3 de septiembre de 2012

Papá Borghi

Por Peter Molineaux

Desde que Claudio Borghi está a cargo de la selección de fútbol de Chile, sus convocatorias han perdido reiteradamente a jugadores luego de ser nominados. Han habido tres eventos en que él ha seleccionado y luego ha tenido que reemplazar a algunos de sus elegidos por otros de segunda línea.

Estuvo el bautizazo que involucró a cinco jugadores titulares, el discotecazo de Medel y Vargas y, para esta nómina, el #nomeacuerdodelacuerdo del presidente de la ANFP, Sergio Jadue.

Días después de la reaparición de tres jugadores que estaban entre los protagonistas de la primera crisis, salen otros cuatro de la lista por un confuso malentendido entre el club de los jugadores, Universidad de Chile, la ANFP y el propio Borghi. La estrategia del entrenador ha sido siempre la misma: corta a los jugadores en conflicto.

Dos de los involucrados en el bautizazo y varios más de la actual selección fueron entrenados por Borghi cuando eran muy jóvenes en la configuración de Colo Colo que logró un tetracampeonato y fue finalista de la Copa Sudamericana en 2006: Valdivia, Sánchez, Suazo, Fernández, Vidal y el capitán, Claudio Bravo. El otro Claudio, Borghi, es una figura paterna para ellos. ¿Qué tipo de padre? Un padre cercano, que puede estar muy serio, pero que en el brillo de un ojo está a punto de la lanzar una broma. El padre de los asados, el padre que conversa. La crítica prolifera: los jugadores chilenos necesitan mano dura.

A ese padre cercano le hicieron el bautizazo, la indisciplina de llegar tarde y alcoholizados, sabiendo que va en contra de lo conversado. El padre se enojó y los otros hermanos también. Fue noticia internacional.

Bautizazo. ¿Es un superlativo? Recuerda el Puerto Ordazo, el Maracanazo, un champañazo. ¿Es una hazaña? Un jugadorazo se manda un cabezazo. La prensa deportiva se encarga de bautizar los hechos extradeportivos de los protagonistas y lo hacen en la lengua que conocen: gooooooolazoooo.

Bautizar, dar el nombre a un acto, tiene un efecto profundo. Especialmente cuando se trata de un acto confuso, semi-secreto, multicausado. Darle un nombre permite darle un trato.

El nombre que se le dio a la gran indisciplina rima también con mazazo. Un golpe contundente al papá Borghi. La hipérbole de la jerga futbolística –el nombre bautizazo– va en la dirección de rematar al DT porque insinúa el fracaso del trato cercano, del padre comprensivo.

Fue un momento crítico. Ya se había rumoreado poco tiempo antes que Valdivia y Beausejour habían estado desayunando borrachos en el Tavelli horas antes de una concentración. La posición del entrenador estaba en juego: si aguantaba otra, se le iba todo de las manos. La prensa, el camarín, todo el fútbol chileno sentiría el efecto de la dirección que daría Borghi.

Lo que hizo fue cortar a los jugadores. Fue un corte que además de estar asociado a decir "córtenla," produce una puntuación. Corte. Punto aparte.

En una sesión de psicoanálisis también se usa el corte. Se corta una palabra o una frase. Sostener se transforma en sos tener, redirigiendo el sentido original. Muchas veces se termina la sesión con un corte. La idea detrás de este recurso técnico es que latiendo entre el sentido de sus palabras está el goce de un sujeto. Cortar las frases, dejando por un momento el imperio del sentido, permite tocar algo de ese goce, reduciéndolo. El chilenismo para de gozar es altamente iluminado porque es cierto que conviene que el goce se reduzca.

El corte de Borghi tiene un doble efecto: en la línea del sentido dice "córtenla," estableciéndolo a él en un lugar riguroso, propio del padre autoritario que echaban de menos los que la lengua futbolera ha llamado las viudas de Bielsa. El otro efecto es el de puntuar el goce que burbujea en los jóvenes jugadores y que llevaba al desborde. En la mayoría de ellos tuvo un efecto de reducción.

En este evento más reciente con los convocados de la U, el DT usa nuevamente su corte. Esta vez no va dirigido a los futbolistas sino a la pareja Yuraszeck-Jadue. Más que a reducir goce, apunta desde la posición paterna a decir "córtenla." Se ve a Borghi en conferencia de prensa mostrando un documento de planificación de fines del año pasado: "no me hueveen con que soy desorganizado."

Durante ese día, José Yuraszeck, presidente de la sociedad anónima que administra a la U, intenta ubicar a Jadue para que haga valer el acuerdo que tenían para ceder a los jugadores un día más tarde y con un partido recién jugado. Cuando aparece Jadue, el presidente débil, lanza desde su lugar de atrapado la frase "no me acuerdo del acuerdo." Al mismo tiempo y a pesar del evidente bochorno envía un comunicado escrito en que dice que respalda al técnico.

En ese vacío de autoridad que deja Jadue y su espaldarazo inocuo, Borghi ha podido hacer el tránsito desde el padre cercano, chocho, que se angustiaba con los aviones, al padre autoritario que dice "córtenla." Fue algo necesario y que quizás en él es un poco forzado.

Ahora bien, cuando se trata de los poderes fácticos del fútbol chileno –es decir Yuraszeck, no Jadue– el gesto de corte agrega algo más, algo que tiene la marca de una seducción. Dice que "en la selección se está por gusto" y “yo no obligo a nadie a estar en la selección." Con eso sustrae su deseo y mira hacia otro lado, eligiendo a otro. Ahí aparece una dimensión novedosa en su corte que, por su lógica, provoca deseo. La U ofreció entonces a sus jugadores casi de inmediato y, como mirando por encima del hombro, Borghi re-convocó a uno.

El triple efecto que ha conseguido el DT con su gesto tajante parece la única forma de navegar el lugar de Seleccionador Nacional porque la encrucijada exige la capacidad de (1) reducir el goce extrafutbolístico de los jugadores, (2) calmar el clamor de autoritarismo por parte del medio deportivo nacional y (3) mantener a los clubes con algún nivel de deferencia hacia la Selección. Es algo que Borghi ha podido sostener bien, sin morder la mano que le da de comer ni el títere que la disfraza.

30 de agosto de 2012

Abusando en Chile

Por Antonio Moreno Obando

El abuso aparece en nuestro entorno a diario. Como una posibilidad o de facto, en ambas direcciones se pone en las plataformas comunicaciones con protagonismo; ya casi no se habla de otra cosa. Pero a pesar del permanente cruce de acusaciones, la omnisciente conciencia del buen ciudadano decente y comedido no parece dudar en tomar una bandera única contra el bullying, contra la discriminación sexual, migratoria, racial, contra las malas prácticas empresariales, contra la pedofilia, contra el abuso de sustancias, abuso policial, abuso tributario, abuso sexual. Pero entonces si estamos todos de acuerdo ¿por qué seguimos hablando de esto como si cada uno estuviera solo contra el mundo?

Por estos días es posible ver en el canal de caricaturas Cartoon Network dos contrastantes situaciones de abuso en su franja comercial:

En la primera se puede ver al Pato Lucas frente al computador, probando suerte con una aplicación de facebook en la cual la gente opina sobre él. El gesto vanidoso del personaje comienza a desdibujarse cuando advierte que todas las opiniones son ofensivas: según el sondeo es feo, ladrón y poco hábil, datos que llegan incluso a un humillante 400% de las respuestas. La escena termina con una pregunta dicha con desgarro, arrojada al vacío: ¿quién pudo tener tan macabro propósito? En ese momento se puede ver la fotografía de un usuario con la cara de Bugs Bunny, irónico y sonriente.

En la segunda se muestra la caracterización por personas reales de personajes correspondientes a una serie infanto-juvenil habitual de la parrilla. Aparece ahí un grupo de niños que intimida directamente a un compañero de curso, causando un evidente daño moral. En la última escena aparecen todos los actores, ya fuera de sus personajes, profiriendo un mensaje dicho a coro: no hagas bullying.

Al parecer se hace al mismo tiempo el esfuerzo de acercar personajes clásicos con situaciones actuales y asociar la marca Cartoon Network con objetivos de responsabilidad social empresarial, sin importar que ambos mensajes apunten a sentidos distintos.

La forma de comprender al individuo desde un segmento o desde un perfil de consumidor determinado permite estas curiosas disonancias, las cuales dan mucho trabajo a las agencias publicitarias y a algunos estudiosos sociales para tratar de aunar lo que al parecer no tiene forma de aunarse. Pero el sujeto se escapa a la categoría y su posición centrifuga le permite habitar entre estos dos sentidos.

El público chileno hoy tiene un enorme malestar asociado al abuso y esta contradicción vista en la franja infantil por toda la familia es un buen pretexto para olvidarnos un momento del sentido “común” de las prácticas sociales saludables que brotan con facilidad de los discursos ciudadanos para pensar en la posición que jugamos al interior de este, nuestro querido y odiado lío.

Si un chileno ve con sus hijos estos spots riéndose con el primero y pensando en cambiar de canal con el segundo ¿será un criterio diferencial para diagnosticarlo como un sociópata, o para derivarlo a un programa de habilidades parentales en algún dispositivo psicosocial de su comuna?

Este año ha ocurrido un desplazamiento muy particular en los problemas internos de las comunidades educativas: de la explosión de pánico al bullying en el 2011 al acoso sexual este 2012. En ambos casos, este año con mayor escándalo que el anterior, frente a la evidencia de un hecho real y traumático, las víctimas expuestas en los medios de comunicación construyen un discurso de horror en aquellos telespectadores que si bien no han vivido el hecho real, se toman de esos discursos para sentir y pensar esa vivencia en sus propias casas.

Freud al poco andar en su construcción metapsicológica, tuvo que desconfiar de la ocurrencia real de los ataques que generaban los traumas relatados por sus pacientes. "Ya no creo en mi neurótica" le decía en una carta Freud a su amigo Fliess a propósito de los inagotables relatos de traumas sexuales.

Esta desconfianza poco compasiva de Freud levantó una dura controversia en sus seguidores, en particular en Ferenzci, por dejar fuera la variable real de lo traumatizante. El punto es que Freud jamás abandonó el estatuto traumatizante en lo real, lo que hizo fue situar en el centro una “realidad psíquica” en la cual se anudan los malestares y dolencias más agudas. Esta “fantasía” tiene una lógica, una escena y una verdad para cada sujeto, el cual vive de insatisfacciones, goces, deseos y pulsiones todas orquestadas por un lenguaje que no viene de fábrica en la información genética, sino que ya estaba cargado de significancias antes de que cada uno pudiera aprenderlo.

Una comunidad educativa que vive en la carne un abuso de poder por bullying o por acoso sexual, no es igual a aquella que pone su malestar embutido en el discurso de la amenaza inminente de algo que no ha ocurrido. Ser miembro de una comunidad amenazada por el abuso, demandante de algún especialista que los ayude con la prevención de un problema que es del otro, se tranquiliza en la medida que no es capaz de salir del sentido “común” que todos los apoderados comparten en su identificación como tal. El apoderado psicoeducado en una escuela para padres va por una expiación de su responsabilidad pero no deja la posibilidad de enredarse por la particularidad de su propio e intransferible malestar.

Esto de develar la propia relación que cada uno tiene con el abuso, al parecer no es posible de universalizar. La apropiación de ese discurso es fundamental para que no se confunda con la demanda de tranquilizarse en un remedio ajeno.

Pero también la comunidad educativa chilena en su conjunto está pensando en el abuso, en el poder, y quizás todos tengan una relación diferente a ese abuso: el de quien se siente abusado por ser segregado, o quien se siente abusado por no poder entrar a su colegio tomado. El asunto es que cada malestar en particular pueda tomar un espacio público para hacer lazo social, sin la brillantez del acuerdo sino con la opacidad de lo que contraría. En la plaza pública esta el Pato Lucas y Bugs Bunny, quejándose ambos, seguramente, por la posición particular que el dibujante les da como un mensaje que desconocen en el spot televisivo.

20 de agosto de 2012

El espejo binominal

Por Peter Molineaux

Con la llegada de la campaña electoral municipal y la sombra anticipatoria de la presidencial, los políticos establecidos afilan cada vez más sus ataques. Este gobierno ha sido incapaz de darle dirección al país. Ustedes en 20 años no hicieron nada. Nosotros disminuimos la pobreza. Ustedes usan un método sospechoso.

Ustedes y nosotros. Cuando el Senador Lagos Weber da una entrevista acalorada en la radio, termina sus frases con "¿ah?" Parece un desafío: "yo no sé si el presidente Piñera se va lograr imponer, ¿ah?" Lo dice a propósito de los ministros embarcados en tempranas pre-candidaturas presidenciales. Del otro lado la respuesta no tarda: ellos también lo hicieron con Alvear y Bachelet.

Ellos y nosotros. La lógica de Yo y el otro.

Para asegurar que ese Yo y ese otro fueran siempre los mismos, se instaló hace años algo conocido como el binominal y que cada cierto tiempo aparece en la discusión nacional. Siempre casi se cambia, pero no se hace. Mientras tanto, abajo, en la calle, los secundarios se toman los colegios, queman buses y claman: NO HAN RESPONDIDO A NUESTRAS DEMANDAS.

El sistema electoral binominal se estableció en Chile durante la dictadura militar y se legitimó dentro de la constitución de 1980 en un cuestionado plebiscito. Su fin es garantizar la estabilidad en el país a través de una fórmula electoral que favorece la existencia de dos grandes coaliciones por sobre una representatividad más directa de las distintas voces. Este video explica su funcionamiento.

El binominal permite hacer política de ellos y nosotros sin cambiar la estructura económica del país. Estabilidad. Como los Republicanos y Demócratas en Estados Unidos, Girondinos y Jacobinos en la Revolución Francesa, hay ciertas cosas sobre las que se puede pelear mientras se mantenga el orden económico de los que ya se han establecido.

Eso funciona en las democracias mientras los pueblos tengan sus necesidades relativamente satisfechas y los que se interesen en política puedan identificarse con alguno de los dos lados y disparar contra el otro. Que sea Yo contra el otro. Pero hoy algo está fallando en lo que se ha llamado crisis de representatividad. En las últimas encuestas, un bloque político tiene un 19% de apoyo y el otro un 24.

Para el psicoanálisis la relación al otro se establece en un juego de identificaciones: para ser Yo tengo que hacer primero el paso de entender que hay otro. Cuando sé que hay otro me identifico a él entendiendo que Yo también soy otro. En seguida, al operar el narcisismo, rechazo al otro como distinto a mi. Yo soy yo. El otro es otro. Nosotros y Ustedes.

Ese juego de identificaciones es un espejismo. Instala un velo que permite orientarse en el mundo, con los objetos. Una fantasía inconsciente. Mientras funcione seguimos adelante, odiando al otro, amando al otro, ignorando al otro. Por ese espejismo se tramitan nuestros afectos y nuestras pulsiones más feroces. El espejismo funcionando les da curso. Estabilidad.

Pero de pronto falla. En la vida de un sujeto, cuando tambalea su juego de espejos aparece el extravío, la queja de que algo no anda bien. Hay angustia, descontrol, dolor en el cuerpo. Hoy el juego del espejo binominal está fallando y los sujetos se dan cuenta (excepto el 19 - 24%). Una porción grandota del país no está siendo representada a través de ese sistema, y la sintomatología está a la vista.

La representatividad es parte fundamental para que el espejismo funcione, para que haya un nosotros y ustedes. El psicoanalista francés Jacques Lacan tiene entre sus frases célebres la críptica "un significante representa a un sujeto para otro significante." Eso quiere decir que para representarse, un sujeto tiene que estar entre dos palabras, entre uno y otro. Para que haya uno y otro el espejismo tiene que estar funcionando, aunque sea un engaño.

Pero el espejo binominal está quebrado. Su promesa de estabilización no se cumple porque los políticos que mantiene en el Congreso no representan a los sujetos. Cuando un senador representa a un sujeto frente a otro senador, la cosa anda. Cuando el sistema electoral asegura que un senador no represente, la cosa no anda. La cosa corre, la cosa incendia, la cosa lanza piedras.

Los opositores más duros al cambio del sistema electoral han sido de la UDI, partido fundado por el creador –y en su momento beneficiario– del binominal, Jaime Guzmán. Los otros partidos no son opositores al cambio, pero tampoco grandes entusiastas porque probablemente crean que garantiza estabilidad, especialmente para mantener el panorama político establecido (del que son protagonistas).

Si lo que interesa es la estabilidad, es decir una relativa paz social y la posibilidad de discutir si mi idea es mejor que la tuya, conviene deshacerse del binominal porque lo que desestabiliza no es que exista una variedad de representaciones. Lo que desestabiliza es que no sean representadas.

En sus primeros intentos por esbozar un aparato psíquico para el psicoanálisis, Freud tuvo que crear un término casi paradójico, en apariencia redundante: vorstellungsrepräsentanz, el representante de la representación. Extraña figura, pero necesaria lógicamente para dar cuenta de lo que se comenzaba a hacer evidente en las primeras formulaciones psicoanalíticas. Una representación es una suerte de objeto psíquico, cargado pulsionalmente, que existe e interactúa con otras en el inconsciente. Para poder ser hablada, para pasar a la consciencia, esa representación tiene que ser representada por otra representación, esta vez una palabra.

Representación-cosa, representación-palabra decía Freud. La segunda representa a la primera en la consciencia: de ahí la figura del representante de la representación. Ese paso representativo –ese paso de inconsciente a consciente– permite que se tramiten las pulsiones y se descarguen las cantidades que de lo contrario se van acumulando, causando estragos.

Los estragos de hoy no son solamente porque el gobierno no escuche. Existen porque hay representaciones que no están siendo representadas. Al no poder representarse –ser un Yo versus algún otro– no pueden entrar al juego de espejos que produce estabilidad. El binominal buscó dar esa estabilidad, pero está estructurado para evitar la representación. Hoy está mostrando sus efectos. Hoy está en crisis.

16 de agosto de 2012

El desalojo de Chile

Por Antonio Moreno Obando

La palabra desalojo es significante para la subjetividad de los chilenos porque aparece asociada a una serie de otros momentos de nuestra experiencia: desde el golpe de estado, pasando por la búsqueda de enemigos de la patria a domicilio, hasta la predicción profética de Allamand en su libro El Desalojo (2007) y la destacada participación de los municipios en la crisis educacional chilena.

El desalojo hace pensar la irrupción forzosa en un espacio donde hay un sentido operando desde una particular e irrepetible disposición de las cosas. No es tan exagerada la crisis nerviosa que le ocurre a algunas personas que extravían cosas en el hogar ¿Dónde dejé esta cuestión? Por momentos la angustia es desestructurante y deslocalizada, como si a propósito de la búsqueda de un objeto pequeño y cotidiano como las llaves, el hogar familiar se trasformara en un lugar extraño. Es que los espacios por donde circulan y habitan los sujetos logran constituirse en una materialidad que soporta el sentido, que lo hace posible y se ofrece como continente para la experiencia. Un desalojo implica violentar ese ordenamiento, implica desconocer las razones de por qué ese ordenamiento de las cosas tiene un sentido particular para quienes circulan localizados en ese lugar.

La palabra desalojo también aparece junto a la palabra lanzamiento, cuando las familias que no pagan su tributo al arrendador por ocupar un espacio son lanzados a la calle por sinvergüenzas y no entender la reciprocidad del intercambio pecuniario.

Al ser el desalojo un instrumento legal para lanzar a las personas fuera de su espacialidad simbólica, aparece también en el problema territorial de nuestros pueblos originarios en tanto mecanismo garante de la propiedad. Un día, una ley chilena se impuso de facto a la ya existente en la sociedad autóctona, sosteniendo su legitimidad argumentando un irreductible proceso histórico lleno de beneficios, desconociendo así por completo el ordenamiento simbólico de esos sujetos. Desde ahí el primer desalojo: instituir unilateralmente una lógica pecuniaria y de capital al continente vivo de sus vivencias ancestrales. A cambio Chile le entrega un papel que se puede entender desde la nueva ley como un vale por riquezas nuevas, como una especie de súper cheque restorán. Cambiar recursos que se gastan y desaparecen en el tiempo por un corte de lotes de tierra permanente en el territorio donde han vivido por siempre parece un acto de desalojo, con compensación económica claro está.

Una vez que los habitantes de estos territorios quieren recuperar el sentido de lo que su experiencia como pueblo fue perdido, son nuevamente desalojados.

¿Por qué Allamand, precandidato presidencial, eligió la palabra “Desalojo” para criticar el manejo político de la concertación? ¿Por qué la última reunión más importante de la Confech se hace en la Araucanía? Una de dos: o el nombre del libro es una coincidencia o la palabra desalojo representa para la subjetividad chilena algo mucho más amplio que una acepción o una figura legal.

Nos enfrentamos en estos días al desalojo de las tomas de los estudiantes secundarios. La operación logística de los menores tiene el sentido de una ocupación ilegal de un inmueble. Pero hay muchas diferencias entre las palabras toma y desalojo. La toma es en primer lugar realizada por aquellos ciudadanos que no tienen un lugar donde contener su experiencia o donde poder darle una localidad a sus vivencias: personas sin vivienda, sin educación, sin sus territorios ancestrales. La toma es una ocupación ilegal porque está realizada por aquellas personas que no tienen la posibilidad de pagar el tributo necesario a un dueño para poder conseguir un continente a su existencia. Vulneran la libertad porque no deja que otras personas que sí tienen para pagar los tributos necesarios puedan hacerlo libremente. La queja de los apoderados que sí quieren clases en los colegios tomados tiene el mismo sentido: déjeme pagar la educación de mis hijos al precio que yo quiera, si estamos en un país libre.

La toma tiene algo de mensaje; también tiene algo que, dicho en un gesto, va dirigido a ese mismo dueño que exige tributo: ¡Toma! Una persona que dice haciendo un “Pato Yáñez” ¡toma! esta también confesando que ha sido abusado muchas veces, que está aburrido de que le metan goles o que hagan ostentación de superioridad. ¡Toma! es un desquite, es una manera de marcar que hay un sujeto que aún sigue vivo a pesar de mostrarse invisible.

Pero toma también tiene algo de invitación, aunque asuste pensar en las ganas que pudo tener Pato Yáñez en ofrecer sus partes pudendas a los brasileños, es una manera de señalar lo que está afuera de la ecuación. Es un reconocimiento del poder del amo, pero al mismo tiempo es el derecho de poder ofrecer ese goce al Otro cuando yo quiera: ¡ahora toma!

La autoridad política tiene la obligación de leer los mensajes de quienes han votado por ellos. Es posible que la ciudadanía tenga que tolerar también que aquellos encargados de leer las demandas puedan hacerlo desde el prisma de sus propios intereses. Pero lo que no parece posible es que quien decide en esta democracia helénica, cual filosofo tecnócrata, no tenga interés en visibilizar aquellos que dependen de su decisión.

Es posible que si de alguna manera la experiencia de los excluidos tenga alguna forma de ser escuchada, la pasión por desalojar y tomar se desplace en otra cosa.

13 de agosto de 2012

Don Carlos

Por Peter Molineaux

Cuando Fernando Paulsen entrevistó al Senador Carlos Larraín en un programa radial hace algunas semanas, se refirió casi invariablemente a él como Don Carlos. En otra radio, unos días antes, la periodista Claudia Álamo hacía lo mismo. También en su página de Facebook el senador recibe casi siempre el distingo de don en los alientos de sus seguidores. Hay incluso un blog que antecede su nombre con el mismo título: doncarloslarrain.blogspot.com

El presidente de RN, más conservador que una buena parte de su partido, es considerado homofóbico y machista por declaraciones públicas que ha hecho. Ha relacionado a los homosexuales con la zoofilia y la pedofilia además de declarar que las mujeres son "débiles" a propósito de Michelle Bachelet. Sin embargo, evoca en algunos de sus interlocutores la necesidad de hacerle una reverencia: Don Carlos, déjeme hacerle una pregunta... Don Carlos, siga así...

Aunque conserve de manera sorprendente una cabellera frondosa y sin canas, el senador tiene casi setenta años. Quizás por eso se le diga así, como decirle don Luis al carnicero septuagenario. Puede ser. Pero Larraín trae algo más.

Se le escucha con aires de viejo tradicional, de patrón de fundo, con las tr pronunciadas como ch y con la lengua un poco más atrás hacia la garganta. El efecto papa en la boca. Chemendo. Ese aire, más que su edad, parece ser el gatillante de una reacción inconsciente de quien lo interpela. A este hay que decirle Don.

A la manera del usted, el don se ha transformado en Chile en una muestra de cariño. No es raro escuchar a las parejas decirse usté, entendiéndose con eso una mayor intimidad que con el informal tu. A un buen amigo –también en señal de cariño– se le da un abrazo y se le lanza un "cómo está don Pancho, compadre." Pero en el caso de Don Carlos no se trata de eso.

Ni por la edad ni por cariño, sino por lo de patrón. Un presidente, ya sea de un partido político o de una nación, no es un patrón. El patrón –el original, el del fundo– tiene una historia anclada en la Colonia y detenta el derecho a todo lo que crece y vive en su terreno, incluyendo a los humanos. Esa historia está presente en el automatismo de llamar Don Carlos al senador Larraín.

La figura patronal, que aparece en manifestaciones inconscientes como las de los periodistas de más arriba, está funcionando aún en la subjetividad de los chilenos. No en todos, pero anda por ahí.

La posición del patrón tiene el efecto de neutralizar lo que el psicoanálisis ha llamado función paterna. Esa función regula el intercambio dentro de la familia –prohibiendo el incesto– e instala la exogamia como norma general de la civilización. Separa lo íntimo de lo privado y lo privado de lo público. En tanto función, no requiere en cada familia la existencia concreta de un padre. Es la noción profunda, instalada estructuralmente, de que estamos regidos por una ley civilizadora.

En el fundo pueden haber muchas familias con distintos padres, pero cuando aparece el patrón, la ley que regula el intercambio en y entre las familias es arrasada. Él tiene derecho a todo: a las mujeres, a su prole, al trabajo, a la casa, al suelo. Y también al padre, transformado en peón. Toma lo que quiere, hace lo que quiere, porque es suyo.

Al anular al padre, el patrón reemplaza a su función. En lugar de la regulación aparece la intrusión, violenta, caprichosa y capaz de cualquier cosa.

El patrón está detrás del machismo y del acoso sexual, transformado en ideal. El marido machista y el jefe jote no son patrones de fundo, pero se identifican a su figura idealizada. Muchas veces la distancia entre lo que son y lo que pretenden ser es tal que caen al lugar de la caricatura. A un periodista no se le ocurriría tratar de don al machomenos. Pero sí a Don Carlos.

El senador hace aparecer al patrón original desde el inconsciente porque se le parece. Lo que preocupa no es Larraín, que con los años, la tintura y los chascarros se va acercando cada vez más a la caricatura. Lo que sorprende es que el patrón –la palabra, la figura– esté burbujeando en el inconsciente de periodistas más bien progresistas como Paulsen o Álamo. La reverencia que evoca la figura del senador no se circunscribe, por lo tanto, a sus fans. El pachón en Chile todavía opera con cierta amplitud. Y el hecho de que sea inconsciente lo hace más potente.

9 de agosto de 2012

Estudiantes On Fire

Por Antonio Moreno Obando

El día de ayer se llenó de palabras alrededor de la imagen de tres buses incendiados. Algunos las dijeron con indignación, otros con suspicacia frente a la oportunidad del hecho; pero más allá del vértice desde donde se mire, en ambos casos la sospecha paranoide y el presentimiento de abuso del otro se deja aparecer como malestar. Aunque estos enfrentamientos ya han ocurrido muchas veces, siempre guarda su efecto de novedad, su sorpresa nos sigue provocando más allá de los discursos que podamos articular en torno a los actos y no terminamos de purgar el apremio.

Este enfrentamiento encontró en una manifestación no autorizada nuevamente a la fuerza policial y a los estudiantes. Pero esta vez la quema de nuestro particular medio de transporte deja del lado del acto incomprensible a los menores de edad y a los adultos del lado de las preocupaciones a través de tres temas que no tendrían nada en común: reforma tributaria, calidad de educación y terrorismo.

Más tarde el dialogo entre jóvenes incautos y adultos responsables fue posible por los medios de comunicación gracias a una singular frase proferida por el secretario "inspector" general de la república: "nadie está por sobre la ley." Dio la impresión de que si el profe Chadwick hubiese podido expulsar a estos alumnos del país por atentar contra la sana convivencia nacional, no le habría temblado la mano. Pronto aparece la respuesta del alumnado indisciplinado con sus habituales justificaciones: "pero si son los empresarios de la educación lo que están por sobre la ley..."

A propósito de inspector general y autos incendiados, el año 2005 el ex-presidente francés Nicolas Sarkozy, quien por ese entonces ostentaba el mismo cargo que hoy tiene Hinzpeter en nuestro país, tuvo la oportunidad de iniciar con sus provocativos comentarios una de las olas de insurrección urbana al rojo vivo más recordadas de este nuevo milenio. Todo inició cuando dos adolescentes árabes murieron arrancando de la policía, presumiblemente asustados por la discriminación que los inmigrantes sufrían en los cuarteles. Luego, el sentir de los guetos fue representado en movilizaciones ciudadanas periféricas, ocasión ideal para que el destacado político pudiera expresar lo que a su juicio todo francés decente pensaba: "pero si ellos son la escoria..." Unas semanas después se quemaron más de 1.200 autos en París. ¿A cuántas micros quemadas estamos de que Hinzpeter sea precandidato presidencial?

Por otra parte aparece desde marzo en Buenos Aires la quema de autos en las calles, a través de actos no vinculados a manifestaciones ciudadanas, pero sí a la Federación Anarquista Informal, que al parecer mantiene operaciones en Chile y en otros países de Latinoamérica. Si usted googlea esta federación, verá posteadas cada una de las reivindicaciones que al menos en Chile estos movimientos acráticos y candentes hacen de sus actos. ¿Qué significa que los que aparecen encapuchados tengan Facebook, Twitter e incluso páginas web?

Algo del acto busca ser reconocido, porque aunque no exista un espacio simbólico para ese deseo encapuchado, tampoco puede quedarse simplemente obturado: la stasis además de guerra civil también es un coágulo de sangre que obstruye la circulación y mata.

En nuestros sistemas formativos en vías de desarrollo ese deseo en un cuerpo joven debe subyugarse, por ser aun inexperto, a través de un agente del saber. El saber es depositado en esos cuerpos en un movimiento vertical que absorbe en su control todo afán de diferenciación. Pero aunque este depósito exija siempre una apacible recepción, no reconocer el deseo que pugna por diferenciarse como una demanda propia es transformar esa subjetividad en acto para poder existir. Es tomar el lado jectum del sujeto: negar, eyectar para ser reconocido. De ahí radica la esterilidad de aquella coerción no solo del saber del profesor, del inspector general y del ministerio tecnócrata, por tratar de encarrilar al cuerpo joven desde las alforjas de la institución, sino que también de la disciplina de los cuerpos: palos, empujones, transantiago apretado en la mañana, llegaste atrasado, cállate, siéntate, aprende algo y sé alguien en la vida, sí profesor, me rindo, no me castigue, le tengo miedo.

El niño con algún déficit funcional, que hace enojar al deseo del profesor, el cual a su vez depende del deseo del otro que también se enoja con él, manda al pequeño futuro delincuente fuera del aula para que la medicina se encargue de corregir su desadaptativo impulso: metilfenidato, inhibidores de la recaptación de la serotonina, risperidona. Además algún programa conductual no sería mala idea, alguna de las fórmulas coercitivas de la terapéutica para que deje de transgredir, de tirar las mesas por el aire, de golpear al profesor, de jugar con fósforos. Pero los tratamientos fracasan una y otra vez. ¿Será este niño hijo de Satanás? Probablemente no, sólo que no puede tomar prestado algún discurso que lo admita y le permita ser reconocido. Su deseo solo puede ser acto. ¿De dónde podrá ese niño tomar un discurso que le permita acceder al lazo social? Probablemente no a través del castigo, sino más bien del reconocimiento de ese deseo en un ámbito que no sea solo el del acto. El castigo y el fármaco siguen siendo acto.

En la versión liceana de nuestro conflicto estudiantil, esta violenta y peligrosa transgresión a los normativos de convivencia de nuestro país como lo es la quema de tres buses del transantiago, tiene una paradoja encerrada en las fotografías del incendio, las cuales parecen causar más fascinación que terror. ¿Qué evoca al ciudadano pedestre la quema de aquel indigno medio de transporte en el cual debe encajonar su cuerpo a diario de dos a cuatro horas? No parece que sea el terror pavoroso precisamente lo que evoca.

Reconocer un deseo tras la capucha no es una manera de respaldar el acto y su violencia, es simplemente poner en el discurso aquello que apremia por no ser reconocido para que luego pueda renunciar y situarse en una demanda. Si las capuchas con sus piedrazos fueran vistos como un nicho de mercado, hace mucho rato que el ministerio tecnocrático habría pensado en una oferta. ¿Habrá algún hombre de visión que vea alguna rentabilidad y reconozca una demanda? Difícil es pensar que aún no ha nacido alguno en un país lleno de emprendedores. ¿Por qué queda la impresión de que hay una enorme rentabilidad en la periferia del mismo mercado, por ejemplo en el poder que da llegar a acuerdo para el financiamiento de la educación en la cámara de diputados, en formar sociedades sin fines de lucro universitarias o en las franquicias tributarias?

6 de agosto de 2012

Fúmese dos

Por Peter Molineaux

Aún no dejaban de agitarse las olas alzadas por las declaraciones del Senador Rossi acerca de la marihuana cuando apareció nuevamente Fulvio, esta vez encabezando una propuesta de ley para restringir más el cigarrillo en espacios públicos.

Parece una contradicción, una hipocresía: se fuma su vicio y quiere que dejemos el nuestro. Chaaaaaa.

Rossi ha salido en todos lados explicando que no se trata ni de meter a niños a fumar marihuana en lugares cerrados ni de prohibir el tabaco absolutamente. La idea es que los adultos tengan la libertad de fumar lo que quieran, pero que no se lo impongan a los que no quieren.

El tabaco, que siempre ha sido legal, es rechazado por sus oponentes con el desprecio altanero del moralismo: haz lo que quieras con tu salud, yo quiero preservar la mía. El ascenso moral de no fumar ha sido estelar y la caída del pucho estrepitosa. Desde ser lo más cool –y sobre todo lo más sexy– pasó a ser asqueroso, hediondo y malo. James Dean, con el cigarro en la boca y la mirada audaz, es reemplazado por fumadores entumidos y apurados afuera del restorán o abajo del edificio en el trabajo. Del centro de la foto, el cigarro pasó a los márgenes de la ciudad.

En su época de oro, soplar el humo del tabaco daba una pausa en el diálogo de las películas y permitía, por ejemplo, a Liz Taylor interesarse más por su cigarrillo que por su amante durante unos segundos: la sustracción momentánea de su deseo produciendo deseo en el otro.

La belleza tenía olor a tabaco. Y ese olor también era bello.

Hoy es puaj, lávate el hocico. Aléjate de mi. Los ceniceros se usan para poner velitas perfumadas y el fumador recibe como agregado la humillación del cuestionamiento de su capacidad cognitiva: sabes que hace mal y que es cerdo... y lo haces igual. Tonto. Luego se inicia el ataque definitivo, demoledor, victimizado: me haces mal a mi, un fumador pasivo, con tu estupidez. Me estás matando.

Algo de la estupidez está asociada a la adicción, a no poder dejarlo. Lo que no se puede dejar no es solo la nicotina, pues sabemos que los chicles y los parches no sirven demasiado. Lo que está ahí es la erogenización oral, el más primitivo de los destinos de la líbido. Ese goce, localizado durante un tiempo en el cigarrillo, se ha ido moviendo hacia la comida con la restricción del tabaquismo. Aumenta hoy la obesidad y su vecino del frente, el veganismo.

El tabaco, a diferencia de la marihuana, no vuela, pero con su nicotina entrega a los receptores del cerebro una satisfacción al gesto oral, aunque sea pasajera. Fumar es un acto autoerótico. Sin embargo, con el ascenso del discurso de lo salubre –donde la buena salud se instala como paradigma– ese acto es invadido por la muerte y, en consecuencia, por la angustia.

Es cierto que el tabaco multiplica las posibilidades de tener cáncer y otras enfermedades mortales. Uno de los actores que hizo de Marlboro Man, vaquero fumador de la publicidad, terminó militando en contra de las tabacaleras luego de enfermar. En él la muerte por tabaco fue real y su militancia fue un efecto de su forma de gozar. En la postura de hoy frente al tabaco, la muerte se impone de entrada, arrollando al erotismo que se organizó alguna vez en torno al cigarrillo.

Le sucedió algo parecido a la vida sexual con la llegada del safe sex bajo la amenaza mortífera del SIDA. Lo erótico, en el discurso de lo salubre, se transforma en muerte y es rechazado con asco. Hediondo. Cochino. El sexo pasa a ser aceptable como deporte, para mantenerse en forma y como demostración de salud: una suerte de visita al gimnasio aprobada por el doctor y sanitizada con látex, silicona y depilaciones.

Los cigarros light, las cajetillas tech y los filtros ultra, fueron el intento de las tabacaleras por sanitizar su cochinada y adaptarse a los tiempos, pero fue insuficiente.

El discurso de lo sano no es un invento del Senador Rossi. Es una tendencia mundial. El cruce de la liberación de la marihuana y la restricción del tabaco tiene para él un encuentro racional en un punto medio en el cual hay que regular las sustancias. Eso es esperable de un Senador de la República, llamado a establecer leyes que regulen el goce. Como dijimos en Fúmese uno, es necesario para mantener el pacto social.

Pero las historias de ambos fumables son bien distantes. Fumar marihuana no mata. Tampoco es históricamente sexy. Tiene más bien el atributo de permitir el acceso al campo de lo espiritual, saltándose el problema de la erótica y de la muerte, introduciendo otro goce. En cambio, los fumadores de tabaco –pasivos y activos– están en la pelea contingente y son tomados por el discurso de la época: consumo y salud batiéndose sobre sus cuerpos y sus hábitos con las conocidas armas de las pulsiones de vida y de muerte. Va ganando la muerte, disfrazada de ciencia de la vida saludable.

30 de julio de 2012

Fúmese uno

Por Peter Molineaux

El senador Fulvio Rossi declaró la semana pasada que se fuma un pito un par de veces al mes. Esto despertó la furia de los reaccionarios y la esperanza del resto en que se pueda por fin despenalizar o incluso legalizar el consumo y quizás el autocultivo de marihuana. Suena Bob Marley de fondo.

Más allá del revuelo y la euforia, se instalan dos argumentos racionales clásicos. Uno de cada lado. Los que dicen que no, incluyendo al Ministro de Salud, Jaime Mañalich, postulan que es la droga de entrada para el consumo de sustancias más duras. Stepping stone, le dicen en Estados Unidos –una piedra para cruzar el río hacia drogas más adictivas y dañinas.

Del otro lado, el argumento estrella a favor de la marihuana ha sido que hace menos mal que el alcohol y el tabaco. Si la marihuana no mata a nadie, ¿por qué no legalizarla?

Lo que está en juego en ambos argumentos es el establecimiento de un límite más acá del cual se van a regular sustancias que tocan muy de cerca lo que el psicoanálisis ha llamado goce. Gozar es pasarlo bien, pero tiene el potencial para aniquilarnos. Las drogas están justo en ese límite: con un poco se pasa bien, con mucho se muere. Más todo lo intermedio.

Cuando Freud escribió El malestar en la cultura hacia el final de su vida, lo hacía tras la constatación de que las leyes que se imponían las culturas a si mismas tenían como fin garantizar algún grado de seguridad a los sujetos que solos no pueden defenderse ante las fuerzas de la naturaleza. Esa seguridad tiene un costo: la satisfacción plena de las pulsiones no será posible. Para vivir seguros hay que dejar una parte del goce en la puerta de la ciudad.

En la fundación de la civilización hay una ley universal que es la prohibición del incesto y del canibalismo. Esa prohibición es tan fundamental que ni siquiera está escrita en las leyes de los países. Es una ley tácita que proscribe la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas más profundas. Encima de eso, cada cultura en particular se ha puesto de acuerdo sobre lo que se puede y lo que no se puede. Se regula cómo y hasta dónde se puede gozar con miras a mantener el pacto social.

Ese pacto –ceder goce a cambio de seguridad– produce malestar. Para sortear ese malestar los sujetos se las arreglan para gozar entre las grietas que dejan las reglas. Un poco más rápido en la carretera, más azúcar de lo recomendable, un ratito más después del despertador, unas copas, unos pitos... Lo que nuestra cultura le pide a la legislación nacional es poner el límite en un nivel que conjugue dos cosas: que no se rompa el pacto social y que los sujetos puedan recuperar algo del goce sacrificado a la civilización.

Hoy hay un desajuste en esta conjugación: lo que una buena parte de los chilenos consume para soportar el malestar está prohibido y la ley, en lugar de regular el goce, está contribuyendo a la proliferación de la violencia al declararle la guerra a las drogas. Esa guerra creó un enemigo feroz, armado y que no se rige por la lógica de la ciudad: el narco. Es un invento estadounidense: The war on drugs, título rimbombante y hollywoodense que puede leerse también como la guerra drogada. Estar "on drugs" es estar drogado: esa guerra necesita su droga para subsistir.

Lo que interesa de la discusión que reabrió el Senador Rossi es que se pone sobre la mesa la posibilidad de ajustar el pacto social para que permita que nuestras leyes contingentes regulen el goce al que acceden los sujetos a través de las drogas. La versión actual –la prohibición seguida del golpe autoritario– ha producido una guerra porque el goce es irreductible y retorna con violencia cuando no encuentra alguna vía de satisfacción.

Lo irreductible no se reduce al ser prohibido.

Del lado de la prohibición está ese argumento del stepping stone. Lo que hay que entender es que la barrera que se franquea al fumar marihuana no es la de las drogas –el alcohol también es una droga– sino la de la ley. Al usar drogas se pasa a ser parte del reverso de la ciudad, rompiendo el pacto social, y ese lugar tiene en sus extremos a los narcos. La piedra que se pisa para pasar al otro lado es la que se establece por ley en cada territorio.

El límite que fijan hoy las leyes chilenas no regula el goce que las drogas ofrecen a los ciudadanos. Cuando la mirada está puesta en el daño que provoca el uso excesivo de sustancias y cuando las políticas son de guerra, la ley deja de cumplir su función y el efecto puede ser catastrófico. Senador, fúmese uno. Hagamos una buena ley que regule en vez de prohibir.

La Rentabilidad hace la Felicidad

Por Antonio Moreno Obando

El día de ayer fuimos testigos de un particular anuncio en los medios de comunicación. La encuesta Casen dejó caer de las palabras del ministro Lavín indicadores que miden al fin el grado de felicidad de los chilenos. Al parecer estamos mucho más felices de lo que pensábamos estar, ya que pertenecemos a una comunidad que es capaz de ser feliz en un 7,2 de 10; y no sólo eso, uno de cada cinco chilenos dice estar “completamente satisfecho." Quizás usted no lo sospechaba, pero más de un compañero de trabajo o miembro de su familia vive en el frenesí epicúreo de la plenitud máxima y se lo estaba ocultando. Con estos aplastantes datos de la realidad que nos presenta el método científico, uno no logra explicarse bien de qué se queja la gente. Cuando se forjó el proyecto de la modernidad, ni el más optimista de los intelectuales ilustrados podrían haber esperado cumplir tan anhelados resultados.

Pero entre toda esta alegría surge una preocupación: el Ministro, que cuando fue alcalde alguna vez trajo la felicidad de la nieve y de la playa al proletariado de la urbe, esta vez pretende construir políticas sociales desde estos datos duros de la realidad, aclarando al mismo tiempo que no salgan los amargados de siempre a tratar de echar por tierra la reforma tributaria que se discutirá en el congreso.

Aunque esta optimista autoridad de gobierno tenga conocidas inclinaciones confesionales, hoy está parado sobre la sensibilidad de un célebre ateo amargado del siglo XIX como lo fue Auguste Comte. Aburrido de la especulación y de las conclusiones metafísicas del clero para justificar la riqueza, se le ocurrió que la ciencia dura debía prestar su lógica a los problemas sociales formando un logos para lo que en ese entonces se entendía por lo social. La idea era lograr acercar los problemas de la gente a la pureza lógica de los números, para así ya nunca más basar políticas sociales en cuentos de hadas, filosóficos, bíblicos, o cualquier otra superchería de época. Esto es lo que hoy conocemos como positivismo.

En la primera mitad del siglo XX, algunas conversaciones entre los intelectuales del círculo de Viena, recordando el espíritu de Comte, provocaron la equivalencia entre las palabras y los valores numéricos, con el fin de poder razonar con la ciencia, soluciones para los problemas sociales. Los primeros intentos por medir las actitudes producen métodos e instrumentos vigentes hasta estos días, aunque los problemas metodológicos en la implementación de ese entonces no parecen preocupar tanto a nuestros actuales expertos.

Pensando en que la felicidad, por ejemplo, fuera una actitud, tendríamos que dar una definición precisa tanto de esa cualidad que antecede una conducta como a las dimensiones que son relevantes de considerar frente a esa predisposición. La relevancia siempre está vinculada con algún interés, que en sus términos más elementales corresponde a lo que inquieta a quien investiga. ¿Qué inquieta a un hombre de ciencias cuando estudia la felicidad? ¿Es lo mismo que inquieta al ciudadano de a pie con su tedioso sentido común?

Cuando comenzaban los megafenómenos del siglo XX, aun se conservaba la esperanza de que las palabras con las que nos referimos a las cosas en clave científica significaran algo claro y preciso, porque solo así se lograría el control suficiente como para lograr la finalidad principal de la modernidad, la misma que hoy interesa a nuestro intrépido ministro: la Felicidad. Pero en aquellos años aun no resultaba la acumulación necesaria de respuestas claras y ordenadas para lograrla, solo había que sentarse a esperar una suficiente cantidad de verdad tras la permanente investigación empírica.

Sin embargo, hoy en día todo indica que durante este eterno siglo nos trasformamos en Penélope, porque esa verdad sobre lo social, cual galán prometido, jamás terminó de llegar, jugando con nuestras modernas esperanzas. A pesar de que algunos programadores expertos nos digan que basta con cambiar una palabra por la otra en nuestra mente para ser feliz, parece que todos tendemos a complicar innecesariamente las cosas.

El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre estas complicaciones innecesarias. La formulación del inconsciente implica una manera de pensar un lugar para esas complicaciones. Desde el desconocido padecer corporal de la histeria, Freud piensa en la posibilidad de usar las palabras para abordar estas complicaciones innecesarias. Desde ese punto en adelante, se ha podido pensar utilizando la lingüística estructural de Saussure, un lenguaje que nunca termina de decir lo que quiere decir, lleno de contradicciones que debemos incorporar en nuestras vidas a modo de malos entendidos desde el momento de nacer y que nos hace amarrar nuestros impulsos a sus particulares e incompletas formas de designar y de comunicar. Sólo así podría entenderse por qué una persona puede quejarse de no tener algo que siempre ha tenido en su mano. ¿Es un idiota o realmente le pasa algo? Este mercado es ideal para los expertos, los cuales solo tienen que decir algo simple para que entienda el lego como respuesta: ¿No se da cuenta señora que la felicidad no la hace el dinero y que la ha tenido siempre en sus manos? ¿Por qué no se deja de… quejar?

Al revisar los instrumentos que recogen respuestas y miden percepciones, no es posible saltarse el interés que hay detrás al momento de hacer las definiciones operativas en las investigaciones. ¿Felicidad considerando qué cosa?


Por alguna razón que quizás ya sabemos por vivencias anteriores, la rentabilidad aparece en el centro de esta discusión. Los tributos que las grandes empresas deben pagar aparecen de alguna manera asociados a un interés por medir la felicidad de los ciudadanos. La dimensión del bienestar subjetivo de la encuesta Casen, surge desde la lógica de un instrumento de satisfacción del cliente en base a una de las ofertas del mercado ¿Qué le parece lo que tiene? La respuesta viene a encontrarse con un interés de mejorar aún más la oferta. Pero la oferta obedece a una rentabilidad, y en este caso, la percepción “subjetiva” de haber satisfecho una necesidad apunta a un margen que le pertenece a otro diferente al que responde.

El mensaje de Lavin este Domingo apunta desde su buena fe, a redimir la conciencia de aquellos mal intencionados que quieren dificultar aún más con sus teorías conspirativas y retrogradas, las nuevas inversiones de talentosos visionarios con ganas de hacer crecer este floreciente país.

 ¿Acaso no se dan cuenta que la gente está feliz con que sigamos generando empleos? ¿No se dan cuenta que el modelo funciona y trae bienestar subjetivo a las personas? Hasta se los preguntamos en la puerta de su casa. Acá todos ganamos, todos lucramos, a todos nos conviene, además tenemos a la ciencia de nuestro lado, así que ¿por qué no se dejan de… quejar?

23 de julio de 2012

Costanera Haters

Por Peter Molineaux

En 2008, cuando había turbulencia económica y recesión mundial, se paralizó la obra gruesa del principal edificio del Costanera Center. Fue el símbolo de que la crisis había llegado a Chile.

Cuando se reanudó la construcción se colgó una gran bandera con la consigna "Arriba Chile" y la presidenta Bachelet, saliéndose de protocolo en el piso 20 de la estructura, dio la orden de reiniciar los trabajos marcando la reactivación económica del país.

Sin embargo, cerca de su inauguración, el edificio comenzó a encontrar resistencias. Vinieron desde lugares muy distintos: el alcalde de Providencia pedía certificados, se recordó en varios medios el pasado Cencosud del Ministro Golborne, se teme un colapso vial y algunos expertos sugieren que se prohiban los automóviles en ese sector.

Lo han bautizado Coronta Center y hay en el ambiente algo de molestia, de rechazo relativamente generalizado. Por lo menos los titulares lo han tratado durante un buen tiempo de "polémico."

Algo pasa con esta erección en el cruce del Canal San Carlos y el Río Mapocho. A pesar de que se le hagan sofisticados juegos de luces a esa mole que aún no termina de ser revestida por su reflectante ropa de rascacielos, incomoda a los santiaguinos.

Es la torre más alta de Latinoamérica, pero los chilenos no parecemos muy orgullosos. Cuando Alexis se saca la camiseta del Barcelona para gritar un gol, todos comulgamos en celebrarlo. Aparece el chovinismo hasta para defender el pisco y la empaná. Pero no para el Costanera.

Quizás el edificio ofenda por lo fálico, por ser una suerte de dedo medio levantado hacia toda la ciudad. Un miembro ajeno frente a nuestro Cerro San Cristóbal.

En el psicoanálisis ha sido importante distinguir entre pene y falo. Si bien el hecho de que exista una diferencia anatómica entre los sexos inaugura el problema de tener o no tener, lo que se instala simbólicamente es la función fálica, el símbolo de que algo falta. Eso ocurre más allá de que se tenga o no el órgano pene, pues lo que falta es otra cosa.

La concepción clásica de lo fálico, es decir la ostentación de una potencia – a veces bajo la forma de virilidad – es en realidad un intento de revestir justamente eso que falta con la ilusión de que se tiene. El conocidísimo caso del tipo que se compra una camioneta grandotota es ejemplificador. Iñi piñi dice ese chilenismo impuesto por un comercial televisivo de los años '90.

Horst Paulmann, dueño del pénico edificio en cuestión, es hijo de un juez Nazi que inmigró a Chile después de la guerra. Horst y su hermano construyeron su imperio expandiendo el negocio familiar, un restorán transformado en supermercado en La Unión, Región de los Ríos.

Los imperios hoy se llaman holdings.

To hold tiene múltiples traducciones – tener, agarrar, coger, abrazar, ser el titular de, mantener. La idea de un holding es ir agarrando, tener y coger. Ser el titular y mantenerse ahí. Al hablar de estos imperios económicos, to hold se traduce bien como acaparar.

El Costanera Center recibe desde todas partes el rechazo de los chilenos porque aparece como la ostentación fálica de un extranjero que va agarrando secciones del país de a pedazos cada vez más grandes. Este extranjero incluso ofrece un paseo al actual Ministro de Economía, Pablo Longueira, para luego quitarle la palabra frente a los medios de comunicación: "Ministro, déjeme responder a mi esa pregunta" – dicho con el inconfundible acento alemán, familiarizado para nosotros en los malos doblajes de películas sobre la Segunda Guerra.

Los juegos de luces y los "arriba Chile" han sido un intento por dar la ilusión de que eso que se ilumina también es nuestro. Incluso se cambió el nombre oficial de Gran Torre Costanera a Gran Torre Santiago. Es posible que mientras se vayan abriendo las siguientes etapas del proyecto y se vendan oficinas caras a quienes quieran participar de la ostentación, vamos a ir acostumbrándonos a que esos chilenos hablen de su oficina en el Costanera, el edificio más grande. Quizás ahí se produzca ese efecto que buscaba la bandera del fin de la recesión: que Chile sienta que esa torre es símbolo de su potencia.

Sin embargo hace unas semanas, recién abierto el mall, se colgó ahí otra bandera grande: la que representa a través del movimiento estudiantil al malestar nacional a propósito de la desigualdad. Esa segunda bandera se cuelga ahí porque la ostentación fálica tiene el efecto de revelar en cada uno su propia falta. Lo que hace el movimiento estudiantil es un acto histérico: a mi me falta pero a ti también. La maravilla de la histeria ha sido siempre revelar, de la manera más precisa, la impotencia del ostentador.

El intento de Horst por contagiar con su recubrimiento fálico a los santiaguinos y luego a los chilenos se ha encontrado con un momento histórico en que mostrarse superpotente ya no produce la envidia y las ganas de tenerlo. Esa posición es la que haría que todos trabajáramos por una oficina en el edificio, aunque no lo lográsemos jamás. Hoy, luego de que los movimientos sociales pusieran en evidencia la falla, detentar el falo revela la impotencia de todos. Eso no gusta y por eso el rechazo.

Quizás con el tiempo Paulmann pueda poner nuevamente a funcionar la ilusión de que su potencia nos hará brillar a todos. En la construcción, el revestimiento del rascacielos avanza rápidamente, cubriendo la coronta. La apuesta es que cuando estén todos los reflectantes en su lugar el edificio haga de encandilante espejo y nos deslumbremos con él, haciéndolo nuestro. Pero por el momento molesta su sombra.

17 de julio de 2012

7.000

Por Antonio Moreno Obando

La discusión sobre el sueldo mínimo nos ha dejado leer el texto de una vieja paradoja de saberes con mucha tradición en nuestro país: los expertos convenciendo al lego de que los dejen decidir a ellos por sus propias vidas. En estos días ha sido encarnizado el debate sobre una diferencia de $7.000.- en el sueldo mínimo, enfrentamiento público que nuevamente pone en escena a estos aburridos pero pacientes técnicos tratando de traducir sus complicadas gráficas a los alienados ciudadanos que solo ven su satisfacción inmediata.

Esta diferencia en pesos se puede representar de muchas maneras: desde una escandalosa variación macroeconómica que debilite nuestra inversión y por lo tanto siga castigando la cifra de crecimiento del país, hasta el cálculo personal para comprar 9 pasajes en metro y una cajetilla de cigarros con sus respectivos fósforos. No es sencillo poder darle un valor que represente y ponga a circular esa diferencia, ese resto que produce tanto malestar en nuestra cultura.

Un padre puede decirle a su pequeño hijo que no frente una petición perentoria de gozar de un chocolate diciendo “¿prefieres un chocolate hoy o una caja de chocolates mañana?” Lo que se pone en juego ahí es la marca de la propiedad de esa posibilidad de goce en favor de ese otro muy importante para el niño del cual, en tanto padre, emanan todos los misterios de la cosas. El niño no puede hacer uso de esa posibilidad y debe hacer un convenio con él en el cual “cuando sea grande” o cuando sepa de una determinada manera, entonces tendrá acceso a lo que busca. Esta ecuación no solo se ve en la educación de un niño, sino que muchas veces la vemos perpetuada en los saberes que atesoran las instituciones, especialmente las formativas.

Aunque también se da en nuestra plaza pública. No parece casual que la televisión como industria complete sus espacios franjeados con expertos en salud, nutrición, pedagogía, derecho, peluquería, cocina, parapsicología, incluso en economía. Parecen emanar de ese mercado algunos de nuestros actuales pre-candidatos presidenciales, insuflados por el don de educar a través de los medios de comunicación. Con el pretexto de los nuevos movimientos ciudadanos, estos rostros se justifican por el deseo de la audiencia de encontrar alguna explicación para aquellos misterios de la realidad que no se pueden soslayar, de encontrar algún valor que represente y racionalice ese déficit que se produce en el encuentro con el mundo.

Freud en su explicación del aparato psíquico diferenciaba dos principios: aquel que a través de un monto de energía psíquica o libido busca los medios para deshacerse de esa carga y encontrar el placer y aquel otro que no puede controlarse a voluntad dificultando así que las descargas placenteras se produzcan: el primero fue llamado principio del placer y el segundo principio de realidad.

A propósito del principio de realidad, el día sábado 14 de julio en una columna del diario el Mercurio, aparece la opinión de un experto refiriéndose entre líneas a la discusión del sueldo mínimo con la siguiente frase: “las buenas intenciones siempre terminan chocando con la realidad. Y las cuentas se terminan pagando." Esto lo dice a propósito del populismo con que se mira la posibilidad de hacer un gasto excesivo en nuestra economía. El columnista, comparando nuestro despilfarro al de España, comienza su texto con una frase en negrita que hace irresistible continuar la lectura: "¡Podríamos poner un salario mínimo bien alto! Digamos… 500 mil al mes.”

Este comentario en su ironía parece redoblar el efecto de pérdida que puede vivir un sujeto, que al leer las primeras frases, constata el absurdo de triplicar su actual sueldo mínimo. Muchas veces esa pérdida puede dar un plus para seguir buscando el acceso alguna vez prometido, aunque implique en ocasiones soportar esa pérdida en la construcción de la realidad. Así como también hay veces que la pérdida puede marcar un definitivo rompimiento con aquel principio subjetivo que estaba destinado a empujar como requerimiento de trabajo para el placer.

La historia de Luis Emilio Recabarren ilustra el alcance de esa pérdida. Obrero, tipógrafo y diputado por Antofagasta, fue célebre por fundar el Partido Obrero Socialista y por ser constantemente apresado por sus peripecias. Desde la consolidación de las salitreras en nuestra economía, su recorrido político comenzó en la escritura y terminó obteniendo un escaño en el congreso y la coordinación de nuevas fuerzas políticas alineadas con el pensamiento que representaba. Pero en el momento más alto en su carrera, Recabarren decide quitarse la vida con un balazo en el pecho. Como si ese discurso sostenido frente a la pérdida y la recuperación de una plusvalía del trabajo no lograra instalarse como un espacio de satisfacción en la realidad, pudiendo constatar que por irreal ese afán fue permanentemente emboscado por el confinamiento y la irreductibilidad de lo que no se puede hacer.

Los recorridos de los goces giran en torno a la gestión del acceso a la caja de bombones encomendada a un lugar de saber; pero a diferencia de ese padre con su hijo, en nuestro mercado quienes detentan las condiciones de posibilidad también son los dueños del acceso, cobran por él y gozan de su rentabilidad. Resulta que el padre debe instalar la renuncia del niño a causa de que él tampoco tiene el acceso necesario al goce de esa verdad de chocolate y debe transmitir a su hijo su propia manera de hacer convenios de acceso a través de las palabras. En esa escena tan cotidiana no hay un saber completo, pues en el lugar que detenta el padre como depositario de todas las respuestas sobre las cosas, también tiene un misterio al cual no tiene acceso y que implica su propio goce.

Frente a tamaño amo se hace muy difícil de tragar la pérdida, ya que aunque opera con fuerza, no se ha perdido nada. Ante tal encierro queda la posibilidad de que el mismo sujeto deba transformarse en esa pérdida. Queda en el dato historiográfico que Recabarren se suicidó por depresión, y aunque no tengamos la posibilidad de saber en este texto con la exactitud de la ciencia su diagnóstico, algo por su familiaridad sabemos de su acto.

La discusión del sueldo mínimo trae también la dimensión del sentido particular que cada sujeto le da a su trabajo y a sus posibilidades de acceso. No parece agotar todas las aristas del problema zanjar desde el lugar del experto cuánta riqueza el sujeto pierde para sus hijos si no renuncia a sus pasajes al metro y a sus cigarrillos. La cólera que despierta la discusión entre nuestros políticos ya no distingue posiciones ideológicas a priori porque lo que impulsa los afectos no obedece a las posibilidades de acceso que da el lenguaje discursivo de cada coalición política. Al parecer se juega algo que es anterior: la posibilidad que no sea posible obtener y regular nuestros propios goces.

9 de julio de 2012

El Aboguindo

Por Peter Molineaux

Las recientes denuncias de abuso sexual y violación de menores en el Colegio Apoquindo han provocado reacciones importantes a nivel nacional y conmoción en el mismo colegio. Se ha anunciado la renuncia de su dueña al cargo de directora y la instalación de mecanismos de seguridad como cámaras de vigilancia.

Además del ofrecimiento de atención psicológica para alumnos, padres y profesores, se ha puesto en el lugar de subdirector a un psicólogo educacional – un experto. También se trasladó la sección preescolar del colegio femenino (donde sucedieron los hechos) al colegio masculino y se ha creado una comisión para revisar protocolos y procedimientos. Se escucha a los apoderados por televisión: no vamos a dejar que esto destruya a nuestra comunidad.

Los actos sexuales de adultos hacia niños son cometidos por lo que el psicoanálisis llama perversos. Son sujetos que se estructuran psíquicamente desde la renegación de la diferencia sexual y se satisfacen con un objeto específico que toma el nombre de fetiche. El fetiche, para el pedófilo, es un niño.

La estructura neurótica, a la que pertenecemos la mayoría, tiene que enfrentarse al problema de la diferencia sexual. Ese problema, que instala la dinámica de tener y no tener, está en los cimientos del aparato deseante en los neuróticos. Si es posible no tener, entonces algo falta y hay que seguir buscando. Los neuróticos nos enfrentamos a la constatación de que al encontrar lo que andábamos buscando, lo que buscamos es otra cosa.

El perverso no tiene ese problema. Sabe lo que lo hace gozar y va a conseguirlo. Para eso ninguna ley es impedimento, ni la contingente ni la divina ni la teorizada por el psicoanálisis (la prohibición universal del incesto). El único problema que tiene el perverso con la ley es que a veces se interpone entre él y su fetiche. La renegación le ha servido para dejar a esa ley sin su efecto psíquico, pero renegarla no significa no conocerla. Sabe bien de qué se trata la ley de los neuróticos, pero sabe también con certeza que su ley fetichista es superior.

Entonces se escabulle, se infiltra. Con argumentos neuróticos se instala entre nosotros para acceder a esos sujetos en los que todavía no se ha establecido firmemente la estructura psíquica y donde la vida sexual es aún muy primitiva: los niños.

Desde muy temprano, Freud habló de sexualidad infantil. Se trata del intento del niño por explicarse por qué la niña no tiene y viceversa. Una investigación rudimentaria que busca dar respuesta a preguntas que son fundamentales en la construcción de su identidad.

El Colegio Apoquindo, como muchos colegios religiosos, tiene la política de separar a los niños de las niñas. Es un acto relativamente burdo, pero que está enraizado en la respuesta neurótica frente a la diferencia sexual: la represión. No quiero saber nada de eso.

En contraste con la renegación perversa, la represión no anula los efectos de la diferencia, sino que la complejiza echando a andar una cadena de diferencaiciones en todos los ámbitos. Preferir un color en vez de otro, querer una cartera o un auto más que el siguiente, son efectos de la represión de esa primera diferencia y de sus avatares Edípicos. Como no puedo tener eso, entonces estotro.

Para el perverso la lógica es sí puedo tener eso. Y lo toma.

Las acusaciones del abogado querellante que representa a las familias de los niños en el Apoquindo van en la línea de inculpar al colegio como encubridor de los hechos. Dice que los padres que hicieron las primeras denuncias fueron descalificados por la directora. Se desliza también la idea de que el colegio habría apoyado a los inculpados y que los profesores llevaban a los niños a los abusadores.

La pregunta que se abre es si el colegio funcionaba con la renegación o con la represión. Es decir, si sabían y negaban o sabían pero no querían saber. Hay que recordar que el Apoquindo está ligado a los Legionarios de Cristo y que en su página web reza el siguiente lema: "Colegio Apoquindo y Legionarios de Cristo, juntos formando para trascender."

El fundador de la Legión, el mexicano Marcial Maciel, es un famoso perverso. Los continuadores de su obra han tenido que reconocer públicamente y pedir perdón por los actos de su patriarca. Han retirado su foto de todas las oficinas y sólo lo mencionan en los recuentos históricos de la organización. Al ser revelada la perversión de Maciel, los Legionarios de Cristo han tenido que hacer el acto neurótico de reprimir al fundador. Pero lo primero fue renegar y se hizo hasta que la evidencia era irrefutable.

El perverso le pide al neurótico silencio, pero no lo hace por legítimo temor a la ley: lo hace para producir complicidad, para imponer la ley de su goce fetichista en el otro. Quizás por eso prosperan tanto los perversos en la Iglesia Católica, donde el rito de la confesión aparece como dispositivo central de esa lógica. Silencio y complicidad ante los pecados. Si es ese el mecanismo detrás de lo sucedido en el Apoquindo, el escándalo será aún mayor.

El abogado defensor de los imputados proclama la inocencia de sus clientes. Su hipótesis es la de una "psicosis colectiva" en torno al abuso sexual y que los niños habrían sido interrogados sugestivamente por los padres para producir los testimonios que luego fueron tomados por la Fiscalía. También argumenta que las lesiones constatadas en dos de los niños no son necesariamente producidas por violación y que los imputados no tenían la posibilidad logística de estar cerca de los alumnos por suficiente tiempo para cometer los delitos.

Tanto el querellante como el defensor acusan una reacción excesiva ante el espanto: la directora descalificando, los padres psicóticos. La reacción del colegio al acumularse las denuncias también es explosiva: cámaras de seguridad, comité, comisión, renuncia, designación.

Una reacción es una respuesta a un acto y el acto perverso provoca espanto. El problema del espanto es que tiene como efecto el silencio o el grito. Es ahí donde habrá que hacer un lugar para la palabra. Decir algo en lugar del espanto.

Para el psicoanálisis el trauma sucede en dos tiempos, hay un après-coup. El primer tiempo es el acto. Eso por si solo no se vive como traumático. Lo que inscribe el trauma es el segundo momento, el de la reacción. Para las perversiones de Maciel lo primero fue el silencio, luego la negación, seguidos por el reconocimiento (la palabra perdón) y la represión. ¿Qué hará el Apoquindo? Su posición histórica fue la represión – separar a los niños de las niñas. Ahora están en el espanto y, más allá del abogado que resulte vencedor, la represión de siempre ya no sirve. ¿Qué se dirá en el Apoquindo?

3 de julio de 2012

El Metro Cuadrado

Por Peter Molineaux

En el horario punta del Metro de Santiago, especialmente entre las estaciones Los Héroes y Baquedano de la línea uno, hay siete personas por metro cuadrado en los vagones. Siete por uno. Con esa densidad el pasamanos ya no sirve, los pasajeros se mantienen de pie a presión. Las puertas explotan al abrirse y el empujón colectivo saca milagrosamente a los que quieren salir. De inmediato viene otra ola y ensardina a los pasajeros en el interior del tren.

Una twittera preguntaba ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué no hay protestas colectivas, guanacos y zorrillos en las estaciones? ¿Qué hace que aguantemos?

¿Nos gusta estar tan juntos?

Claro que no. Se ha peleado siempre, en la ciudad de superficie, por el metro cuadrado. Se le pone precio, se compra y se vende. Arriba se defiende el espacio, abajo se comparte con otras seis personas. El aire es pesado, pica la nariz y no se puede rascar. En la mañana predominan los champúes y los perfumes, en la tarde no tanto.

Hacemos todo lo posible por no mirar al vecino que ya está tan cerca que no basta con ajustar los accesorios: el acoplamiento es anatómico. Codo en la espalda, cuello torcido, pelo en la boca, rodilla en el culo.

Estamos en terreno fértil del lanzazo y el agarrón. Un galante radioescucha de la hora del taco sugería que se tomaran las medidas que hay en México DF: apartheid sexual por vagón. Que la corten esos frescos.

En vez de ocurrir el fenómeno de masa que reclama la twittera, aquel que desinhibe a cada sujeto y le permite operar como impulso único junto a los otros – rabia colectiva, por ejemplo – aparecen las mezquindades individuales que intentan sacarle un pedacito al del lado. Un pedazo de cuerpo, un objeto.

En las marchas, en los estadios y en los conciertos masivos, la multitud se hace una: se sueltan los afectos dando paso a grandes catarsis. En el metro va la masa quieta y cada uno se aferra a su rincón. Uno se acerca a la puerta, otro acomoda el pie. La señora empuja, el joven se saca la mochila. Aglomeraciones de sujetos individuales pegoteados e incómodos esperando que pase pronto el mal momento. No hay masa, no somos uno.

Para que un montón de gente junta se haga masa – para que opere la psicología de las masas – tienen que pasar un par de cosas: tiene que haber libidinización y tiene que haber identificación. Y no se trata de la líbido del corremano. La líbido, para el psicoanálisis, es la energía psíquica. En una masa, para que se unifique la muchedumbre en una sola y cada individuo sienta una conexión libidinal con el otro lo que sucede es una identificación. Esa identificación, la que provoca el júbilo, es al Ideal del Yo. El ideal puede ser un líder – Hitler, por ejemplo – o puede ser una idea: la Justicia o la Patria o la Igualdad. El mecanismo es así: el Yo se identifica a ese ideal y sus límites (los del Yo) se amplían hacia los límites más anchos del ideal. El sujeto de al lado también se identifica al ideal y su Yo difumina sus límites. Él deja de ser un otro absoluto y Yo soy junto a él parte de un gran ideal. La masa vibra, la líbido se libera, gritamos juntos, marchamos, saltamos. Somos uno.

Eso no se consigue en el metro. Aquí abajo el otro, el de al lado, no tiene nada que ver conmigo y mi Yo. Mucho menos con mi Ideal. Mientras en el metro nos tapamos los oídos y los ojos con artefactos para alejarnos del otro, en el concierto de rock el cabeceo junto al que transpira al lado es un elemento fundamental de la euforia.

¿Por qué en el tren subterráneo la masa se mantiene fría?

Pues porque el Metro ha tomado medidas. Sabe que para que no se desborde la masa, hay que organizarla. Se han dispuesto funcionarios para cortar el flujo, para reanudarlo. Flujo de pasajeros, como un torrente que riega gente por la ciudad y que hay que conducir. Compuertas y monitores regulan las crecidas. Cuerdas y separaciones para indicar la dirección. Se sabe que si toda esta gente junta deja de fluir puede resultar en una avalancha. Se sabe también que si se identifica a un ideal, si cada uno siente una camaradería libidinal por el otro bajo una idea común, el flujo explota. Caos bajo tierra.

Han aparecido afiches grandes, de esos donde habitualmente hay publicidad en los andenes, en los que el Metro invita a participar de una mesa redonda a sus usuarios para discutir los problemas contingentes del transporte subterráneo. Los presenta con una foto en la que hay una señora mayor, una mujer vestida de oficina, un joven un poquito rockero, un hombre de mediana edad... Es un intento por que cada pasajero se identifique individualmente con su personaje y no con el ideal de la masa. Además la invitación – a la que seguramente no responda casi nadie – es a una mesa redonda, a un lugar de conversación. Se apela a la consciencia, a la templanza de cada uno. La mesa en vez de la masa para que no se desborde el flujo.

Toda la organización de la muchedumbre está pensada para que no se haga masa, para que cada Yo se mantenga dentro de sus límites. En Londres hay avisos en las escaleras mecánicas: stand on your right, párese a la derecha para que los más ágiles suban corriendo. En Tokio hay funcionarios en el andén encargados de comprimir a los pasajeros. En Nueva York los carros están climatizados y aquellos en los que ha fallado el aire acondicionado están vacíos, mejor apretado que acalorado. En Santiago: apretado y transpirando. Anuncian que ya viene el aire y cada pasajero va pensando que ya será mejor. Uno a uno.

Durante el día se olvidan los minutos eternos del Metro cuadrado y cada uno recorre la ciudad intentando arreglárselas con la terrible diferencia entre su propio Yo y su Ideal. En la tarde se regresa a esa caldera que está siempre a un paso de hacerse masa.

25 de junio de 2012

27/f, carta de Bachelet y Angustia

Por Antonio Moreno Obando

Ha llegado carta: la madre que parecía enredar su deseo en asuntos extranjeros, vuelve con su deseo a presentar algo mantenido a raya por omisión: su deseo de volver a ser “la jefa” de todos los chilenos. No parece casualidad que durante estos días los medios de comunicación asocien dos hechos de distinta naturaleza ante la presentificación del deseo de esta mujer jefa, la catástrofe del 27/f y la carta que oferta a sus hijos. Al parecer por alguna razón ambos producen un efecto.

El día lunes pasado, una comisión de hijos únicos sin hermanos políticos llamados comisión 27/f, acusan a esta particular madre de haber cometido una gravísima falta por haber privado de los cuidados necesarios a la población, producto de su incompetencia para interpretar señales. Estas señales eran escamoteadas, horadadas, por aquellos chilenos que sufrían una catástrofe real.

Ya todos hemos visto a esta madre por video digital, preguntando en esa oficina de emergencias a esos otros sujetos indiferenciados y semidormidos, como extensiones de un Yo en trabajo de sueño, sobre señales certeras de la catástrofe, pero por alguna razón los escritos que llegaban desde afuera eran indescifrables. En este escenario onírico, las palabras escritas se mostraban como garabatos, lengua materna que aún no pierde todo el sentido y que incapaz para nombrar algo no logra cifrar algo de eso real que estaba ocurriendo.

Sus hijos la acusan de algo claro: no logró traducir una necesidad real en demanda; no hubo la oferta oportuna, y por el hecho de encarnar ese Otro primordial del cual todo emana, esa noche de devastación no hubo una palabra que nos comunicara.

La comisión de hijos únicos en su trabajo llama gravísima esta falta de liderazgo sin lograr explicarse cómo no fue posible leer y entender un texto escrito tan simple como los comunicados faxeados entre las entidades vigilantes. Es que resulta difícil explicar por qué la ex presidenta accede a la lectoescritura para escribir una carta llena de su propio deseo como la que fue leída el fin de semana anterior en la Democracia Cristiana y no le funcionó esa noche cuando leía confusos informes sobre las necesidades de sus hijos. Es que la lectura de las señales siempre es un fallido y penoso camino.

La Onemi es una oficina especializada en gestionar catástrofes. Esto implica emplear todo el conocimiento científico que existe para cumplir su viejo anhelo epistemológico: prevenir y controlar eventos. Para los ojos de un gobierno experto en gestión como el actual, se veía tan sencillo saber leer un fax o prender un teléfono satelital. Sin embargo, hace solo un mes, la autoridad máxima de este organismo decía a quien quisiera escucharlo que los procedimientos de emergencias no podían perpetuarse en el tiempo y que cada situación y localidad tiene sus particularidades, como si no fuera tan sencillo llegar y poner en protocolos la cosa. Aún cuesta creer que después de tanto estudio altamente especializado de entidades independientes que apoyan la gestión del gobierno se pueda saber con precisión las catástrofes del alza en los impuestos hasta el 2020, pero no se pueda aún predecir y controlar cómo sacar el agua de las casas de la clase media cuando llueve un día y medio, ni mucho menos calcular el impacto económico que para esa comunidad en particular esto tiene. ¿Qué pasa con la gestión de las catástrofes? ¿Qué es lo que angustia en las catástrofes? ¿Cuál es la diferencia entre las alarmas y una crisis real? ¿De qué es acusada Michelle Bachelet?

La palabra angustia fue reemplazada por la palabra ansiedad por la neuropsiquiatría de la evidencia hace décadas, en donde el paroxisma expresado como síntoma en la experiencia del paciente está determinado por lo plausible de su causa, parangón a su vez determinado por la adaptación de ese organismo funcional con su entorno. En otras palabras: si usted grita y arranca despavorido al ver avecinarse un maremoto está bien, pero si hace lo mismo cuando ve llegar a su madre de sorpresa un día domingo, posiblemente necesite un tratamiento medicamentoso.

A pesar de que Freud dijo muchas cosas sobre la angustia después de muchas vueltas, recién en el 1932 se anima a diferenciar tres tipos: la angustia real sobre un peligro externo, la angustia neurótica sobre un peligro proveniente de las propias pulsiones del inconsciente o la angustia de conciencia cuando surge un peligro de lo moral. Pero a pesar del paroxisma que implique en la experiencia, Freud siempre entendió este algo sentido como una señal ante la presencia de algo peor que se aproxima. Pero ¿Cómo vamos a saber de dónde viene el peligro? ¿Cómo vamos a saber a qué tipo de angustia freudiana corresponde el hecho de que usted quiera correr despavorido los domingos frente la visita inesperada de su madre?

Por eso es que a veces es tan difícil para los clínicos pensar en qué hacer con esta alarma, cómo se gestiona, dónde radica su eficacia, cuáles son los tratamientos que sirven y en qué consisten sus protocolos.

Algo extraño nos indica que la madre puede jugar un papel fundamental en la aparición de la angustia. Puede pensarse una causa para esta experiencia cuando no hay la suficiente distancia entre ese Otro primordial materno y aquel pedazo de carne que como hijo pelea por diferenciarse, por poner una demanda entre ambos. Por eso Lacan dice que la angustia es falta de una falta, porque la madre al llegar de sorpresa un día domingo puede saturar de amor a tal punto a ese sujeto que en tanto hijo es nuevamente incorporado al capricho materno igual como si fuera un objeto, tal como un día fue parte de su cuerpo.

Por eso es menos angustiante cuando ella logra escuchar una demanda para aparecer, como por ejemplo venir de visita cuando es invitada. Angustia saber que la madre quiere algo y va a poner en posición de objeto a sus hijos. Es cosa de ver la rabieta de Quintana presidente del PPD ante la posibilidad de ser devorado por un Otro primordial aun no invitado. La carta muestra el deseo de Bachelet y eso implica necesariamente estragos.

Michelle tranquiliza y angustia sin mayores razones, es acusada como madre y querida como tal. Su liderazgo está puesto en juego por afinar poco la demanda que oferta, ante un país de hijos desordenados que habitan en el problema de la representación. ¿No será demasiado esto de que nos gobierne una madre? ¿Qué responsabilidad tiene en las catástrofes nuestro padre ciencia, que descifra en forma tan certera las leyes ocultas del universo cuando no logra predecir la irrupción de la devastación? ¿Qué tipo de catástrofes cobran vidas por lo impredecible y cuáles otras por el recorte de un método?

18 de junio de 2012

Lithium

Por Peter Molineaux

El Ministerio de Minería propuso, para escamotear la ley que declara no concesionable al litio en Chile, decretar la oferta de Contratos Especiales de Operación a las empresas que se ganen la licitación. Las licitaciones otorgadas tendrían un límite en cantidad y tiempo.

El litio extrae su deseabilidad del futuro automotriz: los autos eléctricos usan baterías de este mineral e irán reemplazando durante el siglo a los motores sedientos de ese menguante oro negro.

Oro blanco, le dicen. Por metonimia lo asociamos al oro. Por metáfora también: el litio es el gold standard de los estabilizadores del ánimo. Como el oro entre las monedas internacionales, que da un valor conocido contra el que todos se pueden transparentar, el litio es el estándar de su área de la investigación farmacológica: si su nuevo medicamento estabiliza más que el litio, es bueno.

La discusión surgida recientemente en torno a la explotación del litio tiene algo de este gold standard. Se debate fuertemente el asunto porque si lo hacemos de una manera con el litio, se le podrá comparar con todo el mineral chileno y medir, por ejemplo, si lo que se hace con él funciona mejor que lo que se hace con el cobre. Lo que está en debate en el país es lo siguiente: o lo concesionamos o lo explotamos.

Una concesión es un don, ceder algo a otro. ¿A cambio de qué? La economía liberal dice que a cambio de competitividad. Ceder para no quedarnos atrás. La economía socialdemócrata dirá que es mejor que el Estado se haga cargo y reparta los beneficios entre los ciudadanos. No ceder para quedarnos con lo producido.

Por la vía de la concesión se ha agregado en Chile un impuesto a la extracción de recursos no renovables, un royalty, palabra que se traduce del inglés como realeza – cobrar como cobra el rey por trabajar sus tierras. Si el Estado hiciera la explotación, como quiere la oposición, tendría que trabajar. Cobrar o trabajar, esa es la cuestión.

Pero también está la cuestión de la elaboración. Ahí estaría el cambio de paradigma: dejar de ser un país de explotación y exportación para ser un país donde se elaboran las materias y se hacen productos complejos. La batería de litio made in Chile.

El sueño de la industrialización empalmado al sueño medioambiental de la energía limpia.

Freud fundó el psicoanálisis sobre la interpretación de los sueños. Su tesis fue que los sueños son cumplimientos de deseos. Estos deseos estarían reprimidos – son inconscientes – porque el soñante no puede admitir lo que desea. Sin embargo esos deseos se las arreglan para expresarse a través de una codificación que Freud llamó el trabajo del sueño.

Para que el sueño funcione – para que se exprese el deseo – hay que hacer un trabajo.

Ese trabajo consiste en engañar a la consciencia: el inconsciente transforma los contenidos latentes (deseos, recuerdos, traumas) en contenidos altamente simbólicos a través de los mecanismos de la condensación y el desplazamiento: juntar en un símbolo varios contenidos o deslizar el contenido hacia un símbolo asociado. Hay una transformación de un material en otro, más complejo y que se puede usar.

La pregunta hoy es por el deseo: ¿Qué queremos con el litio? La respuesta del Gobierno ha sido, a través de un decreto, que lo trabaje otro. Que me dé un pedacito, que me rinda tributo.

En un célebre capítulo de su libro El Yo y el Ello, Freud describe los vasallajes del Yo. Él, el Yo, se cree amo de su territorio (el aparato psíquico), pero debe ceder constantemente al Ello, insaciable demandante de satisfacción, y al Superyó, severo representante interno de las normas morales más estrictas. El rey, el que cobra royalty, es un vasallo.

La solución de la concesión del litio intenta, con un espejismo narcisista, dejarnos como rey: el litio es mío y le doy un poco a otro. Pero en realidad nos deja como donantes fáciles a un rey de afuera y vasallos como siempre del reino interno. Se hipoteca el deseo detrás del sueño del litio y se recibe a cambio el porcentaje del reyecillo.

Ese sueño del litio tiene una historia, un material latente, que tiene los registros traumáticos de la minería nacional. Desde la frustración de Valdivia al no encontrar mucho oro hasta la judicialización de las diferencias contractuales entre CODELCO y Anglo American, pasando por el drama nortino del salitre y la nacionalización del cobre, lo minero suena en el fondo de la travesía chilena.

La pregunta sigue siendo la misma, ¿qué queremos con el mineral?

Los dos lados de la discusión, liberales y socialdemócratas, coinciden en torno a la elaboración del litio. Quieren que desarrollemos tecnologías, que no seamos solamente exportadores, que seamos líderes.

Que el litio chileno sea líder. Ese es el sueño. Para que ese sueño se sueñe tiene que haber un deseo: que nuestro litio sea líder, que mi litio sea líder.

Quiero que sea mio. Ese es el deseo.

Entonces, no quiero concedérselo a otro. El deseo no se cede. Lo que hay que hacer con el deseo, para que se haga el sueño, es un trabajo.

Ahí aparece el vasallaje interno, el de El Yo y el Ello. Para Freud eso sólo logra conducirse con cierto éxito cuando sucede lo que llamó sublimación: que los deseos más inconfesables y ocultos se salten al Yo – y su narcisismo – y produzcan una obra de alto valor estético, social o cultural. La Batería de Litio Chilena.

11 de junio de 2012

Al estadio, al estadio. Seguro.

Por Peter Molineaux

El estadio no es seguro. La única manera de contener su volatilidad ha sido con estructuras de concreto, diques, rejas o leyes severísimas. Lo que está en juego en el estadio, los ingredientes que están más allá del juego de pelota, van exactamente en contra de la seguridad: hay ganas de destruir al otro.

La pasión que despierta el fútbol se desparrama, se contagia y desborda los macizos límites de nuestros coliseos modernos. El hincha tiene su nombre bien puesto: se hincha, hincha al de al lado e hincha a la hinchada. Hincha al jugador, al equipo.

Es conocido el otro significado de hincha, el hincha pelotas, aquel que colma al otro con su persistencia. Esas pelotas, las que no son de fútbol ni las biológicas, aveces revientan.

El resultado es explosivo, violento. Se desata una batalla entre hinchados que rompen con su bandera el cuerpo del otro o, viceversa, el otro rompe con sus manos la bandera del primero desatando la ira. A veces hasta la muerte: desacralizaste mi camiseta.

Las fanaticadas se estrellan cervezas en las cabezas, se lanzan pedazos de calle y escupitajos en muchos países: hooligans ingleses, tifosi italianos, barristas latinoamericanos. No es un descontento social contingente.

Ser de un equipo pone en juego algo muy profundo, casi ontológico: se juega la identidad.

En términos freudianos es una identificación, es decir, algo tomado del otro y hecho propio para armar un Yo, para dar una respuesta coherente a la pregunta fundacional ¿quién soy?

Cuán central sea esta identificación futbolera dependerá de cada historia. Muchas veces se transmite familiarmente y se guarda muy cerca de otras identidades fundamentales como ser hombre, mujer, chileno, chilena, regalón, princesa, oveja negra. Soy del Colo, de la U.

Otras veces sirve para sortear la adolescencia y el remezón que reciben las dinámicas infantiles con el paso por la pubertad. Puede ser también una gran rebelión: elegir un equipo en contra de la tradición familiar. Las historias son variadas, pero en el hincha, la identificación a su equipo está muy cerca de lo que lo estructura psíquicamente – tan cerca que no lo sabe. Es inconsciente.

Al frente está el otro. El otro hincha, el otro equipo. Lo que apasiona es derrotarlo porque si él existe, con su identidad, hace tambalear la mía porque sé – inconscientemente – que la mía también es de otro. No temo que el otro quiera quitarme a mi equipo o suplantarme como hincha de mi camiseta. No defiendo algo mío porque el otro lo quiera tomar, que sería lógico, consciente, sino porque su existencia revela la operación primitiva que hice para decir quién soy.

No quiero saber nada de eso. Entonces el otro es el incompleto, el inútil, el enemigo a demoler.

Pero en el estadio de fútbol hay algo más que ganas de destruir al otro. Hay amor. Además del amor a la camiseta, a los colores y al equipo propio, hay en los cantos de las barras algo de amor para el otro. Se prometen sodomizaciones y felaciones en variadas estrofas, muestra de un apasionado amor homoerótico. Al mismo tiempo que se asegura que los del frente son homosexuales, generalmente con la palabra hueco o maricón, se canta "al chuncho lo vamos a culiar" o "indio chúpalo." La intención explícita, al parecer, es sádica. Sin embargo el propio Marqués habría argumentado que por serlo no deja de ser amor. Algo se hincha.

La relación al otro es ambivalente: los conocidos Eros y Tanatos. Historias de amor y odio hay en todos lados. Lo que sorprende en el fútbol es el contraste entre un juego – que ciertamente puede levantar rivalidades – y una pasión descabellada capaz de producir niveles de violencia extremos. Las identificaciones primarias se defienden con violencia.

Se ha implementado para erradicar esa violencia el Plan Estadio Seguro. A su cargo está Cristián Barra, que además de apellidarse muy adecuadamente, combina en su currículum problemas con la justicia y un deseo que ha sido descrito por algunos periodistas como "roba cámaras" y "pasado de revoluciones." Su historia mediática comenzó cuando le quitó el micrófono al Ministro Golborne en el primer contacto con los 33 mineros. Su misión hoy es eliminar a las barras bravas.

Barra el Bravo versus Barras Bravas. Hay dos pasiones enfrentadas: la que busca identificarse, ser reconocido en la pantalla, y la que defiende su identificación temprana a un color que le dio sentido. Vaya batalla. Hay amenazas telefónicas a los unos, arrestos a los otros, prohibiciones de bombos y el hackeo de la página de la ANFP. La palabra "hack" es onomatopéyica, el golpe de un hacha contra la madera: hack, hack, hack. Si no hay bombo – bum! – hay hack. El que defiende una identificación tan profunda lo va a hacer con todo lo que tiene. Lo ha hecho desde que es.

La Intendenta Metropolitana, Cecilia Pérez, quiere "que vuelva la familia a los estadios," que sea una fiesta con globitos y serpentinas. Su función es la de la represión, entendida en su sentido psicoanalítico: enviar algo al inconsciente para no saber nada de eso. Pero lo reprimido quiere salir y se las arregla para hacerlo. Freud, al hablar de los síntomas neuróticos usó la frase el retorno de lo reprimido. ¿Cómo retornará lo reprimido la próxima vez? Bum, hack, ¿ ?

4 de junio de 2012

El modelo “Salfate” de nuestro desarrollo social: Todo calza

Por Antonio Moreno Obando

Como aquel hermano no reconocido de la tria fata, se erige una voz a través de los misteriosos atributos de los medios de comunicación, cual vocero de Laquesis, una de estas tres hermanas conocedoras exclusivas del destino, la encargada de la duración de los hilos de la vida. Pero este personaje portador de privilegiados mensajes lleva en su nombre un esfuerzo trágico por expulsar de si el papel que los seres luminosos le han dado: Sal(de mi)destino.

Las Parcas representan la expresión de un pensamiento mítico y antiguo, donde la ley cósmica que da origen a la existencia y sus devenires no puede ser cambiada ni aun por los dioses, y donde sólo el relato puede alojar en su particular despliegue un sentido aprehensible para los mortales.

Pero para el mundo helénico el misterio del mito fue pronto reemplazado por la codicia conquistadora del logos y su razón. Aunque se puede entender su nacimiento por el esfuerzo lógico de la Escuela de Mileto, será la ambición desmedida por poseer la verdad de los veleidosos herederos de Sócrates quienes finalmente lograron plasmar el logos en un método.

¿Qué oscura fuerza divina se despierta cuando el antiguo oficio del destino de Las Parcas es descifrado mediante la lógica aristotélica? ¿Qué tipo de poder se despierta cuando el oráculo deja el relato para amplificar su Yo hasta conocer detalles precisos del futuro?

Al parecer el ansioso deleite por nuestro nuevo acceso suntuario, va insuflando la curiosidad por lo que no tenemos aun: el futuro, la muerte, la vida después de la muerte, el juicio final y la promesa de ser elegido, curanderos espiritistas abducidos y una variada gama de oráculos muy enfocados en la eficiencia, tal como los medios de comunicación hoy lo transforman en tele realidad.

Pero estos fenómenos sobre el conocimiento paranoico, vale decir, el desborde de lo que el yo desconoce, el transitivismo y la alienación en la identificación con el otro, son temas ya comentados mucho antes de que nos llegara la tan esperada bendición de la abundancia sin límites.

Freud en el año 1924, con el entusiasmo a cuestas de una nueva formulación del aparato psíquico, en un texto llamado La perdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis, describe un funcionamiento como soporte fundamental para la explicación de tan particulares saberes: sujetos que desde su Yo remodelan la realidad en un proceso de reconstrucción que en su afán de dejar fuera un aspecto de la realidad insoportable, pueden llegar a crear nuevas percepciones de la realidad, sin más sustento que sus propias y anteriores percepciones.

El conocimiento paranoico completa los misterios que habitan fuera de ese Yo con registros que en la relación con la realidad han quedado desde antes, pero esta completación como toda producción, tiene un fin muy particular a la economía de ese aparato psíquico.

Nuestro pariente chileno de Las Parcas comienza a sufrir en carne propia la conquista del logos en busca del saber definitivo. Primero para él eran las predicciones catastróficas escritas en presagios míticos. Ahora lo vemos obsesionado en la búsqueda de un algoritmo matemático creado por iluminados brasileños, para así descifrar con las herramientas de la lógica científica ese designio del que huye y del cual su Yo aún no termina de acceder.

Esta vez la pretensión apodíptica de tener la verdad de lo que no es posible saber, de revelar todo lo que completa al avasallado Yo, es al fin una posibilidad plausible. Es que ya sabemos que el logos no miente, aunque a veces nos indique el lugar exacto de los mismos dioses.

¿Es posible con las herramientas aristotélicas darle un valor paramétrico a lo que no ha ocurrido aun? ¿No es esa la pretensión del pensamiento económico de la modernidad?

Pues las notaciones algebraicas encuentran en nuestros problemas actuales una irresistible expresión: el cálculo de los costos sombra en cualquier adecuada evaluación social de un millonario proyecto privado. Para saber si una iniciativa privada puede ser aprobada por el estado, debe expresar su rentabilidad social, entendida como la relación entre lo que está dispuesto a pagar la demanda por el servicio y lo que la oferta es capaz de cobrar según sus gastos, entendiendo que un país destina recursos en ese proyecto particular desviándolos de un sinfín de otros potenciales proyectos.

La necesidad de inversión en infraestructura de utilidad pública asociada al crecimiento económico, está ya muy documentada por un país en vías de desarrollo como este. Sería hoy absurdo plantear algo diferente: si construye el Puente de Chacao o si robustece su abastecimiento eléctrico a través de una carretera eléctrica como la que hoy está en cuestión, la rentabilidad social que obtienen los habitantes del país es muchas veces mayor.

Por ejemplo, debemos calcular cuántos recursos le cuesta al país el Puente Chacao y cuanto rentabiliza haciéndolo. Para eso las preguntas del oráculo científico son necesarias: Un beneficiario va a gastar al mes $80.000 en pasar por el puente, pero ¿Cuánto ahorra en transporte? ¿Cuánto ahorra en tiempo? ¿Qué es capaz de producir en el tiempo que ahorra? Si consideramos que por minuto puede producir 31 pesos ¿Cuánto puede ganar adicional al año con el tiempo del que ahora dispone? ¿Cuánto ahorrará cuando en 5 años más le ocurra un accidente? ¿Cuántas vidas de su familia salvará por llegar a tiempo a un servicio de salud? ¿Cuánto vale la vida de una persona considerando lo que es capaz de producir en su vida útil? y si esa vida del pariente que salvó, con su vida útil se transforma en emprendedor ¿Cuántas horas de trabajo adicional aporta al país? ¿Cuántos puestos de trabajo? ¿Cuántas utilidades?

Con todos los millones calculados, el beneficiario que solo paga $80.000 al mes va ser millonario, aunque jamás se enterará de eso.

La metonimia a la que lleva este misterio es interminable, la función paramétrica que mide lo que está fuera de la experiencia individual no tiene límite, no hay continente ni contenido, no hay una regulación de la significación fálica. Lo que si hay es una construcción imaginaria fundada en una premisa apodíptica para reconstruir la realidad a imagen y semejanza de una economía particular sin el otro, donde la ganancia sin regulación rompe el lazo social.

Pobres funcionarios aquellos que, al asesorar el proyecto de ley de la carretera eléctrica anunciado para septiembre de este año, deben calcular la rentabilidad social y sus costos sombra para 1.900 kilómetros de expropiación.

Para nuestros oráculos chilensis todo calza, solo hace falta que nuestras pobres subjetividades sepan pronto todo lo que el destino nos depara. Tranquiliza pensar que no sólo hay charlatanes sino que verdaderos artistas del presagio de dilatada trayectoria, que con la investidura de Tiresias, cada cierto tiempo nos orientan sobre las futuras catástrofes signadas por la peste de nuestros inmorales tiempos, tal como lo hizo el Señor Büchi  en el cuerpo Economía y Negocios de El Mercurio este domingo. Le pregunto ¿Chile está preparado para tanto?