¿Es lo mismo que inquieta al ciudadano de a pie con su tedioso sentido común?
Cuando comenzaban los megafenómenos del siglo XX, aun se conservaba la esperanza de que las palabras con las que nos referimos a las cosas en clave científica significaran algo claro y preciso, porque solo así se lograría el control suficiente como para lograr la finalidad principal de la modernidad, la misma que hoy interesa a nuestro intrépido ministro: la Felicidad. Pero en aquellos años aun no resultaba la acumulación necesaria de respuestas claras y ordenadas para lograrla, solo había que sentarse a esperar una suficiente cantidad de verdad tras la permanente investigación empírica.
Sin embargo, hoy en día todo indica que durante este eterno siglo nos trasformamos en Penélope, porque esa verdad sobre lo social, cual galán prometido, jamás terminó de llegar, jugando con nuestras modernas esperanzas. A pesar de que algunos programadores expertos nos digan que basta con cambiar una palabra por la otra en nuestra mente para ser feliz, parece que todos tendemos a complicar innecesariamente las cosas.
El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre estas complicaciones innecesarias. La formulación del inconsciente implica una manera de pensar un lugar para esas complicaciones. Desde el desconocido padecer corporal de la histeria, Freud piensa en la posibilidad de usar las palabras para abordar estas complicaciones innecesarias. Desde ese punto en adelante, se ha podido pensar utilizando la lingüística estructural de Saussure, un lenguaje que nunca termina de decir lo que quiere decir, lleno de contradicciones que debemos incorporar en nuestras vidas a modo de malos entendidos desde el momento de nacer y que nos hace amarrar nuestros impulsos a sus particulares e incompletas formas de designar y de comunicar. Sólo así podría entenderse por qué una persona puede quejarse de no tener algo que siempre ha tenido en su mano. ¿Es un idiota o realmente le pasa algo? Este mercado es ideal para los expertos, los cuales solo tienen que decir algo simple para que entienda el lego como respuesta: ¿No se da cuenta señora que la felicidad no la hace el dinero y que la ha tenido siempre en sus manos? ¿Por qué no se deja de… quejar?
Al revisar los instrumentos que recogen respuestas y miden percepciones, no es posible saltarse el interés que hay detrás al momento de hacer las definiciones operativas en las investigaciones. ¿Felicidad considerando qué cosa?
Por alguna razón que quizás ya sabemos por vivencias anteriores, la rentabilidad aparece en el centro de esta discusión. Los tributos que las grandes empresas deben pagar aparecen de alguna manera asociados a un interés por medir la felicidad de los ciudadanos. La dimensión del bienestar subjetivo de la encuesta Casen, surge desde la lógica de un instrumento de satisfacción del cliente en base a una de las ofertas del mercado ¿Qué le parece lo que tiene? La respuesta viene a encontrarse con un interés de mejorar aún más la oferta. Pero la oferta obedece a una rentabilidad, y en este caso, la percepción “subjetiva” de haber satisfecho una necesidad apunta a un margen que le pertenece a otro diferente al que responde.
El mensaje de Lavin este Domingo apunta desde su buena fe, a redimir la conciencia de aquellos mal intencionados que quieren dificultar aún más con sus teorías conspirativas y retrogradas, las nuevas inversiones de talentosos visionarios con ganas de hacer crecer este floreciente país.
¿Acaso no se dan cuenta que la gente está feliz con que sigamos generando empleos? ¿No se dan cuenta que el modelo funciona y trae bienestar subjetivo a las personas? Hasta se los preguntamos en la puerta de su casa. Acá todos ganamos, todos lucramos, a todos nos conviene, además tenemos a la ciencia de nuestro lado, así que ¿por qué no se dejan de… quejar?
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23 de julio de 2012
Costanera Haters
Por Peter Molineaux
En 2008, cuando había turbulencia económica y recesión mundial, se paralizó la obra gruesa del principal edificio del Costanera Center. Fue el símbolo de que la crisis había llegado a Chile.
Cuando se reanudó la construcción se colgó una gran bandera con la consigna "Arriba Chile" y la presidenta Bachelet, saliéndose de protocolo en el piso 20 de la estructura, dio la orden de reiniciar los trabajos marcando la reactivación económica del país.
Sin embargo, cerca de su inauguración, el edificio comenzó a encontrar resistencias. Vinieron desde lugares muy distintos: el alcalde de Providencia pedía certificados, se recordó en varios medios el pasado Cencosud del Ministro Golborne, se teme un colapso vial y algunos expertos sugieren que se prohiban los automóviles en ese sector.
Lo han bautizado Coronta Center y hay en el ambiente algo de molestia, de rechazo relativamente generalizado. Por lo menos los titulares lo han tratado durante un buen tiempo de "polémico."
Algo pasa con esta erección en el cruce del Canal San Carlos y el Río Mapocho. A pesar de que se le hagan sofisticados juegos de luces a esa mole que aún no termina de ser revestida por su reflectante ropa de rascacielos, incomoda a los santiaguinos.
Es la torre más alta de Latinoamérica, pero los chilenos no parecemos muy orgullosos. Cuando Alexis se saca la camiseta del Barcelona para gritar un gol, todos comulgamos en celebrarlo. Aparece el chovinismo hasta para defender el pisco y la empaná. Pero no para el Costanera.
Quizás el edificio ofenda por lo fálico, por ser una suerte de dedo medio levantado hacia toda la ciudad. Un miembro ajeno frente a nuestro Cerro San Cristóbal.
En el psicoanálisis ha sido importante distinguir entre pene y falo. Si bien el hecho de que exista una diferencia anatómica entre los sexos inaugura el problema de tener o no tener, lo que se instala simbólicamente es la función fálica, el símbolo de que algo falta. Eso ocurre más allá de que se tenga o no el órgano pene, pues lo que falta es otra cosa.
La concepción clásica de lo fálico, es decir la ostentación de una potencia – a veces bajo la forma de virilidad – es en realidad un intento de revestir justamente eso que falta con la ilusión de que se tiene. El conocidísimo caso del tipo que se compra una camioneta grandotota es ejemplificador. Iñi piñi dice ese chilenismo impuesto por un comercial televisivo de los años '90.
Horst Paulmann, dueño del pénico edificio en cuestión, es hijo de un juez Nazi que inmigró a Chile después de la guerra. Horst y su hermano construyeron su imperio expandiendo el negocio familiar, un restorán transformado en supermercado en La Unión, Región de los Ríos.
Los imperios hoy se llaman holdings.
To hold tiene múltiples traducciones – tener, agarrar, coger, abrazar, ser el titular de, mantener. La idea de un holding es ir agarrando, tener y coger. Ser el titular y mantenerse ahí. Al hablar de estos imperios económicos, to hold se traduce bien como acaparar.
El Costanera Center recibe desde todas partes el rechazo de los chilenos porque aparece como la ostentación fálica de un extranjero que va agarrando secciones del país de a pedazos cada vez más grandes. Este extranjero incluso ofrece un paseo al actual Ministro de Economía, Pablo Longueira, para luego quitarle la palabra frente a los medios de comunicación: "Ministro, déjeme responder a mi esa pregunta" – dicho con el inconfundible acento alemán, familiarizado para nosotros en los malos doblajes de películas sobre la Segunda Guerra.
Los juegos de luces y los "arriba Chile" han sido un intento por dar la ilusión de que eso que se ilumina también es nuestro. Incluso se cambió el nombre oficial de Gran Torre Costanera a Gran Torre Santiago. Es posible que mientras se vayan abriendo las siguientes etapas del proyecto y se vendan oficinas caras a quienes quieran participar de la ostentación, vamos a ir acostumbrándonos a que esos chilenos hablen de su oficina en el Costanera, el edificio más grande. Quizás ahí se produzca ese efecto que buscaba la bandera del fin de la recesión: que Chile sienta que esa torre es símbolo de su potencia.
Sin embargo hace unas semanas, recién abierto el mall, se colgó ahí otra bandera grande: la que representa a través del movimiento estudiantil al malestar nacional a propósito de la desigualdad. Esa segunda bandera se cuelga ahí porque la ostentación fálica tiene el efecto de revelar en cada uno su propia falta. Lo que hace el movimiento estudiantil es un acto histérico: a mi me falta pero a ti también. La maravilla de la histeria ha sido siempre revelar, de la manera más precisa, la impotencia del ostentador.
El intento de Horst por contagiar con su recubrimiento fálico a los santiaguinos y luego a los chilenos se ha encontrado con un momento histórico en que mostrarse superpotente ya no produce la envidia y las ganas de tenerlo. Esa posición es la que haría que todos trabajáramos por una oficina en el edificio, aunque no lo lográsemos jamás. Hoy, luego de que los movimientos sociales pusieran en evidencia la falla, detentar el falo revela la impotencia de todos. Eso no gusta y por eso el rechazo.
Quizás con el tiempo Paulmann pueda poner nuevamente a funcionar la ilusión de que su potencia nos hará brillar a todos. En la construcción, el revestimiento del rascacielos avanza rápidamente, cubriendo la coronta. La apuesta es que cuando estén todos los reflectantes en su lugar el edificio haga de encandilante espejo y nos deslumbremos con él, haciéndolo nuestro. Pero por el momento molesta su sombra.
En 2008, cuando había turbulencia económica y recesión mundial, se paralizó la obra gruesa del principal edificio del Costanera Center. Fue el símbolo de que la crisis había llegado a Chile.
Cuando se reanudó la construcción se colgó una gran bandera con la consigna "Arriba Chile" y la presidenta Bachelet, saliéndose de protocolo en el piso 20 de la estructura, dio la orden de reiniciar los trabajos marcando la reactivación económica del país.
Sin embargo, cerca de su inauguración, el edificio comenzó a encontrar resistencias. Vinieron desde lugares muy distintos: el alcalde de Providencia pedía certificados, se recordó en varios medios el pasado Cencosud del Ministro Golborne, se teme un colapso vial y algunos expertos sugieren que se prohiban los automóviles en ese sector.
Lo han bautizado Coronta Center y hay en el ambiente algo de molestia, de rechazo relativamente generalizado. Por lo menos los titulares lo han tratado durante un buen tiempo de "polémico."
Algo pasa con esta erección en el cruce del Canal San Carlos y el Río Mapocho. A pesar de que se le hagan sofisticados juegos de luces a esa mole que aún no termina de ser revestida por su reflectante ropa de rascacielos, incomoda a los santiaguinos.
Es la torre más alta de Latinoamérica, pero los chilenos no parecemos muy orgullosos. Cuando Alexis se saca la camiseta del Barcelona para gritar un gol, todos comulgamos en celebrarlo. Aparece el chovinismo hasta para defender el pisco y la empaná. Pero no para el Costanera.
Quizás el edificio ofenda por lo fálico, por ser una suerte de dedo medio levantado hacia toda la ciudad. Un miembro ajeno frente a nuestro Cerro San Cristóbal.
En el psicoanálisis ha sido importante distinguir entre pene y falo. Si bien el hecho de que exista una diferencia anatómica entre los sexos inaugura el problema de tener o no tener, lo que se instala simbólicamente es la función fálica, el símbolo de que algo falta. Eso ocurre más allá de que se tenga o no el órgano pene, pues lo que falta es otra cosa.
La concepción clásica de lo fálico, es decir la ostentación de una potencia – a veces bajo la forma de virilidad – es en realidad un intento de revestir justamente eso que falta con la ilusión de que se tiene. El conocidísimo caso del tipo que se compra una camioneta grandotota es ejemplificador. Iñi piñi dice ese chilenismo impuesto por un comercial televisivo de los años '90.
Horst Paulmann, dueño del pénico edificio en cuestión, es hijo de un juez Nazi que inmigró a Chile después de la guerra. Horst y su hermano construyeron su imperio expandiendo el negocio familiar, un restorán transformado en supermercado en La Unión, Región de los Ríos.
Los imperios hoy se llaman holdings.
To hold tiene múltiples traducciones – tener, agarrar, coger, abrazar, ser el titular de, mantener. La idea de un holding es ir agarrando, tener y coger. Ser el titular y mantenerse ahí. Al hablar de estos imperios económicos, to hold se traduce bien como acaparar.
El Costanera Center recibe desde todas partes el rechazo de los chilenos porque aparece como la ostentación fálica de un extranjero que va agarrando secciones del país de a pedazos cada vez más grandes. Este extranjero incluso ofrece un paseo al actual Ministro de Economía, Pablo Longueira, para luego quitarle la palabra frente a los medios de comunicación: "Ministro, déjeme responder a mi esa pregunta" – dicho con el inconfundible acento alemán, familiarizado para nosotros en los malos doblajes de películas sobre la Segunda Guerra.
Los juegos de luces y los "arriba Chile" han sido un intento por dar la ilusión de que eso que se ilumina también es nuestro. Incluso se cambió el nombre oficial de Gran Torre Costanera a Gran Torre Santiago. Es posible que mientras se vayan abriendo las siguientes etapas del proyecto y se vendan oficinas caras a quienes quieran participar de la ostentación, vamos a ir acostumbrándonos a que esos chilenos hablen de su oficina en el Costanera, el edificio más grande. Quizás ahí se produzca ese efecto que buscaba la bandera del fin de la recesión: que Chile sienta que esa torre es símbolo de su potencia.
Sin embargo hace unas semanas, recién abierto el mall, se colgó ahí otra bandera grande: la que representa a través del movimiento estudiantil al malestar nacional a propósito de la desigualdad. Esa segunda bandera se cuelga ahí porque la ostentación fálica tiene el efecto de revelar en cada uno su propia falta. Lo que hace el movimiento estudiantil es un acto histérico: a mi me falta pero a ti también. La maravilla de la histeria ha sido siempre revelar, de la manera más precisa, la impotencia del ostentador.
El intento de Horst por contagiar con su recubrimiento fálico a los santiaguinos y luego a los chilenos se ha encontrado con un momento histórico en que mostrarse superpotente ya no produce la envidia y las ganas de tenerlo. Esa posición es la que haría que todos trabajáramos por una oficina en el edificio, aunque no lo lográsemos jamás. Hoy, luego de que los movimientos sociales pusieran en evidencia la falla, detentar el falo revela la impotencia de todos. Eso no gusta y por eso el rechazo.
Quizás con el tiempo Paulmann pueda poner nuevamente a funcionar la ilusión de que su potencia nos hará brillar a todos. En la construcción, el revestimiento del rascacielos avanza rápidamente, cubriendo la coronta. La apuesta es que cuando estén todos los reflectantes en su lugar el edificio haga de encandilante espejo y nos deslumbremos con él, haciéndolo nuestro. Pero por el momento molesta su sombra.
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17 de julio de 2012
7.000
Por Antonio Moreno Obando
La discusión sobre el sueldo mínimo nos ha dejado leer el texto de una vieja paradoja de saberes con mucha tradición en nuestro país: los expertos convenciendo al lego de que los dejen decidir a ellos por sus propias vidas. En estos días ha sido encarnizado el debate sobre una diferencia de $7.000.- en el sueldo mínimo, enfrentamiento público que nuevamente pone en escena a estos aburridos pero pacientes técnicos tratando de traducir sus complicadas gráficas a los alienados ciudadanos que solo ven su satisfacción inmediata.
Esta diferencia en pesos se puede representar de muchas maneras: desde una escandalosa variación macroeconómica que debilite nuestra inversión y por lo tanto siga castigando la cifra de crecimiento del país, hasta el cálculo personal para comprar 9 pasajes en metro y una cajetilla de cigarros con sus respectivos fósforos. No es sencillo poder darle un valor que represente y ponga a circular esa diferencia, ese resto que produce tanto malestar en nuestra cultura.
Un padre puede decirle a su pequeño hijo que no frente una petición perentoria de gozar de un chocolate diciendo “¿prefieres un chocolate hoy o una caja de chocolates mañana?” Lo que se pone en juego ahí es la marca de la propiedad de esa posibilidad de goce en favor de ese otro muy importante para el niño del cual, en tanto padre, emanan todos los misterios de la cosas. El niño no puede hacer uso de esa posibilidad y debe hacer un convenio con él en el cual “cuando sea grande” o cuando sepa de una determinada manera, entonces tendrá acceso a lo que busca. Esta ecuación no solo se ve en la educación de un niño, sino que muchas veces la vemos perpetuada en los saberes que atesoran las instituciones, especialmente las formativas.
Aunque también se da en nuestra plaza pública. No parece casual que la televisión como industria complete sus espacios franjeados con expertos en salud, nutrición, pedagogía, derecho, peluquería, cocina, parapsicología, incluso en economía. Parecen emanar de ese mercado algunos de nuestros actuales pre-candidatos presidenciales, insuflados por el don de educar a través de los medios de comunicación. Con el pretexto de los nuevos movimientos ciudadanos, estos rostros se justifican por el deseo de la audiencia de encontrar alguna explicación para aquellos misterios de la realidad que no se pueden soslayar, de encontrar algún valor que represente y racionalice ese déficit que se produce en el encuentro con el mundo.
Freud en su explicación del aparato psíquico diferenciaba dos principios: aquel que a través de un monto de energía psíquica o libido busca los medios para deshacerse de esa carga y encontrar el placer y aquel otro que no puede controlarse a voluntad dificultando así que las descargas placenteras se produzcan: el primero fue llamado principio del placer y el segundo principio de realidad.
A propósito del principio de realidad, el día sábado 14 de julio en una columna del diario el Mercurio, aparece la opinión de un experto refiriéndose entre líneas a la discusión del sueldo mínimo con la siguiente frase: “las buenas intenciones siempre terminan chocando con la realidad. Y las cuentas se terminan pagando." Esto lo dice a propósito del populismo con que se mira la posibilidad de hacer un gasto excesivo en nuestra economía. El columnista, comparando nuestro despilfarro al de España, comienza su texto con una frase en negrita que hace irresistible continuar la lectura: "¡Podríamos poner un salario mínimo bien alto! Digamos… 500 mil al mes.”
Este comentario en su ironía parece redoblar el efecto de pérdida que puede vivir un sujeto, que al leer las primeras frases, constata el absurdo de triplicar su actual sueldo mínimo. Muchas veces esa pérdida puede dar un plus para seguir buscando el acceso alguna vez prometido, aunque implique en ocasiones soportar esa pérdida en la construcción de la realidad. Así como también hay veces que la pérdida puede marcar un definitivo rompimiento con aquel principio subjetivo que estaba destinado a empujar como requerimiento de trabajo para el placer.
La historia de Luis Emilio Recabarren ilustra el alcance de esa pérdida. Obrero, tipógrafo y diputado por Antofagasta, fue célebre por fundar el Partido Obrero Socialista y por ser constantemente apresado por sus peripecias. Desde la consolidación de las salitreras en nuestra economía, su recorrido político comenzó en la escritura y terminó obteniendo un escaño en el congreso y la coordinación de nuevas fuerzas políticas alineadas con el pensamiento que representaba. Pero en el momento más alto en su carrera, Recabarren decide quitarse la vida con un balazo en el pecho. Como si ese discurso sostenido frente a la pérdida y la recuperación de una plusvalía del trabajo no lograra instalarse como un espacio de satisfacción en la realidad, pudiendo constatar que por irreal ese afán fue permanentemente emboscado por el confinamiento y la irreductibilidad de lo que no se puede hacer.
Los recorridos de los goces giran en torno a la gestión del acceso a la caja de bombones encomendada a un lugar de saber; pero a diferencia de ese padre con su hijo, en nuestro mercado quienes detentan las condiciones de posibilidad también son los dueños del acceso, cobran por él y gozan de su rentabilidad. Resulta que el padre debe instalar la renuncia del niño a causa de que él tampoco tiene el acceso necesario al goce de esa verdad de chocolate y debe transmitir a su hijo su propia manera de hacer convenios de acceso a través de las palabras. En esa escena tan cotidiana no hay un saber completo, pues en el lugar que detenta el padre como depositario de todas las respuestas sobre las cosas, también tiene un misterio al cual no tiene acceso y que implica su propio goce.
Frente a tamaño amo se hace muy difícil de tragar la pérdida, ya que aunque opera con fuerza, no se ha perdido nada. Ante tal encierro queda la posibilidad de que el mismo sujeto deba transformarse en esa pérdida. Queda en el dato historiográfico que Recabarren se suicidó por depresión, y aunque no tengamos la posibilidad de saber en este texto con la exactitud de la ciencia su diagnóstico, algo por su familiaridad sabemos de su acto.
La discusión del sueldo mínimo trae también la dimensión del sentido particular que cada sujeto le da a su trabajo y a sus posibilidades de acceso. No parece agotar todas las aristas del problema zanjar desde el lugar del experto cuánta riqueza el sujeto pierde para sus hijos si no renuncia a sus pasajes al metro y a sus cigarrillos. La cólera que despierta la discusión entre nuestros políticos ya no distingue posiciones ideológicas a priori porque lo que impulsa los afectos no obedece a las posibilidades de acceso que da el lenguaje discursivo de cada coalición política. Al parecer se juega algo que es anterior: la posibilidad que no sea posible obtener y regular nuestros propios goces.
La discusión sobre el sueldo mínimo nos ha dejado leer el texto de una vieja paradoja de saberes con mucha tradición en nuestro país: los expertos convenciendo al lego de que los dejen decidir a ellos por sus propias vidas. En estos días ha sido encarnizado el debate sobre una diferencia de $7.000.- en el sueldo mínimo, enfrentamiento público que nuevamente pone en escena a estos aburridos pero pacientes técnicos tratando de traducir sus complicadas gráficas a los alienados ciudadanos que solo ven su satisfacción inmediata.
Esta diferencia en pesos se puede representar de muchas maneras: desde una escandalosa variación macroeconómica que debilite nuestra inversión y por lo tanto siga castigando la cifra de crecimiento del país, hasta el cálculo personal para comprar 9 pasajes en metro y una cajetilla de cigarros con sus respectivos fósforos. No es sencillo poder darle un valor que represente y ponga a circular esa diferencia, ese resto que produce tanto malestar en nuestra cultura.
Un padre puede decirle a su pequeño hijo que no frente una petición perentoria de gozar de un chocolate diciendo “¿prefieres un chocolate hoy o una caja de chocolates mañana?” Lo que se pone en juego ahí es la marca de la propiedad de esa posibilidad de goce en favor de ese otro muy importante para el niño del cual, en tanto padre, emanan todos los misterios de la cosas. El niño no puede hacer uso de esa posibilidad y debe hacer un convenio con él en el cual “cuando sea grande” o cuando sepa de una determinada manera, entonces tendrá acceso a lo que busca. Esta ecuación no solo se ve en la educación de un niño, sino que muchas veces la vemos perpetuada en los saberes que atesoran las instituciones, especialmente las formativas.
Aunque también se da en nuestra plaza pública. No parece casual que la televisión como industria complete sus espacios franjeados con expertos en salud, nutrición, pedagogía, derecho, peluquería, cocina, parapsicología, incluso en economía. Parecen emanar de ese mercado algunos de nuestros actuales pre-candidatos presidenciales, insuflados por el don de educar a través de los medios de comunicación. Con el pretexto de los nuevos movimientos ciudadanos, estos rostros se justifican por el deseo de la audiencia de encontrar alguna explicación para aquellos misterios de la realidad que no se pueden soslayar, de encontrar algún valor que represente y racionalice ese déficit que se produce en el encuentro con el mundo.
Freud en su explicación del aparato psíquico diferenciaba dos principios: aquel que a través de un monto de energía psíquica o libido busca los medios para deshacerse de esa carga y encontrar el placer y aquel otro que no puede controlarse a voluntad dificultando así que las descargas placenteras se produzcan: el primero fue llamado principio del placer y el segundo principio de realidad.
A propósito del principio de realidad, el día sábado 14 de julio en una columna del diario el Mercurio, aparece la opinión de un experto refiriéndose entre líneas a la discusión del sueldo mínimo con la siguiente frase: “las buenas intenciones siempre terminan chocando con la realidad. Y las cuentas se terminan pagando." Esto lo dice a propósito del populismo con que se mira la posibilidad de hacer un gasto excesivo en nuestra economía. El columnista, comparando nuestro despilfarro al de España, comienza su texto con una frase en negrita que hace irresistible continuar la lectura: "¡Podríamos poner un salario mínimo bien alto! Digamos… 500 mil al mes.”
Este comentario en su ironía parece redoblar el efecto de pérdida que puede vivir un sujeto, que al leer las primeras frases, constata el absurdo de triplicar su actual sueldo mínimo. Muchas veces esa pérdida puede dar un plus para seguir buscando el acceso alguna vez prometido, aunque implique en ocasiones soportar esa pérdida en la construcción de la realidad. Así como también hay veces que la pérdida puede marcar un definitivo rompimiento con aquel principio subjetivo que estaba destinado a empujar como requerimiento de trabajo para el placer.
La historia de Luis Emilio Recabarren ilustra el alcance de esa pérdida. Obrero, tipógrafo y diputado por Antofagasta, fue célebre por fundar el Partido Obrero Socialista y por ser constantemente apresado por sus peripecias. Desde la consolidación de las salitreras en nuestra economía, su recorrido político comenzó en la escritura y terminó obteniendo un escaño en el congreso y la coordinación de nuevas fuerzas políticas alineadas con el pensamiento que representaba. Pero en el momento más alto en su carrera, Recabarren decide quitarse la vida con un balazo en el pecho. Como si ese discurso sostenido frente a la pérdida y la recuperación de una plusvalía del trabajo no lograra instalarse como un espacio de satisfacción en la realidad, pudiendo constatar que por irreal ese afán fue permanentemente emboscado por el confinamiento y la irreductibilidad de lo que no se puede hacer.
Los recorridos de los goces giran en torno a la gestión del acceso a la caja de bombones encomendada a un lugar de saber; pero a diferencia de ese padre con su hijo, en nuestro mercado quienes detentan las condiciones de posibilidad también son los dueños del acceso, cobran por él y gozan de su rentabilidad. Resulta que el padre debe instalar la renuncia del niño a causa de que él tampoco tiene el acceso necesario al goce de esa verdad de chocolate y debe transmitir a su hijo su propia manera de hacer convenios de acceso a través de las palabras. En esa escena tan cotidiana no hay un saber completo, pues en el lugar que detenta el padre como depositario de todas las respuestas sobre las cosas, también tiene un misterio al cual no tiene acceso y que implica su propio goce.
Frente a tamaño amo se hace muy difícil de tragar la pérdida, ya que aunque opera con fuerza, no se ha perdido nada. Ante tal encierro queda la posibilidad de que el mismo sujeto deba transformarse en esa pérdida. Queda en el dato historiográfico que Recabarren se suicidó por depresión, y aunque no tengamos la posibilidad de saber en este texto con la exactitud de la ciencia su diagnóstico, algo por su familiaridad sabemos de su acto.
La discusión del sueldo mínimo trae también la dimensión del sentido particular que cada sujeto le da a su trabajo y a sus posibilidades de acceso. No parece agotar todas las aristas del problema zanjar desde el lugar del experto cuánta riqueza el sujeto pierde para sus hijos si no renuncia a sus pasajes al metro y a sus cigarrillos. La cólera que despierta la discusión entre nuestros políticos ya no distingue posiciones ideológicas a priori porque lo que impulsa los afectos no obedece a las posibilidades de acceso que da el lenguaje discursivo de cada coalición política. Al parecer se juega algo que es anterior: la posibilidad que no sea posible obtener y regular nuestros propios goces.
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9 de julio de 2012
El Aboguindo
Por Peter Molineaux
Las recientes denuncias de abuso sexual y violación de menores en el Colegio Apoquindo han provocado reacciones importantes a nivel nacional y conmoción en el mismo colegio. Se ha anunciado la renuncia de su dueña al cargo de directora y la instalación de mecanismos de seguridad como cámaras de vigilancia.
Además del ofrecimiento de atención psicológica para alumnos, padres y profesores, se ha puesto en el lugar de subdirector a un psicólogo educacional – un experto. También se trasladó la sección preescolar del colegio femenino (donde sucedieron los hechos) al colegio masculino y se ha creado una comisión para revisar protocolos y procedimientos. Se escucha a los apoderados por televisión: no vamos a dejar que esto destruya a nuestra comunidad.
Los actos sexuales de adultos hacia niños son cometidos por lo que el psicoanálisis llama perversos. Son sujetos que se estructuran psíquicamente desde la renegación de la diferencia sexual y se satisfacen con un objeto específico que toma el nombre de fetiche. El fetiche, para el pedófilo, es un niño.
La estructura neurótica, a la que pertenecemos la mayoría, tiene que enfrentarse al problema de la diferencia sexual. Ese problema, que instala la dinámica de tener y no tener, está en los cimientos del aparato deseante en los neuróticos. Si es posible no tener, entonces algo falta y hay que seguir buscando. Los neuróticos nos enfrentamos a la constatación de que al encontrar lo que andábamos buscando, lo que buscamos es otra cosa.
El perverso no tiene ese problema. Sabe lo que lo hace gozar y va a conseguirlo. Para eso ninguna ley es impedimento, ni la contingente ni la divina ni la teorizada por el psicoanálisis (la prohibición universal del incesto). El único problema que tiene el perverso con la ley es que a veces se interpone entre él y su fetiche. La renegación le ha servido para dejar a esa ley sin su efecto psíquico, pero renegarla no significa no conocerla. Sabe bien de qué se trata la ley de los neuróticos, pero sabe también con certeza que su ley fetichista es superior.
Entonces se escabulle, se infiltra. Con argumentos neuróticos se instala entre nosotros para acceder a esos sujetos en los que todavía no se ha establecido firmemente la estructura psíquica y donde la vida sexual es aún muy primitiva: los niños.
Desde muy temprano, Freud habló de sexualidad infantil. Se trata del intento del niño por explicarse por qué la niña no tiene y viceversa. Una investigación rudimentaria que busca dar respuesta a preguntas que son fundamentales en la construcción de su identidad.
El Colegio Apoquindo, como muchos colegios religiosos, tiene la política de separar a los niños de las niñas. Es un acto relativamente burdo, pero que está enraizado en la respuesta neurótica frente a la diferencia sexual: la represión. No quiero saber nada de eso.
En contraste con la renegación perversa, la represión no anula los efectos de la diferencia, sino que la complejiza echando a andar una cadena de diferencaiciones en todos los ámbitos. Preferir un color en vez de otro, querer una cartera o un auto más que el siguiente, son efectos de la represión de esa primera diferencia y de sus avatares Edípicos. Como no puedo tener eso, entonces estotro.
Para el perverso la lógica es sí puedo tener eso. Y lo toma.
Las acusaciones del abogado querellante que representa a las familias de los niños en el Apoquindo van en la línea de inculpar al colegio como encubridor de los hechos. Dice que los padres que hicieron las primeras denuncias fueron descalificados por la directora. Se desliza también la idea de que el colegio habría apoyado a los inculpados y que los profesores llevaban a los niños a los abusadores.
La pregunta que se abre es si el colegio funcionaba con la renegación o con la represión. Es decir, si sabían y negaban o sabían pero no querían saber. Hay que recordar que el Apoquindo está ligado a los Legionarios de Cristo y que en su página web reza el siguiente lema: "Colegio Apoquindo y Legionarios de Cristo, juntos formando para trascender."
El fundador de la Legión, el mexicano Marcial Maciel, es un famoso perverso. Los continuadores de su obra han tenido que reconocer públicamente y pedir perdón por los actos de su patriarca. Han retirado su foto de todas las oficinas y sólo lo mencionan en los recuentos históricos de la organización. Al ser revelada la perversión de Maciel, los Legionarios de Cristo han tenido que hacer el acto neurótico de reprimir al fundador. Pero lo primero fue renegar y se hizo hasta que la evidencia era irrefutable.
El perverso le pide al neurótico silencio, pero no lo hace por legítimo temor a la ley: lo hace para producir complicidad, para imponer la ley de su goce fetichista en el otro. Quizás por eso prosperan tanto los perversos en la Iglesia Católica, donde el rito de la confesión aparece como dispositivo central de esa lógica. Silencio y complicidad ante los pecados. Si es ese el mecanismo detrás de lo sucedido en el Apoquindo, el escándalo será aún mayor.
El abogado defensor de los imputados proclama la inocencia de sus clientes. Su hipótesis es la de una "psicosis colectiva" en torno al abuso sexual y que los niños habrían sido interrogados sugestivamente por los padres para producir los testimonios que luego fueron tomados por la Fiscalía. También argumenta que las lesiones constatadas en dos de los niños no son necesariamente producidas por violación y que los imputados no tenían la posibilidad logística de estar cerca de los alumnos por suficiente tiempo para cometer los delitos.
Tanto el querellante como el defensor acusan una reacción excesiva ante el espanto: la directora descalificando, los padres psicóticos. La reacción del colegio al acumularse las denuncias también es explosiva: cámaras de seguridad, comité, comisión, renuncia, designación.
Una reacción es una respuesta a un acto y el acto perverso provoca espanto. El problema del espanto es que tiene como efecto el silencio o el grito. Es ahí donde habrá que hacer un lugar para la palabra. Decir algo en lugar del espanto.
Para el psicoanálisis el trauma sucede en dos tiempos, hay un après-coup. El primer tiempo es el acto. Eso por si solo no se vive como traumático. Lo que inscribe el trauma es el segundo momento, el de la reacción. Para las perversiones de Maciel lo primero fue el silencio, luego la negación, seguidos por el reconocimiento (la palabra perdón) y la represión. ¿Qué hará el Apoquindo? Su posición histórica fue la represión – separar a los niños de las niñas. Ahora están en el espanto y, más allá del abogado que resulte vencedor, la represión de siempre ya no sirve. ¿Qué se dirá en el Apoquindo?
Las recientes denuncias de abuso sexual y violación de menores en el Colegio Apoquindo han provocado reacciones importantes a nivel nacional y conmoción en el mismo colegio. Se ha anunciado la renuncia de su dueña al cargo de directora y la instalación de mecanismos de seguridad como cámaras de vigilancia.
Además del ofrecimiento de atención psicológica para alumnos, padres y profesores, se ha puesto en el lugar de subdirector a un psicólogo educacional – un experto. También se trasladó la sección preescolar del colegio femenino (donde sucedieron los hechos) al colegio masculino y se ha creado una comisión para revisar protocolos y procedimientos. Se escucha a los apoderados por televisión: no vamos a dejar que esto destruya a nuestra comunidad.
Los actos sexuales de adultos hacia niños son cometidos por lo que el psicoanálisis llama perversos. Son sujetos que se estructuran psíquicamente desde la renegación de la diferencia sexual y se satisfacen con un objeto específico que toma el nombre de fetiche. El fetiche, para el pedófilo, es un niño.
La estructura neurótica, a la que pertenecemos la mayoría, tiene que enfrentarse al problema de la diferencia sexual. Ese problema, que instala la dinámica de tener y no tener, está en los cimientos del aparato deseante en los neuróticos. Si es posible no tener, entonces algo falta y hay que seguir buscando. Los neuróticos nos enfrentamos a la constatación de que al encontrar lo que andábamos buscando, lo que buscamos es otra cosa.
El perverso no tiene ese problema. Sabe lo que lo hace gozar y va a conseguirlo. Para eso ninguna ley es impedimento, ni la contingente ni la divina ni la teorizada por el psicoanálisis (la prohibición universal del incesto). El único problema que tiene el perverso con la ley es que a veces se interpone entre él y su fetiche. La renegación le ha servido para dejar a esa ley sin su efecto psíquico, pero renegarla no significa no conocerla. Sabe bien de qué se trata la ley de los neuróticos, pero sabe también con certeza que su ley fetichista es superior.
Entonces se escabulle, se infiltra. Con argumentos neuróticos se instala entre nosotros para acceder a esos sujetos en los que todavía no se ha establecido firmemente la estructura psíquica y donde la vida sexual es aún muy primitiva: los niños.
Desde muy temprano, Freud habló de sexualidad infantil. Se trata del intento del niño por explicarse por qué la niña no tiene y viceversa. Una investigación rudimentaria que busca dar respuesta a preguntas que son fundamentales en la construcción de su identidad.
El Colegio Apoquindo, como muchos colegios religiosos, tiene la política de separar a los niños de las niñas. Es un acto relativamente burdo, pero que está enraizado en la respuesta neurótica frente a la diferencia sexual: la represión. No quiero saber nada de eso.
En contraste con la renegación perversa, la represión no anula los efectos de la diferencia, sino que la complejiza echando a andar una cadena de diferencaiciones en todos los ámbitos. Preferir un color en vez de otro, querer una cartera o un auto más que el siguiente, son efectos de la represión de esa primera diferencia y de sus avatares Edípicos. Como no puedo tener eso, entonces estotro.
Para el perverso la lógica es sí puedo tener eso. Y lo toma.
Las acusaciones del abogado querellante que representa a las familias de los niños en el Apoquindo van en la línea de inculpar al colegio como encubridor de los hechos. Dice que los padres que hicieron las primeras denuncias fueron descalificados por la directora. Se desliza también la idea de que el colegio habría apoyado a los inculpados y que los profesores llevaban a los niños a los abusadores.
La pregunta que se abre es si el colegio funcionaba con la renegación o con la represión. Es decir, si sabían y negaban o sabían pero no querían saber. Hay que recordar que el Apoquindo está ligado a los Legionarios de Cristo y que en su página web reza el siguiente lema: "Colegio Apoquindo y Legionarios de Cristo, juntos formando para trascender."
El fundador de la Legión, el mexicano Marcial Maciel, es un famoso perverso. Los continuadores de su obra han tenido que reconocer públicamente y pedir perdón por los actos de su patriarca. Han retirado su foto de todas las oficinas y sólo lo mencionan en los recuentos históricos de la organización. Al ser revelada la perversión de Maciel, los Legionarios de Cristo han tenido que hacer el acto neurótico de reprimir al fundador. Pero lo primero fue renegar y se hizo hasta que la evidencia era irrefutable.
El perverso le pide al neurótico silencio, pero no lo hace por legítimo temor a la ley: lo hace para producir complicidad, para imponer la ley de su goce fetichista en el otro. Quizás por eso prosperan tanto los perversos en la Iglesia Católica, donde el rito de la confesión aparece como dispositivo central de esa lógica. Silencio y complicidad ante los pecados. Si es ese el mecanismo detrás de lo sucedido en el Apoquindo, el escándalo será aún mayor.
El abogado defensor de los imputados proclama la inocencia de sus clientes. Su hipótesis es la de una "psicosis colectiva" en torno al abuso sexual y que los niños habrían sido interrogados sugestivamente por los padres para producir los testimonios que luego fueron tomados por la Fiscalía. También argumenta que las lesiones constatadas en dos de los niños no son necesariamente producidas por violación y que los imputados no tenían la posibilidad logística de estar cerca de los alumnos por suficiente tiempo para cometer los delitos.
Tanto el querellante como el defensor acusan una reacción excesiva ante el espanto: la directora descalificando, los padres psicóticos. La reacción del colegio al acumularse las denuncias también es explosiva: cámaras de seguridad, comité, comisión, renuncia, designación.
Una reacción es una respuesta a un acto y el acto perverso provoca espanto. El problema del espanto es que tiene como efecto el silencio o el grito. Es ahí donde habrá que hacer un lugar para la palabra. Decir algo en lugar del espanto.
Para el psicoanálisis el trauma sucede en dos tiempos, hay un après-coup. El primer tiempo es el acto. Eso por si solo no se vive como traumático. Lo que inscribe el trauma es el segundo momento, el de la reacción. Para las perversiones de Maciel lo primero fue el silencio, luego la negación, seguidos por el reconocimiento (la palabra perdón) y la represión. ¿Qué hará el Apoquindo? Su posición histórica fue la represión – separar a los niños de las niñas. Ahora están en el espanto y, más allá del abogado que resulte vencedor, la represión de siempre ya no sirve. ¿Qué se dirá en el Apoquindo?
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3 de julio de 2012
El Metro Cuadrado
Por Peter Molineaux
En el horario punta del Metro de Santiago, especialmente entre las estaciones Los Héroes y Baquedano de la línea uno, hay siete personas por metro cuadrado en los vagones. Siete por uno. Con esa densidad el pasamanos ya no sirve, los pasajeros se mantienen de pie a presión. Las puertas explotan al abrirse y el empujón colectivo saca milagrosamente a los que quieren salir. De inmediato viene otra ola y ensardina a los pasajeros en el interior del tren.
Una twittera preguntaba ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no hay protestas colectivas, guanacos y zorrillos en las estaciones? ¿Qué hace que aguantemos?
¿Nos gusta estar tan juntos?
Claro que no. Se ha peleado siempre, en la ciudad de superficie, por el metro cuadrado. Se le pone precio, se compra y se vende. Arriba se defiende el espacio, abajo se comparte con otras seis personas. El aire es pesado, pica la nariz y no se puede rascar. En la mañana predominan los champúes y los perfumes, en la tarde no tanto.
Hacemos todo lo posible por no mirar al vecino que ya está tan cerca que no basta con ajustar los accesorios: el acoplamiento es anatómico. Codo en la espalda, cuello torcido, pelo en la boca, rodilla en el culo.
Estamos en terreno fértil del lanzazo y el agarrón. Un galante radioescucha de la hora del taco sugería que se tomaran las medidas que hay en México DF: apartheid sexual por vagón. Que la corten esos frescos.
En vez de ocurrir el fenómeno de masa que reclama la twittera, aquel que desinhibe a cada sujeto y le permite operar como impulso único junto a los otros – rabia colectiva, por ejemplo – aparecen las mezquindades individuales que intentan sacarle un pedacito al del lado. Un pedazo de cuerpo, un objeto.
En las marchas, en los estadios y en los conciertos masivos, la multitud se hace una: se sueltan los afectos dando paso a grandes catarsis. En el metro va la masa quieta y cada uno se aferra a su rincón. Uno se acerca a la puerta, otro acomoda el pie. La señora empuja, el joven se saca la mochila. Aglomeraciones de sujetos individuales pegoteados e incómodos esperando que pase pronto el mal momento. No hay masa, no somos uno.
Para que un montón de gente junta se haga masa – para que opere la psicología de las masas – tienen que pasar un par de cosas: tiene que haber libidinización y tiene que haber identificación. Y no se trata de la líbido del corremano. La líbido, para el psicoanálisis, es la energía psíquica. En una masa, para que se unifique la muchedumbre en una sola y cada individuo sienta una conexión libidinal con el otro lo que sucede es una identificación. Esa identificación, la que provoca el júbilo, es al Ideal del Yo. El ideal puede ser un líder – Hitler, por ejemplo – o puede ser una idea: la Justicia o la Patria o la Igualdad. El mecanismo es así: el Yo se identifica a ese ideal y sus límites (los del Yo) se amplían hacia los límites más anchos del ideal. El sujeto de al lado también se identifica al ideal y su Yo difumina sus límites. Él deja de ser un otro absoluto y Yo soy junto a él parte de un gran ideal. La masa vibra, la líbido se libera, gritamos juntos, marchamos, saltamos. Somos uno.
Eso no se consigue en el metro. Aquí abajo el otro, el de al lado, no tiene nada que ver conmigo y mi Yo. Mucho menos con mi Ideal. Mientras en el metro nos tapamos los oídos y los ojos con artefactos para alejarnos del otro, en el concierto de rock el cabeceo junto al que transpira al lado es un elemento fundamental de la euforia.
¿Por qué en el tren subterráneo la masa se mantiene fría?
Pues porque el Metro ha tomado medidas. Sabe que para que no se desborde la masa, hay que organizarla. Se han dispuesto funcionarios para cortar el flujo, para reanudarlo. Flujo de pasajeros, como un torrente que riega gente por la ciudad y que hay que conducir. Compuertas y monitores regulan las crecidas. Cuerdas y separaciones para indicar la dirección. Se sabe que si toda esta gente junta deja de fluir puede resultar en una avalancha. Se sabe también que si se identifica a un ideal, si cada uno siente una camaradería libidinal por el otro bajo una idea común, el flujo explota. Caos bajo tierra.
Han aparecido afiches grandes, de esos donde habitualmente hay publicidad en los andenes, en los que el Metro invita a participar de una mesa redonda a sus usuarios para discutir los problemas contingentes del transporte subterráneo. Los presenta con una foto en la que hay una señora mayor, una mujer vestida de oficina, un joven un poquito rockero, un hombre de mediana edad... Es un intento por que cada pasajero se identifique individualmente con su personaje y no con el ideal de la masa. Además la invitación – a la que seguramente no responda casi nadie – es a una mesa redonda, a un lugar de conversación. Se apela a la consciencia, a la templanza de cada uno. La mesa en vez de la masa para que no se desborde el flujo.
Toda la organización de la muchedumbre está pensada para que no se haga masa, para que cada Yo se mantenga dentro de sus límites. En Londres hay avisos en las escaleras mecánicas: stand on your right, párese a la derecha para que los más ágiles suban corriendo. En Tokio hay funcionarios en el andén encargados de comprimir a los pasajeros. En Nueva York los carros están climatizados y aquellos en los que ha fallado el aire acondicionado están vacíos, mejor apretado que acalorado. En Santiago: apretado y transpirando. Anuncian que ya viene el aire y cada pasajero va pensando que ya será mejor. Uno a uno.
Durante el día se olvidan los minutos eternos del Metro cuadrado y cada uno recorre la ciudad intentando arreglárselas con la terrible diferencia entre su propio Yo y su Ideal. En la tarde se regresa a esa caldera que está siempre a un paso de hacerse masa.
En el horario punta del Metro de Santiago, especialmente entre las estaciones Los Héroes y Baquedano de la línea uno, hay siete personas por metro cuadrado en los vagones. Siete por uno. Con esa densidad el pasamanos ya no sirve, los pasajeros se mantienen de pie a presión. Las puertas explotan al abrirse y el empujón colectivo saca milagrosamente a los que quieren salir. De inmediato viene otra ola y ensardina a los pasajeros en el interior del tren.
Una twittera preguntaba ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no hay protestas colectivas, guanacos y zorrillos en las estaciones? ¿Qué hace que aguantemos?
¿Nos gusta estar tan juntos?
Claro que no. Se ha peleado siempre, en la ciudad de superficie, por el metro cuadrado. Se le pone precio, se compra y se vende. Arriba se defiende el espacio, abajo se comparte con otras seis personas. El aire es pesado, pica la nariz y no se puede rascar. En la mañana predominan los champúes y los perfumes, en la tarde no tanto.
Hacemos todo lo posible por no mirar al vecino que ya está tan cerca que no basta con ajustar los accesorios: el acoplamiento es anatómico. Codo en la espalda, cuello torcido, pelo en la boca, rodilla en el culo.
Estamos en terreno fértil del lanzazo y el agarrón. Un galante radioescucha de la hora del taco sugería que se tomaran las medidas que hay en México DF: apartheid sexual por vagón. Que la corten esos frescos.
En vez de ocurrir el fenómeno de masa que reclama la twittera, aquel que desinhibe a cada sujeto y le permite operar como impulso único junto a los otros – rabia colectiva, por ejemplo – aparecen las mezquindades individuales que intentan sacarle un pedacito al del lado. Un pedazo de cuerpo, un objeto.
En las marchas, en los estadios y en los conciertos masivos, la multitud se hace una: se sueltan los afectos dando paso a grandes catarsis. En el metro va la masa quieta y cada uno se aferra a su rincón. Uno se acerca a la puerta, otro acomoda el pie. La señora empuja, el joven se saca la mochila. Aglomeraciones de sujetos individuales pegoteados e incómodos esperando que pase pronto el mal momento. No hay masa, no somos uno.
Para que un montón de gente junta se haga masa – para que opere la psicología de las masas – tienen que pasar un par de cosas: tiene que haber libidinización y tiene que haber identificación. Y no se trata de la líbido del corremano. La líbido, para el psicoanálisis, es la energía psíquica. En una masa, para que se unifique la muchedumbre en una sola y cada individuo sienta una conexión libidinal con el otro lo que sucede es una identificación. Esa identificación, la que provoca el júbilo, es al Ideal del Yo. El ideal puede ser un líder – Hitler, por ejemplo – o puede ser una idea: la Justicia o la Patria o la Igualdad. El mecanismo es así: el Yo se identifica a ese ideal y sus límites (los del Yo) se amplían hacia los límites más anchos del ideal. El sujeto de al lado también se identifica al ideal y su Yo difumina sus límites. Él deja de ser un otro absoluto y Yo soy junto a él parte de un gran ideal. La masa vibra, la líbido se libera, gritamos juntos, marchamos, saltamos. Somos uno.
Eso no se consigue en el metro. Aquí abajo el otro, el de al lado, no tiene nada que ver conmigo y mi Yo. Mucho menos con mi Ideal. Mientras en el metro nos tapamos los oídos y los ojos con artefactos para alejarnos del otro, en el concierto de rock el cabeceo junto al que transpira al lado es un elemento fundamental de la euforia.
¿Por qué en el tren subterráneo la masa se mantiene fría?
Pues porque el Metro ha tomado medidas. Sabe que para que no se desborde la masa, hay que organizarla. Se han dispuesto funcionarios para cortar el flujo, para reanudarlo. Flujo de pasajeros, como un torrente que riega gente por la ciudad y que hay que conducir. Compuertas y monitores regulan las crecidas. Cuerdas y separaciones para indicar la dirección. Se sabe que si toda esta gente junta deja de fluir puede resultar en una avalancha. Se sabe también que si se identifica a un ideal, si cada uno siente una camaradería libidinal por el otro bajo una idea común, el flujo explota. Caos bajo tierra.
Han aparecido afiches grandes, de esos donde habitualmente hay publicidad en los andenes, en los que el Metro invita a participar de una mesa redonda a sus usuarios para discutir los problemas contingentes del transporte subterráneo. Los presenta con una foto en la que hay una señora mayor, una mujer vestida de oficina, un joven un poquito rockero, un hombre de mediana edad... Es un intento por que cada pasajero se identifique individualmente con su personaje y no con el ideal de la masa. Además la invitación – a la que seguramente no responda casi nadie – es a una mesa redonda, a un lugar de conversación. Se apela a la consciencia, a la templanza de cada uno. La mesa en vez de la masa para que no se desborde el flujo.
Toda la organización de la muchedumbre está pensada para que no se haga masa, para que cada Yo se mantenga dentro de sus límites. En Londres hay avisos en las escaleras mecánicas: stand on your right, párese a la derecha para que los más ágiles suban corriendo. En Tokio hay funcionarios en el andén encargados de comprimir a los pasajeros. En Nueva York los carros están climatizados y aquellos en los que ha fallado el aire acondicionado están vacíos, mejor apretado que acalorado. En Santiago: apretado y transpirando. Anuncian que ya viene el aire y cada pasajero va pensando que ya será mejor. Uno a uno.
Durante el día se olvidan los minutos eternos del Metro cuadrado y cada uno recorre la ciudad intentando arreglárselas con la terrible diferencia entre su propio Yo y su Ideal. En la tarde se regresa a esa caldera que está siempre a un paso de hacerse masa.
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25 de junio de 2012
27/f, carta de Bachelet y Angustia
Por Antonio Moreno Obando
Ha llegado carta: la madre que parecía enredar su deseo en asuntos extranjeros, vuelve con su deseo a presentar algo mantenido a raya por omisión: su deseo de volver a ser “la jefa” de todos los chilenos. No parece casualidad que durante estos días los medios de comunicación asocien dos hechos de distinta naturaleza ante la presentificación del deseo de esta mujer jefa, la catástrofe del 27/f y la carta que oferta a sus hijos. Al parecer por alguna razón ambos producen un efecto.
El día lunes pasado, una comisión de hijos únicos sin hermanos políticos llamados comisión 27/f, acusan a esta particular madre de haber cometido una gravísima falta por haber privado de los cuidados necesarios a la población, producto de su incompetencia para interpretar señales. Estas señales eran escamoteadas, horadadas, por aquellos chilenos que sufrían una catástrofe real.
Ya todos hemos visto a esta madre por video digital, preguntando en esa oficina de emergencias a esos otros sujetos indiferenciados y semidormidos, como extensiones de un Yo en trabajo de sueño, sobre señales certeras de la catástrofe, pero por alguna razón los escritos que llegaban desde afuera eran indescifrables. En este escenario onírico, las palabras escritas se mostraban como garabatos, lengua materna que aún no pierde todo el sentido y que incapaz para nombrar algo no logra cifrar algo de eso real que estaba ocurriendo.
Sus hijos la acusan de algo claro: no logró traducir una necesidad real en demanda; no hubo la oferta oportuna, y por el hecho de encarnar ese Otro primordial del cual todo emana, esa noche de devastación no hubo una palabra que nos comunicara.
La comisión de hijos únicos en su trabajo llama gravísima esta falta de liderazgo sin lograr explicarse cómo no fue posible leer y entender un texto escrito tan simple como los comunicados faxeados entre las entidades vigilantes. Es que resulta difícil explicar por qué la ex presidenta accede a la lectoescritura para escribir una carta llena de su propio deseo como la que fue leída el fin de semana anterior en la Democracia Cristiana y no le funcionó esa noche cuando leía confusos informes sobre las necesidades de sus hijos. Es que la lectura de las señales siempre es un fallido y penoso camino.
La Onemi es una oficina especializada en gestionar catástrofes. Esto implica emplear todo el conocimiento científico que existe para cumplir su viejo anhelo epistemológico: prevenir y controlar eventos. Para los ojos de un gobierno experto en gestión como el actual, se veía tan sencillo saber leer un fax o prender un teléfono satelital. Sin embargo, hace solo un mes, la autoridad máxima de este organismo decía a quien quisiera escucharlo que los procedimientos de emergencias no podían perpetuarse en el tiempo y que cada situación y localidad tiene sus particularidades, como si no fuera tan sencillo llegar y poner en protocolos la cosa. Aún cuesta creer que después de tanto estudio altamente especializado de entidades independientes que apoyan la gestión del gobierno se pueda saber con precisión las catástrofes del alza en los impuestos hasta el 2020, pero no se pueda aún predecir y controlar cómo sacar el agua de las casas de la clase media cuando llueve un día y medio, ni mucho menos calcular el impacto económico que para esa comunidad en particular esto tiene. ¿Qué pasa con la gestión de las catástrofes? ¿Qué es lo que angustia en las catástrofes? ¿Cuál es la diferencia entre las alarmas y una crisis real? ¿De qué es acusada Michelle Bachelet?
La palabra angustia fue reemplazada por la palabra ansiedad por la neuropsiquiatría de la evidencia hace décadas, en donde el paroxisma expresado como síntoma en la experiencia del paciente está determinado por lo plausible de su causa, parangón a su vez determinado por la adaptación de ese organismo funcional con su entorno. En otras palabras: si usted grita y arranca despavorido al ver avecinarse un maremoto está bien, pero si hace lo mismo cuando ve llegar a su madre de sorpresa un día domingo, posiblemente necesite un tratamiento medicamentoso.
A pesar de que Freud dijo muchas cosas sobre la angustia después de muchas vueltas, recién en el 1932 se anima a diferenciar tres tipos: la angustia real sobre un peligro externo, la angustia neurótica sobre un peligro proveniente de las propias pulsiones del inconsciente o la angustia de conciencia cuando surge un peligro de lo moral. Pero a pesar del paroxisma que implique en la experiencia, Freud siempre entendió este algo sentido como una señal ante la presencia de algo peor que se aproxima. Pero ¿Cómo vamos a saber de dónde viene el peligro? ¿Cómo vamos a saber a qué tipo de angustia freudiana corresponde el hecho de que usted quiera correr despavorido los domingos frente la visita inesperada de su madre?
Por eso es que a veces es tan difícil para los clínicos pensar en qué hacer con esta alarma, cómo se gestiona, dónde radica su eficacia, cuáles son los tratamientos que sirven y en qué consisten sus protocolos.
Algo extraño nos indica que la madre puede jugar un papel fundamental en la aparición de la angustia. Puede pensarse una causa para esta experiencia cuando no hay la suficiente distancia entre ese Otro primordial materno y aquel pedazo de carne que como hijo pelea por diferenciarse, por poner una demanda entre ambos. Por eso Lacan dice que la angustia es falta de una falta, porque la madre al llegar de sorpresa un día domingo puede saturar de amor a tal punto a ese sujeto que en tanto hijo es nuevamente incorporado al capricho materno igual como si fuera un objeto, tal como un día fue parte de su cuerpo.
Por eso es menos angustiante cuando ella logra escuchar una demanda para aparecer, como por ejemplo venir de visita cuando es invitada. Angustia saber que la madre quiere algo y va a poner en posición de objeto a sus hijos. Es cosa de ver la rabieta de Quintana presidente del PPD ante la posibilidad de ser devorado por un Otro primordial aun no invitado. La carta muestra el deseo de Bachelet y eso implica necesariamente estragos.
Michelle tranquiliza y angustia sin mayores razones, es acusada como madre y querida como tal. Su liderazgo está puesto en juego por afinar poco la demanda que oferta, ante un país de hijos desordenados que habitan en el problema de la representación. ¿No será demasiado esto de que nos gobierne una madre? ¿Qué responsabilidad tiene en las catástrofes nuestro padre ciencia, que descifra en forma tan certera las leyes ocultas del universo cuando no logra predecir la irrupción de la devastación? ¿Qué tipo de catástrofes cobran vidas por lo impredecible y cuáles otras por el recorte de un método?
Ha llegado carta: la madre que parecía enredar su deseo en asuntos extranjeros, vuelve con su deseo a presentar algo mantenido a raya por omisión: su deseo de volver a ser “la jefa” de todos los chilenos. No parece casualidad que durante estos días los medios de comunicación asocien dos hechos de distinta naturaleza ante la presentificación del deseo de esta mujer jefa, la catástrofe del 27/f y la carta que oferta a sus hijos. Al parecer por alguna razón ambos producen un efecto.
El día lunes pasado, una comisión de hijos únicos sin hermanos políticos llamados comisión 27/f, acusan a esta particular madre de haber cometido una gravísima falta por haber privado de los cuidados necesarios a la población, producto de su incompetencia para interpretar señales. Estas señales eran escamoteadas, horadadas, por aquellos chilenos que sufrían una catástrofe real.
Ya todos hemos visto a esta madre por video digital, preguntando en esa oficina de emergencias a esos otros sujetos indiferenciados y semidormidos, como extensiones de un Yo en trabajo de sueño, sobre señales certeras de la catástrofe, pero por alguna razón los escritos que llegaban desde afuera eran indescifrables. En este escenario onírico, las palabras escritas se mostraban como garabatos, lengua materna que aún no pierde todo el sentido y que incapaz para nombrar algo no logra cifrar algo de eso real que estaba ocurriendo.
Sus hijos la acusan de algo claro: no logró traducir una necesidad real en demanda; no hubo la oferta oportuna, y por el hecho de encarnar ese Otro primordial del cual todo emana, esa noche de devastación no hubo una palabra que nos comunicara.
La comisión de hijos únicos en su trabajo llama gravísima esta falta de liderazgo sin lograr explicarse cómo no fue posible leer y entender un texto escrito tan simple como los comunicados faxeados entre las entidades vigilantes. Es que resulta difícil explicar por qué la ex presidenta accede a la lectoescritura para escribir una carta llena de su propio deseo como la que fue leída el fin de semana anterior en la Democracia Cristiana y no le funcionó esa noche cuando leía confusos informes sobre las necesidades de sus hijos. Es que la lectura de las señales siempre es un fallido y penoso camino.
La Onemi es una oficina especializada en gestionar catástrofes. Esto implica emplear todo el conocimiento científico que existe para cumplir su viejo anhelo epistemológico: prevenir y controlar eventos. Para los ojos de un gobierno experto en gestión como el actual, se veía tan sencillo saber leer un fax o prender un teléfono satelital. Sin embargo, hace solo un mes, la autoridad máxima de este organismo decía a quien quisiera escucharlo que los procedimientos de emergencias no podían perpetuarse en el tiempo y que cada situación y localidad tiene sus particularidades, como si no fuera tan sencillo llegar y poner en protocolos la cosa. Aún cuesta creer que después de tanto estudio altamente especializado de entidades independientes que apoyan la gestión del gobierno se pueda saber con precisión las catástrofes del alza en los impuestos hasta el 2020, pero no se pueda aún predecir y controlar cómo sacar el agua de las casas de la clase media cuando llueve un día y medio, ni mucho menos calcular el impacto económico que para esa comunidad en particular esto tiene. ¿Qué pasa con la gestión de las catástrofes? ¿Qué es lo que angustia en las catástrofes? ¿Cuál es la diferencia entre las alarmas y una crisis real? ¿De qué es acusada Michelle Bachelet?
La palabra angustia fue reemplazada por la palabra ansiedad por la neuropsiquiatría de la evidencia hace décadas, en donde el paroxisma expresado como síntoma en la experiencia del paciente está determinado por lo plausible de su causa, parangón a su vez determinado por la adaptación de ese organismo funcional con su entorno. En otras palabras: si usted grita y arranca despavorido al ver avecinarse un maremoto está bien, pero si hace lo mismo cuando ve llegar a su madre de sorpresa un día domingo, posiblemente necesite un tratamiento medicamentoso.
A pesar de que Freud dijo muchas cosas sobre la angustia después de muchas vueltas, recién en el 1932 se anima a diferenciar tres tipos: la angustia real sobre un peligro externo, la angustia neurótica sobre un peligro proveniente de las propias pulsiones del inconsciente o la angustia de conciencia cuando surge un peligro de lo moral. Pero a pesar del paroxisma que implique en la experiencia, Freud siempre entendió este algo sentido como una señal ante la presencia de algo peor que se aproxima. Pero ¿Cómo vamos a saber de dónde viene el peligro? ¿Cómo vamos a saber a qué tipo de angustia freudiana corresponde el hecho de que usted quiera correr despavorido los domingos frente la visita inesperada de su madre?
Por eso es que a veces es tan difícil para los clínicos pensar en qué hacer con esta alarma, cómo se gestiona, dónde radica su eficacia, cuáles son los tratamientos que sirven y en qué consisten sus protocolos.
Algo extraño nos indica que la madre puede jugar un papel fundamental en la aparición de la angustia. Puede pensarse una causa para esta experiencia cuando no hay la suficiente distancia entre ese Otro primordial materno y aquel pedazo de carne que como hijo pelea por diferenciarse, por poner una demanda entre ambos. Por eso Lacan dice que la angustia es falta de una falta, porque la madre al llegar de sorpresa un día domingo puede saturar de amor a tal punto a ese sujeto que en tanto hijo es nuevamente incorporado al capricho materno igual como si fuera un objeto, tal como un día fue parte de su cuerpo.
Por eso es menos angustiante cuando ella logra escuchar una demanda para aparecer, como por ejemplo venir de visita cuando es invitada. Angustia saber que la madre quiere algo y va a poner en posición de objeto a sus hijos. Es cosa de ver la rabieta de Quintana presidente del PPD ante la posibilidad de ser devorado por un Otro primordial aun no invitado. La carta muestra el deseo de Bachelet y eso implica necesariamente estragos.
Michelle tranquiliza y angustia sin mayores razones, es acusada como madre y querida como tal. Su liderazgo está puesto en juego por afinar poco la demanda que oferta, ante un país de hijos desordenados que habitan en el problema de la representación. ¿No será demasiado esto de que nos gobierne una madre? ¿Qué responsabilidad tiene en las catástrofes nuestro padre ciencia, que descifra en forma tan certera las leyes ocultas del universo cuando no logra predecir la irrupción de la devastación? ¿Qué tipo de catástrofes cobran vidas por lo impredecible y cuáles otras por el recorte de un método?
18 de junio de 2012
Lithium
Por Peter Molineaux
El Ministerio de Minería propuso, para escamotear la ley que declara no concesionable al litio en Chile, decretar la oferta de Contratos Especiales de Operación a las empresas que se ganen la licitación. Las licitaciones otorgadas tendrían un límite en cantidad y tiempo.
El litio extrae su deseabilidad del futuro automotriz: los autos eléctricos usan baterías de este mineral e irán reemplazando durante el siglo a los motores sedientos de ese menguante oro negro.
Oro blanco, le dicen. Por metonimia lo asociamos al oro. Por metáfora también: el litio es el gold standard de los estabilizadores del ánimo. Como el oro entre las monedas internacionales, que da un valor conocido contra el que todos se pueden transparentar, el litio es el estándar de su área de la investigación farmacológica: si su nuevo medicamento estabiliza más que el litio, es bueno.
La discusión surgida recientemente en torno a la explotación del litio tiene algo de este gold standard. Se debate fuertemente el asunto porque si lo hacemos de una manera con el litio, se le podrá comparar con todo el mineral chileno y medir, por ejemplo, si lo que se hace con él funciona mejor que lo que se hace con el cobre. Lo que está en debate en el país es lo siguiente: o lo concesionamos o lo explotamos.
Una concesión es un don, ceder algo a otro. ¿A cambio de qué? La economía liberal dice que a cambio de competitividad. Ceder para no quedarnos atrás. La economía socialdemócrata dirá que es mejor que el Estado se haga cargo y reparta los beneficios entre los ciudadanos. No ceder para quedarnos con lo producido.
Por la vía de la concesión se ha agregado en Chile un impuesto a la extracción de recursos no renovables, un royalty, palabra que se traduce del inglés como realeza – cobrar como cobra el rey por trabajar sus tierras. Si el Estado hiciera la explotación, como quiere la oposición, tendría que trabajar. Cobrar o trabajar, esa es la cuestión.
Pero también está la cuestión de la elaboración. Ahí estaría el cambio de paradigma: dejar de ser un país de explotación y exportación para ser un país donde se elaboran las materias y se hacen productos complejos. La batería de litio made in Chile.
El sueño de la industrialización empalmado al sueño medioambiental de la energía limpia.
Freud fundó el psicoanálisis sobre la interpretación de los sueños. Su tesis fue que los sueños son cumplimientos de deseos. Estos deseos estarían reprimidos – son inconscientes – porque el soñante no puede admitir lo que desea. Sin embargo esos deseos se las arreglan para expresarse a través de una codificación que Freud llamó el trabajo del sueño.
Para que el sueño funcione – para que se exprese el deseo – hay que hacer un trabajo.
Ese trabajo consiste en engañar a la consciencia: el inconsciente transforma los contenidos latentes (deseos, recuerdos, traumas) en contenidos altamente simbólicos a través de los mecanismos de la condensación y el desplazamiento: juntar en un símbolo varios contenidos o deslizar el contenido hacia un símbolo asociado. Hay una transformación de un material en otro, más complejo y que se puede usar.
La pregunta hoy es por el deseo: ¿Qué queremos con el litio? La respuesta del Gobierno ha sido, a través de un decreto, que lo trabaje otro. Que me dé un pedacito, que me rinda tributo.
En un célebre capítulo de su libro El Yo y el Ello, Freud describe los vasallajes del Yo. Él, el Yo, se cree amo de su territorio (el aparato psíquico), pero debe ceder constantemente al Ello, insaciable demandante de satisfacción, y al Superyó, severo representante interno de las normas morales más estrictas. El rey, el que cobra royalty, es un vasallo.
La solución de la concesión del litio intenta, con un espejismo narcisista, dejarnos como rey: el litio es mío y le doy un poco a otro. Pero en realidad nos deja como donantes fáciles a un rey de afuera y vasallos como siempre del reino interno. Se hipoteca el deseo detrás del sueño del litio y se recibe a cambio el porcentaje del reyecillo.
Ese sueño del litio tiene una historia, un material latente, que tiene los registros traumáticos de la minería nacional. Desde la frustración de Valdivia al no encontrar mucho oro hasta la judicialización de las diferencias contractuales entre CODELCO y Anglo American, pasando por el drama nortino del salitre y la nacionalización del cobre, lo minero suena en el fondo de la travesía chilena.
La pregunta sigue siendo la misma, ¿qué queremos con el mineral?
Los dos lados de la discusión, liberales y socialdemócratas, coinciden en torno a la elaboración del litio. Quieren que desarrollemos tecnologías, que no seamos solamente exportadores, que seamos líderes.
Que el litio chileno sea líder. Ese es el sueño. Para que ese sueño se sueñe tiene que haber un deseo: que nuestro litio sea líder, que mi litio sea líder.
Quiero que sea mio. Ese es el deseo.
Entonces, no quiero concedérselo a otro. El deseo no se cede. Lo que hay que hacer con el deseo, para que se haga el sueño, es un trabajo.
Ahí aparece el vasallaje interno, el de El Yo y el Ello. Para Freud eso sólo logra conducirse con cierto éxito cuando sucede lo que llamó sublimación: que los deseos más inconfesables y ocultos se salten al Yo – y su narcisismo – y produzcan una obra de alto valor estético, social o cultural. La Batería de Litio Chilena.
El Ministerio de Minería propuso, para escamotear la ley que declara no concesionable al litio en Chile, decretar la oferta de Contratos Especiales de Operación a las empresas que se ganen la licitación. Las licitaciones otorgadas tendrían un límite en cantidad y tiempo.
El litio extrae su deseabilidad del futuro automotriz: los autos eléctricos usan baterías de este mineral e irán reemplazando durante el siglo a los motores sedientos de ese menguante oro negro.
Oro blanco, le dicen. Por metonimia lo asociamos al oro. Por metáfora también: el litio es el gold standard de los estabilizadores del ánimo. Como el oro entre las monedas internacionales, que da un valor conocido contra el que todos se pueden transparentar, el litio es el estándar de su área de la investigación farmacológica: si su nuevo medicamento estabiliza más que el litio, es bueno.
La discusión surgida recientemente en torno a la explotación del litio tiene algo de este gold standard. Se debate fuertemente el asunto porque si lo hacemos de una manera con el litio, se le podrá comparar con todo el mineral chileno y medir, por ejemplo, si lo que se hace con él funciona mejor que lo que se hace con el cobre. Lo que está en debate en el país es lo siguiente: o lo concesionamos o lo explotamos.
Una concesión es un don, ceder algo a otro. ¿A cambio de qué? La economía liberal dice que a cambio de competitividad. Ceder para no quedarnos atrás. La economía socialdemócrata dirá que es mejor que el Estado se haga cargo y reparta los beneficios entre los ciudadanos. No ceder para quedarnos con lo producido.
Por la vía de la concesión se ha agregado en Chile un impuesto a la extracción de recursos no renovables, un royalty, palabra que se traduce del inglés como realeza – cobrar como cobra el rey por trabajar sus tierras. Si el Estado hiciera la explotación, como quiere la oposición, tendría que trabajar. Cobrar o trabajar, esa es la cuestión.
Pero también está la cuestión de la elaboración. Ahí estaría el cambio de paradigma: dejar de ser un país de explotación y exportación para ser un país donde se elaboran las materias y se hacen productos complejos. La batería de litio made in Chile.
El sueño de la industrialización empalmado al sueño medioambiental de la energía limpia.
Freud fundó el psicoanálisis sobre la interpretación de los sueños. Su tesis fue que los sueños son cumplimientos de deseos. Estos deseos estarían reprimidos – son inconscientes – porque el soñante no puede admitir lo que desea. Sin embargo esos deseos se las arreglan para expresarse a través de una codificación que Freud llamó el trabajo del sueño.
Para que el sueño funcione – para que se exprese el deseo – hay que hacer un trabajo.
Ese trabajo consiste en engañar a la consciencia: el inconsciente transforma los contenidos latentes (deseos, recuerdos, traumas) en contenidos altamente simbólicos a través de los mecanismos de la condensación y el desplazamiento: juntar en un símbolo varios contenidos o deslizar el contenido hacia un símbolo asociado. Hay una transformación de un material en otro, más complejo y que se puede usar.
La pregunta hoy es por el deseo: ¿Qué queremos con el litio? La respuesta del Gobierno ha sido, a través de un decreto, que lo trabaje otro. Que me dé un pedacito, que me rinda tributo.
En un célebre capítulo de su libro El Yo y el Ello, Freud describe los vasallajes del Yo. Él, el Yo, se cree amo de su territorio (el aparato psíquico), pero debe ceder constantemente al Ello, insaciable demandante de satisfacción, y al Superyó, severo representante interno de las normas morales más estrictas. El rey, el que cobra royalty, es un vasallo.
La solución de la concesión del litio intenta, con un espejismo narcisista, dejarnos como rey: el litio es mío y le doy un poco a otro. Pero en realidad nos deja como donantes fáciles a un rey de afuera y vasallos como siempre del reino interno. Se hipoteca el deseo detrás del sueño del litio y se recibe a cambio el porcentaje del reyecillo.
Ese sueño del litio tiene una historia, un material latente, que tiene los registros traumáticos de la minería nacional. Desde la frustración de Valdivia al no encontrar mucho oro hasta la judicialización de las diferencias contractuales entre CODELCO y Anglo American, pasando por el drama nortino del salitre y la nacionalización del cobre, lo minero suena en el fondo de la travesía chilena.
La pregunta sigue siendo la misma, ¿qué queremos con el mineral?
Los dos lados de la discusión, liberales y socialdemócratas, coinciden en torno a la elaboración del litio. Quieren que desarrollemos tecnologías, que no seamos solamente exportadores, que seamos líderes.
Que el litio chileno sea líder. Ese es el sueño. Para que ese sueño se sueñe tiene que haber un deseo: que nuestro litio sea líder, que mi litio sea líder.
Quiero que sea mio. Ese es el deseo.
Entonces, no quiero concedérselo a otro. El deseo no se cede. Lo que hay que hacer con el deseo, para que se haga el sueño, es un trabajo.
Ahí aparece el vasallaje interno, el de El Yo y el Ello. Para Freud eso sólo logra conducirse con cierto éxito cuando sucede lo que llamó sublimación: que los deseos más inconfesables y ocultos se salten al Yo – y su narcisismo – y produzcan una obra de alto valor estético, social o cultural. La Batería de Litio Chilena.
11 de junio de 2012
Al estadio, al estadio. Seguro.
Por Peter Molineaux
El estadio no es seguro. La única manera de contener su volatilidad ha sido con estructuras de concreto, diques, rejas o leyes severísimas. Lo que está en juego en el estadio, los ingredientes que están más allá del juego de pelota, van exactamente en contra de la seguridad: hay ganas de destruir al otro.
La pasión que despierta el fútbol se desparrama, se contagia y desborda los macizos límites de nuestros coliseos modernos. El hincha tiene su nombre bien puesto: se hincha, hincha al de al lado e hincha a la hinchada. Hincha al jugador, al equipo.
Es conocido el otro significado de hincha, el hincha pelotas, aquel que colma al otro con su persistencia. Esas pelotas, las que no son de fútbol ni las biológicas, aveces revientan.
El resultado es explosivo, violento. Se desata una batalla entre hinchados que rompen con su bandera el cuerpo del otro o, viceversa, el otro rompe con sus manos la bandera del primero desatando la ira. A veces hasta la muerte: desacralizaste mi camiseta.
Las fanaticadas se estrellan cervezas en las cabezas, se lanzan pedazos de calle y escupitajos en muchos países: hooligans ingleses, tifosi italianos, barristas latinoamericanos. No es un descontento social contingente.
Ser de un equipo pone en juego algo muy profundo, casi ontológico: se juega la identidad.
En términos freudianos es una identificación, es decir, algo tomado del otro y hecho propio para armar un Yo, para dar una respuesta coherente a la pregunta fundacional ¿quién soy?
Cuán central sea esta identificación futbolera dependerá de cada historia. Muchas veces se transmite familiarmente y se guarda muy cerca de otras identidades fundamentales como ser hombre, mujer, chileno, chilena, regalón, princesa, oveja negra. Soy del Colo, de la U.
Otras veces sirve para sortear la adolescencia y el remezón que reciben las dinámicas infantiles con el paso por la pubertad. Puede ser también una gran rebelión: elegir un equipo en contra de la tradición familiar. Las historias son variadas, pero en el hincha, la identificación a su equipo está muy cerca de lo que lo estructura psíquicamente – tan cerca que no lo sabe. Es inconsciente.
Al frente está el otro. El otro hincha, el otro equipo. Lo que apasiona es derrotarlo porque si él existe, con su identidad, hace tambalear la mía porque sé – inconscientemente – que la mía también es de otro. No temo que el otro quiera quitarme a mi equipo o suplantarme como hincha de mi camiseta. No defiendo algo mío porque el otro lo quiera tomar, que sería lógico, consciente, sino porque su existencia revela la operación primitiva que hice para decir quién soy.
No quiero saber nada de eso. Entonces el otro es el incompleto, el inútil, el enemigo a demoler.
Pero en el estadio de fútbol hay algo más que ganas de destruir al otro. Hay amor. Además del amor a la camiseta, a los colores y al equipo propio, hay en los cantos de las barras algo de amor para el otro. Se prometen sodomizaciones y felaciones en variadas estrofas, muestra de un apasionado amor homoerótico. Al mismo tiempo que se asegura que los del frente son homosexuales, generalmente con la palabra hueco o maricón, se canta "al chuncho lo vamos a culiar" o "indio chúpalo." La intención explícita, al parecer, es sádica. Sin embargo el propio Marqués habría argumentado que por serlo no deja de ser amor. Algo se hincha.
La relación al otro es ambivalente: los conocidos Eros y Tanatos. Historias de amor y odio hay en todos lados. Lo que sorprende en el fútbol es el contraste entre un juego – que ciertamente puede levantar rivalidades – y una pasión descabellada capaz de producir niveles de violencia extremos. Las identificaciones primarias se defienden con violencia.
Se ha implementado para erradicar esa violencia el Plan Estadio Seguro. A su cargo está Cristián Barra, que además de apellidarse muy adecuadamente, combina en su currículum problemas con la justicia y un deseo que ha sido descrito por algunos periodistas como "roba cámaras" y "pasado de revoluciones." Su historia mediática comenzó cuando le quitó el micrófono al Ministro Golborne en el primer contacto con los 33 mineros. Su misión hoy es eliminar a las barras bravas.
Barra el Bravo versus Barras Bravas. Hay dos pasiones enfrentadas: la que busca identificarse, ser reconocido en la pantalla, y la que defiende su identificación temprana a un color que le dio sentido. Vaya batalla. Hay amenazas telefónicas a los unos, arrestos a los otros, prohibiciones de bombos y el hackeo de la página de la ANFP. La palabra "hack" es onomatopéyica, el golpe de un hacha contra la madera: hack, hack, hack. Si no hay bombo – bum! – hay hack. El que defiende una identificación tan profunda lo va a hacer con todo lo que tiene. Lo ha hecho desde que es.
La Intendenta Metropolitana, Cecilia Pérez, quiere "que vuelva la familia a los estadios," que sea una fiesta con globitos y serpentinas. Su función es la de la represión, entendida en su sentido psicoanalítico: enviar algo al inconsciente para no saber nada de eso. Pero lo reprimido quiere salir y se las arregla para hacerlo. Freud, al hablar de los síntomas neuróticos usó la frase el retorno de lo reprimido. ¿Cómo retornará lo reprimido la próxima vez? Bum, hack, ¿ ?
El estadio no es seguro. La única manera de contener su volatilidad ha sido con estructuras de concreto, diques, rejas o leyes severísimas. Lo que está en juego en el estadio, los ingredientes que están más allá del juego de pelota, van exactamente en contra de la seguridad: hay ganas de destruir al otro.
La pasión que despierta el fútbol se desparrama, se contagia y desborda los macizos límites de nuestros coliseos modernos. El hincha tiene su nombre bien puesto: se hincha, hincha al de al lado e hincha a la hinchada. Hincha al jugador, al equipo.
Es conocido el otro significado de hincha, el hincha pelotas, aquel que colma al otro con su persistencia. Esas pelotas, las que no son de fútbol ni las biológicas, aveces revientan.
El resultado es explosivo, violento. Se desata una batalla entre hinchados que rompen con su bandera el cuerpo del otro o, viceversa, el otro rompe con sus manos la bandera del primero desatando la ira. A veces hasta la muerte: desacralizaste mi camiseta.
Las fanaticadas se estrellan cervezas en las cabezas, se lanzan pedazos de calle y escupitajos en muchos países: hooligans ingleses, tifosi italianos, barristas latinoamericanos. No es un descontento social contingente.
Ser de un equipo pone en juego algo muy profundo, casi ontológico: se juega la identidad.
En términos freudianos es una identificación, es decir, algo tomado del otro y hecho propio para armar un Yo, para dar una respuesta coherente a la pregunta fundacional ¿quién soy?
Cuán central sea esta identificación futbolera dependerá de cada historia. Muchas veces se transmite familiarmente y se guarda muy cerca de otras identidades fundamentales como ser hombre, mujer, chileno, chilena, regalón, princesa, oveja negra. Soy del Colo, de la U.
Otras veces sirve para sortear la adolescencia y el remezón que reciben las dinámicas infantiles con el paso por la pubertad. Puede ser también una gran rebelión: elegir un equipo en contra de la tradición familiar. Las historias son variadas, pero en el hincha, la identificación a su equipo está muy cerca de lo que lo estructura psíquicamente – tan cerca que no lo sabe. Es inconsciente.
Al frente está el otro. El otro hincha, el otro equipo. Lo que apasiona es derrotarlo porque si él existe, con su identidad, hace tambalear la mía porque sé – inconscientemente – que la mía también es de otro. No temo que el otro quiera quitarme a mi equipo o suplantarme como hincha de mi camiseta. No defiendo algo mío porque el otro lo quiera tomar, que sería lógico, consciente, sino porque su existencia revela la operación primitiva que hice para decir quién soy.
No quiero saber nada de eso. Entonces el otro es el incompleto, el inútil, el enemigo a demoler.
Pero en el estadio de fútbol hay algo más que ganas de destruir al otro. Hay amor. Además del amor a la camiseta, a los colores y al equipo propio, hay en los cantos de las barras algo de amor para el otro. Se prometen sodomizaciones y felaciones en variadas estrofas, muestra de un apasionado amor homoerótico. Al mismo tiempo que se asegura que los del frente son homosexuales, generalmente con la palabra hueco o maricón, se canta "al chuncho lo vamos a culiar" o "indio chúpalo." La intención explícita, al parecer, es sádica. Sin embargo el propio Marqués habría argumentado que por serlo no deja de ser amor. Algo se hincha.
La relación al otro es ambivalente: los conocidos Eros y Tanatos. Historias de amor y odio hay en todos lados. Lo que sorprende en el fútbol es el contraste entre un juego – que ciertamente puede levantar rivalidades – y una pasión descabellada capaz de producir niveles de violencia extremos. Las identificaciones primarias se defienden con violencia.
Se ha implementado para erradicar esa violencia el Plan Estadio Seguro. A su cargo está Cristián Barra, que además de apellidarse muy adecuadamente, combina en su currículum problemas con la justicia y un deseo que ha sido descrito por algunos periodistas como "roba cámaras" y "pasado de revoluciones." Su historia mediática comenzó cuando le quitó el micrófono al Ministro Golborne en el primer contacto con los 33 mineros. Su misión hoy es eliminar a las barras bravas.
Barra el Bravo versus Barras Bravas. Hay dos pasiones enfrentadas: la que busca identificarse, ser reconocido en la pantalla, y la que defiende su identificación temprana a un color que le dio sentido. Vaya batalla. Hay amenazas telefónicas a los unos, arrestos a los otros, prohibiciones de bombos y el hackeo de la página de la ANFP. La palabra "hack" es onomatopéyica, el golpe de un hacha contra la madera: hack, hack, hack. Si no hay bombo – bum! – hay hack. El que defiende una identificación tan profunda lo va a hacer con todo lo que tiene. Lo ha hecho desde que es.
La Intendenta Metropolitana, Cecilia Pérez, quiere "que vuelva la familia a los estadios," que sea una fiesta con globitos y serpentinas. Su función es la de la represión, entendida en su sentido psicoanalítico: enviar algo al inconsciente para no saber nada de eso. Pero lo reprimido quiere salir y se las arregla para hacerlo. Freud, al hablar de los síntomas neuróticos usó la frase el retorno de lo reprimido. ¿Cómo retornará lo reprimido la próxima vez? Bum, hack, ¿ ?
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4 de junio de 2012
El modelo “Salfate” de nuestro desarrollo social: Todo calza
Por Antonio Moreno Obando
Como aquel hermano no reconocido de la tria fata, se erige una voz a través de los misteriosos atributos de los medios de comunicación, cual vocero de Laquesis, una de estas tres hermanas conocedoras exclusivas del destino, la encargada de la duración de los hilos de la vida. Pero este personaje portador de privilegiados mensajes lleva en su nombre un esfuerzo trágico por expulsar de si el papel que los seres luminosos le han dado: Sal(de mi)destino.
Las Parcas representan la expresión de un pensamiento mítico y antiguo, donde la ley cósmica que da origen a la existencia y sus devenires no puede ser cambiada ni aun por los dioses, y donde sólo el relato puede alojar en su particular despliegue un sentido aprehensible para los mortales.
Pero para el mundo helénico el misterio del mito fue pronto reemplazado por la codicia conquistadora del logos y su razón. Aunque se puede entender su nacimiento por el esfuerzo lógico de la Escuela de Mileto, será la ambición desmedida por poseer la verdad de los veleidosos herederos de Sócrates quienes finalmente lograron plasmar el logos en un método.
¿Qué oscura fuerza divina se despierta cuando el antiguo oficio del destino de Las Parcas es descifrado mediante la lógica aristotélica? ¿Qué tipo de poder se despierta cuando el oráculo deja el relato para amplificar su Yo hasta conocer detalles precisos del futuro?
Al parecer el ansioso deleite por nuestro nuevo acceso suntuario, va insuflando la curiosidad por lo que no tenemos aun: el futuro, la muerte, la vida después de la muerte, el juicio final y la promesa de ser elegido, curanderos espiritistas abducidos y una variada gama de oráculos muy enfocados en la eficiencia, tal como los medios de comunicación hoy lo transforman en tele realidad.
Pero estos fenómenos sobre el conocimiento paranoico, vale decir, el desborde de lo que el yo desconoce, el transitivismo y la alienación en la identificación con el otro, son temas ya comentados mucho antes de que nos llegara la tan esperada bendición de la abundancia sin límites.
Freud en el año 1924, con el entusiasmo a cuestas de una nueva formulación del aparato psíquico, en un texto llamado La perdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis, describe un funcionamiento como soporte fundamental para la explicación de tan particulares saberes: sujetos que desde su Yo remodelan la realidad en un proceso de reconstrucción que en su afán de dejar fuera un aspecto de la realidad insoportable, pueden llegar a crear nuevas percepciones de la realidad, sin más sustento que sus propias y anteriores percepciones.
El conocimiento paranoico completa los misterios que habitan fuera de ese Yo con registros que en la relación con la realidad han quedado desde antes, pero esta completación como toda producción, tiene un fin muy particular a la economía de ese aparato psíquico.
Nuestro pariente chileno de Las Parcas comienza a sufrir en carne propia la conquista del logos en busca del saber definitivo. Primero para él eran las predicciones catastróficas escritas en presagios míticos. Ahora lo vemos obsesionado en la búsqueda de un algoritmo matemático creado por iluminados brasileños, para así descifrar con las herramientas de la lógica científica ese designio del que huye y del cual su Yo aún no termina de acceder.
Esta vez la pretensión apodíptica de tener la verdad de lo que no es posible saber, de revelar todo lo que completa al avasallado Yo, es al fin una posibilidad plausible. Es que ya sabemos que el logos no miente, aunque a veces nos indique el lugar exacto de los mismos dioses.
¿Es posible con las herramientas aristotélicas darle un valor paramétrico a lo que no ha ocurrido aun? ¿No es esa la pretensión del pensamiento económico de la modernidad?
Pues las notaciones algebraicas encuentran en nuestros problemas actuales una irresistible expresión: el cálculo de los costos sombra en cualquier adecuada evaluación social de un millonario proyecto privado. Para saber si una iniciativa privada puede ser aprobada por el estado, debe expresar su rentabilidad social, entendida como la relación entre lo que está dispuesto a pagar la demanda por el servicio y lo que la oferta es capaz de cobrar según sus gastos, entendiendo que un país destina recursos en ese proyecto particular desviándolos de un sinfín de otros potenciales proyectos.
La necesidad de inversión en infraestructura de utilidad pública asociada al crecimiento económico, está ya muy documentada por un país en vías de desarrollo como este. Sería hoy absurdo plantear algo diferente: si construye el Puente de Chacao o si robustece su abastecimiento eléctrico a través de una carretera eléctrica como la que hoy está en cuestión, la rentabilidad social que obtienen los habitantes del país es muchas veces mayor.
Por ejemplo, debemos calcular cuántos recursos le cuesta al país el Puente Chacao y cuanto rentabiliza haciéndolo. Para eso las preguntas del oráculo científico son necesarias: Un beneficiario va a gastar al mes $80.000 en pasar por el puente, pero ¿Cuánto ahorra en transporte? ¿Cuánto ahorra en tiempo? ¿Qué es capaz de producir en el tiempo que ahorra? Si consideramos que por minuto puede producir 31 pesos ¿Cuánto puede ganar adicional al año con el tiempo del que ahora dispone? ¿Cuánto ahorrará cuando en 5 años más le ocurra un accidente? ¿Cuántas vidas de su familia salvará por llegar a tiempo a un servicio de salud? ¿Cuánto vale la vida de una persona considerando lo que es capaz de producir en su vida útil? y si esa vida del pariente que salvó, con su vida útil se transforma en emprendedor ¿Cuántas horas de trabajo adicional aporta al país? ¿Cuántos puestos de trabajo? ¿Cuántas utilidades?
Con todos los millones calculados, el beneficiario que solo paga $80.000 al mes va ser millonario, aunque jamás se enterará de eso.
La metonimia a la que lleva este misterio es interminable, la función paramétrica que mide lo que está fuera de la experiencia individual no tiene límite, no hay continente ni contenido, no hay una regulación de la significación fálica. Lo que si hay es una construcción imaginaria fundada en una premisa apodíptica para reconstruir la realidad a imagen y semejanza de una economía particular sin el otro, donde la ganancia sin regulación rompe el lazo social.
Pobres funcionarios aquellos que, al asesorar el proyecto de ley de la carretera eléctrica anunciado para septiembre de este año, deben calcular la rentabilidad social y sus costos sombra para 1.900 kilómetros de expropiación.
Para nuestros oráculos chilensis todo calza, solo hace falta que nuestras pobres subjetividades sepan pronto todo lo que el destino nos depara. Tranquiliza pensar que no sólo hay charlatanes sino que verdaderos artistas del presagio de dilatada trayectoria, que con la investidura de Tiresias, cada cierto tiempo nos orientan sobre las futuras catástrofes signadas por la peste de nuestros inmorales tiempos, tal como lo hizo el Señor Büchi en el cuerpo Economía y Negocios de El Mercurio este domingo. Le pregunto ¿Chile está preparado para tanto?
Como aquel hermano no reconocido de la tria fata, se erige una voz a través de los misteriosos atributos de los medios de comunicación, cual vocero de Laquesis, una de estas tres hermanas conocedoras exclusivas del destino, la encargada de la duración de los hilos de la vida. Pero este personaje portador de privilegiados mensajes lleva en su nombre un esfuerzo trágico por expulsar de si el papel que los seres luminosos le han dado: Sal(de mi)destino.
Las Parcas representan la expresión de un pensamiento mítico y antiguo, donde la ley cósmica que da origen a la existencia y sus devenires no puede ser cambiada ni aun por los dioses, y donde sólo el relato puede alojar en su particular despliegue un sentido aprehensible para los mortales.
Pero para el mundo helénico el misterio del mito fue pronto reemplazado por la codicia conquistadora del logos y su razón. Aunque se puede entender su nacimiento por el esfuerzo lógico de la Escuela de Mileto, será la ambición desmedida por poseer la verdad de los veleidosos herederos de Sócrates quienes finalmente lograron plasmar el logos en un método.
¿Qué oscura fuerza divina se despierta cuando el antiguo oficio del destino de Las Parcas es descifrado mediante la lógica aristotélica? ¿Qué tipo de poder se despierta cuando el oráculo deja el relato para amplificar su Yo hasta conocer detalles precisos del futuro?
Al parecer el ansioso deleite por nuestro nuevo acceso suntuario, va insuflando la curiosidad por lo que no tenemos aun: el futuro, la muerte, la vida después de la muerte, el juicio final y la promesa de ser elegido, curanderos espiritistas abducidos y una variada gama de oráculos muy enfocados en la eficiencia, tal como los medios de comunicación hoy lo transforman en tele realidad.
Pero estos fenómenos sobre el conocimiento paranoico, vale decir, el desborde de lo que el yo desconoce, el transitivismo y la alienación en la identificación con el otro, son temas ya comentados mucho antes de que nos llegara la tan esperada bendición de la abundancia sin límites.
Freud en el año 1924, con el entusiasmo a cuestas de una nueva formulación del aparato psíquico, en un texto llamado La perdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis, describe un funcionamiento como soporte fundamental para la explicación de tan particulares saberes: sujetos que desde su Yo remodelan la realidad en un proceso de reconstrucción que en su afán de dejar fuera un aspecto de la realidad insoportable, pueden llegar a crear nuevas percepciones de la realidad, sin más sustento que sus propias y anteriores percepciones.
El conocimiento paranoico completa los misterios que habitan fuera de ese Yo con registros que en la relación con la realidad han quedado desde antes, pero esta completación como toda producción, tiene un fin muy particular a la economía de ese aparato psíquico.
Nuestro pariente chileno de Las Parcas comienza a sufrir en carne propia la conquista del logos en busca del saber definitivo. Primero para él eran las predicciones catastróficas escritas en presagios míticos. Ahora lo vemos obsesionado en la búsqueda de un algoritmo matemático creado por iluminados brasileños, para así descifrar con las herramientas de la lógica científica ese designio del que huye y del cual su Yo aún no termina de acceder.
Esta vez la pretensión apodíptica de tener la verdad de lo que no es posible saber, de revelar todo lo que completa al avasallado Yo, es al fin una posibilidad plausible. Es que ya sabemos que el logos no miente, aunque a veces nos indique el lugar exacto de los mismos dioses.
¿Es posible con las herramientas aristotélicas darle un valor paramétrico a lo que no ha ocurrido aun? ¿No es esa la pretensión del pensamiento económico de la modernidad?
Pues las notaciones algebraicas encuentran en nuestros problemas actuales una irresistible expresión: el cálculo de los costos sombra en cualquier adecuada evaluación social de un millonario proyecto privado. Para saber si una iniciativa privada puede ser aprobada por el estado, debe expresar su rentabilidad social, entendida como la relación entre lo que está dispuesto a pagar la demanda por el servicio y lo que la oferta es capaz de cobrar según sus gastos, entendiendo que un país destina recursos en ese proyecto particular desviándolos de un sinfín de otros potenciales proyectos.
La necesidad de inversión en infraestructura de utilidad pública asociada al crecimiento económico, está ya muy documentada por un país en vías de desarrollo como este. Sería hoy absurdo plantear algo diferente: si construye el Puente de Chacao o si robustece su abastecimiento eléctrico a través de una carretera eléctrica como la que hoy está en cuestión, la rentabilidad social que obtienen los habitantes del país es muchas veces mayor.
Por ejemplo, debemos calcular cuántos recursos le cuesta al país el Puente Chacao y cuanto rentabiliza haciéndolo. Para eso las preguntas del oráculo científico son necesarias: Un beneficiario va a gastar al mes $80.000 en pasar por el puente, pero ¿Cuánto ahorra en transporte? ¿Cuánto ahorra en tiempo? ¿Qué es capaz de producir en el tiempo que ahorra? Si consideramos que por minuto puede producir 31 pesos ¿Cuánto puede ganar adicional al año con el tiempo del que ahora dispone? ¿Cuánto ahorrará cuando en 5 años más le ocurra un accidente? ¿Cuántas vidas de su familia salvará por llegar a tiempo a un servicio de salud? ¿Cuánto vale la vida de una persona considerando lo que es capaz de producir en su vida útil? y si esa vida del pariente que salvó, con su vida útil se transforma en emprendedor ¿Cuántas horas de trabajo adicional aporta al país? ¿Cuántos puestos de trabajo? ¿Cuántas utilidades?
Con todos los millones calculados, el beneficiario que solo paga $80.000 al mes va ser millonario, aunque jamás se enterará de eso.
La metonimia a la que lleva este misterio es interminable, la función paramétrica que mide lo que está fuera de la experiencia individual no tiene límite, no hay continente ni contenido, no hay una regulación de la significación fálica. Lo que si hay es una construcción imaginaria fundada en una premisa apodíptica para reconstruir la realidad a imagen y semejanza de una economía particular sin el otro, donde la ganancia sin regulación rompe el lazo social.
Pobres funcionarios aquellos que, al asesorar el proyecto de ley de la carretera eléctrica anunciado para septiembre de este año, deben calcular la rentabilidad social y sus costos sombra para 1.900 kilómetros de expropiación.
Para nuestros oráculos chilensis todo calza, solo hace falta que nuestras pobres subjetividades sepan pronto todo lo que el destino nos depara. Tranquiliza pensar que no sólo hay charlatanes sino que verdaderos artistas del presagio de dilatada trayectoria, que con la investidura de Tiresias, cada cierto tiempo nos orientan sobre las futuras catástrofes signadas por la peste de nuestros inmorales tiempos, tal como lo hizo el Señor Büchi en el cuerpo Economía y Negocios de El Mercurio este domingo. Le pregunto ¿Chile está preparado para tanto?
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28 de mayo de 2012
Coproyogurt para tu Tránsito Lento
Por Peter Molineaux
Hay un comercial que gira en la televisión en el que una mujer cuenta a otra persona, que no aparece en cámara, que gracias a un cierto yogurt ya no tiene la dificultad de necesitar un baño cuando no está en casa: ahora llega a su hogar y, "como reloj," va a evacuar. Al escuchar su testimonio todos entendemos que no se trata de orinar.
Hay otro yogurt que puso a rodar una idea parecida en su publicidad, aunque lo hizo de manera algo más delicada, con la sutileza de unas flechas digitales sobre los vientres de las protagonistas y la sonrisa de Cecilia Bolocco.
En la radio, un anuncio auspicia que gracias a un producto lácteo la protagonista podrá por fin dejar de participar de una suerte de pugilato matutino con su clóset y ponerse esa tenida de segunda opción que se ve bien dependiendo de su estado de ánimo.
El bifidus está activo hace tiempo en algunos yogurts, pero lo nuevo es que el márketing (que es una excelente medida de la época) pesquice y se sirva de una tendencia de nuestra cultura: cagar bien es importante. Y es tan fundamental que aunque sólo se lo contaríamos a alguien muy cercano como hace la protagonista del primer comercial, también sale en la tele, que equivale hoy a gritarlo en la plaza pública.
Los romanos hacían del baño algo público. Además de gozar de un sistema de alcantarillado y de agua caliente, se cagaba en sociedad, por así decirlo. Los turistas que visitan el puerto romano de Ostia se maravillan y retroceden al mismo tiempo frente a las ruinas de lo que parece una hilera de letrinas sin separaciones donde sólo se puede imaginar a los comensales conversando cara a cara mientras hacen lo más básico. La discusión arqueológica sigue encendida al respecto, pero podríamos pensar que era un acto tan banal como usar el urinario.
Hoy la historia se suponía bien diferente. Por lo menos hasta la llegada de la publicidad del yogurt. En nuestros días, para la esfera de lo más privado se promueve en el escenario más público lo último en bienestar: una manera de regularse afectivamente desde el transito intestinal.
Si para Freud el cuerpo estaba profundamente entrelazado con la simbolización, es decir que hablaba a través de sus síntomas, ¿qué quiere decir hoy, sobre nuestra relación al cuerpo, esta manera tan efectiva de vender yoghurt?
En los '80 se tomaba Milo porque te hace grande. Lo que importaba era el éxito. La palabra éxito y el pelo escarmenado hacia los cielos parecían comportarse como la brillante brújula a seguir. Éxito es una palabra, tiene un efecto simbólico, y está bien representada por todo ese brillo, por objetos cromados y colores fosforescentes intensos. Uno se olvida un poco del cuerpo y las entrañas que sin embargo siguen ahí.
Caído el brillo, los noventa y la generación X (que ahora se acerca a los 40), puso de relieve lo feo: se ensuciaron los jeans rajados y se dejó caer como fuera el pelo en la cara. En los noventa reaparece el cuerpo real; la grasa en el pelo, la barba mal tenida, esa mancha en el polerón celeste de Kurt Cobain. No se entienden mucho las palabras de las letras de las canciones, pero sí el mensaje: nos pesa el cuerpo sucio pero nos vemos bien. Here we are, now entertain us.
El 2000, con su Y2K impotente, su bling-bling gangsta y rock post-algo, parece una recreación indecisa de las dos décadas anteriores, una fiesta desinflada luego de que el ingreso al nuevo milenio no trajera ninguna gran explosión de euforia. Ahí nació la cultura Next. No la del yoghurt sino la de MTV: una banalización terrible del otro que se reduce a objeto ya no como la objetivación de la mujer en la pantalla, por ejemplo, sino como la reducción a un deshecho. A un deshecho de consumo. Consumido o desechado. Next. Eso, junto al ya mencionado bling y los cuerpos inflados del reggaetón o Beyoncé, se timbra y se consume o se sella y se bota.
Bajo todo esto se van hinchando los cólones, se aprietan las gargantas, los adolescentes se cortan los brazos, la población engorda o va al gimnasio. Se bruxa en la noche.
El tránsito se hace lento.
Desde una época en que una palabra daba sentido y orientaba hacia una imagen pasamos a otra en que las palabras no importaban tanto, pero la estética sí, dando forma al cuerpo. Con el flop del milenio y la caída de las torres pasamos a otra época, más radical, en la que una palabra tacha o elige a un cuerpo, sirviendo para todas las estéticas sin importar cuál (la imagen es nada...). Pero todavía quedaba una palabra fuerte, aniquiladora y pronunciada con veneno, NEXT.
El paso siguiente – el actual, el del yogurt – es el del cuerpo como solución a si mismo. Se salta el paso por la palabra o la imagen. Estar bien, hoy, dista del slogan derivado de los romanos: mente sana en cuerpo sano. Lo que importa para nuestra época es el buen funcionamiento de los órganos, la tonificación y posición (yoga, pilates, capoeira) de la masa. Hoy la felicidad es el cuerpo. Y el malestar también.
Una de las pacientes fundadoras del psicoanálisis, Anna O., tenía una serie de dificultades en el cuerpo entre los que se contaba, por ejemplo, la parálisis de uno de sus brazos. En el análisis del caso, que no fue un caso que atendió Freud directamente, aparece asociado ese síntoma al recuerdo doloroso de su brazo dormido por tenerlo en una cierta posición sobre una silla junto al lecho de muerte de su padre. El cuerpo simbolizando.
El colon no simboliza nada. Salvo, quizás, que está irritado. Se irrita en vez de decir algo.
Cuando un adolescente se corta los brazos hoy, no lo hace para matarse. Casi invariablemente testimonia que lo hace porque lo calma. El cuerpo – lo real de los órganos – ha tomado el protagonismo en el apaciguamiento del sufrimiento psíquico.
Y el márketing se ha dado cuenta: el yogurt va a regular tu tránsito por la vida.
Hay un comercial que gira en la televisión en el que una mujer cuenta a otra persona, que no aparece en cámara, que gracias a un cierto yogurt ya no tiene la dificultad de necesitar un baño cuando no está en casa: ahora llega a su hogar y, "como reloj," va a evacuar. Al escuchar su testimonio todos entendemos que no se trata de orinar.
Hay otro yogurt que puso a rodar una idea parecida en su publicidad, aunque lo hizo de manera algo más delicada, con la sutileza de unas flechas digitales sobre los vientres de las protagonistas y la sonrisa de Cecilia Bolocco.
En la radio, un anuncio auspicia que gracias a un producto lácteo la protagonista podrá por fin dejar de participar de una suerte de pugilato matutino con su clóset y ponerse esa tenida de segunda opción que se ve bien dependiendo de su estado de ánimo.
El bifidus está activo hace tiempo en algunos yogurts, pero lo nuevo es que el márketing (que es una excelente medida de la época) pesquice y se sirva de una tendencia de nuestra cultura: cagar bien es importante. Y es tan fundamental que aunque sólo se lo contaríamos a alguien muy cercano como hace la protagonista del primer comercial, también sale en la tele, que equivale hoy a gritarlo en la plaza pública.
Los romanos hacían del baño algo público. Además de gozar de un sistema de alcantarillado y de agua caliente, se cagaba en sociedad, por así decirlo. Los turistas que visitan el puerto romano de Ostia se maravillan y retroceden al mismo tiempo frente a las ruinas de lo que parece una hilera de letrinas sin separaciones donde sólo se puede imaginar a los comensales conversando cara a cara mientras hacen lo más básico. La discusión arqueológica sigue encendida al respecto, pero podríamos pensar que era un acto tan banal como usar el urinario.
Hoy la historia se suponía bien diferente. Por lo menos hasta la llegada de la publicidad del yogurt. En nuestros días, para la esfera de lo más privado se promueve en el escenario más público lo último en bienestar: una manera de regularse afectivamente desde el transito intestinal.
Si para Freud el cuerpo estaba profundamente entrelazado con la simbolización, es decir que hablaba a través de sus síntomas, ¿qué quiere decir hoy, sobre nuestra relación al cuerpo, esta manera tan efectiva de vender yoghurt?
En los '80 se tomaba Milo porque te hace grande. Lo que importaba era el éxito. La palabra éxito y el pelo escarmenado hacia los cielos parecían comportarse como la brillante brújula a seguir. Éxito es una palabra, tiene un efecto simbólico, y está bien representada por todo ese brillo, por objetos cromados y colores fosforescentes intensos. Uno se olvida un poco del cuerpo y las entrañas que sin embargo siguen ahí.
Caído el brillo, los noventa y la generación X (que ahora se acerca a los 40), puso de relieve lo feo: se ensuciaron los jeans rajados y se dejó caer como fuera el pelo en la cara. En los noventa reaparece el cuerpo real; la grasa en el pelo, la barba mal tenida, esa mancha en el polerón celeste de Kurt Cobain. No se entienden mucho las palabras de las letras de las canciones, pero sí el mensaje: nos pesa el cuerpo sucio pero nos vemos bien. Here we are, now entertain us.
El 2000, con su Y2K impotente, su bling-bling gangsta y rock post-algo, parece una recreación indecisa de las dos décadas anteriores, una fiesta desinflada luego de que el ingreso al nuevo milenio no trajera ninguna gran explosión de euforia. Ahí nació la cultura Next. No la del yoghurt sino la de MTV: una banalización terrible del otro que se reduce a objeto ya no como la objetivación de la mujer en la pantalla, por ejemplo, sino como la reducción a un deshecho. A un deshecho de consumo. Consumido o desechado. Next. Eso, junto al ya mencionado bling y los cuerpos inflados del reggaetón o Beyoncé, se timbra y se consume o se sella y se bota.
Bajo todo esto se van hinchando los cólones, se aprietan las gargantas, los adolescentes se cortan los brazos, la población engorda o va al gimnasio. Se bruxa en la noche.
El tránsito se hace lento.
Desde una época en que una palabra daba sentido y orientaba hacia una imagen pasamos a otra en que las palabras no importaban tanto, pero la estética sí, dando forma al cuerpo. Con el flop del milenio y la caída de las torres pasamos a otra época, más radical, en la que una palabra tacha o elige a un cuerpo, sirviendo para todas las estéticas sin importar cuál (la imagen es nada...). Pero todavía quedaba una palabra fuerte, aniquiladora y pronunciada con veneno, NEXT.
El paso siguiente – el actual, el del yogurt – es el del cuerpo como solución a si mismo. Se salta el paso por la palabra o la imagen. Estar bien, hoy, dista del slogan derivado de los romanos: mente sana en cuerpo sano. Lo que importa para nuestra época es el buen funcionamiento de los órganos, la tonificación y posición (yoga, pilates, capoeira) de la masa. Hoy la felicidad es el cuerpo. Y el malestar también.
Una de las pacientes fundadoras del psicoanálisis, Anna O., tenía una serie de dificultades en el cuerpo entre los que se contaba, por ejemplo, la parálisis de uno de sus brazos. En el análisis del caso, que no fue un caso que atendió Freud directamente, aparece asociado ese síntoma al recuerdo doloroso de su brazo dormido por tenerlo en una cierta posición sobre una silla junto al lecho de muerte de su padre. El cuerpo simbolizando.
El colon no simboliza nada. Salvo, quizás, que está irritado. Se irrita en vez de decir algo.
Cuando un adolescente se corta los brazos hoy, no lo hace para matarse. Casi invariablemente testimonia que lo hace porque lo calma. El cuerpo – lo real de los órganos – ha tomado el protagonismo en el apaciguamiento del sufrimiento psíquico.
Y el márketing se ha dado cuenta: el yogurt va a regular tu tránsito por la vida.
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19 de mayo de 2012
Los árboles no permiten ver El Bosque
Por Francesca Lombardo
Los árboles, sus ramajes, sus follajes, sus troncos y raíces confunden, velan el grupo, nublan aquello que los hace precisamente ser el bosque, la agrupación corporativa, aquello que los liga y les da la fuerza.
Y juego aquí con el bosque, el móvil y presagiado a Macbeth, el de Caperucita Roja y también, y por supuesto en mayúscula, la Avenida El Bosque, la Parroquia El Bosque que se ha hecho célebre últimamente por las acusaciones a su párroco vitalicio Fernando Karadima.
Ese enclave religioso pulsátil que dependiendo como se le mire puede situarse entre lo banal, lo sensacionalista de una secta que conjuga una religiosidad pueril, anacrónica, y las voluptuosidades indecibles de varios goces, el pecado, la culpa, la confesión, la penitencia y vuelta a lo mismo. Pero no es precisamente o solamente esas historias de sexualidad clandestina, corrupta, sostenida en el tiempo durante años y años, sino la mezcla de elementos afectivos, sexuales, ideológicos y el poder, la voracidad por el poder, el dinero, el estatus social, más la religión, el conservadurismo más abyecto y los patios traseros de la sociedad chilena en todo esto, eso es lo que me parece interesante: cómo la mezcla de todos estos elementos cataliza particularmente algunos puntos para un muestreo de Chile, de su historia social, política, económica.
El año pasado (2011) aparecen dos libros que dan cuenta de uno de los mayores escándalos que ha remecido a la Iglesia católica chilena. La denuncia hecha primero individualmente por cuatro profesionales de edad mediana contra el párroco de la Parroquia El Bosque – luego reiterada en conjunto – instala los cargos de abuso sexual y psicológico mantenido durante años por el sacerdote: el tráfico de influencias, la red abigarrada de proteccion, los silencios, complicidades y tráficos varios entre los cuales el sexual no es el menor.
Estos libros que menciono son: "El señor de los infiernos" de la periodista (Premio nacional de periodismo 2009) y docente universitaria María Olivia Monckeberg y "Los secretos del imperio de Karadima" cuyos autores son Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarubia y Mónica González, todos ellos periodistas de importante trayectoria.
El caso en cuestión ocupó las páginas de los diarios, las actualidades de los noticiarios televisivos y no pocas editoriales, cartas públicas, etc. Suelo ser una lectora de la crónica roja, los hechos diversos siempre me han parecido el precipitado en acto de lo que trae la marea, las erupciones infectadas del cuerpo nacional. He leído gran parte de lo que apareció acerca del caso, incluyendo los libros que cito y que son investigaciones más acuciosas al respecto.
Entonces visualicemos topográficamente el paisaje. Cito del "Señor de los Infiernos" de M. O. Monckeberg, pg. 9:
"La avenida Eleodoro Yáñez, conocida hasta hace unos años como Las Lilas, corta en dos una gran extensión de áreas verdes que lleva su antiguo nombre. Esta vía de la comuna de Providencia atraviesa uno de los barrios más tradicionales de Santiago, que se extiende entre cuatro avenidas principales: Carlos Antúnez por el norte, Pocuro por el sur, Tobalaba por el oriente y avenida el Bosque por el poniente. Las calles interiores tienen nombres florales, las Hortensias, las Lilas y también nombres patricios como Juan de Dios Vial, Carlos Silva Vildósola, Loreto Cousiño quien donó el terreno donde se ubica la iglesia, una construcción roja con un torreón y en la entrada principal una gran pintura de Jesucristo rodeado por cuatro apóstoles, evocando su ascensión a los cielos después de la resurrección. 'Padre nuestro que estás en los cielos,' se lee sobre la imagen."
La construcción data de los años treinta / cuarenta, siendo concebida como una joya hecha por hombres piadosos y pertenecientes a las familias más distinguidas de la época.
Alejandro Hunneus Cox, el primer párroco, aspiró a fundar una agrupación de sacerdotes, pero no con el carácter de orden como los Legionarios de Cristo o la Compañía de Jesús. Pensó más bien en una sociedad, como son los salesianos, que educan a sus propios sacerdotes poniendo énfasis en determinados aspectos, pero luego estos se integran al clero diocesano y obedecen al obispo del lugar. Esta sociedad fue formada reuniendo a importantes presbíteros con patronímicos importantes en una organización que tendrá un rol importante cuando Fernando Karadima a partir del año 2000 haga de la Unión sacerdotal del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como La Pía Unión, una suerte de inmobiliaria para la compra de departamentos en el barrio El Bosque.
Karadima llega al Bosque en 1952, un mes después de la muerte de Alberto Hurtado. Lo que se sabe de él es que viene de una familia de estrato medio, su padre es un hijo de emigrantes de poca fortuna y su madre, a través del relato y la memoria, hace circular un cierto linaje venido a menos pero que contrarrestaba la pobreza genealógica del padre. "Aparentemente Karadima tuvo una figura paterna débil, casi ausente y una materna fuerte, manipuladora y distante" (Pg. 9 "Los secretos del imperio…").
Fue además un alumno mediocre que cursó solo hasta octavo básico. Si bien para el año 1946, que fue el último que pasó en el sistema escolar, ocho años de escolaridad estaban por sobre el promedio (en la década del 40 apenas un 18% de quienes estaban en edad de hacerlo se matriculan en lo que hoy llamamos educación media), se trata de una formación muy elemental para quien tendrá una influencia y un poder notable siendo cura y dominando al sector más conservador de la sociedad chilena ya que se encargó de formar espiritualmente a sus hijos. Esto fue posible en principio por contactos familiares precisos, fabulaciones varias, y a la destreza que tuvo para detectar las debilidades ajenas y hacerlas rendir, producir a toda vela diría yo.
Entre sus parientes maternos estaba Alberto Fariña, sacerdote que llegó a ser obispo auxiliar del cardenal José María Caro, convirtiéndose así en el verdadero poder tras el trono de la Iglesia de Santiago.
Cito de "Los secretos del imperio…" (pg.10): "Fariña era un cura de sotana, preconciliar, que manejaba con destreza los pasillos del poder." A los 16 años Fernando Karadima es introducido por este pariente y se afirma tenazmente luego de este empujón inicial en lo que será su futura vida.
Una de las fabulaciones más recurridas en este trayecto de implantación de Karadima es su amistad estrecha con el Padre Hurtado, nuestro santo criollo. Esto le permitió insinuarse como ligado a un momento de santidad y heredero de la misma. La elite chilena tal vez acogió con contentamiento a este heredero, ya que el santo fue llamado “el cura rojo” y sus inquietudes sociales perturbaban la devoción. Este heredero conservador, preconciliar, no fustigaba con la justicia social sino que cultivaba una religiosidad intimista y ritual, centrada en la amenaza del infierno, la sumisión intelectual y la obediencia a todo trance.
El Bosque se inviste de todo esto y congrega a la clase dominante ansiosa de tranquilidad en tiempos que gran parte de la Iglesia adhiere a Medellín y Puebla, acentuando la dimensión social de la fe, y el cardenal Silva Henríquez no duda en denunciar los graves atentados a los derechos humanos y a la dignidad de los sujetos.
El Bosque, ya antes del golpe de estado, da refugio en "su torre" a uno de los jóvenes de ultra derecha que atentan contra el general René Schneider asesinándolo y dando pié a lo que posteriormente será la secuela de violencia que se instalará con el golpe militar.
Al mismo tiempo Karadima acoge y nutre a sus feligreses y despierta o descubre vocaciones sacerdotales a granel. La iglesia se encuentra en déficit de llamados divinos: cincuenta sacerdotes y cinco obispos no es poca cosa y estos son formados dentro de este circuito cerrado de dogma, pecado y silencios.
Ya he dicho que toda esta estructura me interesa en la medida de una torsión, de una laminita deslizante y ávida. Está el abuso sexual durante años y años de jóvenes de buena familia practicado en el Bosque, es decir lo que caería mas bien en el pecado de Sodoma, ya sabemos, las delicias de lo mismo, de lo uno y no de lo otro. Pecado que mereció el exterminio por fuego en las "Ciudades de la Llanura" (dirá el Génesis). Pero dos ciudades dicen las Escrituras – y aquí haría yo entrar la torsión de la laminita – ¿cual es el pecado de Gomorra, la ciudad contigua que también mereció la ira divina?
Me pregunto si la inequidad de Gomorra será la usura, el préstamo a interés, como sabemos aborrecible cuna arcaica del capitalismo y severamente perseguida en la Edad Media. Es pues en la usura, en un matiz de ella, que el caso Karadima me hace pensar.
En un libro interesante que se llama "La bolsa y la vida" Jacques Le Goff, historiador francés especializado en el medioevo, rastrea y estudia la usura, la figura odiada y a la vez imprescindible del usurero – "ladrón de tiempo," ya veremos por qué.
Durante siete siglos en Occidente, desde el siglo XII al XIX, la figura del usurero y su pecado aparece como una mezcla detonante de economía y de religión, de dinero y de salvación.
La palabra usar, usage y de la cual deriva usura dice relación con el aplicar, hacer obrar un objeto, una materia, para obtener un efecto que satisfazga una necesidad, sea que este objeto o materia subsista (utilización), desaparezca (consumación) o se modfique (usura).
Uso que da, desgaste que produce, degradación que rinde.
Según Le Goff la usura es cómo se llama a un conjunto de prácticas financieras vedadas, siendo por una parte la imposición de un interés por un prestamista ahí donde no cabe ningún interés. Usura e interés no son sinónimos, así como no lo son tampoco usura y beneficio. La usura aparece cuando no hay producción o transformación material de bienes concretos, de ahí lo de "ladrón de tiempo." El usurero roba a Dios porque hace fructificar de una manera desviada, con otra velocidad que la que da el espacio partido por el tiempo.
El cristiano de la Edad Media entendió que por estas razones el paraíso le estaba negado al usurero.
La usura es recibir más de lo que se ha dado, recibir en otra naturaleza, es el excedente ilícito, la demasía ilegítima. Habría dos tipos detestables de avaricia que son castigadas por un veredicto judicial: la usura y la simonía (tráfico de bienes espirituales).
La usura es un pecado contra el justo precio (la justicia), un pecado contra la naturaleza. El dinero es infecundo y la usura quisiera hacerle tener hijos, dice Santo Tomás de Aquino después de haber leído a Aristóteles. El dinero no engendra dinero, y esto no quiere decir, señala Le Goff, que los teólogos y los canonistas medievales hayan negado toda productividad al capital, sino que en el caso del préstamo a interés hay algo contra natura. El dinero que duerme no produce naturalmente ningún fruto, pero la vida es naturalmente fructífera. A falta de fecundidad natural se puede hacer "trabajar el dinero."
Hacer engendrar hijos a las monedas, hacer trabajar el dinero sin la menor pausa es pues contra la naturaleza, una bestialidad. La usura vende el tiempo que no le pertenece ya que profita de la demora: el tiempo trabaja para él.
En su Infierno, Dante coloca a los usureros junto con los sodomitas, otros según las Escrituras, que pecan contra la naturaleza.
La usura en El Bosque me parece que liga deslizantemente cuerpos bien nacidos, bellos, patricios, y a la vez o por eso mismo fructificaciones materiales y espirituales que esos cuerpos, por su pertenencia social, histórica son capaces de emitir en su desgaste. Joyas que remiten a un tesoro inagotable, el tesoro de la juventud, de los bienes materiales, de los prestigios y a la vez de la espiritualidad conservadora de toda una clase. Es así que tiendo a entender el caso, más aún cuando el resultado de las acusaciones contra Karadima en el proceso llevado ante el Vaticano arroja un resultado en Noviembre de 2010 que lo sentencia como culpable, el presbítero es autor de los delitos de abuso sexual de menores y de adultos, además de abusos de poder. Esa es la sentencia del Tribunal Eclesiástico Vaticano. Por su parte la justicia civil chilena sobreseyó el caso, es decir la Iglesia, después de todas sus dilaciones está obligada a prenunciarse, no así la justicia chilena cuya composición de clase en los grandes staffs jurídicos, sus entramados de y en el poder sigue rindiéndole a Karadima, el poseedor de secretos, sus tributos.
Otro punto interesante en este asunto es algo que se relaciona con las legitimidades, con ser o no ser hijo de un padre. En Hispanoamérica en general, en Chile en particular, la figura del "huacho" se ha hecho un lugar en la reflexión de etnólogos, historiadores y tambien de escritores.
Huacho o guacho del mapudungun es huérfano o ilegítimo, bastardo, sin padre, sin clan, disparejado, no acompañado de aquello que debería juntársele. En general se entenderá por huacho quien no pueda ostentar un padre. Desde este punto de vista Karadima es un huacho, con un padre que instala muy poco y una madre que lo hace en demasía, él sube por la vía de la madre, por el obispo Fariña.
Luego, ya instalado en el Bosque, Karadima hace de padre, un padre promiscuo por decir lo menos ya que su paternidad no es solamente espiritual. Esos adolescentes confusos, místicos, que se acercan y se funden con él, son muchos de ellos y sobre todo los más cercanos, es decir los más usurados, hijos de familias con historias indigestas, muy pesadas, padres excedidos o ausentes, muertos precozmente, padres que no estan. Esos adolescentes son huachos también, los huachos de la clase alta. Es con ellos que Karadima ejecuta la usura, ejerciendo esta paternidad perversa, elige entre ellos a sus "regalías," a sus "regalías máximas." Una regalía es un privilegio, algo que supuestamente le es debido, que le corresponde, es el excedente que codicia y obtiene. Arreglo de cuentas por lo tanto con la filiación, con la genealogía, con el poder. Trafico de cuerpos y de psiquis que arrojan saldos en caja, que engrosan las arcas y el narcisismo de Karadima.
Seguramente se venga y enriquece con este abanico de usuras, hace trabajar las efracciones al cuerpo, las confesiones, las confidencias. Hace su fortuna de los diezmos, las limosnas, las donaciones, los regalos con que sus feligreses lo mantienen.
Este último Domingo 15 de Abril, en el diario La Tercera aparece un artículo sobre el fallecimiento el año pasado de doña Isabel Valdés Vial, viuda de Guillermo García Huidobro Jaraquemada y tambien viuda del ingeniero Fernando Gonzalez Cerveró. Su herencia deja al padre Karadima sesenta millones de pesos. Las fuentes eclesiásticas precisan que el sacerdote puede disponer de este patrimonio puesto que se trata de un sacerdote diocesano. Recalcan que son los clérigos pertenecientes a órdenes religiosas quienes no cuentan con bienes propios, ya que estos deben ser entregados a las congregaciones, según los estatutos de estos mismos.
Como vemos, mas allá del goce de los cuerpos, más allá de la plusvalía sobre esos cuerpos, más allá del retiro del mundo y el cese de su ejercicio sacerdotal como director espiritual, la moneda trae monedas, un sacerdote como mediador entre cielo y tierra, entre el pecado y la vida eterna sigue teniendo hijitos, un gran multiparo en la confusión de naturalezas. Vuelvo a recordar la frase en la entrada de la Parroquia, "Padre nuestro que estás en los cielos," es decir, Padre de todos que no estas…
La bolsa o la vida era la increpación clásica de los asaltantes de camino. El libro de Le Goff pone el acento en "la bolsa y la vida," así él consigna la innovación que en la teología medieval será el purgatorio, especie de antesala que solo pospone un poco la entrada al cielo. La iglesia y los poderes laicos empiezan a decir al usurero: "Elige: la bolsa o la vida," pero el usurero pensaba: lo que yo quiero es la bolsa y la vida. En la Edad Media ya es sabido que por ejemplo los obispos, que son los prelados y los vigilantes de las iglesias, mantienen relación con usureros y por lo bajo la practican tambien ellos. Este pecado contra natura corrompe la sociedad hasta su cúspide, hasta la cúspide de la Iglesia como una lepra contagiosa. Así podemos pensar que el purgatorio no fue concebido explícitamente para dejar vacío el infierno, sino para dar un último lugar de arrepentimiento antes de perder para siempre la vida eterna. La contrición final será pues la ruta para obtener a la vez la bolsa aquí abajo y la vida eterna allá arriba. Pienso que por estas razones la Iglesia, el Vaticano, no pudo sino condenar a Karadima y, por las mismas, la justicia chilena lo sobresee.
Los árboles, sus ramajes, sus follajes, sus troncos y raíces confunden, velan el grupo, nublan aquello que los hace precisamente ser el bosque, la agrupación corporativa, aquello que los liga y les da la fuerza.
Y juego aquí con el bosque, el móvil y presagiado a Macbeth, el de Caperucita Roja y también, y por supuesto en mayúscula, la Avenida El Bosque, la Parroquia El Bosque que se ha hecho célebre últimamente por las acusaciones a su párroco vitalicio Fernando Karadima.
Ese enclave religioso pulsátil que dependiendo como se le mire puede situarse entre lo banal, lo sensacionalista de una secta que conjuga una religiosidad pueril, anacrónica, y las voluptuosidades indecibles de varios goces, el pecado, la culpa, la confesión, la penitencia y vuelta a lo mismo. Pero no es precisamente o solamente esas historias de sexualidad clandestina, corrupta, sostenida en el tiempo durante años y años, sino la mezcla de elementos afectivos, sexuales, ideológicos y el poder, la voracidad por el poder, el dinero, el estatus social, más la religión, el conservadurismo más abyecto y los patios traseros de la sociedad chilena en todo esto, eso es lo que me parece interesante: cómo la mezcla de todos estos elementos cataliza particularmente algunos puntos para un muestreo de Chile, de su historia social, política, económica.
El año pasado (2011) aparecen dos libros que dan cuenta de uno de los mayores escándalos que ha remecido a la Iglesia católica chilena. La denuncia hecha primero individualmente por cuatro profesionales de edad mediana contra el párroco de la Parroquia El Bosque – luego reiterada en conjunto – instala los cargos de abuso sexual y psicológico mantenido durante años por el sacerdote: el tráfico de influencias, la red abigarrada de proteccion, los silencios, complicidades y tráficos varios entre los cuales el sexual no es el menor.
Estos libros que menciono son: "El señor de los infiernos" de la periodista (Premio nacional de periodismo 2009) y docente universitaria María Olivia Monckeberg y "Los secretos del imperio de Karadima" cuyos autores son Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarubia y Mónica González, todos ellos periodistas de importante trayectoria.
El caso en cuestión ocupó las páginas de los diarios, las actualidades de los noticiarios televisivos y no pocas editoriales, cartas públicas, etc. Suelo ser una lectora de la crónica roja, los hechos diversos siempre me han parecido el precipitado en acto de lo que trae la marea, las erupciones infectadas del cuerpo nacional. He leído gran parte de lo que apareció acerca del caso, incluyendo los libros que cito y que son investigaciones más acuciosas al respecto.
Entonces visualicemos topográficamente el paisaje. Cito del "Señor de los Infiernos" de M. O. Monckeberg, pg. 9:
"La avenida Eleodoro Yáñez, conocida hasta hace unos años como Las Lilas, corta en dos una gran extensión de áreas verdes que lleva su antiguo nombre. Esta vía de la comuna de Providencia atraviesa uno de los barrios más tradicionales de Santiago, que se extiende entre cuatro avenidas principales: Carlos Antúnez por el norte, Pocuro por el sur, Tobalaba por el oriente y avenida el Bosque por el poniente. Las calles interiores tienen nombres florales, las Hortensias, las Lilas y también nombres patricios como Juan de Dios Vial, Carlos Silva Vildósola, Loreto Cousiño quien donó el terreno donde se ubica la iglesia, una construcción roja con un torreón y en la entrada principal una gran pintura de Jesucristo rodeado por cuatro apóstoles, evocando su ascensión a los cielos después de la resurrección. 'Padre nuestro que estás en los cielos,' se lee sobre la imagen."
La construcción data de los años treinta / cuarenta, siendo concebida como una joya hecha por hombres piadosos y pertenecientes a las familias más distinguidas de la época.
Alejandro Hunneus Cox, el primer párroco, aspiró a fundar una agrupación de sacerdotes, pero no con el carácter de orden como los Legionarios de Cristo o la Compañía de Jesús. Pensó más bien en una sociedad, como son los salesianos, que educan a sus propios sacerdotes poniendo énfasis en determinados aspectos, pero luego estos se integran al clero diocesano y obedecen al obispo del lugar. Esta sociedad fue formada reuniendo a importantes presbíteros con patronímicos importantes en una organización que tendrá un rol importante cuando Fernando Karadima a partir del año 2000 haga de la Unión sacerdotal del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, más conocida como La Pía Unión, una suerte de inmobiliaria para la compra de departamentos en el barrio El Bosque.
Karadima llega al Bosque en 1952, un mes después de la muerte de Alberto Hurtado. Lo que se sabe de él es que viene de una familia de estrato medio, su padre es un hijo de emigrantes de poca fortuna y su madre, a través del relato y la memoria, hace circular un cierto linaje venido a menos pero que contrarrestaba la pobreza genealógica del padre. "Aparentemente Karadima tuvo una figura paterna débil, casi ausente y una materna fuerte, manipuladora y distante" (Pg. 9 "Los secretos del imperio…").
Fue además un alumno mediocre que cursó solo hasta octavo básico. Si bien para el año 1946, que fue el último que pasó en el sistema escolar, ocho años de escolaridad estaban por sobre el promedio (en la década del 40 apenas un 18% de quienes estaban en edad de hacerlo se matriculan en lo que hoy llamamos educación media), se trata de una formación muy elemental para quien tendrá una influencia y un poder notable siendo cura y dominando al sector más conservador de la sociedad chilena ya que se encargó de formar espiritualmente a sus hijos. Esto fue posible en principio por contactos familiares precisos, fabulaciones varias, y a la destreza que tuvo para detectar las debilidades ajenas y hacerlas rendir, producir a toda vela diría yo.
Entre sus parientes maternos estaba Alberto Fariña, sacerdote que llegó a ser obispo auxiliar del cardenal José María Caro, convirtiéndose así en el verdadero poder tras el trono de la Iglesia de Santiago.
Cito de "Los secretos del imperio…" (pg.10): "Fariña era un cura de sotana, preconciliar, que manejaba con destreza los pasillos del poder." A los 16 años Fernando Karadima es introducido por este pariente y se afirma tenazmente luego de este empujón inicial en lo que será su futura vida.
Una de las fabulaciones más recurridas en este trayecto de implantación de Karadima es su amistad estrecha con el Padre Hurtado, nuestro santo criollo. Esto le permitió insinuarse como ligado a un momento de santidad y heredero de la misma. La elite chilena tal vez acogió con contentamiento a este heredero, ya que el santo fue llamado “el cura rojo” y sus inquietudes sociales perturbaban la devoción. Este heredero conservador, preconciliar, no fustigaba con la justicia social sino que cultivaba una religiosidad intimista y ritual, centrada en la amenaza del infierno, la sumisión intelectual y la obediencia a todo trance.
El Bosque se inviste de todo esto y congrega a la clase dominante ansiosa de tranquilidad en tiempos que gran parte de la Iglesia adhiere a Medellín y Puebla, acentuando la dimensión social de la fe, y el cardenal Silva Henríquez no duda en denunciar los graves atentados a los derechos humanos y a la dignidad de los sujetos.
El Bosque, ya antes del golpe de estado, da refugio en "su torre" a uno de los jóvenes de ultra derecha que atentan contra el general René Schneider asesinándolo y dando pié a lo que posteriormente será la secuela de violencia que se instalará con el golpe militar.
Al mismo tiempo Karadima acoge y nutre a sus feligreses y despierta o descubre vocaciones sacerdotales a granel. La iglesia se encuentra en déficit de llamados divinos: cincuenta sacerdotes y cinco obispos no es poca cosa y estos son formados dentro de este circuito cerrado de dogma, pecado y silencios.
Ya he dicho que toda esta estructura me interesa en la medida de una torsión, de una laminita deslizante y ávida. Está el abuso sexual durante años y años de jóvenes de buena familia practicado en el Bosque, es decir lo que caería mas bien en el pecado de Sodoma, ya sabemos, las delicias de lo mismo, de lo uno y no de lo otro. Pecado que mereció el exterminio por fuego en las "Ciudades de la Llanura" (dirá el Génesis). Pero dos ciudades dicen las Escrituras – y aquí haría yo entrar la torsión de la laminita – ¿cual es el pecado de Gomorra, la ciudad contigua que también mereció la ira divina?
Me pregunto si la inequidad de Gomorra será la usura, el préstamo a interés, como sabemos aborrecible cuna arcaica del capitalismo y severamente perseguida en la Edad Media. Es pues en la usura, en un matiz de ella, que el caso Karadima me hace pensar.
En un libro interesante que se llama "La bolsa y la vida" Jacques Le Goff, historiador francés especializado en el medioevo, rastrea y estudia la usura, la figura odiada y a la vez imprescindible del usurero – "ladrón de tiempo," ya veremos por qué.
Durante siete siglos en Occidente, desde el siglo XII al XIX, la figura del usurero y su pecado aparece como una mezcla detonante de economía y de religión, de dinero y de salvación.
La palabra usar, usage y de la cual deriva usura dice relación con el aplicar, hacer obrar un objeto, una materia, para obtener un efecto que satisfazga una necesidad, sea que este objeto o materia subsista (utilización), desaparezca (consumación) o se modfique (usura).
Uso que da, desgaste que produce, degradación que rinde.
Según Le Goff la usura es cómo se llama a un conjunto de prácticas financieras vedadas, siendo por una parte la imposición de un interés por un prestamista ahí donde no cabe ningún interés. Usura e interés no son sinónimos, así como no lo son tampoco usura y beneficio. La usura aparece cuando no hay producción o transformación material de bienes concretos, de ahí lo de "ladrón de tiempo." El usurero roba a Dios porque hace fructificar de una manera desviada, con otra velocidad que la que da el espacio partido por el tiempo.
El cristiano de la Edad Media entendió que por estas razones el paraíso le estaba negado al usurero.
La usura es recibir más de lo que se ha dado, recibir en otra naturaleza, es el excedente ilícito, la demasía ilegítima. Habría dos tipos detestables de avaricia que son castigadas por un veredicto judicial: la usura y la simonía (tráfico de bienes espirituales).
La usura es un pecado contra el justo precio (la justicia), un pecado contra la naturaleza. El dinero es infecundo y la usura quisiera hacerle tener hijos, dice Santo Tomás de Aquino después de haber leído a Aristóteles. El dinero no engendra dinero, y esto no quiere decir, señala Le Goff, que los teólogos y los canonistas medievales hayan negado toda productividad al capital, sino que en el caso del préstamo a interés hay algo contra natura. El dinero que duerme no produce naturalmente ningún fruto, pero la vida es naturalmente fructífera. A falta de fecundidad natural se puede hacer "trabajar el dinero."
Hacer engendrar hijos a las monedas, hacer trabajar el dinero sin la menor pausa es pues contra la naturaleza, una bestialidad. La usura vende el tiempo que no le pertenece ya que profita de la demora: el tiempo trabaja para él.
En su Infierno, Dante coloca a los usureros junto con los sodomitas, otros según las Escrituras, que pecan contra la naturaleza.
La usura en El Bosque me parece que liga deslizantemente cuerpos bien nacidos, bellos, patricios, y a la vez o por eso mismo fructificaciones materiales y espirituales que esos cuerpos, por su pertenencia social, histórica son capaces de emitir en su desgaste. Joyas que remiten a un tesoro inagotable, el tesoro de la juventud, de los bienes materiales, de los prestigios y a la vez de la espiritualidad conservadora de toda una clase. Es así que tiendo a entender el caso, más aún cuando el resultado de las acusaciones contra Karadima en el proceso llevado ante el Vaticano arroja un resultado en Noviembre de 2010 que lo sentencia como culpable, el presbítero es autor de los delitos de abuso sexual de menores y de adultos, además de abusos de poder. Esa es la sentencia del Tribunal Eclesiástico Vaticano. Por su parte la justicia civil chilena sobreseyó el caso, es decir la Iglesia, después de todas sus dilaciones está obligada a prenunciarse, no así la justicia chilena cuya composición de clase en los grandes staffs jurídicos, sus entramados de y en el poder sigue rindiéndole a Karadima, el poseedor de secretos, sus tributos.
Otro punto interesante en este asunto es algo que se relaciona con las legitimidades, con ser o no ser hijo de un padre. En Hispanoamérica en general, en Chile en particular, la figura del "huacho" se ha hecho un lugar en la reflexión de etnólogos, historiadores y tambien de escritores.
Huacho o guacho del mapudungun es huérfano o ilegítimo, bastardo, sin padre, sin clan, disparejado, no acompañado de aquello que debería juntársele. En general se entenderá por huacho quien no pueda ostentar un padre. Desde este punto de vista Karadima es un huacho, con un padre que instala muy poco y una madre que lo hace en demasía, él sube por la vía de la madre, por el obispo Fariña.
Luego, ya instalado en el Bosque, Karadima hace de padre, un padre promiscuo por decir lo menos ya que su paternidad no es solamente espiritual. Esos adolescentes confusos, místicos, que se acercan y se funden con él, son muchos de ellos y sobre todo los más cercanos, es decir los más usurados, hijos de familias con historias indigestas, muy pesadas, padres excedidos o ausentes, muertos precozmente, padres que no estan. Esos adolescentes son huachos también, los huachos de la clase alta. Es con ellos que Karadima ejecuta la usura, ejerciendo esta paternidad perversa, elige entre ellos a sus "regalías," a sus "regalías máximas." Una regalía es un privilegio, algo que supuestamente le es debido, que le corresponde, es el excedente que codicia y obtiene. Arreglo de cuentas por lo tanto con la filiación, con la genealogía, con el poder. Trafico de cuerpos y de psiquis que arrojan saldos en caja, que engrosan las arcas y el narcisismo de Karadima.
Seguramente se venga y enriquece con este abanico de usuras, hace trabajar las efracciones al cuerpo, las confesiones, las confidencias. Hace su fortuna de los diezmos, las limosnas, las donaciones, los regalos con que sus feligreses lo mantienen.
Este último Domingo 15 de Abril, en el diario La Tercera aparece un artículo sobre el fallecimiento el año pasado de doña Isabel Valdés Vial, viuda de Guillermo García Huidobro Jaraquemada y tambien viuda del ingeniero Fernando Gonzalez Cerveró. Su herencia deja al padre Karadima sesenta millones de pesos. Las fuentes eclesiásticas precisan que el sacerdote puede disponer de este patrimonio puesto que se trata de un sacerdote diocesano. Recalcan que son los clérigos pertenecientes a órdenes religiosas quienes no cuentan con bienes propios, ya que estos deben ser entregados a las congregaciones, según los estatutos de estos mismos.
Como vemos, mas allá del goce de los cuerpos, más allá de la plusvalía sobre esos cuerpos, más allá del retiro del mundo y el cese de su ejercicio sacerdotal como director espiritual, la moneda trae monedas, un sacerdote como mediador entre cielo y tierra, entre el pecado y la vida eterna sigue teniendo hijitos, un gran multiparo en la confusión de naturalezas. Vuelvo a recordar la frase en la entrada de la Parroquia, "Padre nuestro que estás en los cielos," es decir, Padre de todos que no estas…
La bolsa o la vida era la increpación clásica de los asaltantes de camino. El libro de Le Goff pone el acento en "la bolsa y la vida," así él consigna la innovación que en la teología medieval será el purgatorio, especie de antesala que solo pospone un poco la entrada al cielo. La iglesia y los poderes laicos empiezan a decir al usurero: "Elige: la bolsa o la vida," pero el usurero pensaba: lo que yo quiero es la bolsa y la vida. En la Edad Media ya es sabido que por ejemplo los obispos, que son los prelados y los vigilantes de las iglesias, mantienen relación con usureros y por lo bajo la practican tambien ellos. Este pecado contra natura corrompe la sociedad hasta su cúspide, hasta la cúspide de la Iglesia como una lepra contagiosa. Así podemos pensar que el purgatorio no fue concebido explícitamente para dejar vacío el infierno, sino para dar un último lugar de arrepentimiento antes de perder para siempre la vida eterna. La contrición final será pues la ruta para obtener a la vez la bolsa aquí abajo y la vida eterna allá arriba. Pienso que por estas razones la Iglesia, el Vaticano, no pudo sino condenar a Karadima y, por las mismas, la justicia chilena lo sobresee.
14 de mayo de 2012
Hinzpeter y la Venganza de la Ley
Por Peter Molineaux
Luego del ataque incendiario protagonizado por un grupo de encapuchados en contra del automóvil del rector de la Universidad de Santiago se escuchó en la radio al Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, hacer la siguiente declaración refiriéndose a los autores del hecho:
"(Que) sean puestos ante la justicia para que reciban la venganza de la ley que es lo que corresponde en un Estado de derecho."
La mañana siguiente, el vocero de gobierno Andrés Chadwick, representante de la templanza y el equilibrio en La Moneda, interpretó la palabra venganza como un error y la reemplazó por el término rigor.
Desde la perspectiva del psicoanálisis, como es bien sabido, un error está más cerca de la verdad que su rectificación. Una de las primeras fórmulas que utilizó Freud para dar prueba de la existencia del inconsciente fue recopilar lapsus y actos fallidos de su experiencia para seguirles la pista hasta alguna verdad encubierta y bien cargada de afecto para quien los cometía.
Hay una verdad en el deseo del ministro que quiere que la ley opere como venganza. Ese deseo es profundamente humano y al mismo tiempo permanece muy reprimido por la civilización.
Freud constataba en su artículo Pegan a un Niño cómo un pequeño podía experimentar placer al ver a su hermanito ser duramente castigado por su padre. Ese impulso fratricida y perverso es aplastado por la internalización de las leyes del pacto social que un niño va aprendiendo a medida que atraviesa las dolorosas pruebas de su maduración.
La ley se encarga de suprimir los impulsos más brutales al tiempo que el Estado se hace cargo de sostener esa ley. Y los ministros, como Hinzpeter, representan y dan cuerpo al Estado.
Para el psicoanálisis la aparición de la ley se remonta a un tiempo prehistórico, pre-civilizado, y se funda en el mito freudiano de la horda primordial. Antes de la historia y en el límite entre lo animal y lo humano habría vivido una banda de hermanos sobre la que reinaba un padre, dueño de todos los privilegios y con derecho al usufructo de todos los recursos, especialmente los sexuales. El padre de la horda tomaba para sí a las madres, hermanas e hijas, excluyendo de la vida sexual a los hermanos.
El mito cuenta que un buen día los hermanos se organizaron para asesinar al padre y obtener para ellos los beneficios de los que él gozaba. Consumado el acto, sin embargo, la culpa y el terror se apoderaron de los hermanos y, dice Freud, "el padre se hizo más fuerte muerto que en vida," instalándose simbólicamente como ley e imponiendo el mandato más antiguo, fundante de la civilización: la prohibición del incesto. Desde ahí los humanos tuvimos que buscar la satisfacción en la exogamia. El intercambio regulado por un pacto social se transformó en la única manera posible de tramitar nuestros impulsos (sexuales y de agresión), ubicando a la ley como garante de que no vuelva a haber uno que goce de todo ni que todos gocen del asesinato de uno.
La ley, entonces, regula al goce. El psicoanalista francés Jacques Lacan construye uno de sus conceptos centrales, la jouissance (el goce), a partir de un concepto legal: el usufructo. El derecho al usufructo es lo que la ley está llamada a regular, prohibiendo a partir de cierto punto que se goce. Ese punto se define en cada cultura dependiendo de su historia y su recorrido desde la primera prohibición, la del goce sexual de los cuerpos de los sujetos de la familia propia.
Si la ley logra una venganza, logra una parte de goce, un plus. La venganza es dulce, la venganza logra la satisfacción a través del usufructo de algo del otro. Cuando el Ministro Hinzpeter dice su verdad humana, su deseo de que la ley goce del otro, es un deseo esperable. El problema es que lo dice como Secretario de Estado, desde uno de los lugares que hemos establecido como civilización para garantizar que el uno no usufructe del otro.
La posición subjetiva del Ministro, que es inconsciente, es la de usar la ley para vengarse. Es una posición que seguramente antecede a su lapsus y que se ha podido sentir en los aparatos de seguridad interna del Estado que están a su cargo y reciben la transmisión de su deseo. Es decir, las policías, al escuchar ese susurro, pueden autorizarse también a vengarse con la ley.
La reacción cada vez más violenta de los gozados es el intento por recuperar algo de eso usufructado, de ese plus, a través de la violencia. Hacen como lo hicieron en el mito freudiano los hermanos de la horda.
La rectificación del Ministro Chadwick va en la dirección de restituir a la ley en su lugar de regulador, esta vez riguroso. Sin embargo, la negación del otro sentido, del inconsciente, permite que siga operando.
Luego del ataque incendiario protagonizado por un grupo de encapuchados en contra del automóvil del rector de la Universidad de Santiago se escuchó en la radio al Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, hacer la siguiente declaración refiriéndose a los autores del hecho:
"(Que) sean puestos ante la justicia para que reciban la venganza de la ley que es lo que corresponde en un Estado de derecho."
La mañana siguiente, el vocero de gobierno Andrés Chadwick, representante de la templanza y el equilibrio en La Moneda, interpretó la palabra venganza como un error y la reemplazó por el término rigor.
Desde la perspectiva del psicoanálisis, como es bien sabido, un error está más cerca de la verdad que su rectificación. Una de las primeras fórmulas que utilizó Freud para dar prueba de la existencia del inconsciente fue recopilar lapsus y actos fallidos de su experiencia para seguirles la pista hasta alguna verdad encubierta y bien cargada de afecto para quien los cometía.
Hay una verdad en el deseo del ministro que quiere que la ley opere como venganza. Ese deseo es profundamente humano y al mismo tiempo permanece muy reprimido por la civilización.
Freud constataba en su artículo Pegan a un Niño cómo un pequeño podía experimentar placer al ver a su hermanito ser duramente castigado por su padre. Ese impulso fratricida y perverso es aplastado por la internalización de las leyes del pacto social que un niño va aprendiendo a medida que atraviesa las dolorosas pruebas de su maduración.
La ley se encarga de suprimir los impulsos más brutales al tiempo que el Estado se hace cargo de sostener esa ley. Y los ministros, como Hinzpeter, representan y dan cuerpo al Estado.
Para el psicoanálisis la aparición de la ley se remonta a un tiempo prehistórico, pre-civilizado, y se funda en el mito freudiano de la horda primordial. Antes de la historia y en el límite entre lo animal y lo humano habría vivido una banda de hermanos sobre la que reinaba un padre, dueño de todos los privilegios y con derecho al usufructo de todos los recursos, especialmente los sexuales. El padre de la horda tomaba para sí a las madres, hermanas e hijas, excluyendo de la vida sexual a los hermanos.
El mito cuenta que un buen día los hermanos se organizaron para asesinar al padre y obtener para ellos los beneficios de los que él gozaba. Consumado el acto, sin embargo, la culpa y el terror se apoderaron de los hermanos y, dice Freud, "el padre se hizo más fuerte muerto que en vida," instalándose simbólicamente como ley e imponiendo el mandato más antiguo, fundante de la civilización: la prohibición del incesto. Desde ahí los humanos tuvimos que buscar la satisfacción en la exogamia. El intercambio regulado por un pacto social se transformó en la única manera posible de tramitar nuestros impulsos (sexuales y de agresión), ubicando a la ley como garante de que no vuelva a haber uno que goce de todo ni que todos gocen del asesinato de uno.
La ley, entonces, regula al goce. El psicoanalista francés Jacques Lacan construye uno de sus conceptos centrales, la jouissance (el goce), a partir de un concepto legal: el usufructo. El derecho al usufructo es lo que la ley está llamada a regular, prohibiendo a partir de cierto punto que se goce. Ese punto se define en cada cultura dependiendo de su historia y su recorrido desde la primera prohibición, la del goce sexual de los cuerpos de los sujetos de la familia propia.
Si la ley logra una venganza, logra una parte de goce, un plus. La venganza es dulce, la venganza logra la satisfacción a través del usufructo de algo del otro. Cuando el Ministro Hinzpeter dice su verdad humana, su deseo de que la ley goce del otro, es un deseo esperable. El problema es que lo dice como Secretario de Estado, desde uno de los lugares que hemos establecido como civilización para garantizar que el uno no usufructe del otro.
La posición subjetiva del Ministro, que es inconsciente, es la de usar la ley para vengarse. Es una posición que seguramente antecede a su lapsus y que se ha podido sentir en los aparatos de seguridad interna del Estado que están a su cargo y reciben la transmisión de su deseo. Es decir, las policías, al escuchar ese susurro, pueden autorizarse también a vengarse con la ley.
La reacción cada vez más violenta de los gozados es el intento por recuperar algo de eso usufructado, de ese plus, a través de la violencia. Hacen como lo hicieron en el mito freudiano los hermanos de la horda.
La rectificación del Ministro Chadwick va en la dirección de restituir a la ley en su lugar de regulador, esta vez riguroso. Sin embargo, la negación del otro sentido, del inconsciente, permite que siga operando.
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